Comencé mi carrera artística a los 7 años, como actriz. Para cuando cumplí 20, estaba segura de que la actuación era mi camino y lo sería para siempre, como cuando por fin encuentras el final de la obra que estás escribiendo. Fue entonces que, en un montaje de creación colectiva de un grupo de clown en que participaba como intérprete, surgió la necesidad de que alguno de nosotros se encargara de la escritura de los textos basados en los personajes y situaciones que habíamos construido en conjunto.

El resultado final fue muy bien recibido por el público. Más de uno me dijo que tenía “pasta” para escribir y yo lo había disfrutado muchísimo. Incluso más que la actuación. El teatro me estaba mostrando un nuevo camino y a mí me entusiasmaba recorrerlo. Además, ser dramaturga era una posibilidad totalmente factible. Total, ya había escrito una obra. Era cuestión de replicar el proceso y listo. Parecía tan fácil… Pero al momento de hacerlo, me paralicé por completo. Las palabras se me escapaban. Cuando por fin lograba aterrizar alguna idea en el papel, me invadía la duda, mi motivación decaía rápidamente. La frustración era constante. La cólera hacía que rompiera hoja tras hoja y la resma de papel en mi escritorio se mantenía en blanco, como burlándose. ¿Qué me estaba pasando? ¿Sería que no tenía el talento necesario?

La verdad es que tenía muchísimo que aprender. Luego de 4 años, seguía estudiando y practicando. Para ese entonces, ya había estrenado 4 obras teatrales. A pesar de esa experiencia, escribir no se me hacía nada fácil. Mi proceso estaba lleno de tropiezos y mis resultados, aunque bien recibidos por el público y mis colegas, no estaban a la altura de mis expectativas. Tal vez no sirvo para esto, pensé. En todo ese tiempo, tendría que haber avanzado más. Si en realidad tuviera talento, por supuesto. Porque para los escritores de verdad la escritura debe ser fácil y agradable, ¿no?

Fue entonces que se estrenó la película mexicana “Amores Perros”, con guion de Guillermo Arriaga. Ese escritor SÍ es un genio, pensé. Y, como buena aprendiz, empecé a seguirlo para descubrir su secreto. Hasta que vi una entrevista que me cambió la vida. En ella, Arriaga relataba su proceso de escritura del guion. Le había tomado varios años y un número de versiones que superaban la treintena. Me quedé boquiabierta. Mi fantasía de que la fluidez del guion coincidía con su proceso de construcción se cayó como un castillo de naipes. Fue la primera vez que tomé conciencia de que escribir era un proceso que no resultaba fácil y rápido, ni siquiera para los expertos.

“De algo estoy seguro: este no es el gran libro que yo esperaba que fuera… Y, lo peor, es que esto es lo mejor que puedo hacer.”[1] Ese podría perfectamente ser un pasaje en mi diario de escritura, pero pertenece al de John Steinbeck (1989). El libro al que se refiere es nada menos que Las Uvas de la Ira, una de sus obras maestras. En ese mismo diario, Steinbeck describe en detalle la inseguridad y frustración que siente en muchos momentos al escribir, llegando a dudar de sus habilidades e incluso a pensar en abandonar del todo la tarea. Y se pueden encontrar aseveraciones similares en diarios de distintos escritores. Una y otra vez se repiten las mismas frases, que bien podría decir yo, que expresan mis alumnos en diversos entornos de aprendizaje y que en más de una oportunidad he escuchado de mis colegas. Casi como si fueran dichas por la misma persona. Y no es una casualidad.

Mi decisión de estudiar una Maestría en Cognición, Aprendizaje y Desarrollo se debió, en gran medida, a la necesidad de descubrir a qué se debía este fenómeno. La escritura, como cualquier acto creativo, es un proceso físico y mental de alta complejidad, en que entran en juego aspectos cognitivos, motivacionales y afectivos (Rijlaarsdam et al., 2012). Aunque el sentido común podría decirnos lo contrario, concretar las ideas en palabras (más aún cuando se pretende que esas palabras formen, a su vez, una obra de arte) resulta difícil hasta para los expertos. La escritura involucra no solo nuestros conocimientos sobre técnica y teoría, sino también nuestras experiencias previas, nuestra capacidad de mantener firme la motivación, y el manejo de las emociones desagradables que surgen mientras escribimos.

De otro lado, si bien es cierto que la producción escrita de distintos borradores o versiones de la pieza nos hace pensar que se trata de un proceso lineal, en que avanzamos de un paso al siguiente en orden, primero planeando, luego escribiendo un primer borrador y después realizando distintas revisiones, a nivel de procesos mentales esto no sucede así (Rijlaarsdam et al., 2012). En la mente del escritor, el planeamiento, la escritura y la revisión están presentes en todas las etapas. Es importante considerar, además, que existen técnicas y teorías que sustentan la escritura teatral, las cuales varían según el estilo de texto que estemos trabajando, pero que no existen fórmulas ni recetas exactas que podamos aplicar como algoritmos matemáticos. Cualquier profesor de Dramaturgia sabe que, si encarga la misma tarea a un grupo de alumnos, los textos que recibirá como resultado no serán iguales, a pesar de tener una misma premisa, debido a la particularidad de los procesos y personalidades de los estudiantes.

Escribir supone, para expertos y novatos, un alto grado de dificultad en cuanto a toma de decisiones, y es un proceso de construcción paulatina, que requiere conocimiento, pericia y mucha práctica. Las dificultades a nivel técnico van de la mano con las dificultades para manejar las emociones y mantener viva la motivación.

Otra característica interesante de la escritura es que los productos finales no revelan todos estos procesos. Es decir que con la sola lectura de la pieza es imposible saber qué ruta siguió el autor para crearla, el tiempo que le tomó, o las dificultades que encontró en el camino. Como me pasó cuando vi “Amores Perros”. Las obras ya terminadas crean en el lector o espectador una ilusión de facilidad, ocultando la enorme cantidad de traspiés que su creación implica. Por eso, especialmente cuando una pieza nos gusta, podemos tener la fantasía de que su producción fue tan fluida como el resultado final pero, como toda fantasía, esto rara vez coincide con la realidad.

Y mientras los procesos de escritura se mantienen invisibles para el lector o espectador, para el escritor son una realidad concreta que, aunque no comprenda del todo, influye fuertemente su camino y puede llegar a determinar la calidad final de su trabajo o llevarlo a abandonar la tarea por completo. De ahí que resulte tan importante para un escritor conocer y aprender a manejar su proceso. Akira Kurosawa, durante una entrevista titulada “Mi vida en el cine”[2], desde su experiencia y enorme sabiduría, brinda un invalorable consejo: encarar la escritura paso a paso, palabra por palabra. Suena fácil, pero no lo es. En los espacios que hay entre las palabras se cuelan muy rápidamente las inseguridades, la angustia, la desesperación por llegar lo más rápido posible al resultado final, las dudas y la desmotivación.

Solo comprendiendo la escritura como un proceso complejo podemos enfrentarla paso a paso, palabra por palabra, sin perder de vista el resultado que deseamos al final, pero manteniendo la atención en el punto del proceso en que nos encontramos. Como quien construye un edificio que se levanta un ladrillo a la vez. Es necesario pasar por distintas etapas en que el texto que tenemos entre manos dista mucho de lo que esperamos como resultado final. Volviendo a la metáfora del edificio en construcción, antes de pensar siquiera en el color de las paredes y la decoración que colocaremos hay que construir cimientos, levantar columnas y, sobre todo, avanzar piso a piso. Y, a diferencia de la arquitectura en que se cuenta con un plano, la dificultad en la escritura se multiplica porque no siempre tenemos claro el resultado final: escribir es, también, un proceso de descubrimiento en que no necesariamente contamos con una guía que podamos luego ejecutar con la precisión de un ingeniero.

No existen recetas infalibles para escribir, pero sí hay estrategias que pueden ayudar a que el proceso fluya con más facilidad. Una de ellas es llevar un diario de escritura. Esta pequeña tarea puede facilitar el reconocimiento de las propias fortalezas y oportunidades de mejora, para aprovechar las primeras y encontrar formas de superar las segundas. Leer diarios de escritores ya consolidados también puede resultar de gran ayuda, para recordar que hasta los más grandes pasan por varios momentos en que el proceso no fluye como esperan, que ellos también dudan de su propia capacidad, que también se desmotivan y que también experimentan un amplio rango de emociones que no siempre son agradables. Los diarios de escritores profesionales revelan, además, una importante característica: la perseverancia. No se trata de personas iluminadas a quienes la escritura les resulta sencilla, sino de profesionales que saben que lo principal es seguir avanzando. Seguir caminando. Paso a paso. Ladrillo por ladrillo.

Ernest Hemingway dijo una vez que “el primer borrador de cualquier cosa es una mierda”. Si un escritor de su talla tiene ese derecho, entonces nosotros (pobres mortales) tenemos todo el derecho del mundo a producir la cantidad de mierda que sea necesaria para llegar a un producto pulido. Total, el lector (o espectador) final no tiene por qué enterarse. Esa parte de nuestra escritura se mantendrá para siempre invisible, ya sea en algún basurero, en un archivo oculto en nuestra computadora, o en algún rincón perdido de nuestra mente.

 

REFERENCIAS

Steinbeck, J. (1989). Working Days: The Journals of The Grapes of Wrath. Ed. Robert DeMott. Viking Penguin.

Rijlaarsdam, G., Van den Bergh, H., Couzijn, M., Janssen, T., Braaksma, M., Tillema, M., Van Steendam, E. & Raedts, M. (2012). Writing. APA Educational Psychology Handbook, Vol. 3, Chapter 9.

(*) Claudia Sacha. Dramaturga, guionista, docente y productora teatral. Bachiller en Educación. Actualmente cursando la Maestría en Cognición, Aprendizaje y Desarrollo en la Pontificia Universidad Católica del Perú.

[1] Traducción de la autora.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=rdTztiOZa_4