Como entramado social y cultural, la Literatura es un arte que da cuenta de la pluralidad de voces que se inscriben (más o menos canónicas) en un corpus complejo, pero sumamente accesible por la diversidad de lenguajes estilísticos, recursos, expresiones, modelos que presenta para el desarrollo cognitivo, etc.

Por su parte, el Teatro nunca es el texto dramático, porque ello quedaría en una zona compartida en todo caso: en tanto texto, se establece una zona de intersección con lo literario, es ante todo género de la Literatura y luego del paso del papel a la carnadura orgánica, algo para ser representado. Lo teatral desde esta perspectiva, jamás puede ser ni será un anexo de la Literatura. Por otro lado, el Teatro tampoco sería una síntesis de lenguajes artísticos, un “parásito” de otras artes como lo concibiera Platón, quien considerase que sin la Literatura, toda pieza teatral además de mera copia falseada de la realidad que ya era una “copia fallida” del arquetípico Mundo de las Ideas, era también, un apéndice de las artes de la escritura. Sin embargo, varios estudios posteriores que incluso vinculan mejor al teatro con la Música o la Pintura, ya lo independizan de toda vinculación externa y siempre ajena a sus propias estrategias o virtudes como arte autónomo, con un lenguaje que le es propio.

El Teatro es un hecho espectacular que vincula al público con el actor en un tiempo presente, tangible, único e irreproducible, tan inmanente en lo posible, que la riqueza de ése vínculo es más que completa al compararlo con cualquier otra experiencia escénica, incluso, por la multiplicidad de lecturas muchas veces en simultáneo, o yuxtapuestas, de enunciados que se hibridan y pertenecen a diferentes lenguajes o sistemas artísticos. En donde las capas de sentido se metamorfosean sobre campos semánticos complejos, porque se vuelven imposibles de interpretar si no es por la vía de una lógica, la de una semiótica del Espectáculo en donde dicha combinatoria de lenguajes o sistemas de signos, sólo auspiciarían un ritual casi religioso donde nada de este análisis se torna válido ni relevante, porque implica una ruptura, un corrimiento o excepción de los modos en que se percibe desde lo cotidiano… implicando la suspensión del tiempo real tal cual se manifiesta, al menos, rutinariamente. Este universo de lo real es entonces trocado por otro en donde impera una vertiente emparentada con la alucinación por más verosímil que sea, a elección del espectador así constituido, respecto de los estilos que incluso puedan convocarlo, dentro de una “ilusión” nacida desde todas las Potencias de lo Falso en tanto obra artística. La que dura tan sólo un instante en dicha relación de dos: la del Actor y el Espectador dentro de lo que dure el espectáculo.

Hace mucha falta comprender que entre dos espectáculos iguales no hay una relación obligada, aún cuando representen un texto de base y aunque hagan referencia a un mismo autor. Si bien dos elencos pueden realizar una misma pieza dramática, los integrantes de cada uno dotarán de un matiz único a dicha pieza, dejando una huella que singulariza el texto espectacular de manera irreproducible. Lo mismo sucede en la relación “Literatura/Teatro”, donde muchos directores subordinan el espectáculo como un apéndice netamente literario, al segundo. Por otro lado, hay quienes creen que una fuerte razón para re-versionar sin tapetes al texto dramático, se debe a la pluralidad de posibles lecturas (las mismas voces que de por sí ofrece la Literatura cuando adapta una pieza en otra) cuando por ejemplo establece alguna parodia, o se trate ya de un homenaje, pero en cualquier caso interviniendo un conocimiento literario preestablecido, que sufre entonces  alteraciones como si se tratara de una adaptación propia de los ejercicios teatrales que acostumbra el director de un espectáculo, cuando pasa del papel a la puesta en escena. El espectáculo o artefacto se hace legible por medio del espectador, y podríamos hablar en este sentido de un “espectador modelo” (parafraseando al lector modelo de Eco) claro que en esto son artes idénticos, ambos encuentran un lector ideal que demanda el texto, sea espectacular o dramático (como guión desde un soporte-libro) ambos necesitan ser legibles y activarse en las multiplicidad de interpretaciones, por supuesto que algunas serán más propicias que otras con los hilos que pretendería entramar el autor o un director hacia el hilvanado de un sentido “ideal”, no obstante lo válido es que ninguna (incluso la interpretación más cercana a la idea del autor) adquiera mayor relevancia o jerarquía sobre ninguna otra, coexistiendo entre muchas otras. Pero una lectura sí, al menos una por medio de procesos cognitivos específicos además de otras posibles lecturas tal vez ni pensadas por los realizadores, y que sin embargo, nutren en el caso del Teatro sobre nuestra actualidad ya que tampoco hay dos espectadores iguales, y la mirada pormenorizada es tenida muy en cuenta en este caso por los creadores.

Muchas veces, el miedo a quebrar la fidelidad a un tema o, en fin, al autor (todavía más de tratarse de uno muy canónico) y uno en particular: el dramaturgo, pueda ejercer ciertas auto-represiones creativas o poéticas. El paso que implica transportar una visión del papel a la puesta, como lo teatral en sí, lo cual se necesita hacer en un determinado momento, nos deja impotentes, pero ya no será cualquier asociación arbitraria: ver a la Literatura toda como la posible elaboración entramada en un nivel macro-simbólico de tejidos que relacionan temáticas y autores de diversas áreas, “entre” los textos, un soporte técnico del cual ir y venir sólo para servirse entre los espacios y tiempos, puede ayudar a una mejor comprensión del lenguaje netamente teatral.

Esto, desde mi punto de vista, se debe a que en el Teatro las historias son finitas, como los colores primarios o puros en la Pintura, como las siete notas de la Música, lo que importa es el cómo son contadas esas historias, si aportan nuevas cosmovisiones, su estructuración, su combinación con la multiplicidad de cuerpos y voces, ya no el nivel paradigmático sino el sintagmático. Importa más el “cómo” están logradas que lo “qué” cuentan. En este sentido, y quizá a diferencia de muchísima literatura (no toda) el Teatro pone más el acento en el significante que en el territorio de los significados, una obra vale por cómo está entramada, más que por su mensaje general.

En cuanto a la ideología, la Literatura es más solitaria, se supone que en el Teatro la gran masa de realizadores escénicos, técnicos, operarios, etc., incluso quizá hasta los dueños de la sala, deberían al menos coincidir en más de algún aspecto ideológico: un esquema de producción y de posicionamiento frente a las reglas de juego de poder entre las lógicas públicas y privadas, las cuestiones políticas y sociales, etc. Lo cual, supone consensos más atendibles o complejos que los que un novelista debe hacer consigo mismo para bajar o no alguna línea sobre el lector, en el teatro se debe pensar siempre en términos de “cultura de masas”, al menos desde esa lógica, cuando todavía se plantee un teatro “sagrado” o de culto.

Desde una óptica más filosófica, o desde cierta “Teoría de la Percepción” si es que se pudiere, pensaría que todo lo literario es extremadamente solitario y personal, aún en los procesos cognitivos de lectura que activan un mundo posible pero siempre ficcional, y es así más mental lo literario que sensorial, a diferencia del Teatro. Pero esto, claro, es más que subjetivo. Sin dudas que con el Teatro todo llega al espectador más materializado, entre híbridos o encastres de signos con diversas características que aportan los diferentes lenguajes artísticos, hegemonizándose desde la dirección un modo específico de organizar las sustancias teleológicas del sentido que van operando desde todo lo que es “abstracto”, todavía desde lo sub-textual hacia lo que se torna plástico y más concreto, materializable en tiempo y espacio.

El Teatro tiene la virtud de concretar la imaginación de unos cuantos realizadores en una puesta singular, pero la Literatura, siempre confirmará su grandeza al reactivarse sobre la experiencia y acumulación de conocimientos previos que van moldeando y brindando la sustancia invisible que hace de los significados un constructo de peldaños por donde se afianza la asimilación de imágenes tan personales en el lector (y a la vez aporta nuevos, desafiándolo) asumiendo riesgos, como todo lo que es desconocido alguna vez para alguien. Imágenes como las que se activan durante un viaje, como la propia vivencia en sí misma a cada momento hecha de experiencias únicas decantando en una biografía muy personal, propia de cada individuo.

Y la Literatura se desprende en este sentido también, como el Teatro, en todas las interpretaciones que merezcan y los hagan posible, pero según se activen o no, a partir de los conocimientos de mundo que siempre se tengan, previamente. He ahí la sublime importancia de frase que profesa que cuanto más “mundo” tenga una persona, más y mejores serán sus interpretaciones del mismo.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPrint this page