“ Yo soy como un campo seco en donde caben arando mil pares de bueyes y tú lo único que me das es un pequeño vaso de agua del pozo”[1]… el carrito azul, el de carreras, trepaba por la parte interna de la cortina del escenario, el público se estremecía escuchando a Yerma, el carrito cruzaba veloz al lado de unas botas, frenaba en una peluca y subía ágilmente por una espada de utilería, el público era un vacío silencioso con uno que otro ahogo, Yerma los había conmovido hasta las lágrimas, por la pista de carreras se cruzaban peligrosamente Dolores, Víctor, Juan y algunos campesinos más, el bólido azul aceleraba en la recta final y cansado de correr en silencio rugía un poco antes de llegar a la meta, – SSSSSH -, una lavandera me exigía silencio con un regaño ahogado y destrozaba todo esfuerzo por llegar de primero, “tengo el amargor en la garganta,-y yo en los huesos-“, la carrera había finalizado abruptamente, yo ya no estaba piloteando el bólido azul sino mirando por entre las cortinas cómo una luz dibujaba la silueta de Yerma y me divertía mirando los calzones de una lavandera a través de su vestido roto. En silencio esperaba los aplausos finales y los gritos de ¡bravo!, a veces se alargaban las ovaciones y eso subía mis ansias porque una vez se terminaba la obra venía el refrigerio y la actriz que me gustaba me preguntaba cómo me había parecido, me la explicaba un poco y me daba un cálido abrazo y un beso en la cabeza que me siempre me hacía pensar en lo afortunados que eran mis piojos.

A los 9 años me sabía de memoria, entre otro, los libretos de Bodas de Sangre y Yerma, obras muy populares en el pueblo, también me sabía las tablas de multiplicar, había aprendido a maquillar a los campesinos y a San Pedro, cuando era Pedro, y en el colegio desorientaba a más de un brabucón recitándoles alguna frase de crimen y castigo; corrían asustados a poner la queja creyendo que se trataba de alguna peligrosa amenaza.

La vida transcurría entre el colegio, los juegos y mi papel de asistente del director en el más prestigioso grupo de teatro del pueblo, por ser apenas un niño gozaba de la aceptación y la simpatía de todos y de ciertas ventajas como viajar en las piernas de la actriz principal, dormir en los ensayos o jugar en medio de las obras, siempre detrás del escenario.

Reía una y otra vez al escuchar los sainetes[2], y siempre me escondía en el momento en que sacaban los machetes[3] para la pelea. Conocía al mismísimo San Pedro, incluso desde cuando era Pedro y en una ocasión me tocó entregarle las llaves del cielo que había dejado olvidadas en la mochila antes de salir a escena.

En clase de español, en cuarto grado, y sin querer queriendo, hice una adaptación de “En la diestra de dios padre”[4] no como fue sino como pudo haber sido, mezclando personajes y situaciones de García Lorca, Rin Rin Renacuajo, Bertolt Brech, Ionesco y obras de mi padre, y fue tan exitosa que el director del grupo de teatro del colegio dijo que en un futuro la iban a montar, ese futuro nunca llegó pero me sentí muy orgulloso de ser hijo de teatreros y de andar con mi padre, director del mejor grupo de teatro del pueblo, pa’rriba y pa’abajo.

El pueblo era pequeño, parecía la esquina de una cuna, estaba bordeado de altas montañas por el occidente y por el norte y había un boquete al oriente por donde entraba el viento y el tren, era un pueblo humilde, soñador y trabajador, lleno de artistas creadores, músicos, bailarines, teatreros, pintores, poetas, con una gran fábrica textilera de la cual casi todos hacían parte junto con sus descendientes por varias generaciones, ésta textilera fue la primera en fomentar el arte entre sus empleados y motivarlos a tal punto que a través de sus festivales culturales se fueron formando artistas y agrupaciones que más adelante serían el sustento cultural del pueblo entero.

El grupo de teatro de mi padre, fundado a finales de los años setenta, era el resultado de más de diez años de teatriar, en sus inicios junto a mi madre, cuando por allá en 1969 la taquilla por cien espectadores era de 300 pesos. Para los ochenta era el grupo más exitoso del pueblo, tanto que sus giras abarcaban todos los barrios, corregimientos y veredas. A mí me escogieron de asistente del director entre ningún otro candidato, era simple pega, nunca preferí quedarme en casa a acompañar al grupo a donde fueran y por el sentía más que admiración y respeto, fascinación. Entre mis labores de asistente estaba la de sostener el tridente del diablo para cuando el entrara al camerino, organizar los sanduches para después de la función, recoger los frascos del maquillaje, cargar una peluca que nunca nadie utilizó, aparentar durante los ensayos que leía los libretos, los cuales me aprendía con solo escucharlos para repetirlos de memoria en las funciones estando siempre detrás de la cortina porque era allí donde pasaban las mejores cosas, era allí a donde entraban los personajes de otras épocas y en milésimas de segundos se convertían en mortales sudorosos que al cabo de unos minutos volvían a transformarse para salir a escena.

“Con cabeza de hombre, esqueleto de trapo, con espíritu de poeta y mente de lagarto, hasta cuándo viviré?”[5] ante tan profunda cuestión yo no tenía más remedio que guardar silencio y luego construir edificios con los frascos del maquillaje, el mundo entero pasaba por el escenario mostrándome su grandeza, la mente de un hombre brillante ponía sobre las tablas ese mundo resumido para su pequeño pueblo, los actores y actrices formados en la vida diaria debatían sobre la dignificación del oficio de ser artista, soñando que en los años venideros todo cambiaría, y es que las cosas parecían tener un buen futuro, el movimiento cultural del pueblo iba en ascenso gracias al apoyo de la fábrica textil y la actividad cultural se multiplicaba, yo escuchaba cómo todos anhelaban un futuro en el que los políticos entendieran la importancia de apoyar la cultura con dineros públicos como debería ser… ese futuro nunca llegó.

En el pueblo teníamos un clásico teatro a la italiana, una joya arquitectónica amada y admirada por todos, el sueño inicial de todo artista local, un teatro al que se asistía con traje elegante y mirada interesante a ver las compañías de zarzuela que para entonces cruzaban el país o a los artistas internacionales de moda, y en general a todos los grandes eventos sociales, todos sabían que ese teatro iba a ser en un futuro uno de los centros culturales más importantes del país, pero ese futuro tampoco llegó, años más tarde, en una muestra de contundente apoyo al desarrollo cultural del pueblo, el teatro fue demolido para construir allí un edificio de cloacas burocráticas.

Aun así, el director y su enorme grupo de actores insistían en poner en escena todo el teatro posible, desde las obras más clásicas hasta las más populares, en convertir cualquier corredor de escuela en un escenario digno y en poner a pensar y a reír a todo su público recogiendo la idiosincrasia local que para aquel entonces era una rara pero común mezcla que iba desde el más apacible otoño parisino hasta el más campesino sembrado de frijoles. Todos artistas locales, pueblerinos, lectores empedernidos, creadores imparables, comprometidos con las luchas sociales de los 70 y los 80, llenaron todos los rincones de la región con su teatro y se hicieron a la bandera de ser el mismo pueblo, se llamaron “Somos el Pueblo”.

Mi padre parecía dividir su tiempo solo entre la familia y su trabajo en la fábrica, para el teatro no tenía que sacar tiempo porque el teatro eran todos los minutos de su vida, permanecía en él, constantemente estaba creando nuevas obras, haciendo adaptaciones, mejorando las anteriores, creando situaciones y personajes y ante todo leyendo su entorno para satirizarlo muy sutilmente en sus textos. La biblioteca de la casa siempre estaba abarrotada de libros de teatro, de enciclopedias, de revistas de condorito y de libros de yoga, forma de vida desconocida en la época y con la que se escandalizaban algunos, un gran escritorio amarillo y una mesa auxiliar eran el resto de tan maravilloso cuarto en el que él pasaba horas fumando y escribiendo, a mano o en la Olivetti azul que siempre me mordía los dedos.

Una noche, después de haber llenado muchas libretas con sus garabatos y de horas al frente de la máquina de escribir, cesó el tiqui tiqui prrrrr y salió LA TATA, la obra infantil por excelencia, precedida por la “maquinita que no quería pitar” y “la otra caperucita”, LA TATA estaba llena de situaciones cómicas y de enseñanzas, actores grandes vestidos de niños que se confundían con mi cotidianidad, y aunque yo no pegaba los chicles detrás de la nevera, si me comía los dulces sin permiso. Con La Tata vino otra gira y a mi papel de asistente del director del grupo de teatro más importante del pueblo se le sumó mi debut como mago; justo antes del comienzo de la obra yo hacía desaparecer monedas, insertaba una aguja en un globo sin pincharlo, adivinaba que carta había sacado algún niño del público al que yo nunca antes había visto y vertía agua en un vaso sin fondo, era famoso por unos minutos, luego salía La Tata con su insolencia y nos enseñaba a todos las cosas que no se deben hacer. A veces, en las noches, después de La Tata presentábamos Yerma y volvía el bólido azul porque yo lo tenía estratégicamente escondido en la caja de la peluca de la actriz, algunas ocasiones ayudaba en la taquilla y a todos les aconsejaba no roncar durante la obra y en medio de risas volvía a mi puesto preferido, detrás de las cortinas a imaginarme a Yerma diciendo el párrafo de la Tata: “claro boba que yo si se ir al parque, acaso soy como usté que tiene que andar cogida de la mano de la mama…”

Un hombre fumaba un cigarrillo apagado, una mujer vendía rosas marchitas y un niño pensaba en la muerte… mientras yo crecía, poco, el mundo del teatro, traducido por mi padre y corriendo por mis venas desde mi madre se instalaba en mí y me mostraba un universo que pocos niños conocieron, la emoción del comienzo de una obra solo se podía comparar con la de jugar a las escondidas con las primas, incluso un día me inscribí en el grupo de teatro del colegio y fui el geógrafo en El Principito, pero comprobé que lo mejor del teatro estaba detrás del telón.

“NO SEÑOR, si a esa revoltosa la hemos sorprendido besando por la fuerza a los ángeles y hasta levantándoles la túnica…” después de muchas libretas garabateadas y muchas noches del tiqui tiqui prrrr de la Olivetti, aparecía “San Pedro cuando era Pedro” una comedia sagradamente profana que relataba la tranquila vida de Pedro antes de conseguir el dichoso empleo de administrar la entrada al cielo y las situaciones que tuvieron que soportar cuando una diabla se coló en él.

El éxito llego a alturas impensables en el pueblo, la obra tuvo más de doscientas funciones en el primer año, hubo que tener un elenco alterno para cuando se cruzaban los compromisos, mi papel de asistente ya era insuficiente y todos colaboraban en colgar el telón azul del cielo, el rojo del infierno, las calvas para los actores, las aureolas, la cola del diablo, las barbas que tanto se perdían, el famosos tridente que siempre se confundía con alguna escoba del sitio de la función o las llaves del cielo que pesaban como si fueran las puertas completas, hasta un día creí que me iba a tocar hacer de San Pedro cuando el actor principal se cayó del camión en el que iban a hacer la función en el campo, despertó luego de diez minutos de inconsciencia, y aunque se le olvidaron algunas partes de su libreto, la obra siguió cosechando éxitos entre miles de risas que se confundían con gestos de asombro al ver a San Pedro bailando con una diabla.

Descubrir el teatro una vez adulto, quizás sea una profunda experiencia, pero ser parte de él desde niño deja una profunda huella liberadora, una imaginación sin límites, un profundo respeto por los creadores, una admiración inmensa hacía los actores y actrices, el amor por las tablas incluso siendo el duro piso de una plaza, la natural necesidad de la lectura, el recuerdo de una niñez al lado de personajes tan mágicos y tan trágicos que se funden entre risas y llantos, una amplitud de conceptos y respetos tal que ya ningún hombre vestido de mujer causa asombro y más bien admiración ante su genialidad.

Años más tarde comprendería que mi música era teatro desde las primeras notas.

Es urgente que los niños vayan más a teatro, en las salas, en las plazas, en donde sea, es necesario que lo vean hacer y construir, que sean parte de él, que a través del arte se liberen de la obligación de ser adultos, no sea que crezcan creyendo que la vida no tiene cambio, que la miseria y el tedio es para siempre o peor aún, que como en mi país, crezcan creyendo que la guerra es la única alternativa de perpetuidad.

“El teatro es una mentira pública, vale la pena mentir”[6]

RENATO PAONE, Bello, Colombia, diciembre 15 de 2016

[1] Yerma, Federico García Lorca.
[2] Sainete Antioqueño: Pequeña pieza teatral jocosa y dramática practicada en comunidad y presentada en forma itinerante satirizando a los principales personajes y situaciones del pueblo.
[3] Especie de sable infaltable en el atuendo del campesino Antioqueño, con el machete se abría la trocha y se cuerpo del contrincante.
[4] Obra clásica de la Literatura costumbrista Antioqueña, de Tomás Carrasquilla, 1858 – 1941.
[5] Demencia, Ed. Caspa 1974