En algún momento de la evolución el arte se transformó en espectáculo y generó, entre otras cosas, el oficio de artista. Desde ese momento, y hasta el día de hoy, solo han existido dos formas de poder desarrollar los lenguajes artísticos como profesión: por un lado aparecieron los individuos patrocinados por mecenas de la nobleza; por otro lado aparecieron los obreros del arte, anónimos, viajeros de carromatos por los caminos empolvados.

Los primeros se hicieron de reputación, quedaron registrados en los libros de historia y se nos hizo creer que fueron ellos los que con sus genialidades lograron ir produciendo los pequeños avances de los diversos lenguajes artísticos. Pero en realidad, hayan existido shakespeare, mozart o picazo, da lo mismo porque fue el arte popular anónimo el que permitió que esas individualidades se materializaran. Las contribuciones de aquellos nombres y apellidos tarde o temprano hubiesen aparecido, en otro tiempo, en otro lugar, con otros nombres, pero aparecido al fin, pues son consecuencia de otra fuerza.

Hoy en día sucede lo mismo. Cada pueblo tiene sus “artistas consagrados”, cada uno en sus distintos niveles de prestigio, personas que lograron “pegarla” y pueden “vivir” de lo que hacen. Mientras tanto, en el fondo vemos que la gran mayoría no puede hacerlo, por lo que muchos deciden ni siquiera intentarlo, o si lo hacen, más temprano que tarde terminan yéndose a las filas de algún oficio más rentable y utilitario para el sistema y no así para la vida, o en el mejor de los casos, haciendo arte en los ratos libres limitando el alcance que podría tener la producción artística.

La condición destructiva de la especie humana, que viene marcando fuerte el rumbo de la conformación de las sociedades, trabaja sobre los que “llegan arriba” para luego ponerlos como “ejemplos” hacia los de abajo. El caso más obvio es el de los artistas inventados por el sistema, que gozan de una credibilidad masiva que solo pueden permitirse sociedades en extremo hipócritas, pues de otro modo sería algo que de tan obvio y decadente causaría rechazo.

Por otro lado tenemos un caso más fino, que es el de los que llegan arriba por supuesto mérito, sin haber sido inventados por el sistema. Digo “supuesto” porque en realidad esas personas, repito, si fuésemos sociedades más sabias, entenderían que llegaron allí no por mérito, sino por los azares y los juegos idiotas del mercado. Que los Rolling sean muy buenos músicos o que Pavlovsky sea un gran teatrero nadie lo niega, pero que abajo no hayan miles de Rolling mejores o miles de Pavloskys aún más sabios también es cierto, y que Pavlosky o los Rolling estén allí entonces no es por mérito, pues mérito hay de sobre en millones, sino por, repito, los azares y los falsos huecos que el sistema deja por allí minados. Pero además, es un caso doblemente fino porque estas personas se mueven en ambientes viciados y por lo tanto permanentemente tienen que lidiar con los mecanismos idiotizantes del sistema, generándoles centenares de contradicciones que tarde o temprano terminan mellando y tergiversando su hacer artístico (salvo algunas excepciones que al fin y al cabo no cuentan porque son casos aislados que no influencian en la evolución creadora pues carecen de fuerza que sí tiene lo que es regla y no excepción).

Sin embargo, paralelamente, ha existido otra forma de poder hacer arte a tiempo completo, vivir económicamente de ese oficio y llevarlo adelante de una forma mucho más sana. Hoy en día, dado su fuerte nivel de invisibilización, muchos artistas la dejan de lado, no sólo por no verla, sino por verla con los ojos del sistema añadiéndole todos los prejuicios que han ido tejiendo en torno a ella. Sin embargo está allí, al alcance de cualquiera, con los espacios de desarrollo y los mecanismos de sobrevivencia económica intactos: los artistas de carromato, populares y callejeros, viajeros anónimos de tablados y pueblos perdidos de patrias sin fronteras.

Mientras los artistas “consagrados” estaban encerrados en castillos componiendo bajo el mecenazgo de los ricachones de turno, paralelamente familias y troupes completas andaban viajando por los pueblos de la antigüedad. Aun hoy, luego de tantos siglos, estos obreros del arte siguen existiendo y demostrando que es la única forma donde se puede vivir del arte sin depender de factores que acotan las posibilidades de desarrollo, tergiversan en extremo las formas de crear y producir, y que no tienen nada que ver con los pequeños huecos que deja el sistema dominante para que sean unos poquitos, bajos su parámetros, los que logren hacerlo. Aunque estén invisibilizados dentro de los parámetros de reconocimiento del sistema, todavía -cada vez menos- siguen recorriendo pueblos y siguen siendo los que en sus llegadas generan cosas mucho más fuertes, en su “pequeñez” y anonimato, que la “grandeza” de algún que otro artista famoso.

¿Por qué, sabiendo que de esta manera se puede hacer arte como profesión y pasión, muchos siguen insistiendo en tratar de llegar a esos pequeños huecos de reconocimiento superficial que goza una elite con suerte?; porque, más fuerte que la invisibilización, es la carencia de tomar algunas decisiones que conllevan vivir del arte bajo parámetros que van a contracorriente de los designios marcados por el sistema dominante, decisiones que implican al individuo tener el poder para DESPOJARSE de ellos. Creo que los condicionantes sociales existen, pero son eso, condicionantes, que acotan y atrofian el alcance del desarrollo humano, es cierto, pero que en última instancia es el individuo el que toma las decisiones sobre cómo moverse dentro de ellos. No somos “malos porque la sociedad nos enferma”, somos malos o no tomamos decisiones sabias porque dentro de una sociedad enferma, decidimos seguir siendo unos enfermos. En este sentido, el papel de víctima social o de fatalismo determinante se desdibuja y hace ver a los individuos no como objetos de las construcciones sociales, sino como sujetos pero que no se deciden a serlo.

Viajar, empezar de cero en cada lugar, lejos de las trincheras que uno construye para hacer la vida más “fácil”, lejos de los parámetros de “comodidad”, de reconocimiento del establishment, de forma de vida “normal” que el sistema ha ido forjando, pesa, y mucho, a la hora de decidirse. Sin embargo, una vez tomada la decisión y empezado a andar por sus caminos, el panorama se aclara, los premios llegan, y el sentido del lenguaje artístico penetra con toda su potencia.

Los tres factores más fuertes que explican esta forma de llevar el oficio adelante son: la profesionalización, la vida nómada y callejera,  y el desarrollo en contextos rurales o pequeños urbanos.

1) Profesionalización:

No existe mayor grado de profesionalización que en este tipo de artistas. La idea de llegar a un público que no los esperaba y lograr atraparlos estéticamente, además de generar la valorización económica a través de mecanismos fuera del sistema (la gorra) que les permita poder seguir desarrollando su arte, les plantea una doble exigencia como profesionales para que su arte genere todo aquello, exigencia que los hace atinar con placer, pues el oficio que llevan adelante lo han elegido y por tanto lo realizan con pasión y vocación. Además, los obreros del arte han seguido manteniendo una comunicación más profunda con el lenguaje, lo que les ha permitido no escindirlo de otros, manteniendo así la idea de arte total, fuera de la fragmentación que supuso la supuesta “especialización” moderna (o el rejunte estéril y pelotudo del posmodernismo). Por ello, además de la exigencia estética que le plantea un público extraño, se forma como artista polifacético, aprendiendo y profesionalizándose en lenguajes diversos, de manera cabal, fuera del concepto urbano de formación a través de cursitos que terminan en un papel para el curriculum.

2) La vida nómada y callejera:

La escasa valorización artística como profesión -no así como apreciación por parte de los pueblos-, ha hecho que el arte no sea sostenible en términos económicos. Cuando los artistas se quedan anclados en un lugar el público se les agota, al igual que los espacios de desarrollo, a no ser que entren en mecanismos forzados de generación de públicos con más movilidad, donde además de tener que canalizar energías y acciones que nada tienen que ver con el desarrollo artístico, tienen que lidiar con los parámetros del sistema y su eje que es el de vaciamiento cultural. El artista de tablados, para no entrar en esas lógicas, andar haciendo lobby, mendigar notas en los diarios, mamar puteríos de la propia elite o pelearse con la burocracia, decide en cambio viajar de un pueblo a otro para poder seguir desarrollando su arte sin ese agotamiento propio de los artistas sedentarios. Pero eso no bastaría si no lo hiciera en el contexto de calle, pues es allí donde el arte, además de adquirir sentido, va hacia el encuentro con la gente y no viceversa, evitando encerrarse socialmente. La calle, de esta manera, cobra vida y vuelve a adquirir su forma primordial de encuentro, en exacta oposición a la visión de la vía pública, predominante con más fuerza en los centros urbanos, donde la misma es un espacio controlado y vacío de mero tránsito hacia lugares fragmentados.

3) Desarrollo en contextos rurales o pequeño-urbanos:

Al moverse a contracorriente de las valorizaciones del sistema dominante, los artistas populares desarrollan su arte en lugares más pequeños que son donde el sistema dominante se haya con menor presencia y en donde sus mecanismos de idiotización, pero sobre todo de control de toda aquella forma que lo desafíe, no son tan marcados. Por ello van a los pueblos, mientras más pequeños mejor, lo que causa que el arte siga desarrollándose en contextos más sabios que son los que, además de dar sentido a la vida y al arte con mayor potencia, han hecho emerger todas las formas artísticas con sentido. De alguna manera, la misma prepotencia del sistema dominante que los expulsa, ocasiona que el arte siga vivo y contrario a sus intereses de estupidización.

El teatro, que vendría a ser el arte total por antonomasia, por haber perdido en occidente su pertenencia con los pueblos y haberse aburguesado en las grandes ciudades donde es atravesado por lógicas alienantes, se haya muy lejos de los carromatos, los tablados y los caminos empolvados de la tierra sin fin. Y aunque se halle encerrado en salas para minorías urbanoides, los espacios de desarrollo están en ese otro lado y su llamada sigue vibrando. Quién sabe cuánto tiempo más lo siga haciendo. Ha sido tan fuerte su poder como lenguaje primordial que aun perdura, flotando como otro grano de arena más en los caminos de tierra. Lo que pase en el futuro, las decisiones de las personas, lo dirán. La sabiduría no se mide por la conformación política de una sociedad o el nivel de sus supuestos “artistas consagrados”, se mide, señores, por el grado de arte popular que se aprecia y produce en sus rincones y tablados más anónimos y escondidos.

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