Como droga se entiende a sustancias que alteran el sistema nervioso central y producen modificaciones en el sujeto en cuanto a su percepción del entorno y de sí mismo. Las drogas han existido desde tiempos muy remotos. El sentido que se les daba era diferente al actual, pues se las relacionaba con las celebraciones, lo religioso y lo medicinal (íntimamente vinculados), relación regulada por la cultura y no por el individuo, sin el carácter prohibitivo y punitivo que tienen las actuales, determinadas por factores económicos, oportunistas y rapaces del poder. Utilizaban la coca, el opio, las bebidas alcohólicas, el tabaco, los hongos y otras plantas; con ellas curaban, se comunicaban con lo trascendental, oficiaban rituales, celebraban las cosechas, recitaban narraciones sagradas, etc.

Los tiempos fueron cambiando.

Se inventó a cristo, al judaísmo, al cristianismo y al corán. Se invade a américa, se la coloniza y esclaviza. Aparece el capitalismo, el imperio yanqui, las dictaduras, la globalización y otras mierdas. Es obvio, querido y ávido lector, que el sentido del uso de las drogas cambió y no para bien, pues lo que regula ahora su uso es la cultura occidentaloide.

Pero vamos a latinoamérica que es lo que nos interesa; los musulmanes que sigan en la edad media, los orientales son de otro planeta y los gringos que hagan de su culo una mamadera.

Cuando llegaron los españoles con la espada y la cruz contaminaron el sentido que tenían los aborígenes con el uso de las drogas, las empezaron a prohibir y regular según sus religiosos y asesinos conceptos (aunque bien le sacaron provecho para explotar a los aborígenes en sus jornadas de esclavos o para embriagarse hasta el hartazgo y gozar de la efervescencia de las violaciones y muertes y torturas deportivas), haciéndoles perder su sentido originario (obviamente que al destruir una cultura se destruyen todas sus formas de relacionarse con la vida y el mundo).

Siguieron siglos de guerras, imposiciones, transformaciones, incorporaciones… latinoamérica se mestizó.

Las drogas de esta era son muchas, drogas blandas y duras, prohibidas y legales, puras y contaminadas, químicas o naturales. Nosotros las vamos a diferenciar en drogas estériles y drogas fértiles. A su vez a ambas las podemos dividir en legales e ilegales. Como drogas estériles podemos clasificar a todas aquellas que producen destrucción y que no contribuyen a las transformaciones sociales. Estas drogas estériles son legales cuando el sistema pretende esa esterilidad, o son ilegales cuando de esa ilegalidad saca tajada a otro sector del poder. Ejemplo de las legales: tv, religión, algunos tipos de bebidas alcohólicas -según el tipo de contexto-, tabaco, cierto tipo de pastillas, tinelli, el fútbol posmoderno de maquinitas prolijamente despeinadas… ilegales con tajada: cocaína, morfina, heroína, todas las inas en fin. Por supuesto existen casos aislados en los que ciertos sujetos logran generar fertilidad en la droga estéril, pero eso no viene al caso pues nos interesa hablar del ser social y no del individuo. Si bien el estudio de esas individualidades o minorías pueden servir para dar luz sobre posibles focos de irradiación de fertilidad, preferimos en este artículo echar luz sobre otros asuntos que tienen que ver con el ser social y la marihuana.

Como drogas fértiles encontramos a aquellas que, producto de una asimilación por parte de los pueblos, además de pasar a ser parte de su cultura, y por ende de su identidad, logran favorecer procesos activos, de transformación, de defensa ante las invasiones occidentaloides y en ciertos casos ya no solo de defensa sino de lucha, y por ser contracultural, lucha que tiene que ver con la rebelión.

La marihuana es milenaria. Su uso estaba determinado por lo que antes analizamos como drogas y culturas anteriores a la decadencia del mundo. Hasta la década del 30 los cultivos de marihuana eran numerosos y legales, de ellos se extraía fibra para hacer papel, inciensos, aceites, y además se la utilizaba para tratamientos médicos de reuma, estrés, asma, depresión, cáncer y sida. Las clases conservadoras del naciente imperio yanqui que empieza a regular las políticas contra las drogas en toda latinoamérica, comienzan a ligar a pancho villa y sus turbas de degenerados con la marihuana, también a los negros asquerosos que osaban empezar a gritar por su libertad e inclusive hacer música endemoniada en los clubes de jazz y blues, a los chicanos, a los escritores, en fin, a los “bárbaros”. También por aquella fecha los magnates del papel que lo fabricaban con madera se alistan con el poder y consiguen derrocar a los empresarios del papel que lo fabricaban con las fibras del cannavis, chupándole un huevo la desforestación y la mitad del otro la calidad mucho menor del papel madera. La marihuana se prohíbe. Comienza su proceso por fuera de la ley, marginal, contracultural, el cual explota con los hippies en los 60 y se expande a toda la juventud latinoamericana progre. De ahí la batalla se recrudece pues ya no solo eran cuestiones de papel (la constitución yanqui estuvo redactada con fibra de cannavis), sino de ideas, de formas de ver al mundo peligrosas para el poder cada vez mas facho y decadente. Su proceso contracultural se va fortaleciendo, por ahí merma en etapas mas oscuras y densas pero no desaparece, al contrario, vuelve a renacer con mas fuerza, tal es así que en los 80 y 90 se produce otro boom, pues llegan las democracias, el control represivo se desfigura, explota la supuesta libertad y así, haciendo cagar la historia en dos párrafos, llegamos a nuestra era, a nuestro viaje, a nuestra vivencia sobre la marihuana.

La marihuana es saludable, tiene historia, es ilegal, perseguida por el poder, no es adictiva, potenció y potencia actitudes rebeldes, creadoras, místicas. El espectro social que la fuma es cada vez más grande. La marihuana no tergiversa la percepción de la realidad, no la deforma, no la digitaliza, no la trastorna, no la evade, al contrario, abre los sentidos, afina la percepción, es natural, no tiene químicos, tiene rico olor, te hace comer más… creo que para ayudar a entender esto voy a redactar unas anécdotas del viaje que vienen a colación:

Por locombia se ve mucho bareto, ganya, faso, porro, joins, macoña, chusca, mariacachafa, maría, moño, mota, grifa, todos sinónimos de una misma cosa: marihuana, preparada en hoja de plátano, coca, papel para armar, cigarrillo, pipas, flor de campanilla, hoja de biblia, etc. etc. Conocimos a un artesano locombiano, viajó con nosotros un tiempito, nos llevó a su casa, conocimos a su familia, convivimos con ellos, con sus amigos, con su pueblo. El pueblo es un flash, metido en el eje cafetero, medio aislado, un toque lejos de la panamericana, en medio de los montes verdes de plátanos, de café, de árboles, de pasto y de nubes de marihuana. Debe tener 10 manzanas, no más. Su arquitectura, por estar entre montes y con ese paisaje ya está marihuaniado por sí solo: escaleras en donde menos las esperás, subidas abruptas, bajadas violentas, cantinas por todos lados, vallenato, valses, huasca, música popular, la gente en la calle, putiaderos con buena cumbia, motos en una rueda, excelentes mujeres, dulces caseros deliciosos, paisajes nocturnos alucinantes, parques, fines de semana con toda la gente del campo en la plaza principal, cercos de carpatis (jeeps colombianos) hasta las bolas de mercaderías y gente colgando para llevarlos a sus casas lejanas, borrachos, locos, caballos estacionados a 45 grados, un hippie, un punk, y nosotros, dos payasos.

En la casa del pibe todos fumaban, los viejos, los hermanos, las visitas. Luego venían las salidas con el grupete de amigos, ir a algún río, a algún mirador, al estadio, viajar por el pueblo, conectarse con sus lugares, ver las cosas de otra forma, gente copada, movidas copadas, visiones del mundo sanas, que no hacen daño, que viajan, que gozan, que aprecian, que crean. Así estuvimos una semana. El lugar preferido era el estadio: mientras mucha gente se apelotonaba en la única disco, este grupete cargaba sus porros y partía, sin mas plata, sin mas sofisticación, al estadio,  allí, en la cresta de un monte, en la última grada, con la cancha allá abajo, con el pueblo allá abajo, como una postal, sin que nada se moviera, nadie pasara, las casas quietas, dormidas, de vez en cuando algún canto de gallos, de vez en cuando alguna visita de grupetes de perros que también, allá a lo lejos, quizás aturdidos por la estupidez, como nosotros, venían a compartir otro mambo, otro parche, otra vaina, mas sana, y así, mientras latinoamérica duerme a la fuerza, anestesiada por 500 años de estupidización escalonada, progresiva y sistemática, algunos locos, que no son pocos, ya van despertando, levantando su rebeldía, sus ideas, su fastidio, su venganza, y claro, sus buenos porros, compadre.

 

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