Se presentó como un síntoma.

Un inusitado dolor en la cabeza. No. En la palma de las manos. Porque ahora creo que es ahí, en la palma de las manos, en donde reside el núcleo, el centro nervioso de la percepción de la realidad.

            Trataba de discernir la fisura entre mi realidad, lo que yo construía con mi mirada, y la de los otros. Era un proceso muy arduo y a veces riesgoso. A las personas –o tal vez ahora, ahora después de lo que he descubierto- a las personas les puede irritar sobremanera una mirada insistente o el enigma verbalizado. La mayor parte de ellos –los otros- se siente única. Personas únicas, cuyas vidas son el centro del cosmos, el eje sobre el que se construye la eterna alternancia del día y la noche que mueve el universo.

            Universo.

            Universo.

                                                  Yo.

Qué necedad. Nada es concéntrico, ni mucho menos existen los núcleos. Nadie es un núcleo, todos son parte de un fragmento. Un fragmento irregular sin centro ni razón.

            Cada uno merece lo que puede soportar.

 

            Por ejemplo él.

            No. No por ejemplo. No es un ejemplo entre millones de ejemplos. Él. Martín Acosta, era una de esas personas. Ésas que creen ser un centro.

Martín Acosta cometía el inconmensurable error de creerse una singularidad, la rara intersección cósmica que permite el fenómeno del cual –según él y según los que son como él- nace y se construye el alma. ¿Un alma? Qué ridiculez.  Ya sólo por eso debería haberlo matado. Suprimido de mi proyección, por soberbio.

            Martín Acosta escapa al cono de luz proyectado por mi mente.

            Me ha entrado una basura en el ojo.

            Es el mundo.

            Pero no quiero confundirme. Mi realidad es mía, únicamente yo la diseño y dirijo. Son las fuerzas innombrables, los haces oscuros nacidos de los rincones ignotos del inconsciente, los que desordenan. Desordenaron el esquema. ¿Mi inconsciente? Un cuerpo. Unos brazos. Una sonrisa. Una mirada dulce.  ¿Bastaría eso para desequilibrar el cosmos?

            Usted. El mundo, pero sólo el mundo que veo con mis ojos, es una proyección de mi mente. Y sólo ese mundo existe. Existe cuando abro los ojos. Abro los ojos y sale de mis pupilas. De mi mente. Del mar oscuro que hay detrás.

         Yo mismo soy una proyección de mi mente. Mi cuerpo, mi imagen, estas manos, estos pies, la sombra desde el suelo, el suelo mismo. Sólo existe mi mente. Mi mente en el vacío. Creadora de todo. La película de mi existencia es el aprendizaje de mi mente. Proyecto esta vida y a todos los que me rodean para avanzar y sortear obstáculos. Es como un juego en el que mi persona está incluída.                                                                                Por eso puedo sufrir.

            He mirado el sencillo paisaje de la naturaleza. Qué espléndido montaje. Un océano de luz caía perpendicular sobre la tierra habitada. Habitada por cientos, miles, millones de partículas complejas, organismos en movimiento. Yo mismo un ejemplo de construcción. Colores. Colores, texturas, olores, sabores, el multiplicado laberinto de las formas. El mundo que yo podía ver; ese fragmento perfecto de una idea perfecta.

            Ahora todos deben saber que basta un desplazamiento de mi atención –de la atención de mi mente- para que dejen de existir. Alrededor es tiniebla. Es la nada. En la nada hay sólo el vacío. Pero mi yo inserto en esta proyección está sujeto a las leyes de este juego. ¿Lo puedo llamar juego? del aprendizaje de mi mente. Por eso no sé lo que va a suceder.

            Sin embargo hubo una grieta.

            ¿Me entiende? ¿Usted me entiende?

            Una fisura en el esquema perfecto. Yo no debía tomar conciencia de que mi mente es la única mente, de que los demás son sombras surgidas de mi inteligencia, y de que este yo que veo en los espejos es el reflejo de una niebla, de una idea, de la nada. ¿O lo debía saber? ¿Es parte del sistema de aprendizaje? ¿Entonces tal vez debía enfrentar ese conocimiento, esa circunstancia dada?

            Sólo obtengo náuseas. La náusea que comienza dentro de mi cerebro y repta hacia mi garganta con la siseante viscosidad de una ameba. Saber no resuelve nada. ¿Qué significa saber? ¿Saber implica ser? ¿Se es porque se sabe? ¿Qué se sabe? ¿Es posible saber algo, algo que no sea el común conocimiento de nuestra propia circunstancia?

¿Usted se expondría a perder la posibilidad de la cordura?

            Martín Acosta intentó boicotear mi proceso, y tuve que eliminarlo.

            No fue fácil, porque aquí, en esta proyección de mi mente, rigen leyes a las que yo mismo me debo someter, de otro modo no habría aprendizaje. Por lo tanto mi plan debía obedecer a esas leyes. Las leyes que mi mente ha creado para crecer. Para no sentirse sola en la inmensidad de la nada. Tal vez mi mente sabe que no está sola. O tal vez sabe que está sola, y por eso inventa esta fantasía, y se obliga a seguir las reglas de su propio juego. Una mente flotando en la nada. El vacío.

Soy eso.

Entonces soy porque sé lo que soy.

Existo en la conciencia de mí mismo.

Martín Acosta se había reído en mi cara. Se reía siempre. Y yo no podía entender cómo alguien podía reir siempre. En este mundo execrable. En esta realidad sórdida. En esta insoportable agonía. Él seguía riéndose, como si la vida fuera

Pero también se reía de mí. De mí, que en definitiva era quien lo había creado, el dueño de su miserable existencia, existencia que no era más que un simulacro, una cortina de humo, una broma de mi inteligencia. Había algo que se había fracturado, y por esa fractura estaba penetrando la desazón, el descontrol, contaminando mi vida como un agua pútrida se filtra a través del cielorraso y cae en el piso impecable. Una mancha. Primero sólo una gota imperceptible, luego un charco. Y por fin un pantano pestilente. Mi inesperada e indeseada conciencia del juego de mi mente provocó un desequilibrio insoportable. ¿Estaba previsto? No lo voy a saber hasta que termine mi período, mi vida, dirá usted. Hasta que mi mente considere completado el aprendizaje. Hasta entonces debo someterme a usted y a las personas como usted. Me dan pena. Se creen que administran algo que ni siquiera comprenden. ¿Justicia? La justicia no existe, existe sólo una convención, las reglas del juego. Y esas reglas dirán que no se debe matar a una persona.

Pues le diré que yo inventé el juego, por lo tanto el concepto de justicia también es de mi autoría.

Usted no existe.

Cuando comprobé que Martín Acosta no se doblegaba ante ninguno de mis razonamientos. Cuando se levantaba por la mañana como si en cambio de la noche hubiese pasado una temporada en el paraíso, y sonreía. Entonces comprendí que se había producido una fuga. No respondía al patrón, no podía responder al patrón de mi mundo. El mundo inventado por mí.

Lo primero que tenía que hacer era obligarlo a dejar de sonreír.

            Y para que alguien deje de sonreir hay que destruir su mundo.

            Para destruir un mundo es necesario hacerlo con método, pacientemente, sin apuro. Con lucidez.

            Empecé a boicotear sus clases. Me sentaba en el último pupitre y dejaba que lágrimas gruesas y brillantes resbalaran por mis mejillas mientras él desarrollaba sus explicaciones. ¿Acaso la trigonometría puede desatar esas emociones? ¿Qué es la geometría del espacio sino la esquematización de nuestras formas en el espacio tridimensional?  ¿Somos un cuerpo, una forma? ¿Son los demás un triángulo vacío frente a la solidez de mi pensamiento?

Después me agarraba la cabeza entre las manos y sollozaba. Muy despacio, apenas audible. Para él sí, para él era audible. Salía con el resto de la clase y ni siquiera lo miraba, buscaba conversación con alguno de los demás alumnos y luego me reía a carcajadas junto a la puerta del aula. Si alguna vez en una clase me preguntó qué me sucedía, tuvo que renunciar a su pregunta y proseguir las explicaciones, porque sólo obtenía de mí una mirada arrasada en lágrimas, impávida y muda. Una mirada en la que ya estaba escrita su destrucción.

 

¿De dónde llega esa corriente de aire?

¿Hay acaso una grieta con la forma del alma?

 

Sin embargo hubo una fisura en el esquema perfecto. Yo no debía tomar conciencia de que mi mente es la única mente, de que los demás son sombras surgidas de esta mente; de que la realidad es un sueño.

Pensé que debía distraer mi energía destructiva hacia otras direcciones. Yo mismo era una posibilidad. ¿Qué podía ocurrir si trataba de someter mi inconmensurable poder destructor, obligándome a tragarlo, a digerirlo, como si yo fuera el blanco, la bala, el dedo en el gatillo?

Entonces me dejaba seducir por personas desagradables, seres abyectos a los que jamás hubiera tocado fuera de este experimento conmigo mismo. Me sometía a sus vejaciones y perversiones soportando la náusea, y complacía sus deseos escondiendo las arcadas que sus cuerpos aplastantes me provocaron.

 Después  regresaba a mi casa y estudiaba minuciosamente las consecuencias de la abyección en mí; en mi mente; en mi propio organismo humano. Yo que no me di cuenta de que solamente acrecentaba en mí el factor humano. Porque en lo abyecto radica lo humano, y no en lo elevado.

Pero nada de eso limpió mi convicción de que debía destruir a Martín Acosta. La putrefacción volvía a parir una luz incandescente que sólo lo apuntaba a él; una espada con la punta envenenada. Yo Laertes vengando todo lo que no había tenido.

Cambiar la degradación por el puro, nítido, implacable orgasmo de la revancha.

Algunas veces soñaba. El sueño para mí pudo ser tan consistente como lo que ustedes llaman realidad. Porque la realidad de ustedes es mi sueño. Y mi sueño.

Y mi sueño.

Es la realidad de mi mente.

Una vez soñé que me castraban. Que me cortaban los testículos limpiamente. Una cirugía aséptica: No sentí dolor. Sólo el pensamiento de que de ahí en más había perdido mi poder sexual. Y mi poder sexual era la materia de la creación. Entonces todo amenazaba con derrumbarse; diluido en la nada, papel quemado.

Otras veces el insomnio tomaba el lugar del sueño. Despierto en la noche sola, entretejía las numerosas posibilidades de la telaraña impalpable que ustedes llaman mundo. Una trama complejísima y cargada de sutiles diferencias. Tendía esta tela transparente surgida de mi inconsciente como la araña tensa arduamente su trampa, hasta que se superponía a la realidad, la otra, la del día, y la penetraba lentamente. La penetraba hasta que se imponía sobre ella y la reemplazaba con su dibujo geométrico y perfecto. Perfecto como la misma muerte.

            Quizás mi sueño era la muerte. La muerte de la vida. Porque mi vida era la muerte.

 

 

            Muy pronto me di cuenta de que era necesario proseguir y profundizar la estrategia.

Martín Acosta llegaba al aula mucho antes del horario de la clase. Llegaba para llenar el pizarrón con sus fórmulas abstractas y frías. Fórmulas. Como si en ellas se encerrara el secreto de la felicidad.  Como si esa insoportable sonrisa de hombre satisfecho hubiera sido el resultado de la aplicación de esas ecuaciones inútiles. Como si no hubiera sido mi mente la que planteaba esos ejercicios. Mi mente, y no el estúpido simulacro llamado Martín Acosta.

            Llegué también yo más temprano. No demasiado. Lo suficiente como para que tomara la confianza de su soledad en el aula y alcanzara a garabatear el ochenta por ciento del pizarrón. Llegué y dije “buenas tardes”. Me miró un poco sorprendido. Me senté en un pupitre y él prosiguió su vana tarea. Entonces reanudé mi rutina, sólo que esta vez él era el único testigo, al menos dentro del aula. Al menos hasta que llegasen mis compañeros. Calculé con exactitud el tiempo. Cuando entró el primer grupo me vio tirado en el suelo, con convulsiones de llanto,  y a Martín Acosta arrodillado a mi lado, tratando de serenarme.

– ¡Basta! ¡basta! No sigás haciéndome daño, por favor, vas a matarme; ¡basta Martín, te lo pido por favor!

Claro que para gritar estas palabras esperé a que se hubiese acercado un número considerable de alumnos, y me ocupé de repetirlas hasta que el último hubo entrado en el aula.

También improvisé algo como -¿Qué más querés de mí? ¿qué más?

¿Se da cuenta? ¿Se da cuenta del inmenso poder de las palabras?

 

Cuando yo era un niño. Es decir, era un adulto, un ser completo, pero fingía esa farsa absurda que llaman niñez. Había un níspero en el patio de la casa en que vivíamos. Yo lo miraba desde la ventana de mi habitación. Mi padre quería cortarlo, odiaba ese árbol, no sé por qué. Cada vez que se decidía a emprender la tarea de abatir el níspero, yo lloraba. Tan grandes y copiosos eran mis llantos que mi padre desistía, y el níspero seguía allí.

Cuando mi padre murió hice talar el níspero.

¿Me ha escuchado? ¿Escuchó mi historia? ¿Se ha conmovido con ella?

Es totalmente falsa.

¿Usted cree que alguien como yo tuvo infancia? ¿Qué alguna vez lloré verdaderamente?

 

¿Se da cuenta ahora de lo que le quiero decir acerca de las palabras?

 

Cada uno de los pasos de mi estrategia me causaba un placer enorme. Como un orgasmo. La eyaculación de mis actos dirigidos a destruir a Martín Acosta eran acción y gratificación; el gozo autoinducido que sólo yo mismo podía expandir por todo mi cuerpo. El cuerpo que Martín Acosta había ignorado.

Y todo esto                   Y todo esto                   Y todo esto

Sí. Podría cambiarlo.

Si mi mente quisiera.

Pero debe existir algo. Una ley. Una regla que hasta mi mente debe cumplir. No lo sé. Como proyección de mí mismo, yo también debo ajustarme a estas limitaciones. Debo llegar al final.

Tengo que llegar al final.

Tenía que llegar al final.

Y el final era empujar sin piedad hasta que el dedo se hundiera en la llaga y tocara los órganos internos. Ésos que con su latido dictan el ritmo y la índole de toda la existencia.

¿Acaso usted no quisiera inventar todo? ¿No quisiera ser el artífice?

¿Acaso esto que está sucediendo no es un invento de su mente?

O al menos así lo puede creer.

 

Lo dejo que lo crea.

 

Entonces Martín Acosta empezó a demostrar un divertido nerviosismo. Divertido para mí, que lo miraba desde afuera. Desde mi caja de vidrio insonorizada. Mi caja de mando con vidrios polarizados. Aquí estoy. Aquí estoy. Aquí Macbeth afilando el hacha para matar a Banquo. Aquí el joven Edipo esputando su carcajada contra el rostro estupefacto de la Esfinge. Aquí Clitemnestra arrojando la red sobre Agamenón. Aquí el abismo.

Cierren esa puerta, se me escapa el corazón.

 

Poco a poco lo veía derrumbarse. En algún momento pensé que bastaría con ver borrada esa sonrisa de su cara infernal. Esa cara hecha para ser feliz. Pero no podía. No se puede parar. Cuando el dedo está dentro dan ganas de meter otro dedo. Y después otro. Y después la mano. Y agarrar el primer órgano, el hígado, el intestino laberíntico, y clavarle las uñas. Y retorcer. Retorcer hasta sentir la bilis que se escurre entre las uñas. Uñas pintadas de negro. La bilis de la agonía.

Ah, cuánto disfruté su agonía.

En poco tiempo su imagen feliz. Porque era feliz. Antes. Estoy seguro. Era feliz sin mí. ¿Me entiende? Era feliz sin mí que soy todo. Soy el principio y el fin. El alfa y el omega. Y él me había ignorado. Qué necio. Como si la felicidad pudiera existir fuera de mí. De mi voluntad. De mi control. No.

Porque en un cierto modo él me había engañado. A mí, me había engañado. Me había hecho creer        ¿Es que yo puedo creer algo?  ¿Es posible que mi misma ilusión me encandilase? Eso lo había logrado él. Martín Acosta había superpuesto un espejismo al espejismo de la realidad. Pero toda superposición deja un margen de error, un resquicio tras el cual se avizora lo otro. El filo de un anillo de fuego oscuro. Cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Yo había caído en sus redes, en su inefable sonrisa, en el encantamiento de su convicción: me hizo creer que todo era verdadero.

Pero duró poco.

Duró hasta que el eclipse provocado por su sonrisa se desplazó y volví a ver la sombra detrás.

La sombra de mi creación.

El vacío.

Entonces ajusté mi estrategia.

Martín Acosta dejó de llenar los pizarrones con esos números inútiles. Como inútiles son todos los signos que medir pretenden la humana codicia. Humano era mi invención. Y los números no existían. No existen. Fuera de mí. Martín Acosta dejó de ser feliz.

Cuando la pegatina en las paredes de la facultad penetró en él como mi mano en su carne, se fue.  El profesor pidió licencia, nos dijeron. Tiene depresión. Poco después me llamaron  a una suerte de interrogatorio, pero naturalmente yo logré manipularlos a todos. A todas esas mujeres que discurseaban como apuntes fotocopiados y anotaban con sus deditos de uñas cuidadas en cuadernos rosados. Y hablaban en infinitivo, como si estuvieran pronunciando la fórmula del secreto de la vida. Qué asco de gente. Cambié el rumbo de la entrevista y terminé hablando de lo que yo quería.

Y lo que yo quería era la destrucción de Martín Acosta.

Ah, qué gozo. Qué gozo inmenso. Ese día acabé en los pantalones; una mancha fértil que me conmovió. Pegajosa, invisible en su inusitado poder humedecedor. Sin duda alguna yo había borrado la estúpida insoportable expresión de seguridad de su cara.

Martín Acosta estaba derrotado.

Y yo era el héroe. Yo el Aquiles de este Héctor soberbio y desprevenido.

Esperé.

Pensé que ése sería el fin de esta proyección. Que había cumplido el paso evolutivo necesario para cerrar el telón sobre esta fantasía.

¿Usted no habría esperado lo mismo?

 

Esperé.

Espero.

Estoy esperando.

En cualquier instante todo será oscuridad y arena, y después la luz, yo otra vez mente dentro de mi mente. Mi mente, yo. La creación.

Pero quizás la rutina debía proseguir para mi diversión y diversión de mi inteligencia.

Una tarde en que el cielo espantosamente azul lanzaba nubes como escorpiones blancos desde el horizonte dentado de la montaña, Martín Acosta se suicidó.

Trastabillé. O la proyección trastabilló. No sé. Cómo no lo había previsto. Evidentemente las leyes de la proyección me imponían demasiadas limitaciones. Tardé en metabolizar la idea.

Martín Acosta había muerto.

Martín Acosta había muerto.

Ridículamente colgado en el patio de su casa de barrio. Absurda y seguramente sórdida casa de barrio. No lo hubiera imaginado. Ahorcado en una casa de barrio. Hubiera creído que existían ese árbol, esa soga, esa determinación. ¿Que mi estrategia podía ser la causa? Ese árbol          ¿Acaso era un níspero?

Entonces, ¿cuál era la meta de mi juego? ¿Qué cosa yo debía aprender?

Sigo esperando.

Aquí.

Encerrado conmigo.

Espero.

Usted.

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