“No quiero que mis manos estén flojas

Quiero tenerlas en lo alto para dar mi bienvenida a los ángeles

Quiero alegría en mis brazos, alegría en mis ojos, alegría en mis labios

Que si un sueño se rompe, del dolor nazca un sueño más amplio.

No, no quiero tristeza en mis ojos, no, no debes habitarme.

Para un ángel que muere, siempre queda un hueco en mi casa.

Tú no puedes ocuparme, no, no hay sitio en mi alma.

 

(Oh, Tristeza, no me sirves, no, no debes llegarme)”

Pino Ojeda

 

Las tejedoras son dos. Arremeten con su tela el ocaso del diálogo. Quizás no sepan que detrás de cada urdimbre se están tejiendo a ellas mismas. Van tejiendo alrededor de su propio agujero. El espejado encuentro las mantiene atentas, las dos tejedoras se preparan a matar a sus muertos. Hay algunas que saben que el destino no existe. Pero estas tejedoras han aprendido su propia muerte. Dios las hizo mujer, el hilo del discurso revuela entre sus dominios, el palabrar. Pero estas tejedoras desarman el ovillo oculto, el dorado hilo de Ariadna que las devuelve a ellas del laberinto.

En el escenario libros, discos, papeles. Es una especie de guarida.

Los dos personajes preparan el espacio escénico, llevan cubos negros, piolín o lana, que ordenan, ovillan, agujas y lo que vayan a usar durante la puesta en escena. B puede estar vestida como para una cita. Lleva una solera.

A: ¿Qué ruido hace el amor cuando estalla? A veces creo que ninguno, que los suspiros y los adioses en realidad son mudos, que lo que estalla no produce ningún ruido o en todo caso es un ruido blanco y yo no puedo oírlo.

B: ¿Qué ruido hizo nuestro amor cuando moría? Se puede asistir a la agonía de un amor pronto a morir indiferente, se puede asistir a la agonía del amor como quien ve morir a una mosca y adivina que la muerte está ahí, que el ritual de la muerte también ataca la intrascendencia, lo cotidiano.

A: Cae el cabello, la película transparente de la piel, pedacitos de uñas, mueren, morimos cada día. Muere la que soy hoy. Puede que renazca. Vas a tener que enterrar para siempre esa que ya no seré.

B: Y también la que por ninguna razón ni circunstancia pueda nacer.

A: La versión de mí que no querías.

B: Y la versión de mí que sí querías.

A: Y también, la que te ahorra las averiguaciones.

Comienzan a atravesar con hilos el espacio escénico y se preparan para tejer. El dibujo hecho es circular y se parece a las telas de las arañas. La base es un hexágono de tela que ocupa todo el escenario, las tejedoras se mueven dentro de ese hexágono.

A: Porque vamos a morir la vida tiene sentido.

B: Porque vamos a amar el tiempo tiene sentido.

A: Porque vamos a morir tu mirada desaparecerá y el infierno que produce el eco de mi voz sola va a tragarme a mí también.

B: Y entonces una vez deglutida, una vez digerida, una vez, una vez que el suspiro sea solo el flotar del viento, aprenderemos a desahogarnos para germinar en un aparatoso bostezo.

A: También me aburre la vida, me aburre tu bostezo pálido, como a punto de tragarse el mundo, de tragarme a mí.

B Encuentra un papel en el piso, lo lee: “Podés venir a recoger tu imagen cuando quieras”. Intacta te la dejo. La mía llora y ha quedado amarrada a un gato muerto. La sangre se seca en el asfalto. Te llamo, te lloro al teléfono pero vos parecés estar comiendo un sándwich porque escucho que te demorás en contestar y lo hacés como con la boca llena.

A: ¿Un sándwich? La sangre se seca en el asfalto como se seca la lagrimita tuya que cuelga y que acompaña al moco líquido del llanto.

B: Es que me he quedado anonadada. Tu voz del otro lado del teléfono no se sorprende de mis balbuceos, no me consuela, no pretende envolverme para sacarme de ahí.

A: Quizás porque si te envolviera vos ya no podrías ser más que un escandaloso silencio. Cuando una voz nos envuelve es porque hemos callado antes y entonces hay que apurarse a rellenar el silencio.

B: Vos preferís callar. Decime algo, te digo. Te insisto, te ruego.

A: Seguro te responde con un acertijo.

B: Como si no fuera suficiente abandono, ahora me declara imposible.

A: Te dice “amor imposible”, y estoy segura de que al escuchar la palabra “amor” suspirás un poquito porque le crées.

B: Pero el remarca el imposible y me confunde.

A: Como cuando alguien dice “solución estéril” o “conciliación obligatoria”: las contradicciones nos amenazan a diario.

B: Y no solo a diario. Tenía un tío que cantaba muy bien. Y escribía zambas a los pájaros. El pueblo donde había nacido no comprendía su lenguaje pero se apuraba a convidarle guitarras. Cuando se murió…

A: Hasta en la muerte hay poesía…

B: Claro. Cuando se murió, la procesión llegaba bien lejos, hasta su perro aprendió a transmutar la tristeza en alegría porque llegó moviendo la cola al entierro. El caso es que su nombre ahora es el de una calle.

A: No me digás.

B: Pasa los días siendo pisoteado. A qué va, digo yo, tanta jerga ilustre, si nuestra última canción será el motor de un auto.

A: Tu tío ha de ser ahora una esquina cualquiera, ha de ser una línea atravesada.

B: Una sola línea atravesada en la que se dan cita nuevos amantes, esos que ya no seremos.

A mira a B, que se ha quedado callada y pensativa. Trata de acercarse a ella, B está abstraída.

A: Te angustia el frío. Te conozco y sé que el frío te angustia.

B: No, no es eso. De chica sentía el frío en las mejillas y me sentía más viva. Una vez hice un viaje. Fue corto. Era invierno. Un invierno de esos que acá no conocemos. No había sol. Las mejillas rojas y el frío que entumecía. Nunca supe qué era lo que me despertaba si el viento o la desesperación por buscar el calor.

Abrigate. Abrigate la espalda, dale calor al pecho.

B: ¿Para qué? Igualmente va a pasar. Me abrigaré, rodaré con el peso del calor, me recordará los viejos calores de un tiempo atrás, los teatros y las tardes en cualquier plaza.

A: Ya no vendrá. Abrígate.

(Pausa)

Se quedan en silencio. Una muy lejos de la otra.

B: Tengo un recuerdo guardado. Pero no estoy segura de que sea un recuerdo, quizás lo haya soñado o quizás lo haya escuchado: Mi gato maúlla en la ventana. Cuando le abro sale a la calle despavorido. Salta la medianera y a pesar de que le tengo miedo a las alturas, floto, nado en el aire y paso. Después la luna se hace un disco de plata que rueda y yo sigo caminando como las veces que cruzaba de la escuela a casa, el mismo camino después de tu casa a mi casa, de mi trabajo a mi casa. Corro pero no lo veo, doy la vuelta y él es tan negro que la oscuridad y él se confunden. Yo sigo caminando. A veces me paro para mirar si quizás en realidad él me sigue a mí como el cuento ese del gato, que una vez leí en un libro de autoayuda, la cola que el gato sigue, sin entender que siempre estará atrás simboliza la felicidad. ¿Sabés qué? Me cago en la felicidad. Asisto a la felicidad de los demás con una sonrisa extenuante. Felicito a los felices, saludo a esas sonrisas optimistas que tienen respuesta a cada cosa. No les creo. Sé que también lloran. Lloran porque están obligados a ser felices y no pueden con tanto. Quisieran que les doliera algo. O que los traicionara el tiempo. Pero no. La felicidad los acecha en cada porción de torta que cortan, en cada hueco donde la sombre se oculta para no oscurecerles el camino. Los apabulla la soledad, se empalagan y buscan una excusa por la que llorar. Inventan amores que no pueden ser y se desilusionan.

(A retoma el tejido, camina por el espacio y va tirando hilos que comienzan a encerrar a B.)

A: Yo me declaro feliz. Después de tanto andar, creo que he aprendido a llorar pero también sé reírme. Pasá por casa un día. Tomamos un café y después te enseño cómo cortar la torta. Es fácil: redondo el corazón (como el nuestro, por eso los amores dan vueltas y vueltas) y luego un golpe delicado. No, no un golpe, un hundir el cuchillo. ¿Entendés? No quiero que pensés mal pero disfruto sintiendo hundir el cuchillo ¿Cómo se sentirá hundirlo en la propia piel?

B: Me molestan las tortas, sobre todo en los cumpleaños. El cantito estúpido y los ojos de todos, tener que pedir un deseo absurdo que ni siquiera pienso. Pido lo mismo cada año. Y la vida me da un pagaré que se renueva al año siguiente. Me deprimen los cumpleaños.

El ovillo se enreda. Juego de lejos de hilos cruzados.

A: Pasame esa punta. Si te escuchara mi madre. Ella que insistía que la felicidad es una actitud. A veces pienso que su historia que no es mi historia y sin embargo me funda busca repetirse en mí. Lucho por no ser ella, y me veo en cada gesto que me descubro: la manera de reír, la forma de cerrar las manos y dejar atrapado entre todos los demás dedos el pulgar. ¿Te conté que mi mamá nació en diciembre? El mes de las alegrías forzadas y las comilonas familiares. En diciembre también nació su hermano. Me imagino a mi abuela pariendo en la agobiante siesta de un verano jachallero. La he escuchado contarlo. Contar que eran al mismo tiempo. Que de su camisón nuevo (él único que no heredó junto con los agujeros) tuvo que hacer pañales. Pero nunca hubo torta, ni comunión, ni regalos de comunión. Solo una siesta larga. Vos te quejás de los cumpleaños, te quejás de las tortas, te quejás de la felicidad ajena. Pero no vas a saber nunca (ni yo tampoco) lo que es parir en soledad.

B: Es que no quiero parir. En todo caso, quiero resucitar.

A: Créeme que es más fácil parirte que resucitarte. Por algo el nacimiento viene con regalos. Para nacer tenés nueve meses. Para morir, toda una vida.

B: Y hay olor. El mismo olor que los libros viejos. Terminaremos repitiendo la historia de quien no pudo terminar la suya.

A: Yo no. Estoy acá repitiendo mi misma historia. Y no, no es resignación.

B: ¿Obstinación? ¿Terquedad?

A: ¿Y qué es la terquedad?

B: Es lo que la gente me dice cuando no puedo cerrar las cajas y enterrarlas en el patio.

A: No debe ser tan difícil. Es un ritual necesario. Casi te diría fundamental. Después te crecen girasoles. Girasoles que con su sonrisa mecánica (a vos que te gustan las sonrisas) te recuerdan que todavía es de día.

B: Ojalá pudiera hablar como lo puede hacer todo el mundo. Ojalá esperara que los girasoles sonrieran para creer que es de día.

A: La normalidad es una jaula. ¿Acaso hay alguna otra manera de hablar? ¿Acaso entender los idiomas, entender las palabras es posible? Nos queda la ilusión de que nos estamos entendiendo. Pero… ¿es que me podés comprender? Digo “dolor” ¿y lo sentís? ¿Digo “angustia” y se te perfora el pecho?

B: Un montón de palabras, puestas detrás de las otras. Algo querrán decir. Algo tenemos que poder entender. No siento la piel rasgarse como un papel fino si digo frío, pero lo imagino y eso basta. Después de todo, todo es un reflejo.

A: Un reflejo que se desvanece rápido. Yo me pregunto, esos inventores de la felicidad hablan de sanar, hablan de perdonar pero ¿se habrán perdonado ellos mismo? El yugo, la herida, el golpe duele más cuando empieza en la propia cabeza. Qué grande, qué insignificante que es la palabra esperanza. Pásame la tijera, cortemos acá. Es suficiente hilo. Hay que deshacerse del resto.

B: Pará, no lo cortés todavía. podríamos… quizás con esto podríamos hacer los detalles. ¿No te parece? Agregar flecos, los flecos no van a ningún lado, no dibujan nada, solo cuelgan, segmentos de hilos…

A: Sobran. No hay que plagiarse, no hay que repetirse. No te enamorés nunca de tu propia belleza al fin y al cabo acabará por mutar también.

B: Ya lo sé. También es un reflejo. A veces me pregunto qué quería decirme cuando me miraba como mirando más allá. Qué quería decirme cuando hablaba de una casita con su jardín y su perro llena de niños que desordenan y corren y lloran. Qué quería decirme cuando hablaba y hablaba de salvar al hijo, de salvarse a él, que es su propio hijo. Qué quería decirme cuando disfrazaba esa jaula enorme, cuando me hablaba de las imágenes en las paredes, del mural de un árbol. (Tiempo) Tengo miedo de olvidarme de su voz. En las noches me concentro y entonces me llega su risa. Creo que se ríe de mí. Que en ese preciso instante se ríe de mí.

A: Te llega el eco. Ya se reía mucho antes. Ahora mismo te ha olvidado.

B: No puedo hablar porque no creo en las palabras.

A: Es que es como las estrellas: han muerto hace tiempo, solo tenemos la luz viajando en el tiempo.

B: Tanteo pero nunca está. Espero en las esquinas. Quizás venga. Quizás pase como paso yo. Quizás se detenga y me reconozca.

A: Ya no va a reconocerte. Porque no puede reconocerse en vos.

B: Estoy dispuesta al sacrificio.

A: ¿De qué te valdría?

B: Ni yo misma lo sé. ¿Si me inmolara ahora? ¿Si me ofreciera ahora? Soy su ofrenda.

A: Va a rechazarte. No puede. No puede sostenerse en el altar. Ya se ha desmoronado.

B: Puedo reconstruirlo.

A: Sería inútil.

B: Puedo volver a poner una tras otras las piedras.

A: Y cuando hayas terminado te transformarás en la virgen de Mogna, inmóvil y expectante, esperando que la vayan a adorar.

B: No, eso es una puta.

A: Millones de fieles te tocarán los pies, te cambiarán los aros de plata cada vez por unos nuevos, y una vez al año, te llevarán en procesión al pueblo. La capilla…la capilla es como un hotel, pero venido a menos.

B: Que me maldigan, que me dejen abandonada en mitad de la arena.

A: Y aun así, te lo aseguro: no vendrá.

B: ¿Ni siquiera a rescatarme cuando no haya nadie y nadie nos vea? ¿Cuando…

A: Ni siquiera.

(Pausa)

B: Me he olvidado cómo se llora.

A: Lo vas a volver a aprender.

B: ¿Has llorado? ¿Has olvidado y vuelto a aprender?

A: Cada uno de estos días.

(Las tejedoras construyen un altar, al que luego cubren de hilos. B se quieta el maquillaje y los zapatos. A la ayuda.)

A: Un día mi abuela se olvidó de recordar. Olvidar cómo se llora es muy distinto a olvidar cómo recordar. Primero olvidó cómo se hace la sopa. Había pasado cincuenta años de su vida cocinando la misma sopa. Cincuenta años de su vida puso el choclo y puso zapallo y cuando ya estaba blando tiró al agua un puñado de fideos. Al principio olvidó palabras. Desaparecieron de su vocabulario todas las palabras que empezaron con “p”. Por eso ya no podía perdonar pero tampoco podía perder. Creo que mi abuela empezó a ganar ahí mismo. Ganó un reloj despertador en una rifa. La misma rifa que siempre compraba y nunca había sacado. Solo que ya no podía saber para qué servía eso. Mi abuela tejía pulóveres pero como nos había olvidado en nuestro nuevo cuerpo de mujeres hizo chalecos para niños, con eso vestimos a los niños tristes que habitaban justo detrás del patio del fondo de nuestra infancia. Ahora está anclada para siempre en el mismo día. Ya no puede saber quién soy yo porque aún no he nacido para ella. Tampoco hay hijos ni dolor alguno. Esas cosas siempre vienen con el tiempo. (Pausa) ¿Por qué no viniste anoche?

B: Había olvidado el camino.

(Las tejedoras van levantando cosas del suelo y las ordenan, las cuelgan en las piolas que atraviesan el espacio: fotos en blanco y negro, objetos, recortes de diario.)

B: Venía para acá. Un taxista me siguió.

A: Te hubieras cambiado de vereda.

B: Eso dijiste. Otro halagó mis collares (se los quita y los cuelga.)

A: Si te ponés eso es para que te miren.

B: Eso dijiste. Otro me persiguió media cuadra.

A: No te van a hacer nada.

B: Eso dijiste. Eso dijiste. Vas a dejar que atraviese el camino sola. Porque vos sabés que yo puedo sola. Pero ese no es el punto.

A: ¿Cómo te imaginas de acá a diez años?

B: Eso preguntabas. Yo… disculpe, señor, pero yo… no puedo imaginarlo. Todo lo que tengo es esta valija siempre medio llena, medio vacía.

A: Yo me imagino con vos.

B: Y al final… todo lo que tengo es esta valija medio vacía.

A: Olvidame.

B: Y yo… que intento desesperadamente cavar y cavar, escupir al tiempo, pero soy manca, pero no tengo saliva. Pero no soy (cae al piso, durante este diálogo, B ha ido teniendo la expresión de quien es despojada de sus ropas o es golpeada. A la arropa.)

B: Abuela, ¿cómo conociste al abuelo?

A: En las siestas nos íbamos a la pileta municipal. Yo lo veía siempre y dije. Ese gringuito es para mí.

B: Mamá, ¿Cómo conociste a mi papá?

A: En las noches nos íbamos al club municipal. Yo lo veía siempre y dije: ese negrito es para mí.

B: Abuela ¿Cómo me conocí yo?

A: Primero gritaste tu nombre muchas veces pero el nombre que habitabas te quedaba muy chico.

B: Mamá, ¿Cómo me conocí yo?

A: Primero gritaste tu nombre siete veces. Pero ese nombre no era el tuyo. Tuviste que aprender a llenarlo. Todavía no te has conocido.

(B llora)

A: Una vez, hace mucho tiempo. No. No una vez. Todas las veces que se crea el mundo, existe una princesa que no tiene los labios de fresa. Ofrece su única joya: una margarita pálida y blanca que se confunde con la luna, a quien le diga al fin cuál es su verdadero rostro. El mundo vuelve al caos. Y vuelve a ser creado. Y aún la princesa espera. Puede enseñar los cuatro puntos cardinales de su mismísimo centro pero nadie, nadie nunca pudo decirle: acá estás. Este es tu rostro.

(A ayuda a B a pararse, la mima, la acompaña)

A: Ya ves, estamos sola. La noche confunde el vacío con el silencio.

B: ¿Y cuál es la diferencia?

A: Que en el vacío no hay eco.

B: ¿Y en el silencio?

A: No lo sé

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