La Vorágine

Revista Teatral

NUESTRO PROPIO MUNDO, por Claudia Sacha

PERSONAJES

JAVIER –  35 años

SOFÍA – 30 años

 

LUGAR

Sótano en la casa de Javier y Sofía.

Lima, Perú.

 

TIEMPO

Un futuro cercano.

 

Nota sobre las acotaciones:

Silencio: Más extendido que una pausa

Los (…) representan una frase que el personaje deja a medio decir.

Los (—) representan una interrupción por parte de otro personaje.

 

ACTO ÚNICO

Un pequeño y muy austero sótano. Una vieja ventana, recientemente reabierta, hace las veces de entrada y salida.  Bajo ella, en el suelo, hay una mesa  muy vieja, que sirve como escalera.  Hay frazadas y sábanas viejas dobladas y guardadas en algún improvisado lugar de almacenaje.  También hay algo de ropa, toda muy gastada. Algunas latas de pintura viejas y ya vacías, de distintos tamaños. Algunas latas de conservas, algo chancadas y con las etiquetas casi completamente rasgadas.  El escenario está iluminado de manera muy tenue, como si no hubiera ninguna luz prendida y toda la iluminación proviniera de la ventana que todavía está parcialmente abierta. 

JAVIER viste un pantalón oscuro, de su talla.  También tiene puesto un saco, que le queda algo grande y no combina con el pantalón.  Su ropa luce sucia y bastante desgastada.  Está de pie sobre la mesa y martilla  maderas viejas sobre la ventana, con el fin de bloquearla.   SOFÍA viste un pantalón de buzo y una chompa.  Las prendas no combinan entre sí, están sucias y ambas le quedan un poco grandes. SOFÍA está muy nerviosa.

SOFÍA:                      Ciérrala bien, Javier.

JAVIER:                    Ya está. No te preocupes.

JAVIER baja de la mesa. 

SOFÍA:                      Ayer le pusiste una madera más.

JAVIER:                    Todas las veces lo hago igual, mi amor.

SOFÍA:                      Al menos ponle más clavos.

JAVIER:                    Ya no hay.

SOFÍA:                      Yo encontré algunos más.  Los puse en la caja de herramientas de tu abuelo.  Están un poco oxidados, pero creo que igual sirven.

JAVIER verifica que la ventana esté bien tapada con las maderas.

JAVIER:                    Ya estamos seguros. No te preocupes.

SOFÍA:                      Prende la luz.

JAVIER prende un lamparín.

SOFÍA:                      ¿Dónde estuviste? ¿Por qué te demoraste tanto?

JAVIER:                    Ya estoy aquí. Tranquil—

SOFÍA:                      Pensé que te había pasado algo. Pensé que—

JAVIER:                    Pero no me ha pasado nada. Ya estoy aquí. Ya no hay nada de qué preocuparse, ¿ves?

SOFÍA:                      No sé cómo puedes decirlo tan fácil.

JAVIER:                    Yo no dije que fuera fácil.

SOFÍA:                      Pero piensas que ya debería estar acostumbrada a esta rutina. Porque ahora es nuestra rutina, ¿no? Que tú salgas. Que yo me quede acá, en silencio. A oscuras.  Sintiendo miedo todo el tiempo—

JAVIER:                    No hay de qué tener miedo. Ya te lo dije.

SOFÍA:                      No saber dónde te vas.  Siempre en silencio.  Y cuando por fin oigo algo es—

JAVIER:                    No tengas miedo. No hay de qué.

SOFÍA:                      Cuando por fin oigo algo son disparos. Y gritos. Y tú no estás. Tú te vas y me dejas y yo—

JAVIER:                    Ya estoy aquí, mi amor. Ya estoy aquí.

SOFÍA:                      Pero antes no estabas. Y hoy escuché más disparos. Sonaban más cerca que ayer. ¿No serán los terroristas? ¿No será que otra vez—?

JAVIER:                    Son los militares. Hacen sus rondas y disparan. Siempre es igual.

SOFÍA:                      Siempre me dices lo mismo. Pero no sabes lo que se siente quedarse acá. Sola.  En silencio. Pensando que—

JAVIER:                    Está bien. Perdón.

JAVIER se acerca a SOFÍA y la abraza. SOFÍA se aferra a él.

JAVIER:                    No te angusties. Yo estoy aquí. Contigo. Siempre voy a estar contigo.

SOFÍA:                      ¿Cómo sabes? ¿Qué pasa si la próxima vez que sales te—?

JAVIER:                    Porque lo sé. Confía en mí. Tengo una sorpresa para ti.

JAVIER mira a su alrededor, como planeando lo que hará.

JAVIER:                    Cierra los ojos.

SOFÍA:                      Javier—

JAVIER:                    Por favor.

SOFÍA:                      ¿Para qué?

JAVIER:                    Cierra los ojos. Sólo un par de minutos. Por favor.

SOFÍA:                      (Resopla) Ya, pero dime cuánto te vas a demorar de verdad.

JAVIER:                    Sólo un ratito. En serio.

SOFÍA cierra los ojos. Durante el siguiente diálogo, JAVIER busca y acomoda algo en los bolsillos de su saco en silencio. En cuanto ha terminado, mira el lugar como tomando una decisión. Luego acomoda algunas sábanas viejas en el suelo, hacia la boca de escena, formando con ellas una especie de ondas.

SOFÍA:                      (Al tiempo en que JAVIER comienza a accionar) Lo mismo dijiste  hoy al salir. Que sólo iba a ser un ratito. Pero después…

JAVIER:                    No me demoré tanto.

SOFÍA:                      Es que para ti el tiempo se mide distinto, pues. Cuando dices un minuto, ya sé que van a ser diez. Cuando dices “un ratito” pueden ser horas.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Ya puedo abrir los ojos? ¿Puedo? Javier.

JAVIER:                    ¿Tú qué crees?

SOFÍA:                      Que no.

JAVIER:                    ¿Entonces para qué preguntas?

SOFÍA:                      Para ver si la respuesta cambia.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Qué tanto haces?

JAVIER:                    Si te digo, ya no sería sorpresa.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Dónde estuviste?

JAVIER:                    Por ahí.

SOFÍA:                      Te estoy preguntando en serio. Javier.

JAVIER:                    Sí. Dame un ratito.

Pausa.

SOFÍA:                      Y sí te demoraste.

JAVIER:                    ¿Ah?

SOFÍA:                      Que cuando saliste sí te demoraste.

Silencio mientras JAVIER termina de acomodar las sábanas.  Inmediatamente después, JAVIER acomoda latas vacías como para formar con ellas una especie de castillo muy simple.

SOFÍA:                      ¿Qué tanto estuviste haciendo—?

Una lata cae. SOFÍA se sobresalta. 

SOFÍA:                      (Exaltada) ¿Qué fue eso?

JAVIER:                    Nada.

SOFÍA:                      ¿Fue una lata de comida? ¿Se abrió? ¿Se derramó mucho?

JAVIER:                    No pasó nada. No abras los ojos.

SOFÍA queda en silencio un rato largo, mientras JAVIER sigue armando su castillo de latas, intentando hacer el menor ruido posible.   

SOFÍA:                      No me gusta cuando estás tan callado.

JAVIER:                    ¿Ah?

Pausa. JAVIER sigue trabajando.

SOFÍA:                      Y pensar que antes me gustaba el silencio. Era como… Un respiro. Ahora me ahoga. Me aplasta. Me da miedo. Preferiría mil veces escuchar el ruido. Los motores de los carros viejos. Las radios a todo volumen. Las bocinas. Las voces de los cobradores de micro. De los vendedores. El ruido de las construcciones. Las alarmas sonando por todas partes. Escuchar algo. Lo que sea. Cualquier cosa en vez de este silencio que…  ¿Me estás escuchando? Javier.

JAVIER:                    ¿Ah?

SOFÍA:                      Nada.

JAVIER:                    Perdón, es que estoy—

SOFÍA:                      ¿Qué tanto haces?

JAVIER:                    Dame un ratito. Ya termino.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Por qué te demoraste tanto afuera?

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      ¿Por qué me dejaste sola tanto tiem—?

Caen varias latas. SOFÍA se sobresalta. JAVIER se frustra un poco, pero se contiene y continúa armando su castillo.

SOFÍA:                      ¿Qué pasó?

JAVIER:                    Nada. No abras los ojos.

SOFÍA:                      No me digas que no pasó nada. Algo se ha caído. Algo se ha roto. Te juro que si estás jugando con las latas de comida, yo—

JAVIER:                    No son las de comida. Ya te lo dije.

SOFÍA:                      (Respira hondo, intenta calmarse) Perdón, es que… Perdón.

JAVIER:                    Y yo nunca jugaría con las latas de comida.

SOFÍA:                      Tienes razón. Disculpa, es que…

JAVIER:                    No te preocupes.

SOFÍA:                      Es que las estuve contando. Ya ni sé para qué lo hago, si sólo quedan tres.

JAVIER:                    No te preocupes, mi amor.

SOFÍA:                      Dos y media. Es que me dio hambre y tú te demorabas y…

JAVIER:                    No te preocupes.

SOFÍA:                      Deja de repetir eso. Me haces sentir como si estuviera loca.

JAVIER:                    Perdón. No fue mi intención—

SOFÍA:                      Siempre haces lo mismo. Me dices que no pasa nada. Que no me preocupe. Como si  todo estuviera normal. Como si nunca hubiera habido bombas. Como si no escuchara disparos a todas horas. Como si no hubiera ningún peligro—

JAVIER:                    Es que ya no hay tanto peligro—

SOFÍA:                      ¿Entonces por qué hay tantos disparos?

JAVIER:                    Te lo he dicho mil veces. Son los militares haciendo sus rondas.

SOFÍA:                      ¿Cómo sabes? ¿Qué pasa si los que disparan son terroristas? ¿Qué pasa si otra vez empiezan a—?

JAVIER:                    Eso es imposible. Los militares tienen todo bajo control. Nos están cuidando.

SOFÍA:                      ¿Estás seguro? ¿No me lo estás diciendo sólo para calmarme?

JAVIER:                    Te lo juro. Sólo dame un minuto más. Ya termino.

SOFÍA asiente. Continúa con los ojos cerrados. JAVIER termina de armar el castillo con latas.  Se cuida de no hacer ruido. Pausa.

SOFÍA:                      ¿Ya puedo abrir los ojos? ¿Javier?

JAVIER:                    ¿Tú qué crees?

SOFÍA:                      Que no.

JAVIER:                    ¿Entonces para qué sigues preguntando?

SOFÍA:                      Tienes razón. Voy a dejar de preguntar y los voy a abrir.

JAVIER:                    ¡No! Ya está. Te juro que ya está.

JAVIER se acerca a SOFÍA.    

JAVIER:                    Ahora sí. Abre los ojos.

SOFÍA lo hace. JAVIER extiende los brazos como dando la bienvenida a SOFÍA y sonríe.  SOFÍA observa las sábanas y el castillo de latas.

JAVIER:                    Bienvenida.

SOFÍA:                      ¿Qué es todo esto?

JAVIER:                    Mira a tu alrededor—

SOFÍA:                      No. Hoy no tengo ganas de jugar a que estamos en algún lugar lindo que—

JAVIER:                    Esta vez es diferente. Mira bien.

SOFÍA:                      Siempre es lo mismo, Javier. Y la verdad es que justo hoy—

JAVIER:                    Está bien. Te voy a dar una pista. Estamos… en un lugar muy especial.

SOFÍA:                      Javier—

JAVIER:                    Tienes razón. Fue una pista tramposa. Aquí va otra: Es un lugar… que te gusta mucho.

SOFÍA:                      Ya sé lo que estás haciendo. Y te juro que lo aprecio. Pero ahora no estoy de humor para—

JAVIER:                    Es un lugar del que me hablaste cuando recién nos conocimos. Ya sé que me hablaste de muchos lugares, pero éste… éste es especial. El más especial de todos. Éste es—

SOFÍA:                      Un lugar al que no podemos ir.

JAVIER:                    Claro que podemos. Ya estamos ahí.  Mira.

SOFÍA:                      No tengo ganas, Javier. Hoy no.

JAVIER:                    ¿Cómo que “hoy no”?  Hoy con mayor razón tenemos que ir.

SOFÍA:                      ¿Adónde? Si no podemos ni—

JAVIER:                    No lo digas. Sólo… déjame darte este regalo. Es lo único que tengo para darte. Por favor.

JAVIER extiende su mano una vez más. SOFÍA asiente. Toma la mano de JAVIER, que la conduce unos pasos más adelante.

JAVIER:                    ¿La sientes?

SOFÍA:                      ¿Qué?

JAVIER:                    La brisa. ¿La sientes?

SOFÍA niega. JAVIER sopla suavemente cerca de la cara de SOFÍA, que no puede evitar sonreír.

JAVIER:                    ¿Y ahora?

SOFÍA:                      No sé.

JAVIER:                    Claro que sabes. Te refresca. Te alivia. Trae el aroma del océano. Es la brisa del mar.

SOFÍA:                      ¿El mar? ¿Cuál mar?

JAVIER junta sus manos, haciendo con ellas una forma de concha de mar. Las acerca a un oído de SOFÍA. Ella sonríe.

JAVIER:                    Este mar. ¿Lo oyes?

SOFÍA:                      Este mar. Claro.

JAVIER:                    Entonces tenemos la brisa… El sonido del mar… ¿Qué nos falta?

SOFÍA no contesta.

JAVIER:                    La arena. Está tibia. ¿La sientes?

SOFÍA:                      ¿Cuál arena? Aquí no hay—

JAVIER saca de sus bolsillos un par de puñados de arena. Los echa a los pies de SOFÍA, que sonríe.

SOFÍA:                      ¿Arena? ¿De dónde la sacaste?

JAVIER:                    (Bromeando) Si te lo digo… tendría que matarte.

SOFÍA:                      Tonto.

JAVIER:                    Así me quieres. ¿Ya sabes dónde estamos?

SOFÍA:                      Creo que sí.

JAVIER:                    Claro que sabes. Quítate los zapatos.

SOFÍA se quita los zapatos. JAVIER le da la mano. La conduce hasta que da un par de pasos sobre la arena.

JAVIER:                    Estamos en la playa… Hace calor… Pero la arena no quema. Tampoco está fría. Está… perfecta.

SOFÍA:                      Sí.

JAVIER:                    La arena tibia bajo tus pies. ¿Qué más sientes?

SOFÍA:                      No sé.

JAVIER:                    Yo siento que raspa. ¿Y tú?

SOFÍA:                      Sí. Raspa.

JAVIER:                    ¿Mucho?

SOFÍA:                      No. Sólo un poco. Me gusta. Me hace sentir que estoy…

JAVIER:                    En el lugar perfecto.

SOFÍA:                      En nuestra playa.

JAVIER la lleva hacia el castillo de latas.

JAVIER:                    Y mira: te hice un castillo de arena.

SOFÍA:                      Eso no es un castillo de arena.

JAVIER:                    Claro que sí.

JAVIER saca un resto de arena de su bolsillo.  Lo espolvorea sobre el castillo. SOFÍA no puede evitar sonreír.

JAVIER:                    ¿Viste que sí es de arena?

SOFÍA:                      Tonto.

JAVIER:                    Así me quieres. ¿O no?

SOFÍA:                      Tú sabes que sí. Tonto.

JAVIER señala las sábanas que tendió sobre el suelo.

JAVIER:                    Y ahí está el mar. Y te juro que si me dices que no es de agua…

SOFÍA:                      Nuestra playa. Cualquiera que me oyera, pensaría que somos millonarios.

JAVIER:                    Pero aquí nadie nos oye, así que puedes decir lo que quieras. Aquí quería traerte, ¿ves?

SOFÍA:                      ¿Hiciste todo esto por mí?

JAVIER:                    No puedo evitarlo. Me gusta verte sonreír.

SOFÍA sonríe.

JAVIER:                    Sé que no es mucho. Pero quería hacer algo especial para ti. Pensé que esto te haría feliz. Aunque sea por un momento. Feliz cumpleaños.

JAVIER se acerca como para besarla. Ella se tapa la boca.

JAVIER:                    Ya sé que no hay pasta de dientes. No me importa. Dame un beso.

Se besan. Quedan mirando al frente, disfrutando el momento.

JAVIER:                    ¿Una carrera al mar?

SOFÍA:                      No traje ropa de baño.

JAVIER:                    ¿Y eso desde cuándo ha sido un problema?

SOFÍA sonríe. JAVIER le da la mano. Corren juntos en dirección a la platea. Se detienen sobre las sábanas que JAVIER acomodó. Miran al frente. SOFÍA tantea las sábanas con las puntas de los pies. JAVIER la mira con intención.

SOFÍA:                      No me mires con esa cara.

JAVIER:                    (Sonríe) ¿Cuál cara?

SOFÍA:                      Esa. El agua está fría. No me pienso meter corriendo. Y pobre de ti que me hagas lo de siempre.

JAVIER:                    Ya. Está bien. Te lo prometo. En serio. Te lo prometo.

JAVIER deja de mirarla por un momento. SOFÍA lo mira de reojo, con recelo. Luego se calma y mira hacia el público como si fuera el mar. De pronto, JAVIER la carga y corre con ella en brazos, para entrar al mar que delineó con las sábanas.

JAVIER:                    ¡Al aguaaa!

SOFÍA:                      (Riendo y quejándose) Bájame. Javier. Ya, pues. Tú me prometiste—

JAVIER la echa sobre las sábanas, como si la echara al agua. Se sienta junto a ella.

JAVIER:                    Yo te prometí hacerte feliz. Y aquí estás, riendo.

SOFÍA:                      Reír no es lo mismo que ser feliz. Y eso lo sabemos perfectamente bien.

Quedan mirándose un momento.

JAVIER:                    Yo sólo sé que soy feliz ahora. En este momento. ¿Y tú?

SOFÍA:                      ¿Feliz? Ahora que lo pienso… Es una palabra muy grande.

JAVIER:                    No tanto. Tiene cinco letras. Dos sílabas…

SOFÍA:                      Tú me entiendes.

JAVIER:                    Intento. No todo tiene que ser tan complicado, ¿sabes?

SOFÍA:                      Ahora todo es complicado. Y eso no depende de mí.

JAVIER:                    ¿Entonces… yo tampoco te hago feliz?

SOFÍA:                      Eso es diferente.

JAVIER:                    ¿Entonces sí te hago feliz?

SOFÍA:                      ¿Para qué preguntas, si ya lo sabes?

JAVIER:                    Será que de vez en cuando yo también necesito que lo digas.

SOFÍA finge recoger agua con sus manos, como si realmente estuvieran en el mar. Le echa el agua imaginaria en la cara a JAVIER. Él hace lo mismo. Juegan un poco. Se besan. Se escucha un golpe seco, muy fuerte. SOFÍA se separa, muy asustada. JAVIER también se sobresalta un poco, pero en seguida lo disimula.

SOFÍA:                      ¿Qué fue eso? Javier, ¿qué fue eso?

JAVIER:                    Nada, mi amor. Son… gaviotas.

SOFÍA:                      ¿Gaviotas? ¿De qué estás hablando?

JAVIER:                    Estamos en la playa, ¿no?

SOFÍA:                      No estamos en la playa. Ni siquiera estamos cerca de la playa. Y allá afuera no hay gaviotas. Sólo hay—

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      ¿Qué hay exactamente? ¿Qué está pasando?

JAVIER:                    Olvídate de eso. Concéntrate en—

SOFÍA:                      No me pidas que siga jugando cuando acabo de escuchar disparos.

JAVIER:                    Son los militares. Nos están—

SOFÍA:                      No, Javier. Esos no suenan a disparos de advertencia. Suenan a—

JAVIER:                    Tranquila, mi amor—

SOFÍA:                      ¡No me digas que me quede tranquila! Dime qué son esos disparos. Y no me digas que son las rondas, porque no es cierto.

JAVIER:                    Mi amor—

SOFÍA:                      ¿A quién le están disparando? ¿Qué está pasando afuera?

JAVIER:                    No le están disparando a nad—

SOFÍA:                      No me mientas. Por favor, Javier. Tú eres el único que sale. Eres el único que ha visto—

JAVIER:                    No te estoy mintiendo. Los militares ya tienen todo bajo control. Ya no hay—

SOFÍA:                      ¿No te habrán seguido?

JAVIER:                    ¿Quién me va a seguir?

SOFÍA:                      Cualquiera. Todos. No sé, Javier.

JAVIER:                    Ellos ni siquiera saben que existimos, Sofía.

SOFÍA:                      ¿“Ellos”? ¿Quiénes son “ellos”? ¿Los militares? ¿Los terroristas? ¿Quiénes están ahí afuera?

JAVIER:                    Ya te dije: los militares tienen todo bajo—

SOFÍA:                      No. Algo está pasando. Cada vez hay más gritos. Cada vez hay más disparos.  Cada vez—

JAVIER:                    Aquí no corremos peligro.

SOFÍA:                      ¿Cómo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro después de todo lo que ha pasado?

JAVIER:                    Porque ya pasó.

SOFÍA:                      Dime la verdad. Los terroristas todavía no se han ido, ¿no es cierto? Se están acercando más. Eso pasa.

JAVIER:                    Sofía: no ganas nada angustiándote así. Por favor. Sigamos con—

SOFÍA:                      ¿Cómo sabes que esos tipos no están planeando dinamitar toda la ciudad?

JAVIER:                    Porque… Simplemente porque lo sé, Sofía.

SOFÍA:                      ¿Y entonces por qué no podemos salir?

JAVIER:                    Porque aquí es más seguro. Nada más.

SOFÍA:                      Es que no tiene sentido, pues. Si afuera ya todo está tranquilo, como tú dices… Si el peligro ya pasó… ¿Por qué no podemos salir?

JAVIER:                    Yo salgo. Y no me pasa nada, ¿ves?

SOFÍA:                      ¿Y entonces por qué no puedo salir yo?

JAVIER:                    (Piensa rápido) Porque me gusta engreírte. ¿Para qué vas a salir, si yo puedo traerte lo que necesitas?

SOFÍA:                      ¡No me trates como estúpida!

JAVIER:                    No te trato como… Por favor, Sofía. Todavía tengo algo más para ti. Pero primero hay que salir del mar.

SOFÍA no responde.

JAVIER:                    ¿Qué pasa? ¿Primero no querías entrar al mar y ahora no quieres salir?

SOFÍA:                      Dentro del mar, fuera del mar. Al final todo es lo mismo.

JAVIER:                    No estoy de acuerdo. Es completamente distinto. Dentro del mar se puede nadar, bucear—

SOFÍA:                      ¿Y qué importa eso ahora?

JAVIER:                    Ya sé: no te gustó el castillo de arena que hice. No te preocupes, podemos hacerlo de nuevo. Juntos.

SOFÍA:                      ¿Con qué? Si aquí no hay arena, no hay agua de mar… Aquí no hay nada.

JAVIER:                    No hagas esto. Por favor. Tengo una sorpresa más para ti.

SOFÍA:                      Ya no quiero más sorpresas. No quiero más sueños que no se pueden cumplir.

JAVIER:                    Nuestros sueños se pueden cumplir. Te lo juro. Sólo tienes que tener un poco de fe.

SOFÍA:                      Fe. Como si fuera tan fácil.

JAVIER le entrega algo invisible.

JAVIER:                    Ten. Toma la mía. Yo tengo suficiente para los dos.

SOFÍA:                      Ya basta, Javier. No quiero más juegos.

JAVIER:                    ¿Juegos?

SOFÍA:                      Juego. Cuento. Fantasía. Da igual. Son cosas que se les dicen a los niños. Yo no soy una niña.

JAVIER:                    Yo sé.

SOFÍA:                      ¿Entonces por qué me cuentas cuentos?

JAVIER:                    No son cuentos. Son… Te juro que no fue mi intención tratarte como… Yo sólo… Quiero hacer algo lindo por ti. Por tu cumpleaños.

SOFÍA:                      Sí. Lindo cumpleaños.

Silencio.

JAVIER:                    Yo sé que las cosas no son fáciles, Sofía. Justamente porque lo sé es que hago todo esto.

SOFÍA:                      Preferiría que no hagas nada. En serio. Preferiría olvidarme que hoy es mi cumpleaños.

JAVIER:                    Yo sé. Por eso quería hacer algo especial. Llevarte a nuestra playa como cuando—

SOFÍA:                      ¿De qué playa estás hablando? Este es el sótano de nuestra casa. Lo único que nos queda en el mundo.

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      Y no me digas que no, porque no soy idiota. Esa bomba explotó cerquísima.  Nuestra casa tiene que estar hecha pedazos. Sólo nos queda este sótano. Y yo ni siquiera puedo salir.

JAVIER:                    Yo sé. Pero—

SOFÍA va hacia las sábanas. Las sacude y las dobla mientras habla.

SOFÍA:                      Y esto no es el mar. Son sábanas.

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      Las únicas que pudimos rescatar. Las únicas que vamos a tener hasta sabe dios cuándo. Deberíamos cuidarlas mejor, no estar jugando con ellas.

JAVIER:                    Sofía, por favor—

SOFÍA va hacia el castillo de latas. Lo desarma haciendo ruido.

SOFÍA:                      Y esto no es un castillo de arena. Son latas viejas. Vacías. Inservibles. Esto es todo lo que tú me das: mentiras, fantasías… Cuentos. Nada más.

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. SOFÍA y JAVIER se sobresaltan. JAVIER inmediatamente se tranquiliza.

SOFÍA:                      ¿Y eso? ¿Me vas a decir que también son disparos de advertencia?

JAVIER:                    No sé. El sonido viene de lejos. No te preocupes tanto.

SOFÍA:                      Tú lo dices fácil porque a ti nada te preocupa. Tú siempre ves todo simple, todo lindo, todo posible. Como si vivieras en un cuento de hadas.

JAVIER golpea algo, molesto. Silencio.

JAVIER:                    ¿Por qué piensas que soy un imbécil?

SOFÍA:                      Yo no—

JAVIER:                    Yo sé perfectamente dónde estamos y en qué situación. Sé que aquí dentro no hay mar, ni brisa, ni castillos de arena.

SOFÍA:                      Javier—

JAVIER:                    No soy ningún idiota. Y sé que tú tampoco lo eres.

SOFÍA:                      Yo sé—

JAVIER:                    Hace dos segundos dijiste otra cosa. ¿Se te ocurrió pensar que todo esto lo hago por ti?

SOFÍA no responde.

JAVIER:                    Quiero que tengas algo de alegría, de esperanza. Verte sonreír. Perdóname si te parece demasiado estúpido.

SOFÍA:                      Perdóname, Javier. Tú… no tienes la culpa. Es sólo que yo estoy muy nerviosa y… Tú me entiendes.

JAVIER:                    (Un pequeño respiro) Está bien. No pasó nada.

Silencio.

SOFÍA:                      Perdóname. No fue mi intención hacerte sentir—

JAVIER:                    No pasó nada. En serio.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Podríamos seguir como si…? ¿Podemos hacer como si no hubiera—?

JAVIER:                    Claro que sí. No pasó nada.

SOFÍA:                      Estoy hablando en serio.

JAVIER:                    Yo también. No pasó nada.

SOFÍA:                      ¿Entonces podemos… seguir como antes?

JAVIER:                    Sí. Claro.

Silencio. SOFÍA mira a su alrededor. Vuelve a sacar las sábanas y rearma la playa. Pausa.

SOFÍA:                      ¿Y ahora? ¿Qué sigue? Tú habías preparado algo más.

JAVIER:                    Sí. Pero no te preocupes. No hace falta… No tenemos que hacer nada. Y menos si te parecen tonterías.

SOFÍA:                      No me parecen—

JAVIER:                    A fin de cuentas es tu cumpleaños.

SOFÍA:                      Y tú tenías otro regalo para mí.

JAVIER:                    Una sonsera. Otra fantasía.

SOFÍA:                      No importa. Me gusta imaginar que todo es posible contigo.

JAVIER:                    No tienes que hacerlo, Sofía. Yo sólo quiero—

SOFÍA:                      Hacerme feliz. Yo también quiero hacerte feliz. Tonto.

JAVIER:                    (No puede evitar sonreír) Ah. Y encima yo soy el tonto.

SOFÍA:                      Tú y yo. Los dos.

JAVIER:                    Yo diría que tú un poquito más que yo.

SOFÍA:                      Eso es relativo.

JAVIER:                    Algún día voy a aprender cuál es el momento exacto en que debo callarme.

SOFÍA extiende su mano hacia JAVIER. Él la toma.

SOFÍA:                      ¿Entonces… vamos?

JAVIER:                    (Un pequeño respiro, se decide) Vamos.

JAVIER conduce a SOFÍA hacia fuera de la zona en que armó el “mar” con las sábanas. Se detiene. Mira a su alrededor, como pensando en lo siguiente que hará.

JAVIER:                    No te voy a pedir que cierres los ojos. Aunque sería lo ideal.

SOFÍA cierra los ojos.

SOFÍA:                      Yo los cierro. Mira cómo los cierro por ti.

JAVIER toma una frazada, la dobla y la coloca sobre el suelo.  Luego le da la mano a SOFÍA.

JAVIER:                    Ven. Siéntate mientras yo preparo todo.

JAVIER conduce a SOFÍA a que se siente sobre la frazada. Ella mantiene los ojos cerrados. JAVIER acomoda cosas intentando no hacer ruido. Pausa.

SOFÍA:                      ¿Javier, estás ahí?

JAVIER:                    Sí, mi amor. Aquí estoy.

JAVIER continúa acomodando cosas en silencio. 

SOFÍA:                      ¿Javier? ¿Sigues ahí?

JAVIER:                    ¿Dónde más podría estar?

SOFÍA:                      No sé. No te quedes callado. Por favor. No me gusta el silencio.

JAVIER:                    Te cantaría, pero ya sabemos que mi voz asusta hasta a los muertos.

JAVIER continúa su quehacer en silencio.

SOFÍA:                      ¿Javier?

JAVIER:                    No te preocupes, ya casi termino. Listo. Ya puedes abrir los ojos.

SOFÍA abre los ojos. Ahora hay otra frazada frente a SOFÍA, estirada a manera de manta en el suelo. Sobre ella, hay dos copas, de juegos diferentes o plásticas. JAVIER está muy sonriente. Tiene en las manos una botella plástica sin etiquetas, llena de agua.

SOFÍA:                      ¿Copas? ¿De dónde sacaste—?

JAVIER:                    Ya te dije: tendría que matarte. (En referencia a la botella de agua) ¿Una copa de vino tinto?

SOFÍA:                      Ese tinto se ve un poco… descolorido, ¿no crees?

JAVIER:                    Para nada.

JAVIER sirve un poco de agua en ambas copas. Le da una a SOFÍA y se queda con la otra.

JAVIER:                    Lo que pasa es que no has tenido tiempo de apreciarlo. Recuerda que hay que dejarlo respirar un poco.

JAVIER mueve levemente las copas, como dejando que el vino respire. SOFÍA le sigue el juego. Luego de un momento de realizar esta acción, JAVIER siente el aroma del agua.

JAVIER:                    Es un cabernet sauvignon.

SOFÍA:                      (Siguiendo el juego) Tú dirás. Tú eres el experto.

JAVIER observa el agua con gran atención.

JAVIER:                    Un cabernet sauvignon de muy buen cuerpo. Color rojo intenso. Con algunos matices violáceos.

JAVIER siente nuevamente el aroma del agua.

JAVIER:                    Con aroma a cerezas… A ciruelas… A chocolate…

SOFÍA le sigue el juego. Siente el aroma del agua.

SOFÍA:                      A canela. Como esos inciensos que le gustan a mi tía Carmen…

JAVIER:                    Al tabaco de la pipa de mi abuelo…

SOFÍA:                      Felizmente en eso no saliste a él. Porque a mí el olor a tabaco francamente—

JAVIER señala la copa. SOFÍA siente el aroma del agua.

SOFÍA:                      Al día en que nos conocimos…

JAVIER:                    A nuestro primer campamento…

SOFÍA:                      A la primera vez que me cocinaste…

JAVIER:                    A la primera vez que te vi dormir…

SOFÍA:                      Al día en que te contrataron como cocinero…

JAVIER:                    A tu graduación de la universidad…

SOFÍA:                      A tu ascenso a jefe de la partida de postres…

JAVIER:                    A todas las amanecidas trabajando en tu tesis…

SOFÍA:                      A la primera campaña de marketing que hice para tu restaurante.

JAVIER:                    En realidad no es “mi” restaurante.

SOFÍA:                      Tampoco es “nuestra” playa. Pero aquí podemos decir lo que nos dé la gana, ¿verdad?

JAVIER:                    Verdad. Al día en que te pedí que te mudes conmigo…

SOFÍA:                      A cuando por fin te hicieron sous chef…

JAVIER:                    A esa tarde en la playa…

SOFÍA:                      Cuando me pediste que me case contigo… A la última noche en que— La noche que bajamos aquí— Javier, creo que mejor—

JAVIER:                    Tienes toda la razón. Ya reconociste el vino. Ahora sí podemos tomar con gusto.

JAVIER llena ambas copas hasta el tope con el agua de la botella.

SOFÍA:                      No me sirvas tanto. Acuérdate que nos tiene que alcanzar para—

JAVIER:                    No me digas que tienes miedo de emborracharte.

SOFÍA:                      No. Tengo miedo de que—

JAVIER:                    ¿Me aproveche de ti?

JAVIER le alcanza su copa a SOFÍA. Levanta su copa como para hacer un brindis, pero SOFÍA no espera más y bebe el agua rápida y ávidamente. Luego se da cuenta de que JAVIER sigue con su copa en alto.

SOFÍA:                      Perdón. Me moría de sed.

JAVIER:                    Increíble. Tanto tiempo juntos y todavía buscas excusas para emborracharte y aprovecharte de mí.

SOFÍA no puede evitar sonreír.

JAVIER:                    Esa sonrisa, ¿ves? Por esa sonrisa es que soy capaz de hacer todas las tonterías del mundo.

SOFÍA ríe. JAVIER se acerca como para besarla. SOFÍA se tapa la boca. 

JAVIER:                    No me importa, Sofía. Dame un beso.

Se besan. Quedan mirándose un momento. JAVIER sonríe.

JAVIER:                    ¿En qué piensas?

SOFÍA:                      En que tengo que ir al baño. No me mates.

JAVIER intenta ocultar su desilusión. Le pasa un balde a SOFÍA.

SOFÍA:                      ¿Podrías…?

JAVIER:                    Sí. Claro.

JAVIER apaga el lamparín. SOFÍA se oculta parcialmente en algún lugar. Orina.

SOFÍA:                      Listo.

SOFÍA le da el balde a JAVIER. 

SOFÍA:                      Perdón. Malogré el momento.

JAVIER pone el balde en un rincón y lo tapa con periódicos.

JAVIER:                    No.

Pausa.

SOFÍA:                      ¿Y ahora?

JAVIER:                    Ahora… ¿Regresamos a la playa?

SOFÍA asiente. JAVIER la lleva de nuevo a sentarse en la posición anterior, frente a las copas.

JAVIER:                    Me olvidaba.

JAVIER trae un palo. Lo levanta, se lo muestra a SOFÍA con gran orgullo y sonríe.

SOFÍA:                      (Sonriendo también) ¿Y eso qué es?

JAVIER:                    Una sombrilla. Porque puedo apostar todo lo que tengo a que otra vez se te olvidó traer tu bloqueador.

SOFÍA:                      Qué bien me conoces.

JAVIER acomoda el palo en posición vertical enganchándolo en algún lugar cerca de SOFÍA.

JAVIER:                    Listo, señora.

SOFÍA:                      Señorita.

JAVIER:                    Bueno, señorita: si se va a poner a discutir cada cosita, ya no le doy su último regalito.

SOFÍA:                      ¿Hay más regalos?

JAVIER:                    Como si no me conocieras.

Quedan mirándose por un momento.

SOFÍA:                      Y quieres que vuelva a cerrar los ojos.

JAVIER:                    Si no te molesta mucho…

SOFÍA:                      Está bien.

SOFÍA cierra los ojos. JAVIER comienza a preparar algo que no vemos.

JAVIER:                    ¿Qué quieres que te cocine cuando todo se arregle?

SOFÍA:                      Javier–

JAVIER:                    Te traje el vino, pero te voy a deber la cena. Dime, pues. ¿Qué te gustaría?

SOFÍA:                      No sé. Lo que sea. Con tal que sea comida…

JAVIER:                    Mentira. Imagínate lo primero que te gustaría comer saliendo de acá.

SOFÍA:                      ¿Qué importa? ¿Acaso lo puedo tener?

JAVIER:                    ¿Por qué no?

SOFÍA:                      Porque en esta situación—

JAVIER:                    No comiences, pues. Sueña conmigo. Imagina. Piensa en los detalles. Ya estás fuera de aquí. Es tu cena de cumpleaños y puedes comer cualquier cosa. ¿Qué quisieras?

SOFÍA:                      (Lo piensa) La causa que me hacía mi mamá cuando era chiquita. Causa sonriente. Con la palta y el tomate encima formando una carita feliz.

JAVIER:                    Perfecto. No es tan difícil, ¿ves? ¿Y de segundo?

SOFÍA:                      (Lo piensa) Tu ají de gallina.

JAVIER:                    ¿Y de postre?

SOFÍA:                      (Lo piensa) El arroz con leche que hacía mi abuelita.

JAVIER:                    No hay problema. Tu mamá me dio la receta.

SOFÍA:                      ¿En serio?

JAVIER:                    (Asiente) Cuando pusimos fecha para el matrimonio le pedí sus recetas de todos tus platos favoritos.

SOFÍA:                      Increíble.

JAVIER:                    Es mi truco, ¿ves? Nunca dejar de sorprenderte.

Una pausa mientras JAVIER termina de preparar su sorpresa. 

SOFÍA:                      ¿Javier, qué estás haciendo? ¿Javier?

JAVIER:                    Estoy terminando de decorar tu torta.

SOFÍA:                      ¿Mi torta? ¿Cómo que mi—?

JAVIER:                    ¿Acaso alguna vez te he celebrado un cumpleaños sin torta?

SOFÍA:                      No. (Soñando despierta) ¿Y qué torta me has preparado?

JAVIER:                    Tu favorita. Listo. Ya puedes abrir los ojos.

SOFÍA abre los ojos. JAVIER ha puesto frente a ella un pan.

JAVIER:                    Bizcochuelo de almendras… bañado en mousse de crema de avellanas… mousse de chocolate de leche… mousse de chocolate bitter…

SOFÍA:                      (Entrando al juego) Todo bañado en chocolate belga y recubierto con almendras molidas.

JAVIER:                    Exacto.

SOFÍA:                      ¿La puedo probar?

JAVIER:                    Claro que sí. Pero primero…

JAVIER prende un fósforo. Silba la melodía del tradicional “Cumpleaños feliz”.  SOFÍA se pone seria inmediatamente.

SOFÍA:                      Javier—

JAVIER:                    Pide tu deseo.

SOFÍA no dice nada. El fósforo se consume.

JAVIER:                    Yo sé que no es igual cantarlo que silbarlo, pero ya sabes que mi voz…

SOFÍA:                      No importa. Sólo… comamos.

JAVIER:                    No te preocupes. No pude conseguir velitas, pero creo que me queda otro fósforo.

JAVIER busca en sus bolsillos. 

SOFÍA:                      No hace falta.

JAVIER:                    Claro que hace falta. Es tu cumpleaños.

SOFÍA:                      Escúchame—

JAVIER:                    Tienes que pedir tu deseo para poder partir la torta.

SOFÍA:                      Javier, escúchame.

JAVIER:                    Después la podemos probar, y puedes tratar de adivinar qué ingrediente secreto le puse este año.

JAVIER encuentra un fósforo.

JAVIER:                    Yo sabía que tenía un par más.

JAVIER se dispone a prender el fósforo. SOFÍA lo detiene.

SOFÍA:                      Basta, Javier. No gastes los fósforos así.

JAVIER se detiene.

SOFÍA:                      Yo… te agradezco todo lo que has hecho. Fue un detalle muy lindo. De verdad.  Y ya está bien. No necesito más. En serio.

JAVIER:                    Necesitas tu deseo. Una celebración de cumpleaños no está completa si no se pide un deseo.

SOFÍA:                      No necesito nada de eso. De verdad.

JAVIER:                    ¿Qué te preocupa, los fósforos? No te angusties por eso. Yo tengo más por ahí guardados. Y hoy es una ocasión especial.

SOFÍA:                      Es que no es sólo por los fósforos. Es—

JAVIER:                    Ya. Esto también te parece una tontería, ¿no?

SOFÍA:                      No. Si acabo de decirte que todo me pareció muy lindo.

JAVIER:                    No tienes que darme explicaciones. En serio.

SOFÍA:                      De verdad no te das cuenta, ¿no?

JAVIER:                    ¿De qué?

SOFÍA:                      De que yo ya no puedo con esto. No puedo seguir jugando a que estamos en la playa, a que tomamos vino tinto, a que comemos torta de almendras con chocolate…  No puedo más. ¿No te das cuenta?

JAVIER:                    Sí. Claro. Pero—

SOFÍA:                      Yo no soy como tú. Yo no puedo jugar a que los fósforos son velas. No puedo cerrar los ojos, soplar y pedir un deseo.

JAVIER:                    Yo te entiendo, pero—

SOFÍA:                      No puedo pedir un deseo porque ya no me atrevo a desear nada.

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      Desde que estamos aquí yo sólo tengo un deseo. Uno solo. Y ya lo pedí. Todos los días. Miles de veces. Millones. Pero no se cumple. Nunca se cumple. Nunca—

JAVIER:                    Tienes razón.  Fue una idea tonta. Vamos, regresemos a la playa.

SOFÍA:                      ¿Cuál playa? ¿Acaso podemos salir de aquí? ¿Cuánto tiempo llevamos metidos en este maldito sótano? ¿Un mes? ¿Más? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir—?

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      ¿Acaso puedo ir a ver qué pasó con todo el mundo después de los atentados?  ¿Acaso puedo hablar con mi mamá, con mi papá, con mis hermanos, con mis amigos?  ¿Acaso puedo ver si todavía están vivos, o si—?

JAVIER:                    Basta, Sofía. Esto no te hace bien.

SOFÍA:                      ¿Y acaso me hace bien fingir que no ha pasado nada? ¿Que no hay terroristas, que nunca hubo bombas, que no oigo disparos de la mañana a la noche? ¿Fingir que ni siquiera estamos encerrados aquí? ¿Eso sí me hace bien?

JAVIER no responde. 

SOFÍA:                      ¿Ahora entiendes por qué no quería celebrar mi cumpleaños? Acá no hay nada que celebrar, Javier. Nada.

Pausa. JAVIER le da el pan a SOFÍA. Ella lo parte y le ofrece la mitad.

SOFÍA:                      Tú lo trajiste. Si por lo menos me dijeras de dónde.

JAVIER recibe el pan. Ambos comen con hambre. Silencio.

JAVIER:                    Al menos nosotros estamos juntos. Al menos nosotros no estamos muertos. Perdóname si te parece demasiado estúpido como para celebrar.

SOFÍA:                      No quise decir eso. Quise… Tú sabes lo que quise decir. Me conoces mejor que nadie.

JAVIER:                    Pero no puedo hacer nada por ti. No puedo arreglar nada. Ni siquiera puedo darte lo mínimo que necesitas.

Pausa.

SOFÍA:                      Hay algo que sí podrías darme. Pero no sé si—

JAVIER:                    Tú sabes que yo haría cualquier cosa por ti.

SOFÍA:                      Y tú sabes que yo no te pediría algo si no fuera realmente importante para mí.

JAVIER:                    Sí.

SOFÍA:                      Y si no supiera que es algo que me puedes dar.

JAVIER:                    Pídeme lo que quieras. Yo voy a estar feliz de darte algo que realmente necesites. Lo que sea.

SOFÍA:                      ¿Aunque sea difícil?

JAVIER:                    Con tal que no sea imposible… Además es tu cumpleaños, así que todos tus deseos se tienen que cumplir.

SOFÍA:                      Lo que de verdad quiero… Lo único que de verdad quiero ahora… Lo único que quiero y puedo tener… Es salir de aquí.

Silencio.

SOFÍA:                      ¿Me escuchaste, Javier? Dije que—

JAVIER:                    ¿Para qué? ¿Para qué quieres salir?

SOFÍA:                      Necesito ver qué está pasando. Ver qué ha quedado después de las bombas. Ver la casa de mis papás. Nuestra casa. Ver—

JAVIER:                    No. Ni hablar. Es demasiado peligroso.

SOFÍA:                      Tú dijiste que las cosas ya se habían calmado.

JAVIER:                    Y se han calmado. Pero eso no significa que—

SOFÍA:                      Tú sales. Sales cuando quieres. Y después vuelves.

JAVIER:                    No me hables como si salir de acá fuera igual que ir a dar un paseo.

SOFÍA:                      Yo sé que no es —

JAVIER:                    ¿De verdad sabes? Porque me lo reclamas como si fuera un derecho que yo tengo y tú no. Como si fuera algo… agradable.

SOFÍA:                      Yo sé que no es agradable. Pero se ve que puedes salir cuando quieres. Y no te pasa nada.

JAVIER:                    Tú no sabes lo que me pasa cuando salgo.

SOFÍA:                      ¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué hay allá afuera, Javier? ¿Qué está—?

JAVIER:                    No entiendo por qué quieres arriesgar tu vida por un capricho.

SOFÍA:                      Es que no es un capricho. Es querer saber lo que está pasando a mi alrededor.

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      O sea que sí es peligroso afuera. Entonces la guerra sigue. Hasta ahora. (Un pequeño respiro) Yo sabía.

JAVIER:                    Bueno, después de todo lo que ha pasado es natural que todavía haya algo de movimiento. De peligro.

SOFÍA:                      Es la primera vez que lo admites.

JAVIER:                    No sabía que me estabas interrogando.

SOFÍA:                      No. Pero es la primera vez que admites que no todo ha terminado. Lo que todavía no me has dicho es qué está pasando exactamente.

JAVIER:                    Lo que está pasando no tiene nada que ver con nosotros. Es entre el gobierno y esos locos. Nosotros estamos a salvo aquí.

SOFÍA:                      Puede ser. ¿Pero hasta cuándo?

JAVIER:                    Hasta que salgamos por esa puerta, camino a nuestra despedida de solteros.

SOFÍA:                      No comiences—

JAVIER:                    No, Sofía. Ya lo discutimos. Los dos vamos a tener nuestra despedida juntos. No quiero que las locas de Sandra y de Camila te lleven de juerga. Me niego a dejar que termines ebria y sin un sol en la terminal de buses, como cuando quisieron llevarte a probar ayahuasca con no sé qué chamán de Iquitos.

SOFÍA:                      No estoy bromeando—

JAVIER:                    Yo tampoco. Entonces: vamos a tener nuestra despedida los dos juntos. Al día siguiente, vamos a hacer nuestro matrimonio civil. Con tus papás, mi mamá y su nuevo esposo, mi papá y su nueva novia, nuestros mejores amigos y nuestros testigos. Porque vamos a hacer como acordamos: vamos a elegir a dos completos extraños como nuestros testigos, para que ninguno de nuestros amigos se resienta. Los vamos a elegir en la playa, porque no importa quiénes sean, pero eso sí: les tiene que gustar el mar.

SOFÍA:                      Ya basta. No sigas.

JAVIER:                    Voy a seguir hasta que por fin me creas: yo te voy a sacar de acá. Cuando todo esto termine, yo me voy a encargar de que salgamos de aquí. Y nos vamos a casar por civil. Y vamos a hacer una comilona aquí, en la casa. Después, mi mamá te va a dar el broche azul de mi abuela. Ese que mi abuelo le regaló cuando se casaron. Y al día siguiente, en cuanto amanezca, vamos a ir a nuestra playa. Para tener nuestro matrimonio de verdad. Con el mar y la arena y el sol como testigos. Y ahí vamos a intercambiar nuestros aros.

SOFÍA:                       (Harta) ¡¿Qué aros?! ¿Qué comida, qué casa? De qué estás hablando, si ya no tenemos nada.

SOFÍA se derrumba. Pausa. JAVIER busca algo entre las cajas. Regresa ocultando algo en sus manos.

JAVIER:                    Cierra los ojos.

SOFÍA:                      ¡No!

JAVIER:                    Cierra los ojos.

SOFÍA:                      ¡No quiero! ¡Ya no quiero cerrar los ojos!

JAVIER toma las manos de SOFÍA, las abre a la fuerza y coloca en ellas una cajita. 

JAVIER:                    Estaba guardando esto para cuando nos casáramos, pero—

SOFÍA se da cuenta de lo que tiene entre las manos.

SOFÍA:                      ¿Nuestros aros? ¿Dónde los—?

JAVIER:                    Entre los escombros. No es cierto que no tengamos nada. Nos tenemos a nosotros. Tenemos todo nuestro futuro por delante. Vamos a salir de aquí. Los dos juntos. Y nos vamos a casar. Te lo juro.

SOFÍA:                      ¿Cuándo? ¿Cuándo vamos a salir de aquí?

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      Yo no me quiero morir encerrada.

JAVIER:                    No te vas a—

SOFÍA:                      No me quiero quedar aquí para siempre.

JAVIER:                    Para siempre no.  Sólo hasta que… Hasta que se calmen un poco más las cosas.

SOFÍA:                      ¿Y cuánto falta para eso? ¿Cuánto?

JAVIER:                    (Un pequeño respiro) No sé.

Silencio.

SOFÍA:                      Aunque sea una vez, Javier. Sólo quiero salir una vez. Ver cómo está todo.

JAVIER:                    Ya no hay nada que ver.

SOFÍA:                      Lo dices porque tú ya estuviste afuera, tú sales, en cambio yo—

JAVIER:                    Llevamos un mes aquí encerrados, Sofía.

SOFÍA:                      Por eso. Creo que ya es momento de—

JAVIER:                    Un mes y un par de días.

SOFÍA:                      Yo sé. Por eso te digo que—

JAVIER:                    Dos semanas de bombas. Catorce días. Y después —

SOFÍA:                      Pero eso ya pasó. Ahora—

JAVIER:                    Ahora sólo hay silencio.

SOFÍA:                      Por eso. Ya todo está más tranquilo. Ya sé que hay disparos de vez en cuando… Pero al menos ya no se oyen bombas. Ya sólo hay disparos. Ya no—

JAVIER:                    Ya no hay nada que ver, Sofía.

Pausa.

SOFÍA:                      No entiendo.

JAVIER:                    No hay nada que ver. No queda nada. Absolutamente nada.

Pausa.

JAVIER:                    ¿Me entiendes? Allá afuera no hay nada.

SOFÍA:                      ¿Cómo que no hay—?

JAVIER:                    ¿Te acuerdas  de esas películas que veíamos? ¿Esas sobre la segunda guerra mundial?

SOFÍA:                      No entiendo qué—

JAVIER:                    ¿Te acuerdas lo que quedaba al final? ¿Después de que caían las bombas?

SOFÍA:                      Sí, pero—

JAVIER:                    Todo está destrozado. Los edificios, las casas, las calles… Todo. Nuestra casa. El restaurante.

SOFÍA:                      Sí, me imagino. Pero más allá—

JAVIER:                    La municipalidad. La panadería donde comprábamos empanadas los domingos. El puesto de anticuchos de la señora Juanita. El parque. Nuestra banca.  Nuestro árbol. Todos los árboles. No queda casi nada en pie. Al menos hasta donde yo he podido ver. Toda la gente ha desaparecido. No he visto a nadie en un mes. No hay nadie en las calles. Sólo militares. Sólo… Sólo disparos. Y silencio. De repente suena estúpido, pero el silencio se siente. Se puede respirar. Y es lo único que queda.

Pausa.

JAVIER:                    Tú querías la verdad.

Silencio.

SOFÍA:                      ¿Entonces todo lo que me dijiste en este tiempo…?

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      ¿Cómo pudiste mentirme así?

JAVIER:                    ¿Si tuviéramos un hijo, le dirías la verdad?

SOFÍA:                      Yo no soy tu hija. No soy una niña.

JAVIER:                    Yo sé. Sólo quería protegerte. Cuidarte. Ayudarte a que tengas algo de esperanza. Perdóname.

Silencio.

SOFÍA:                      ¿Qué otras mentiras me has dicho?

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      ¿Así iba a ser nuestro matrimonio?

JAVIER:                    Esta no es una situación normal, Sofía.

SOFÍA:                      Pero es todo lo que tenemos. Quizá sea todo lo que vamos a tener.

JAVIER:                    Esto no va a ser todo. No puede ser todo. Nosotros vamos a tener más.  Vamos a vivir todo lo que soñamos.

SOFÍA:                      No, Javier. Si las cosas están como tú dices, entonces ya no—

JAVIER:                    Vamos a casarnos en la municipalidad porque no nos da la gana de entrar a una iglesia ni siquiera en ese día. Pero nuestro matrimonio de verdad lo vamos a hacer frente al mar. Sólo tú y yo. Sin curas ni burocracias. Y tú vas a llevar un vestido color turquesa, no blanco. Y en nuestra luna de miel vamos a volver a todas las playas que hemos conocido juntos. Y en cada una vamos a recoger caracoles y arena y agua de mar. Y vamos a guardar todo en esos frasquitos que tanto te gustan. Y antes de volver a casa, vamos a hacer una última parada: vamos a ir a nuestra playa. Todo va a ser como lo planeamos. Sólo tenemos que dejar que las cosas pasen. Esperar un poco. Nada más.

Silencio.

SOFÍA:                      ¿Y las cosas que traes?

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      Pan. Agua. Fósforos. Papel periódico—

JAVIER:                    ¿Vas a hacer un listado de toda nuestra miseria?

SOFÍA:                      Sólo digo que son cosas. Son algo. Y tú antes dijiste que allá afuera no había nada.

JAVIER:                    Está bien. Hay algo. Hay… Lo que ya te dije: los restos de… Los restos.

SOFÍA:                      ¿Y entonces… de dónde traes las cosas? ¿Con quién…? Tienes que haber visto a alguien. Yo sé que no es mucho, pero de alguna forma consigues lo que—

JAVIER:                    No preguntes cosas que no quieres saber.

SOFÍA:                      Quiero saber todo.

JAVIER:                    No, Sofía. Tú no quieres saber todo. Tú no quieres saber lo que he tenido que hacer por el agua, y ese papel periódico, y esos fósforos, y ese pan. Tú no quieres saber.  Créeme.

SOFÍA:                      ¿Así va a ser siempre? ¿Tú vas a decidir qué quiero y qué no quiero saber?

JAVIER:                    No. Sólo… No.

SOFÍA:                      ¿Qué pasó? ¿Se te acabaron las fantasías? ¿Te quedaste sin cuentos para contarme?

JAVIER:                    No era mi intención—

SOFÍA:                      ¿Ah, no? ¿Entonces cuál era?

JAVIER:                    ¿Por qué me tratas así?

SOFÍA:                      ¿Yo? ¿Yo te trato así? Tú te la pasas mintiéndome por un mes, ¿y yo te trato así?

JAVIER:                    Yo no te mentí. Sólo… no te dije toda la verdad, porque—

SOFÍA:                      Porque piensas que soy una muñequita.

JAVIER:                    Porque no quería que te sientas… Tú no eres la única que… Yo también estoy—

SOFÍA:                      Tú al menos pudiste decidir.

JAVIER:                    Qué. ¿Qué crees que yo decidí? ¿De verdad crees que yo tengo alguna decisión en esto? ¿Crees que tengo control sobre algo?

SOFÍA:                      Tienes control sobre mí. Sobre lo que yo sé.

Pausa.

JAVIER:                    Está bien. Dime. ¿Qué quieres saber?

SOFÍA:                      Nada. Todo. No sé, Javier. Lo que necesito es… Salir. Salir y verlo todo con mis propios ojos.

JAVIER:                    No hay nada que ver. Ya te lo dije.

SOFÍA:                      Y yo ya no sé si creerte.

JAVIER:                    Es mi deber cuidarte. Y lo voy a hacer, aunque no te guste. Aunque te molestes conmigo.

Silencio.

SOFÍA:                      Creo que no me estás entendiendo, Javier. Yo no necesito tu permiso. Yo no te necesito para salir.

JAVIER:                    ¿Qué me estás diciendo?

SOFÍA:                      Que si quiero salir, lo voy a hacer.

JAVIER:                    No.

SOFÍA:                      Contigo o sola. Con tu permiso o sin él.

JAVIER:                    ¿Qué vas a hacer, pegarme y escaparte?

SOFÍA:                      No sabía que estaba presa.

JAVIER:                    Es una forma de decir.

SOFÍA:                      Yo sé que tú quieres cuidarme—

JAVIER:                    Entonces déjate cuidar. Por favor.

SOFÍA:                      Javier: Yo voy a salir. Si quieres, vienes conmigo. Y si no—

JAVIER:                    ¡No puedo creer que seas tan terca!

SOFÍA:                      Lo mismo digo. Vuelvo en un rato.

SOFÍA comienza a prepararse para salir. JAVIER la detiene rápidamente.

JAVIER:                    Está bien. Tienes razón. Tú… necesitas ver todo con tus propios ojos. Y yo…  Yo te entiendo.

SOFÍA:                      Gracias.

JAVIER:                    Y te quiero acompañar. Déjame acompañarte.

SOFÍA:                      Puedes acompañarme si quieres.

SOFÍA termina de alistarse. 

SOFÍA:                      Vamos.

JAVIER:                    (Un pequeño respiro) Vayamos en la noche.

SOFÍA:                      ¿Por qué?

JAVIER:                    Es más seguro de noche. Todo está oscuro. Es más fácil esconderse. Confía en mí. Esperemos a que sea de noche. Preparémonos bien.

SOFÍA:                      Está bien. Sólo explícame qué podemos preparar.

JAVIER:                    Bueno… No sé… Tendría que ver…

SOFÍA:                      Dime y yo me pongo a hacerlo ahora mismo.

JAVIER:                    Bueno, lo que podemos… Lo que—

SOFÍA sonríe. JAVIER se pone muy serio.

JAVIER:                    Estoy hablando en serio. ¿Por qué sonríes así?

SOFÍA:                      Me da risa cuando te portas como si no te conociera.

JAVIER:                    No entiendo.

SOFÍA:                      Claro que entiendes. Tú sales a distintas horas del día, no sólo a la noche. No hay por qué esperar a la noche. Sólo quieres hacer tiempo. Evitar que salga.  “Cuidarme”, como te encanta decir.

JAVIER:                    (Conteniéndose) Si te has dado cuenta de todo eso, entonces no entiendo por qué me lo haces tan difícil.

SOFÍA:                      Porque me harté de que te hagas cargo de todo tú solo. Me harté de que me trates como a una estúpida muñequita de porcelana que se puede romper en cualquier momento.

SOFÍA se dispone a salir.

JAVIER:                    Antes no te molestaba.

SOFÍA:                      (Un pequeño respiro) ¿Qué has dicho?

JAVIER:                    Nada. Olvídate.

SOFÍA:                      No. Dime.

JAVIER:                    (Un pequeño respiro, se controla) No tengo nada que decirte. Sólo te pido por favor que no te pongas en riesgo sólo por un capricho.

SOFÍA:                      Ahora también soy caprichosa.

JAVIER:                    (Controlado) Sofía. Por favor. No quiero pelear.

SOFÍA:                      Yo sí, pues. Yo sí quiero pelear. Hace más de un mes que quiero pelear.

JAVIER:                    ¿Conmigo?

SOFÍA:                      Contigo no. Con ellos. Con esto. Con lo que sea. Pero tú no me dejas.

JAVIER:                    Porque no sirve para nada. Igual tenemos que seguir acá encerrados—

SOFÍA:                      Yo estoy encerrada. Tú no. Tú vas y vienes. Tú haces lo que te da la gana.

JAVIER:                    Deja de repetir eso.

SOFÍA:                      Es la verdad. Tú no estás atrapado acá igual que yo.

JAVIER:                    Los dos estamos atrapados. ¿Tú crees que—?

SOFÍA:                      Yo no sé qué creer. No tengo ninguna información. El único que sabe lo que realmente está pasando eres tú, pero no me dices nada porque piensas que soy una estúpida.

JAVIER:                    Yo no dije eso.

SOFÍA:                      Yo dije que estaba harta de que me trates como una muñequita de porcelana y tú dijiste—

JAVIER:                    Yo no quiero pelear contigo. Yo no voy a pelear contigo.

SOFÍA:                      Qué bueno, porque yo tampoco.

SOFÍA toma el martillo, con la intención de sacar las maderas que cubren la ventana.

JAVIER:                    Te trato como una muñequita porque es lo que tú me pides.

SOFÍA:                      (Un pequeño respiro) ¿Perdón?

JAVIER:                    Es lo que le pides a todo el mundo. Aunque no te des cuenta.

SOFÍA:                      ¿Yo te pido que me trates como—?

JAVIER:                    ¿Cuánto hemos gastado en las reparaciones de la casa?

SOFÍA:                      (Lo piensa) Tú quisiste hacerte cargo de eso. Es la casa de tu abuelo. Él te la dejó a ti.

JAVIER:                    ¿Cuánto gastamos al mes en luz?

SOFÍA no sabe qué responder.

JAVIER:                    ¿En agua?

SOFÍA no sabe qué responder.

JAVIER:                    ¿En comida? ¿Cuánto tenemos en la cuenta de banco? ¿Cuánto—?

SOFÍA:                      Yo te doy mi parte de los gastos todos los meses.

JAVIER:                    Sí. ¿Pero acaso sabes—?

SOFÍA:                      ¿Eso es todo lo que te importa? ¿La plata?

JAVIER:                    No, pero—

SOFÍA:                      Entonces quédate tranquilo. Ya no tienes nada de qué preocuparte. Ahora no tenemos plata. No tenemos casa. No tenemos nada. ¿Será por eso que te gusta tenerme encerrada? ¿Porque al menos así me tienes a mí?

Pausa.

JAVIER:                    Yo nunca te amarré.

SOFÍA:                      No entiendo.

JAVIER:                    Tú repites y repites que no te dejo salir, que te tengo encerrada… Pero yo nunca te amarré. Sólo digo que en el fondo te sientes cómoda así. Te gusta que te cuiden.

SOFÍA:                      Y a ti te gusta cuidarme. Te gusta sentir que eres el hombre, el fuerte. Te hace sentir importante.

JAVIER:                    (Lo piensa) Puede ser.

SOFÍA:                      Claro que sí. Te encanta que te necesite.

JAVIER:                    Sí. ¿Ves? Por eso nos llevamos tan bien. A mí me gusta que me necesites y a ti te gusta necesitarme.

SOFÍA:                      No. Yo lo hago por ti.

JAVIER:                    ¿Qué?

SOFÍA:                      Yo soy independiente.

JAVIER:                    (Sonríe) Sí, claro.

SOFÍA:                      ¿Crees que llegué a ser jefa de marketing siendo una princesita que no puede hacer nada por su cuenta?

JAVIER:                    (Bromeando) No sé. De repente tienes doble personalidad. Eso explicaría muchas cosas—

SOFÍA:                      Yo soy perfectamente capaz de ser independiente. Si antes no lo hacía era por ti. Porque pensaba que así eras feliz. Pero ya me cansé.

JAVIER no puede contener la risa.

SOFÍA:                      ¿Te estás burlando de mí?

JAVIER:                    No. Es que a mí también se me hace gracioso cuando tú te portas como si no te conociera.

SOFÍA:                      De repente no me conoces tanto como crees.

JAVIER:                    Te conozco hace nueve años, Sofía.

SOFÍA:                      Nunca hemos estado en una situación así.

JAVIER:                    Igual te conozco.

SOFÍA:                      Es lo que tú crees.

JAVIER:                    (Lo piensa) Está bien. Bromea todo lo que quieras.

SOFÍA:                      No estoy bromeando. Te estoy diciendo que voy a salir. Cuando me dé la gana y como me dé la gana.

JAVIER:                    Y yo te estoy diciendo que no.

SOFÍA:                      ¿Ah, sí? ¿Y qué piensas a hacer si no te hago caso?

JAVIER:                    Lo que haga falta.

SOFÍA:                      ¿Acaso me vas a amarrar? ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a castigar? Por favor, no me hagas reír. Tú no eres capaz.

JAVIER:                    De repente no me conoces tanto como crees.

SOFÍA:                      Ni tú a mí.

SOFÍA se dispone a retirar las maderas de la ventana para salir. 

JAVIER:                    No lo hagas, Sofía. Bájate de ahí. No te va a gustar lo que va a pasar después.

SOFÍA sigue tratando de sacar las maderas que cubren la ventana. JAVIER la hace bajar a la fuerza. Su actitud es seria, violenta.

JAVIER:                    ¡Bájate de ahí!

SOFÍA:                      ¿Qué diablos te pasa? ¡Suéltame!

JAVIER la sujeta fuertemente y la obliga a echarse en el suelo. Se sienta sobre ella inmovilizándola. Ella intenta zafarse, pegarle, pelear. JAVIER levanta la mano como para darle un puñete.

JAVIER:                    ¡Quédate quieta, carajo!

JAVIER se da cuenta de lo que está a punto de hacer. Se detiene. Silencio.

SOFÍA:                      (Un pequeño respiro) ¿Tanto te asusta que salga?

JAVIER:                    ¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Tú quieres salir! ¡Salir, como si no estuviera pasando nada! ¡Te quieres hacer matar por un capricho y en el fondo esperas que yo te cuide, como siempre, pero yo ya no sé cómo cuidarte! Ya no sé qué hacer. No sé nada.

JAVIER se aparta. Silencio. Se escucha un golpe seco, muy fuerte.

SOFÍA:                      Están disparando otra vez. Están disparando más cerca.

JAVIER:                    Sí, mi amor. Tranquila.

SOFÍA:                      ¿Cuándo se va a terminar esto?

JAVIER no responde. Pausa.

JAVIER:                    No hemos dormido nada. Tratemos de—

SOFÍA:                      No tengo sueño.

JAVIER:                    Vamos a dormir. Y en algún momento todo esto va a pasar. Y vamos a tener nuestra luna de miel.

SOFÍA:                      ¿Cuál luna de miel?

JAVIER:                    Y vamos a tener nuestra casa arreglada. Con mi cocina reconstruida. Con tu estudio para que no tengas que pasar tantas horas en la oficina. Con el cuarto que vamos a alistar para cuando llegue nuestro primer—

SOFÍA:                      Javier, por favor—

JAVIER:                    Nuestro primer hijo. Mariano. Que se va a parecer a mí, pero va a tener tu carácter. Y luego la segunda, Estrella. Que va a ser igualita a ti, pero con mi optimismo que te saca de quicio y al mismo tiempo te gusta. Y después el tercero. Que sea hombre o mujer, lo que la vida nos mande. Con ese vamos a tener que estar muy atentos, porque no hay cómo saber qué va a sacar de cada uno. Los demás irán llegando con el tiempo. No sé si vamos a poder armar el equipo de fútbol, pero a mí me gusta imaginar que sí.

Pausa.

SOFÍA:                      Primero tendríamos que ir a un buen psicólogo para que nos explique esa desesperación tuya por tener hijos al por mayor.

JAVIER:                    Yo no tuve hermanos. Quisiera darles a mis hijos lo que yo no pude tener, como todo el mundo. Listo, te acabo de ahorrar varios miles de soles en terapia.

SOFÍA:                      Tú serías un buen padre.

JAVIER:                    Quién sabe.

SOFÍA:                      Yo. Eres un hombre bueno, tolerante, paciente…

JAVIER:                    No tanto.

SOFÍA:                       Mucho más que yo. Capaz de casi cualquier cosa con tal de cuidar a las personas que quieres. Aunque a veces no te entiendan. Aunque ni siquiera lo aprecien.  Aunque se pongan más tercas que mulas. Aunque te echen la culpa de todo, a pesar de que tú no tienes la culpa de nada.

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      No me voy a escapar, te lo juro. No me voy a ir a ningún lado sin ti.

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      Yo sé que a ti tampoco te gusta esto. Tú no eres así.

Silencio largo.

SOFÍA:                      Javier: ¿qué estamos esperando realmente?

JAVIER no responde.

SOFÍA:                      ¿No será que todavía me quieres convencer de no salir?

JAVIER:                    Quiero creer que todo se va a arreglar. ¿Tan terrible te parece eso?

SOFÍA:                      Sí. Porque siempre pasa lo mismo en este país. Nada se arregla en realidad.  Sólo se calma por un tiempo. Y luego la violencia regresa. Con otro nombre, pero regresa. Con mucho más fuerza que antes. Y todo vuelve a comenzar. Y todos corremos a escondernos de nuevo.

JAVIER:                    ¿Y qué quieres que hagamos? ¿Qué salgamos a la calle y nos hagamos matar?

SOFÍA:                      Quisiera que enfrentemos  la realidad por una vez. Al menos nosotros dos. (Pausa) En eso no saliste a tu abuelo para nada.

JAVIER:                    No comiences.

SOFÍA:                      ¿Por qué? ¿Por qué no quieres ni que te lo mencione?

JAVIER:                    Basta, Sofía.

SOFÍA:                      Vivimos en su casa, pero no podemos decir ni una palabra sobre él.

JAVIER:                    Sofía—

SOFÍA:                      Botaste todas sus cosas. No te quedaste con nada. Ni los uniformes, ni las medallas que ganó en el ejército por combatir a los terroristas. Ni las fotos guardaste. ¿Por qué?

JAVIER:                    Dije que ya basta.

SOFÍA:                      ¿Qué pasa, te da vergüenza que te mire? ¿Qué te diría él si te viera acá escondido?

JAVIER:                    Me diría que no vale la pena morirse por una pelea que no puedes ganar. Eso me diría. O eso debería decirme.

SOFÍA:                      No creo. Él sí se atrevió a pelear.

JAVIER:                    Al final lo mataron. Ni siquiera se supo quién.

SOFÍA:                      ¿Cómo que no? Si le dieron todos los honores—

JAVIER:                    El ejército jamás iba a admitir que ellos mismos lo querían muerto. Todos lo querían muerto: los terroristas, los militares… Todos. Eso pasa con los que se niegan a matar por matar en estas guerras. Con los que se niegan a eliminar en masa, como si las personas fueran cucarachas que simplemente hay que aplastar. A esos les pasa como a mi abuelo: terminan destrozados. Muertos. Yo no voy a terminar así.

SOFÍA:                      Entonces no te piensas mover de aquí.

JAVIER:                    No me pienso dejar matar.  Ni dejar que te maten a ti.

Silencio.  SOFÍA se sube a la mesa. Comienza a trabajar nuevamente para sacar las maderas que cubren la ventana.

JAVIER:                    ¿Qué pasa si no encuentras a nadie? ¿Quieres arriesgar tu vida a cambio de—?

SOFÍA:                      Yo no me voy a morir encerrada como una rata.

SOFÍA sigue intentando quitar las maderas que cubren la ventana. JAVIER piensa rápido. Finalmente decide: le alcanza su saco.

JAVIER:                    Llévate el saco oscuro. Si escuchas disparos, no importa de quién, tírate al suelo, aguanta la respiración y abraza un cadáver. No te preocupes. No te va a costar trabajo encontrar uno. Están tirados por todas partes. Pudriéndose, como si fueran basura. Nadie los recoge porque no hay nadie. Sólo los militares y los terroristas. Y a esos nada les importa. Te van a matar si te ven. Cualquiera de los dos. Para cualquiera eres un enemigo, porque no eres ni de un bando ni del otro. Te van a matar. Sin dudar, sin hacerte ni una pregunta. Y te van a ver de todas maneras porque no hay dónde esconderse. Así que échate con los muertos y si todavía crees en dios, reza para que nadie se dé cuenta que estás viva. Cuando ya no oigas a nadie, comienza a buscar comida. Empieza por revisar los cuerpos. Muchos todavía tienen algo de comer en las manos. Dependiendo del tiempo que lleven muertos, vas a tener que forzar sus manos para que se abran. Vas a tener que romper sus dedos. No te preocupes, que ya no pueden sentir nada. Cada hueso que les rompas te va a doler a ti más que a ellos. Pero necesitamos el pan. El agua. Y nadie te los va a dar. Si después de todo eso tienes ganas de caminar, camina. Mira con tus propios ojos que todo está destrozado. Que ya no queda nada. Que no queda nadie.  Sólo los muertos y los que te quieren ver muerto.

SOFÍA ha quedado inmóvil. No tiene palabras para responder.

JAVIER:                    Los muertos y el silencio. Antes a mí también me gustaba el silencio. Ahora me aplasta, me ahoga, me da miedo. Igual que a ti.

Silencio.

SOFÍA:                      ¿Sólo muertos? ¿Nada más?

JAVIER:                    He caminado mucho. Nunca vi a nadie. Supongo que es posible que haya algunos escondidos como nosotros. Pero no lo sé. La casa de tus papás ya no existe.  Tampoco la de tu hermano. La de tu hermana ha sido tomada como cuartel por los terroristas. Ana y Daniel están muertos. Despedazados en medio de su jardín. De Andreíta sólo quedan las manos. Las manitos aferradas al conejo de peluche.

Pausa.

JAVIER:                    Eso es lo que yo vivo todos los días en mis “paseos”. ¿Sigues creyendo que soy un cobarde?

SOFÍA:                      (Un hilo de voz) No.

JAVIER:                    ¿Todavía quieres salir?

Silencio.

SOFÍA:                      Entonces sí nos vamos a morir aquí.

JAVIER:                    No. Todavía tenemos una oportunidad. Podemos esperar a que—

SOFÍA:                      Yo no me quiero morir aquí. No me puedo morir aquí.

JAVIER:                    No te vas a—

SOFÍA:                      Ven conmigo. Vámonos.

JAVIER:                    No.

SOFÍA:                      Vamos, Javier. Aquí sólo vamos a tener playas de mentira para siempre. Miedo para siempre. En cambio allá…

JAVIER:                    Allá nos pueden matar.

SOFÍA:                      Allá está el mar. El mar de verdad. Nuestra playa.

JAVIER:                    Tal vez nuestra playa ni siquiera existe ya. Tal vez ya la volaron también, como todo lo demás.

SOFÍA:                      No. Nuestra playa existe. Pero allá afuera. Aquí no hay nada. Sólo miedo y hambre y frío.

JAVIER:                    Afuera sólo hay muerte.

SOFÍA:                      Aquí estamos esperando la muerte.

JAVIER:                    No. Estamos esperando que todo mejore. Que todo se calme. Que podamos hacer nuestra vida como planeamos. Que pueda cocinarte causa sonriente y el arroz con leche de tu abuelita. Que nos casemos y nos vayamos a nuestra playa. Que regresemos a nuestra casa. Porque yo voy a reconstruir nuestra casa, Sofía. Te lo juro. Y vamos a ser felices. Y vamos a tener tres hijos, como siempre quisimos. Y vamos a—

SOFÍA:                      Nada de eso puede pasar acá adentro, ¿no te das cuenta?

JAVIER:                    Sí, pero—

SOFÍA:                      ¿No te das cuenta?

JAVIER:                    Sí. Pero no es momento—

SOFÍA:                      Nunca va a ser el momento. Nunca va a ser perfecto.

JAVIER:                    Yo sé, pero—

SOFÍA:                      El momento lo decidimos nosotros, Javier. El momento es ahora.

JAVIER:                    No. Hay que esperar un poco—

SOFÍA:                      Tiene que ser ahora. Al menos así vamos a poder tener control sobre algo.

JAVIER:                    Es demasiado riesgoso.

SOFÍA:                      ¿Cuándo le hemos tenido miedo a los riesgos? ¿Por qué vamos a empezar ahora?

JAVIER:                    Es que—

SOFÍA:                      Afuera hay una esperanza. Hay una playa para nosotros. Un sol para nosotros. Por favor, Javier. No me obligues a morirme en vida. Por favor.

JAVIER respira hondo. Lo piensa un momento.

JAVIER:                    Está bien. Como tú quieras.

SOFÍA:                      ¿De verdad? ¿Estás seguro?

JAVIER:                    No. Pero no importa. Vamos. (Un pequeño respiro) Apenas oscurezca. Es más seguro.

SOFÍA:                      Está bien.

JAVIER:                    No podemos ir por ningún camino principal. Ahí es más fácil que nos vean.

SOFÍA:                      Claro.

JAVIER:                    Tenemos que escaparnos por entre los escombros de las casas y los edificios.

SOFÍA:                      Tú vas a decidir el camino. Tú conoces mejor cómo está todo ahora.

JAVIER:                    No podemos salir con nada. Sólo un poco de agua, la linterna, los fósforos y lo que nos queda de comida.

SOFÍA:                      Son dos latas pequeñas. Las podemos llevar en los bolsillos.

JAVIER:                    En el camino tendremos que ir buscando más. Pero no podemos descansar. Ni mucho menos dormir. Tenemos que caminar sin parar hasta salir de aquí.

SOFÍA:                      Hasta la playa.

JAVIER:                    Exacto. Hay que llegar a la playa. Cualquier playa. No creo que nadie nos busque ahí.

SOFÍA:                      ¿Cómo vamos a saber exactamente a qué hora oscurece?

JAVIER:                    Los disparos. Siempre disparan más justo antes de anochecer.

SOFÍA:                      Perfecto, entonces—

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. SOFÍA y JAVIER se paralizan. Hablan en voz muy baja.

JAVIER:                    ¿Escuchaste eso?

SOFÍA:                      Shhh. No hagas ruid—

JAVIER:                    Se oye como si estuvieran… Como si…

SOFÍA:                      Sí, pero no puede ser. No puede ser.

JAVIER:                    ¿En qué momento llegaron hasta acá?

SOFÍA:                      No están acá. Están—

JAVIER:                    Están justo encima de nosotros. Están en la casa.

SOFÍA:                      Están haciendo sus rondas. Tiene que ser eso, ¿verdad?

JAVIER:                    Ellos nunca vienen por acá. Nunca llegan tan cerca.

SOFÍA:                      Nos están cuidando. Eso es. Tiene que ser.

JAVIER:                    Nos encontraron. Saben que estamos acá. Creen que somos… Creen que—

SOFÍA:                      Son los militares. Están haciendo sus rondas. Como siempre. Acuérdate.  Gritan y disparan un rato y después se van. Acuérdate. Tú siempre me lo dices.

JAVIER:                    Sí. Tienes razón. Son las rondas. Claro. Tienes razón. Las rondas. No pasa nada.

SOFÍA:                      Exacto. Ahora olvídate de eso y sígueme diciendo lo que tenemos que hacer. Dime lo que hay que hacer. Javier.

JAVIER:                    Juntar el agua. Las latas de comida. Revisar la linterna. ¿Encontraste más pilas?

SOFÍA:                      (Asiente) Están gastadas, pero todavía sirven.

JAVIER:                    Hay que llevar esas también. A mí me quedan dos o tres fósforos. Voy a ver si hay más en—

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. JAVIER y SOFÍA se paralizan. 

JAVIER:                    ¿Escuchaste?

SOFÍA:                      Olvídate de eso. Concéntrate. ¿Dónde hay más fósforos?

JAVIER no contesta.

SOFÍA:                      Javier, los fósforos.

JAVIER:                    Shhh. Déjame escuchar lo que dicen.

SOFÍA:                      Javier—

JAVIER:                    Están hablando de… Creo que están hablando de nosotros.

SOFÍA:                      Los fósforos, Javier.  Concéntrate—

JAVIER:                    ¿En qué? ¿No te das cuen—?

SOFÍA:                      Cálmate, mi amor. No pasa nada. Concéntrate.

JAVIER:                    ¡No me trates como a niño! ¡Hay alguien allá arriba! ¡No sabemos quién es!  ¡No importa quién es! ¡Igual nos van a—!

SOFÍA:                      No va a pasar nada si no hacemos bulla. Nadie sabe que estamos aquí. Tú lo dices siempre.

JAVIER:                    De repente sí saben. De repente me siguieron.

SOFÍA:                      Has salido varias veces y nunca te han—

JAVIER:                    Hoy salí hasta más lejos. Pensé que alguien me había visto, pero después…

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. JAVIER y SOFÍA se sobresaltan de nuevo.

JAVIER:                    Están ahí. Están ahí arriba. Nos van a matar. Nos van a despedazar como a los vecinos.

SOFÍA:                      No. Van a seguir de largo. Sólo tenemos que—

JAVIER:                    Nos van a destrozar como a los demás. Como a Andreíta.

SOFÍA:                      Concéntrate, Javier. Piensa en los fósforos. Tenemos que estar preparados.

JAVIER:                    ¿Qué importan los fósforos? No vamos a salir. Nunca vamos a salir.

SOFÍA:                      Sí vamos a salir.

JAVIER:                    Nos van a matar en la puerta. Nos van a—

SOFÍA:                      Vamos a salir. Vamos a llegar a la playa. Y después… Cuéntame qué vamos a hacer después.

JAVIER:                    No vamos a salir, Sofía. Nos vamos a morir acá. Nos van a matar. Nos van a—

SOFÍA:                      Deja de pensar en eso. Mírame a mí. Concéntrate en mí.

JAVIER:                    Nos van a matar. Nos van a matar por mi culpa.

SOFÍA:                      Vamos a estar bien. Como siempre. Ellos van a acabar su ronda y nosotros vamos a salir de aquí.

JAVIER:                    Nunca vamos a salir de aquí. ¡Nunca vamos a—!

SOFÍA:                      Javier: Respira. Nada malo va a pasar. Piensa en lo que viene después. Piensa en nuestro matrimonio. Piensa en la luna de miel.

JAVIER:                    ¿Para qué? ¿Ya para qué?

SOFÍA:                      Piensa en  la cena con la familia. En el broche de tu abuela. En la ceremonia en nuestra playa. En mi vestido turquesa y en tu—

JAVIER:                    Es mi culpa. Vamos a morir encerrados como ratas. Nos van a matar por mi culpa.

SOFÍA:                      No nos van a—

JAVIER:                    Tú tenías razón. Debimos salir antes. Debí—  Perdóname.

SOFÍA:                      No. No me pidas per—

JAVIER:                    Debí contarte todo. Hacer algo. Salir. Sacarte de aquí cuando todavía—  Perdóname. Perdóname.

SOFÍA:                      ¡No me pidas perdón! Cuéntame cómo va a ser nuestra ceremonia en la playa.

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. JAVIER y SOFÍA se sobresaltan.

JAVIER:                    Escúchame: Quiero que sepas que… Para mí conocerte fue… Tú fuiste lo mejor que—

SOFÍA:                      ¡No! Háblame de la ceremonia. Háblame de nuestra playa. Háblame de—

JAVIER:                    ¡No! ¡Ya no hay tiempo! ¡Escúchame! Cásate conmigo.

SOFÍA:                      Me voy a casar contigo en la playa.

JAVIER:                    ¡Nunca vamos a llegar a la playa! ¡Nunca más vamos a salir de este sótano, ¿no te das cuenta?!

SOFÍA:                      ¡Claro que vamos a salir! ¡Claro que vamos a—!

JAVIER:                    ¡Cásate conmigo! Casémonos antes que rompan esas maderas, y entren con sus armas y—

SOFÍA:                      ¡Nos vamos a casar en la playa! ¡Nos vamos a casar en la playa! (SOFÍA intenta calmarse) Van a pasar de largo. Vas a ver. Todo va a estar bien, mi amor. Sólo necesitas un poco de fe.

SOFÍA le da algo invisible.

SOFÍA:                      Ten. Toma la mía. Tengo suficiente para los dos.

JAVIER:                    Basta. No hay tiempo. No quiero morirme solo.

SOFÍA:                      No te vas a morir. No vamos a—

JAVIER:                    No me quiero morir sin haberme casado contigo. ¡No quiero!

JAVIER, desesperado, saca los aros.

JAVIER:                    Yo, Javier Valdivia—

SOFÍA:                      ¡No! Me voy a casar contigo en la playa. Sobre la arena. Frente al mar y al sol y—

Se escucha un golpe seco, muy fuerte. JAVIER y SOFÍA voltean hacia la ventana.

JAVIER:                    Te acepto… Te acepto a ti, Sofía Gonzáles—

SOFÍA:                      ¡No! Sólo tenemos que salir.

JAVIER:                    Te acepto como mi esposa. Y prometo… Prometo serte fiel—

SOFÍA:                      Tenemos que salir. Tenemos que alistarnos—

JAVIER:                    En la salud… La salud… y en la enfermedad. En la… riqueza y en la pobreza—

SOFÍA:                      Javier, por favor. Piensa en la playa. En la arena, en el mar—

JAVIER:                    Y amarte… amarte y… y respetarte todos los días de mi vida. Y te pido perdón—

SOFÍA:                      ¡No! No me pidas perdón. Sólo dame un beso.

JAVIER:                    Perdón, Sofía. Perdón por todo. Perdón por—

SOFÍA:                      Dame un beso. Dame el anillo. Cásate conmigo. Quédate conmigo para siempre.

Se escucha un golpe seco, muy fuerte.

JAVIER:                    Están golpeando. Están—

SOFÍA:                      Tranquilo, mi amor. Quédate conmigo. Mírame a mí.

Un golpe. Otro. Otro más. Los golpes no se detienen hasta el fin de la obra.

JAVIER:                    Ya van a entrar. Van a entrar y nos van a—

SOFÍA:                      No importa. No pueden tocarnos.

JAVIER:                    Están cargando sus armas. Están—

SOFÍA:                      Olvídate de todo. Quédate conmigo. Estamos en la playa. Eso que suena son gaviotas.

JAVIER:                    No son gaviotas. No son—

SOFÍA:                      Gaviotas. Y el mar. El cielo está azul. El sol brilla más que nunca. Dame un beso.

JAVIER:                    ¡No me quiero morir, Sofía! ¡No me quiero morir así!

SOFÍA:                      Olvídate de todo, mi amor. Olvídate de la ventana, de los golpes, de los gritos, de los disparos. Olvídate de todo y mírame a mí. Quédate conmigo. Mírame a mí.

JAVIER:                    ¡No me quiero morir!  ¡No me quiero morir!

SOFÍA:                      Ya nada importa. Ya estamos juntos. Juntos para siempre. Somos inseparables.  Indestructibles. Eternos. Como el mar. Como el cielo. Como el sol. ¿Las escuchas? Son las gaviotas. Miles de gaviotas. Millones de—

Un último golpe seco al tiempo en que se apagan las luces. 

Oscuro.

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