LA FUNDACIÓN

de Susana Torres Molina

 

Dirección: Héctor Levy-Daniel

Elenco:

Emiliano Díaz: Pedro

Estela Garelli: Amalia

Carlos Kaspar: Palacios

Florencia Naftulewicz: Marta

Escenografía y vestuario: Cecilia Zuvialde.

Diseño de iluminación: Ricardo Sica.

Diseño gráfico y fotografía: Camila Levy-Daniel

Asistente de dirección: Marina Kryzczuk

El espacio escénico del teatro Nün está rigurosamente preparado para la puesta en escena de la obra. Solo un escritorio con una carpeta, una silla de un lado y dos sillones del otro. Detrás, cajas de archivo. Marta y Pedro son una pareja joven que van a esta “Fundación” porque quieren adoptar un hijo. Los entrevista, Amalia, la empleada de “La fundación”.

El texto trabaja con un equívoco inicial porque la “entrevista” correspondería hacerla en un Juzgado de menores donde se solicitaría la adopción. Pero todo transcurre en un ámbito que produce temor desde el primer momento, ya que es un “no lugar” llamado “fundación”.

Amalia lleva un vestido claro, semilargo, zapatos negros, sin ningún otro elemento de arreglo personal, pero con pulcritud severa; su voz es clara y amable, pero firme. Su tarea es “controlar” todos los detalles de la entrevísta. Que los postulantes tengan casa propia y muestren la escritura, que tengan una “buena recomendación”.

El texto de Susana Torres Molina muestra a cada momento “el detalle del detalle” como diría Peter Brook. La entrevista, formalmente perfecta, que se va convirtiendo en un minucioso interrogatorio, aunque se intente disimularlo.

Pedro, recomendado por su tío coronel a esta “fundación”, acepta los términos que se le plantean en todo momento. Marta, su mujer, repregunta constantemente y, detrás de una aparente inseguridad, busca saber el origen de los niños que ofrecen para adoptar.

El “examen ambiental” de la pareja incluye la libreta de casamiento por la iglesia católica e incluso si son practicantes. Como agrega Amalia : “Nuestro principal objetivo es evitar que se propague el virus ateo, nihilista, en nuestra sociedad. Se ha meditado mucho, y hoy tenemos la certeza que para lograrlo, siempre que las circunstancias lo permitan, hay que cortar la cadena de cuajo. Sacar el problema de raíz.”

“Cortar la cadena”, repite Marta asombrada y temerosa. La respuesta es categórica y no admite más explicación. Sin embargo, Marta insiste y a partir de ese momento comienza un clima más tenso, porque ella no se va a conformar con no saber quiénes son los padres biológicos de su posible hijo y sobre todo quién fue la madre y qué fue de ella.

La entrada de otro personaje, el Dr. Palacios, agrega aún más inquietud a la situación y la insistencia, junto con Amalia, en la presión sobre la pareja y en los requerimientos para la adopción. Ahora la averiguación es sobre los orígenes familiares. Las dudas recaen sobre Marta:

“Amalia. Su mujer tiene un aire oriental.

Pedro. Puede ser, pero es bien gallega.

Amalia. No piense que se trata de un tema racial, pero lo que sucede es que…judío

comunista son casi la misma cosa.

Palacios. ¡Son la misma cosa! Aquí y en cualquier lado. Judío, bolche, terrorista. Hitler los perseguía por eso…”

 

Susana Torres Molina insiste en todo momento, a partir del lenguaje, rigurosamente

utilizado, en ese eco de la Dictadura argentina del 76, que va deslizando en cada término que elige: “virus ateo, nihilista”, “subvertirlo todo”, “judío y comunista”, “infiltrados”, entre otros indicios que conducen al espectador por el camino de la memoria reciente.

El tema identitario está permanentemente puesto en palabras por Marta que quiebra el seguro discurso de Amalia y Palacios que van elaborando una sospecha sobre ella.

Ágilmente la obra se encamina a un final abierto, pero previsible, con un ritmo vertiginoso en el cual Pedro y Marta quedan entrampados.

La puesta en escena y la dirección de Héctor Levy-Daniel son impecables. Su cuidadoso trabajo con los actores mantienen la mirada atenta de los espectadores hasta el final. El recorte del espacio escénico concentra las acciones para hacerlas cercanas y precisas. Cuatro magníficos actores/actrices acompañan este texto de Susana Torres Molina con precisión y compromiso. Con una iluminación precisa y un vestuario que, como el de Amalia, exacerban la pulcritud siniestra del personaje.

Como diría Tato Pavlovsky[1]: “Porque el cuerpo actoral es al mismo tiempo institución violadora, represor violado y represor violador. Tres devenires en el desarrollo de la acción dramática. Cuerpo como letra…o LETRA de cuerpo…(Estética de la multiplicidad. Lo Grupal 10, 1993).”

En su obra Potestad, Pavlovsky abre en 1993 el tema de la identidad de los niños apropiados durante la Dictadura que, a partir del 2000, daría paso a innumerables obras y a ciclos anuales de Teatro por la Identidad.

 

[1] Teatro por la identidad/Anabella Valencia et al, 2005, 1ª. ed., Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, pág.20.

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