-“Me pregunto qué clase de gente son vos y tus hijas. Ellas quieren azotarme por decir la verdad, vos querés azotarme por mentir; y, a veces, se me azota por callarme. Preferiría ser cualquier cosa antes que Bufón, y, aun así,  no quisiera ser vos, amo. Has podado tu entendimiento por ambos lados sin dejar nada en medio”.

Así habla el Bufón al rey Lear en la cuarta escena del Primer Acto, después de que el monarca ha dividido su reino en dos partes entre las hijas aduladoras, y ha desheredado a la menor, Cordelia, la única sincera. Sabe que el ex rey lo puede golpear, pero nunca podría condenarlo, porque está protegido por su oficio de Bufón, el encargado de entretener y hacer reír a reyes y a villanos, pero que nunca se hace cargo de sus propias palabras.  El Bufón comparte con los locos la muy ambigua ventaja de poder decir todo lo que piensa, sea al mismísimo rey que al último vasallo, y de no ser castigado por ello. Porque tanto el loco como el Bufón están protegidos por una suerte de inmunidad social: uno es un enfermo y el otro un artista.

En el tarot, la figura de El loco suele asociarse con la del Villano, o Artesano, el que tiene el poder de hacer su propio instrumento porque fabrica herramientas que nadie más conoce. El loco sigue su propio camino, el Villano puede permitirse estar aislado y enfrentar a quien se le acerque.

-“Yo soy ahora más que vos, soy un loco, y vos no sos nada” –replica el Bufón a un Lear que paulatinamente va tomando conciencia del error irreparable de haber dejado su reino en manos de dos harpías aduladoras, y de haber quedado a merced de estos dos escorpiones, y que paulatinamente va cayendo él también en la locura, pero en una locura provocada por el dolor, el desengaño; una locura deshilvanada y aparentemente incoherente, pero en el fondo no menos lúcida que la del Bufón. Como todas las locuras.

El Bufón es, por lo tanto, un hombre libre. Su tradición se remonta a la Edad Media, y es probablemente una de las formas teatrales (el Bufón actúa) que sobrevivieron, metamorfoseándose y mimetizándose, a las despiadadas persecuciones que el  cristianismo oscurantista perpetró contra toda forma artística, en especial a la que fuera sospechosa de proceder de Roma o Grecia, cuando tomó el dominio del último gran imperio de la Antigüedad.

La Compañía Grottowski –nombre ya de por sí fuertemente comprometido- ha puesto en escena en Mendoza una obra teatral  justamente llamada  “El Bufón”. Jeremías Gutiérrez y Gastón Rivera, con la colaboración de Cristina Moreno en el maquillaje y el vestuario,  han propuesto un trabajo grottowskiano que enlaza la disciplina corporal y la mística actoral del maestro polaco con la antigua y renovada tradición del Bufón, en una performance inventiva, cáustica, irónica, cardíaca, sin respiro. Esta obra es producto de un proceso que significa profesionalmente la continuidad de “Tiempo sin tiempo”, la producción anterior, y es resultado de un entrenamiento intensivo y concienzudo, pero asimismo lleno de alma, como sin duda le hubiera gustado ver por nuestros lares al mismísimo Jerzy Grottowski.

Si algo sorprende y moviliza en El Bufón de Jeremías y Gastón, es esa intensidad orgánica sin reservas,  esa generosidad de un cuerpo que se entrega en su deformidad y su miseria (la caracterización es excepcional) en un juego ácido y por momentos repugnante, en el cual el público suele ser solicitado sin posibilidad de apelación, porque es prerrogativa del Bufón mofarse de ricos y pobres, de militares y prelados.  Y en este tránsito sin miedo, el Bufón encarnado por Jeremías pero construido y dirigido con la ayuda de Gastón, habla de la corrupción, la perversión y el autoritarismo desde las mismas personas que encarnan estas aberraciones. Este posicionamiento del prelado que es prelado, del militar que es militar, aleja esta creación del humor inocuo, de la broma líquida, de la pared invisible que nos separa de la incriminación. Porque el Bufón-Jeremías es el prelado, el militar, el pervertido, el carnicero. Y el público se encuentra con esos criminales a pocos pasos de distancia, allí sobre un escenario que podría ser la sala del palacio de Lear, el patio del castillo del príncipe Hamlet o la trágica habitación de Macbeth, momentos antes o momentos después de que los cuchillos hayan bebido la sangre que les era debida.

En una puesta sin concesiones, esencialmente caótica en su neta singularidad (reconociendo que el caos guarda un orden en general invisible a los ojos), el Bufón de los Grottowski mantiene tenso el hilo de acero sobre el que empuja despiadadamente al espectador, llevándolo hasta el vertiginoso filo de la verdad de manera descarnada pero risueña, o por momentos horripilante en su desnuda depravación. En esta obra, Jeremías Gutiérrez demuestra ser dueño de un entrenamiento rigurosísimo de los que ya pareciera que no se usan en nuestros teatristas vernáculos, un entrenamiento como el de quien dedica su vida al teatro, ése que implica cuerpo y alma. Porque la corporalidad llevada a ese extremo revela una entrega que no se logra haciendo ejercicio, sino sometiendo al alma a doblegarse junto con un cuerpo ofrecido como sólo se ofrece el cuerpo en el amor, en la pasión incontrolable. Pero ésta es una pasión cuyo placer no culmina en un egoísta orgasmo, sino que se brinda a muchas otras almas que también tienen cuerpo: son los espectadores, con quienes este Bufón comparte ese éxtasis sobrenatural, esa exaltación dura y exquisita, el terror, la delicia, la risa y la amargura tajante.

“Pero el loco no se irá;

el loco se quedará,

porque el loco no es canalla”.

Canta en el Segundo acto el Bufón del Rey Lear, un rey que ahora ya no es más que un espectador él también, un espectador de su propia ruina, de la maldad y la perversión que dejaron al descubierto su necia generosidad y su irreflexión.

Ir más allá”, dice Gastón Rivera, el Bufón invisible que como ya había demostrado en “Tiempo sin tiempo” es dueño también de una capacidad actoral y de un entrenamiento riguroso en la construcción de un personaje y en la actuación. ¿Ir más allá de qué?, de lo que se puede. Y ésa es una premisa netamente grottowskiana, la entrega sin retaceos del actor santo, el que no sucumbe a los lugares comunes, el que no cree que el arte es él, sino que se hace vehículo, instrumento de algo que lo supera y que tal vez no entiende, no importa, el arte no es racional. Jeremías y Gastón han entrado en esa dimensión teatral muy difícil de alcanzar, y lo han hecho con total sinceridad, con la frescura de quienes no se han contaminado por el canto de sirena del naturalismo hastioso  y de la superproductividad que excreta obras como cadena de montaje.

¿De dónde surgieron estos dos artistas? ¿Acaso el maestro Grottowski sigue vigente en un tiempo en que hasta el teatro independiente pareciera haber sido arrastrado por el facilismo instantáneo y olvidable? Sin duda no se formaron en los claustros del teatro muerto, ni en las salas anquilosadas del espectáculo televisivo. Sin duda trabajan seriamente la voluntad y la perseverancia, los pilares de todo arte. Quien haya leído atentamente los pocos escritos de Grottowski y haya puesto el corazón en ello, habrá comprendido que el entrenamiento es indispensable en cuanto se trata de un camino misterioso que va conduciendo al espíritu hacia otras dimensiones,  los eternos palacios donde el teatro es un permanente aprendizaje, una metamorfosis para la cual el alimento es la constancia y el néctar esencial la humildad sincera. El actor grottowskiano no tiene nombre, como el Bufón. Lleva su alma amarrada a su profesión, porque su alma es su profesión, es actor; como el Bufón es Bufón y el mal actor es fulano de tal.

“Insensato el que se fía de la mansedumbre de un lobo domesticado,

de la amistad de un joven,  y de los juramentos de una puta.

Insensato el que cree que el teatro es imitación, espejo de la realidad, reproducción del gesto cotidiano. Insensato el que regala el inigualable reino del teatro a la necedad de los superficiales, a cambio de una adulación. El Bufón nunca será adulado, porque su arte no consiste en agradar, sino en abrir los ojos y las mentes de sus interlocutores. El Bufón puede ser apaleado, pero no por eso va a dejar de hablar, ni va a cambiar de estado ni de costumbre, porque es el teatro verdadero, irrenunciable y eterno.

Saludamos por lo tanto a la Compañía Grottowski, que ha izado gallardamente la bandera del maestro polaco en estos castigados desiertos ansiosos de sencillez y franqueza. Que el teatro los siga acompañando y siga valiéndose de Jeremías y Gastón para decir lo que no queremos escuchar.