Si la globalización dejara de nivelar hacia abajo, si podemos lograr que los chicos de hoy compartan un aula con otros muy distintos sin caer en el desprestigiado “populismo”, conviviendo lúdicamente pese a las diferencias, habremos ganado. Pero más allá de las frases hechas y visiones que se acercan mejor a la utopía que a la práctica empírica, trataré de exponer ciertos criterios al servicio de una tarea ardua y permanente que considero debemos dar los docentes, pero con suma sinceridad, humildad, y valor, para que la sociedad en su conjunto comprenda que si mejoran las calidades entre los bienes simbólicos y materiales, los recursos y tecnologías mejorarán para la sociedad en su conjunto. Así, este artículo, pretende caracterizar el valor por un tipo particular de “debate”, juicioso, contrastante, algo ambicioso tal vez, pero paradójicamente, mucho más simple cuando soporta los matrices de la práctica… de la experiencia.

Considero dos cosas en primer término: que si los docentes no cualificamos con el ejemplo, no nos responsabilizaremos nunca fehacientemente del gran andamiaje que representamos entre los bienes de generaciones distintas, por lo que no podrá jamás ser valorada la segunda cosa en la que haré hincapié, y ella es, que es necesario abrir conciencias, he ahí la cuestión, reivindicar nuestro quehacer en principio con permanentes flancos de debate, quizá, en un ejercicio más y más cívico y discursivo, abandonando por fin, la vieja política “patoteríl” del apriete, de la tranza entre sindicatos, es decir, utilizando los recursos argumentativos y la historia para madurar como trabajadores públicos, pero revisando nuestro propio quehacer, permanentemente. Sólo así podrán revalorizarnos desde afuera los resultados de un esfuerzo por hacer notar ciertas falencias políticas que uno a groso modo pudiera endilgar (en el caso bonaerense por poner un ejemplo) al duhaldismo por primarizar la escuela Secundaria con el error de la E.G.B. y el Polimodal durante el inicio del nuevo milenio, justo cuando esas experiencias fracasaban en Europa, de donde se habían importado, y muchos docentes ya desde entonces hablaban de sus temibles consecuencias, o incluso, en los intentos por remendar la Ley Federal de Educación, endilgarle también ciertas complicaciones al kirchnerismo por prolongar durante tantísimo tiempo un clientelismo real (del que he tenido noticias más de una vez) cuando alumnos me contaban que los planes sus padres los cobraban si se hacía “buenos vínculos” con algún puntero, y aunque así no fuera, más o menos niveles de relatos promediando el asunto, lo más imperdonable, es haber desmantelado la cultura de Trabajo: me a refiero que un gobierno puede ayudar en un corto plazo a una familia derrotada, saliente de la crisis (para el caso específico) de 2001, pero bajo ningún punto de vista puede postergarse tanto tiempo esa “ayuda” (muy propia de los populismos latinoamericanos) sin implementar al mismo, las medidas propicias para constatar que el educando efectivamente se esfuerza para mejorar su realidad, salir por motus propio de la debacle, y arrastrar a la familia a mejoras en la calidad de vida, es decir, fallaron políticas que regulasen si efectivamente esos planes o asignaciones, eran realmente efectivos para alcanzar mejores niveles de vida, y no ser únicamente un incentivo sin ningún intercambio eficiente en las reglas de juego del sistema en que vivimos, y por lo tanto, crearon toda una generación de jóvenes, muchas veces arrimados a grupos partidarios o afines a aquellos punteros antes mencionados, pero poco conscientes del valor social del esfuerzo y el trabajo reales, cosa que los abanderados del “republicanismo” supieron denunciar al reivindicar temas como “la cultura del trabajo que costará años de reestructurar”, cosa real por otro lado, pero instalando fácilmente el concepto peligroso de “meritocracia”, el cual, en lo personal, me genera muchísimas contradicciones. Sin embargo, y en contra de la primera metástasis que resultaron la Escuela General Básica y el Polimodal con sus facilidades de aprobación y su vaciamientos en desmedro del conocimiento, cosa que desarticuló rápidamente de la mano de Daniel Filmus, el primer kirchnerismo, es justo decir que no sólo se recuperaron aquellos primeros años para la escuela Secundaria, sino que se prolongó hasta 6to año para elevar el nivel. Pero sería lícito hacer un rápido racconto de los resultados que muchas políticas generaron de un modo más específico en la historia argentina:

La educación pública en la historia cercana de Argentina tuvo distintos períodos, con diferentes objetivos desde el gobierno de turno:

– 1870 – 1940: Se buscó extender la enseñanza elemental para conseguir una información de la población ante el fenómeno de la inmigración europea. Saber leer era una habilidad envidiada. Primaba la “cultura del folletín”, el libro, el diario. Los gobiernos creyeron que necesitaban ciudadanos ilustrados y buscaron aumentar el capital humano.

– 1940 – 1990: El mundo estaba dividido entre “los buenos” y “los malos”. En la escuela el maestro era el portador de los saberes, que eran entregados como herramientas a los alumnos para que estos se labraran un seguro porvenir, dependiendo de su sola voluntad. El progreso y el ascenso social eran posibles, y aún seguros para los más capaces. Las actividades sociales eran múltiples, los clubes sociales y deportivos tenían mucha concurrencia, se hacían desfiles y reuniones públicas. Los gobiernos perdieron de vista a la educación como prioridad en los gastos.

– 1990 – 2009: En el mundo cayeron el comunismo, pero también, el neoliberalismo. La globalización termina con las seguridades de fuentes de trabajo, y por ello se cambia fácilmente de lugar de trabajo. Aumenta la informalidad y el trabajo “en negro”. La institución familiar se desmorona, por separación y/o divorcio de los padres, etc. En la escuela se busca teóricamente hacer posible el diálogo docente-alumno. El aislamiento social de jóvenes y adultos está fomentado por el uso autista de la televisión, los juegos electrónicos, la informática y la decadencia de los servicios sociales de clubes y otros centros. Auge de las adicciones. Un posible modelo de país que se re-descubre en las potencias del Estado,  se va desmarcando de la idea de un “libre mercado irrestricto”.

– 2010 en adelante: Poco ha cambiado, en el fondo, se han acentuado rasgos, sobre todo en lo referido al deterioro de algunos vínculos sociales, sólo que, la competencia y ciertas frustraciones serían las responsables tanto de un rebrote fascistas en un mundo que se hace cada vez más complejo, y que tornaría nuevamente a una teoría de “amigos/enemigos”, como de una particularidad, al tiempo en que la “grieta” se profundiza más, el neoliberalismo y los partidos de Derecha serían los más beneficiados en todo el globo con un rebote de sus efectos ahora potenciados por asociarse al poder mediático como nunca antes, sin prejuicios desde el concepto de “Posverdad”, que generará un gran daño incalculable en muchos rubros y a largo plazo.

A partir de este enfoque, repensaré el rol docente, tratando de entender por qué se lo subestima tanto si es la base de cualquier cambio sustentable en el tiempo, dado que las competencias que se alcanzan con la Educación, son huellas insustituibles y bases poderosísimas para adquirir nuevos y mejores conocimientos. Exponiendo, claro, que trataré de convencer que es necesario revalorizar primero el quehacer día a día en la práctica, para que la sociedad en su conjunto, note que el docente, además de volverse un artista social como nunca en estos tiempos, es merecedor de un sueldo más digno.

Según la Licenciada en Ciencias de la Educación, Alejandra Birgin, en su libro El Trabajo de enseñar. Entre la vocación y el mercado: las nuevas reglas del juego: “el deterioro del salario es parte de un proceso que involucra a amplios sectores de la población argentina que habían logrado posicionarse como capas medias” (Birgin 78) Y me pregunto entonces ¿Es posible que al atender otras instituciones o al ejercicio constante de un sobre-valor sobre las lógicas del mercado, se haya olvidado que la escuela es el germen de cualquier técnica o conocimiento? ¿Cómo es posible recuperar aquella vieja idea de que con la educación se adquieren altos niveles de vida y de avanzada? ¿Cómo hacer para dejar atrás las lógicas neoliberales que supusieron matar las ideologías con su modelo verticalista del empresario exitoso, y en lo local, enviciado por la “viveza criolla” (del “sálvese quien pueda”) si lo que vaciaron fue al entusiasmo (en sentido griego) por la investigación y la autonomía de una Cultura que ya no puede arraigarse en un gobierno? ¿que tan sólo administre? No tengo las respuestas, pero creo que es en la base, entre los primeros empleados público, donde se debe fomentar el daño que ocasionaron ciertas lógicas de rapiña, pero sin adoctrinamientos ni dogmas, ejercitando el difícil juego de la sinceridad, desposeída lo más posible de conveniencias o gustos partidarios, sólo así, pienso, se haría posible cierta zona de justicia.

Recuperar el control acerca de una “moral recta” me parece crucial para elevar nuestro rol, articulando elementos vocacionales, así como los deberes de lealtad (al rol de enseñar) y de heteronimia, tal cual se exigía a los empleados públicos en la época de los Cabildos, donde ya se rastreaban “diferencias significativas entre enseñar en las escuelas primarias y en los colegios de enseñanza secundaria… el profesorado se constituyó alrededor de la formación de dirigentes” (Birgin 20) Y es que los vínculos con la política y el conocimiento científico, eran y son diferentes. Pero lo que no comparto al revisar los procesos históricos de la mano de nuestra autora, es el concepto de “homogeneidad”, requerida para el funcionamiento del Estado argentino (liberal) que venía afianzándose con la oligarquía de fines de siglo XIX. Así como considero los daños de una sociedad que entrega, tornándose deudora, todas sus potencialidades al Mercado, pienso que es igualmente inválido el monopolio del Estado. Considero que lo mejor es entender que el docente debe inculcar el conflicto entre ambos, desempeñándose en la media de lo posible, en ambos sectores: el público y el privado. Así lo trato desde mi trabajo. Saludando el concepto de “diversidad” siempre y cuando sea algo que intenta ser explorable, sin quedar entre un conjunto de ideas notables que no se entrenen en la práctica. Porque la homogeneidad no existe, borra lo singular, le teme a las conquistas de las diferencias. Lo que sí rescato de ese período de fuerte centralización estatal es el establecimiento de “la obligatoriedad de la educación básica, que se difundió rápidamente, para lo cual se expandió un grupo ocupacional específico y se desarrolló su formación” (Birgin 23) Y que la escuela, “templo del saber”, logra al suplantar el templo como institución inculcadora. Ejemplo de los frutos de este período, y de la política sarmientina (quizá su única grandeza detrás de toda su barbarie) es la conformación de una moral laica[1] ¡fundacional! Si se trata de pensar la sinceridad a que me refiero.

Ahora bien, intentaré de reivindicar el concepto de “neutralidad” como práctica de clase, en el aula, frente a los jóvenes. No lo haré sin contradicciones, me considero un espectador que gusta de consumir fuertes conflictos entre intelectuales, y si bien creo utópica a toda neutralidad, porque estamos atravesados por muchos intereses, como el que me moviliza aquí a exponer las ventajas de un salario más digno, pienso, sin embargo, que ese tipo de posicionamientos debe darse con los estamentos e instituciones sociales competentes, porque uno puede tomar partido con el elocuente, no con el “inocente” (o que está en vías de formarse) de este modo, reivindico primeramente el valor por confeccionar y producir múltiples niveles de debate. Luego, es lícito aplaudir el valor por lo neutral, destacando el compromiso y la responsabilidad de una ética en la distribución de los bienes simbólicos de nuestra sociedad, de la que los docentes, somos intensos partícipes. Sobre todo en una época, en donde se nos está exigiendo el ver sólo a mundos maniqueos sin real discusión. Pero para el tema de los posicionamientos, y siguiendo a Birgin, será ameno evocar más precisamente al pensamiento de un sociólogo francés acorde con estos tiempos:

Para Bourdieu[2], el arte es un mundo social entre otros, un microcosmos que toma de lo macro pero obedece a leyes sociales propias, en este sentido, su campo, el artístico, al igual que tantos otros como el pedagógico, es “autónomo”. Es un mundo que tiene su propia ley en la cual “hay apuestas sociales, luchas, relaciones de fuerza, capital acumulado”. Lo que no quiere decir que en ciertos contextos de producción no se modifiquen o nutran las bases de un juego que él llama “campo”: que no fue inventado por nadie pero que ha ido emergiendo lentamente. El desarrollo histórico se acompaña de una acumulación de saberes que lo hacen “relativamente irreversible. Hay una acumulación colectiva de recursos colectivamente poseídos, siendo… a la vez coacciones y posibilidades” (Bourdieu 38)

Por ello, estoy de acuerdo con el sociólogo en los marcos que hacen a la obra artística, con el tema del posicionamiento del artista, quien no sólo sabe lo que se hace y lo que ha caído en desgracia en el mismo campo, sino que también identifica los verdaderos problemas de su actualidad que difieren de lo que ya ha sido hecho. Como creo que hay algo de artista en el docente, porque debe sortear obstáculos con suma creatividad, es que traigo estos pensamientos a colación. Ya que no es el docente quien hace al docente, sino su campo, y en su vocación en particular: por medio de un juego simultáneo con otros campos, las más de las veces, desde “sistemas intelectuales precarios”, según creen Sarlo y Altamirano.

La vieja mitología de la “unicidad del creador” y del acto de creación, queda ya abolidas, ahora se sabe que la obra de arte es el producto de “un trabajo colectivo e histórico”. Válido entonces para el rol docente. A principios del siglo XX se resquebraja el modelo centralizador propio del “unicato”, al expandirse la escuela Secundaria, aquí la disputa (no menor, entre sujetos con capitales culturales diferentes) tornaba sobre qué institución era la legítima para otorgar el título de profesor. La cultura escolarizada irá acortando la brecha inicial entre profesores y maestros de grado en la configuración de su trabajo. Ahora bien, situemos el discurso en el enfoque salarial desde que Perón incluye una estabilidad al menos como nunca antes con el Estatuto del Docente Argentino en 1954, que incluía representantes de los docentes en el gobierno escolar, incorporando la evaluación del trabajo docente, afirmándose así, en un sindicalismo particular (CTERA) y con su consecuente incorporación a la CGT[3]. Creo que es importantísimo que para cualificar el rol docente, es necesario que se hagan más y más efectivos los controles de evaluación y que se lleven realmente, “meritoriamente” a la práctica, pero también habría que revisar a qué organismos pudiera beneficiar dichos resultados si fueran solamente direccionados para llevar a cabo sus políticas de privatización más o menos explícitas.

Considero necesario para responsabilizarnos de nuestra enorme tarea, poder someternos cada tanto a instancias más efectivas de evaluación, no sólo a inspectores, sino a cualquier miembro de la sociedad para que se entienda profundamente nuestro trabajo, para cualificarlo, y para empezar a dignificarlo. Sin embargo siento que a la práctica, me produce un profundo temor que los resultados “meritorios” del caso, produzca una competencia insana ¿y de ventajismos al desarrollarse vivezas o relaciones de costo-beneficio que lo único que estimularían en el fondo son “vivezas” típicas de una lógica empresarial? No lo sé, pienso que por varios sentidos más la cultura de la Meritocracia es hija de ciertos fascismos implícitos que harían resurgir los fantasmas del control y la disciplina fácilmente aceptada, y domesticando al rebaño que se acostumbra más y más a agachar la cabeza frente a las injusticias, y he aquí, sobre todo en la negociación que se pretende diluida, por qué un “docente que lucha” es un docente que ante todo continua educando.

En otro orden, y sin embargo, de la experiencia sindical asumo que sólo parece ser útil para reducir la asfixiante burocracia, y lo digo por experiencia propia. También para luchar, por supuesto, por el bien común, pero no para hacer proliferar los negociados e intereses de las mafias. En este sentido, deberían efectuarse mecanismos más efectivos de control, para poder desarticularlos.

Sin dudas, todo el período de intervención estatal, demuestra ser pese al supuesto “estructural” de corrupción como flagelo, mucho más efectivo que el de fuerte “marketización”: donde no sólo se generó corruptela de la mano del capitalismo más salvaje, sino que también, el vaciamiento fue cultural, y por tanto, imperdonable. Sin ningún tipo de control irrestricto los mercados operaron reduciendo la capacidad de la política a la mera administración, y sin saberse regulados por un Estado interventor, al que habían sometido hasta debilitarlo, programaron un sin fin de privatizaciones que acabaron por licuar cualquier tipo de bien (no sólo el desprestigio de la profesión) Lo que traería aparejada toda política de ajuste, era la pérdida de un valor delicado… el triunfo de los derechos adquiridos a lo largo de la historia.

Considero que para enaltecer cualquier posición en un debate que tome nota sobre la Educación en nuestro país, estos puntos, deben ser presentados sin sortearlos con retóricas ligeras para entender mejor… ¿por qué fue esto posible?

Cuando la autora refiere a la cuestión salarial, uno interpela por las citas que la década del ’90 es la que se nos presenta. Y efectivamente, otra de las décadas más infames de nuestra joven historia, se lleva a cabo con salarios terriblemente deteriorados al compararlos con otros, incluso entre los de otros trabajadores de la administración pública. Y como se creyó que “el salario docente ocuparía sólo el octavo lugar como factor de incidencia en el mejoramiento de la calidad” educativa, no se hizo ningún esfuerzo por reivindicarlo. Porque en esa década ya no era posible la movilidad social ascendente. Y hoy, aunque está abierta por lo menos la discusión para revalorizarnos, todo parece que de continuar estas políticas, nuestra calidad de vida virará otra veza hacia la banca rota.

En los ’90, “la recuperación salarial aparece ligada al aumento de la productividad… sin referencia a los derechos básicos a un ingreso digno” (Birgin 80) Argentina era uno de los países con mayor deterioro salarial. El ajuste en su composición se demostraba por el congelamiento de los sueldos desde 1992, mientras se daba una paradoja, porque el mismo Estado luchaba contra la evasión fiscal mientras abonaba a sus empleados parte del salario en negro.

Según Birgin, los docentes “afirman que desde la remuneración que cobran se manifiesta el desprecio por su función”: cuando hay un incremento de recursos para las escuelas se ajusta el presentismo, se exige capacitación, pero el salario permanece incólume. Y en esa década nefasta, fuertemente enmarcada por las lógicas neoliberales que imponían los mercados, se llegó a pagar parte del sueldo con emisión de bonos provinciales, los cuales oscilaban desfavorablemente su valor. Comparto que el deterioro de la condición asalariada socavó así “el imaginario que delineaba el empleo docente como un empleo seguro, estable a la vez que importante para el desarrollo de la nación” (Birgin 86) El punto es, si sigue sucediendo lo mismo luego de la crisis económico-social del 2001, ¿Es justo tolerarlo con el conocimiento de estas experiencias?

Lo que parece haber muerto con dicha crisis, es ese parásito social de la “viveza criolla” que pregonara como bien dice nuestra autora, el “sálvese quien pueda”, mostrando la desarticulación del tejido social. Ahora bien… ¿no estamos repitiendo actualmente esa historia?

Quisiera reivindicar el quehacer docente validando este ejercicio que aportan herramientas a toda argumentación, porque a la actualidad hay que enfrentarla sí o sí con el pasado. Pero sumándole la lucha, y la conciencia por un pueblo que realmente desconoce nuestra labor. Mi experiencia me deja algunos grandes sinsabores y contradicciones a la hora de defender nuestros derechos, no obstante, pienso en el caso de Finlandia[4], del cual se hablaba mucho años atrás cuando se había puesto de moda, casualmente cuando Cambiemos comenzaba a idear promesas de campaña en supuesta revalorización de la Educación, y que sin embargo, viene a demostrarnos hoy que no sólo son promesas incumplidas, sino una gran estafa. Mi asombro no es por lo anecdótico de una estadística en el caso finlandés, no salgo a buscar una fórmula, pero sí evalúo la posibilidad de abrir debates, de hacerle entender a la gente que un pueblo con Cultura surge de un alto nivel y rendimiento en materia de Educación. Lo que rescato de dicha experiencia nórdica, es que los salarios allí son de los más altos y el prestigio del profesor, casi supremo.

Aún más: aparentemente, es gracias a estas condiciones y al tratamiento de los derechos en materia de Educación que brinda el Estado[5], que ha mejorado toda la sociedad en su conjunto. No pretendo tanto respecto del prestigio, sería hasta soberbio, pero sí un respeto y cuidado, porque tenemos el rol más valioso y lúdico en el devenir de las generaciones, en el pasaje que supone abordar el conocimiento para quienes no lo tienen, en el acompañarlos en la búsqueda de autonomías por la adquisición hacia el manejo del saber. Revalorizando, ahora sí, el sistema educativo todo, como la base esencial de los fenómenos socio-culturales.

Por todo, elevar los niveles de debates para el caso, hacer conocer, fomentar, auspiciar permanentemente estas cuestiones, nos van a dignificar no sólo materialmente en nuestra vocación, sino también, en el terreno simbólico, porque estoy convencido que debiera ser un interés de todos, y por los tiempos en que vivimos, este ejercicio, no es menor.

Celebradas sean entonces las herramientas y los métodos de argumentación pertinentes, instrumentos para expandir las ideas, para hacer fuerte nuestra voz sin adoctrinamientos ni visiones maniqueas para encontrar el valor de la verdad sobre el peso repartido dentro de la balanza.

 

BIBLIOGRAFÍA:

DIAZ, ESTHER. “Métodos de innovación y métodos de validación”. En: Los discursos y los métodos. S/d.

BOURDIEU, PIERRE. “Preguntas sobre el arte para y con los alumnos de una escuela de arte cuestionada”. En: Creencia artística y bienes simbólicos. Córdoba/Buenos Aires. Rivera: 2003.

—————— “El campo científico”. En: Los usos sociales de la ciencia: Por una sociología crítica del campo científico. 1ª Edición. Buenos Aires. Nueva visión: 2003.

BIRGIN, ALEJANDRA. El Trabajo de enseñar. Entre la vocación y el mercado: las nuevas reglas del juego, (Capítulo 1 y 2), Troquel, s/d.

 

 

[1] Según Birgin, “neutral y más allá de las morales particulares” (Tenti, 1998)

[2] En Creencia artística y bienes simbólicos.

[3] En palabras de Birgin: “el servidor/a público/a dio lugar también al trabajador sindicalizado/a”. (Pág. 51)

[4] Leer http://www.otraescuelaesposible.es/pdf/secretos_finlandia.pdf

[5] Al respecto vale recordar la lucha de los estudiantes chilenos por una educación pública.

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