Nota

Luego de nuestra estadía en Chiapas, viajamos hacia Puebla. Allí transcurrieron más de dos meses de experiencias fuertes y mucho trabajo. Grandes encuentros se sucedieron durante esos inolvidables días en aquella ciudad. Sin embargo estos acontecimientos se revistieron de un matiz tan particular, tan inefable, que hemos decidido no relatarlos. En cambio de nuestras habituales bitácoras de viaje, hemos construido un relato fantástico inspirado quizás en la esencia de nuestras sensaciones durante la estadía en Puebla.
Es importante recalcar que, tanto los personajes como los hechos que aquí se narran, son imaginarios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
O no.

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I – Propósito

Decidimos viajar a El Pueblo sin saber bien por qué. Llegamos impulsados por un vago presentimiento de que, en aquel lugar, podríamos encontrar indicios que nos acercaran a nuestro objetivo. Las características concretas de nuestra visita eran más bien adversas, pero primaba un movimiento visceral, una corazonada. Por alguna lejana razón suponíamos que El Pueblo podría ser un sitio esencial. Y lo fue.

Por supuesto que no calculábamos que las cosas sucederían de semejante manera. Ni siquiera sospechábamos una temporada tan intrincada, tan llena de complejidades y misterios. Pero tampoco habíamos previsto tan enorme final.

Llegamos a El Pueblo encubiertos, lógicamente. Nos hicimos pasar por una compañía de teatro itinerante. Adquirimos equipos, vestuarios, todo tipo de cosas que hicieran más verosímil nuestra coartada. También preparamos algunas obras teatrales, acudiendo a algunos principios aprendidos sobre el arte dramático. No quedaron nada mal. Eran convincentes. Comenzamos a vestirnos con ropas desinteresadas, mezclando colores y estilos con impunidad. Nos hicimos excéntricos peinados. Tuvimos que habituarnos a fumar Cannabis Sativa. Ensayamos los modismos de un lenguaje vulgar y cotidiano, aunque inteligente. Inventamos una historia de siete años de esta compañía teatral, que había nacido allá en el Río de la Plata de manera experimental, en los trenes subterráneos. Y que luego creció y fue progresando. Y que así comenzó a viajar por el continente. Y así llegó a estas latitudes. Nos repartimos roles, nombres, personalidades. En fin, construimos nuestro terreno profesionalmente, como sabemos hacerlo. Todo estaba bien afinado para que no hubiera errores en nuestro plan.

El objetivo era claro, teníamos que encontrar a La Colo.

 II – El Pueblo

El sitio conocido como El Pueblo, no es tal cosa. Es en realidad una gran ciudad. Una urbe de habitantes enigmáticos y duales, por momentos cerrados. Casi como los edificios que componen el centro histórico de la ciudad. Antiguos, coloniales, decorados con bellas mayólicas gastadas y frisos de retorcidas formas. Las plazas son impecables y aburridas. En cada manzana hay una gran iglesia. En cada iglesia un cura enclaustrado señalando a cientos de fieles pecaminosos que no hacen más que presencia formal.

En El Pueblo la religión es fuerte. Dirige, da orden a las cosas. Pertenece de raíz al Gran Poder. La iglesia marca el ritmo y pocos se atreven a desoírla. No lo hace sola, tiene aliados. El gobierno y la policía son amigos de la iglesia. Y también se alinean con el Gran Poder. El gobierno es corrupto, lascivo. La policía es ostentosa, agresiva, necesariamente ignorante. Se pasean en helicóptero todos los días por encima de la ciudad, con dos monigotes encapuchados cargando una escopeta de largo alcance, a los costados del vehículo, listos para lanzarse desaforadamente contra ese delincuente que sólo ven en las películas extranjeras al llegar a la noche a sus casas.

El Pueblo es una ciudad de seres muy polarizados.

Arquetipos extremos pueblan El Pueblo y es como un laberinto de personalidades.

III – Inmersión

Nuestro primer acto consistió en contactarnos con alguna gente que habíamos seleccionado como “apropiados” para la etapa de inmersión. Eran un grupo de amigos músicos, malabaristas, artesanos… pensadores. Vivían juntos en una casa antigua. Debíamos mezclarnos con este tipo de personas para comenzar. Entramos a ese mundo sin problemas. Pronto, éramos parte. Nadie dudó siquiera de nosotros,  nuestra coartada se manifestaba verosímil. Allí encontramos buenos aliados espontáneos. Pero allí también se gestó nuestro primer encuentro con el Gran Poder. Se desató a partir de entonces una serie de acontecimientos que marcaron el paso de todo este tiempo de estadía en El Pueblo

En la casa vivían Manuela, Delicia y Marcel.

Manuela viene del otro continente, busca su vida aquí, explora este nuevo mundo para encontrarse a sí misma. Fue nuestra gran aliada desde el principio y hasta el final. Delicia es local. Alegre, hilarante, parece siempre feliz aunque no siempre lo esté. Es bailarina, pero no sabe bien de qué. A veces se traiciona por hablar demasiado. Marcel, alias el francés, decía ser aprendiz de trapecistas y equilibristas. Su mirada mantiene una constante interferencia, como cuando se quiere mirar más relajadamente de lo que en verdad se está.

Para fortalecer nuestra coartada, y como estratagema para inmiscuirnos más en aquél mundo, dimos a entender que necesitábamos alojamiento solidario. No hubo problema, las chicas estaban encantadas con nuestra llegada. Marcel no tanto, pero sonreía igual.

Allí sucedió una primera semana bastante tranquila. La agente Jojoy, a quién designamos el falso rol de manager de la compañía teatral, comenzó a desempeñar su papel con maestría. Pronto consiguió funciones en diversos ámbitos, hizo interesantes contactos, comenzó a abrir caminos de búsqueda. Los demás fuimos adaptándonos de a poco a la situación.  Estábamos un poco despistados sobre cómo empezar, por dónde. Quizás por eso mismo un poco desprevenidos. El agente Dragón ya había comenzado a desplegar todos los equipos de rastreo, los micrófonos, un neuro-radar, diversos detectores. El resto comenzábamos a interrelacionarnos con la gente de la ciudad en busca de indicios válidos para nuestra investigación. El agente Gaviria especializado en la seducción y la hipnosis, el agente Sem, experto en disponer de las situaciones sociales y dado a las tareas místicas, y yo, el agente Moebious, dedicado a la logística y la retórica, empezamos a desplegar nuestras habilidades en favor de nuestro objetivo fundamental, encontrar a La Colo.

A aquella casa llegaba gran cantidad de gente. Funcionaba como un reducto clandestino de encuentro. Venían integrantes de diversas bandas de la ciudad, los Piedreros, los Cirko, los Calleja. Muchos de ellos mezclados, integrantes de dos o más bandas a la vez. En general se trataba de bandas positivas, desalineadas del Gran Poder. Quizás por momentos oscuras en algunos puntos, pero definitivamente no pertenecientes al enemigo. Pero entre ellos había se inmiscuía alguien más. Uno que, a pesar de tener relaciones con la banda de los Payasos Asesinos, era amigo y carnal de algunos de los que acudían a la casa. Le llamaban Cáspita. Desde el principio notamos la influencia que ejercía sobre algunos, y principalmente sobre Marcel. A cada rato podía vérselos apartarse de los demás y cuchichear. Nosotros, evidentemente, éramos un tema principal entre ellos.

Sin embargo las apariencias seguían sosteniéndose, de parte de ellos y de parte nuestra.

Pero una noche nos sorprendieron. Se organizó una reunión en casa de unos amigos, viajeros del otro continente. Había vinos, comidas y música. Por eso nos reunimos todos en la casa y salimos juntos. Cuando ya habíamos caminado un par de cuadras, Marcel se detuvo y dijo que se había olvidado algo. Entonces volvió solo a la casa. Los demás llegamos a la reunión y, recién una hora después, llegó Marcel. Hasta ese momento su movimiento no había resultado extraño. Pasaron unas agradables horas de plática y canciones. Ya avanzada la noche, cuando la reunión se había dispersado un poco y algunos salían a comprar más bebidas, Marcel se deslizó sutilmente y se fue de allí, solo, con incierto destino. Casi no lo advertimos, un poco atontados por el alcohol.

Cuando regresamos a la casa con Manuela, entramos suavemente porque era de madrugada. Antes de irme a dormir, cuando los demás ya lo habían hecho, quise revisar que todo estuviera en orden. Y entonces me encontré con la ingrata sorpresa de que habíamos sido sorprendidos. Nuestros dos nano-espías electrónicos, escondidos estratégicamente en la casa, habían desaparecido. Busqué atolondradamente alrededor de los lugares, aún sabiendo que era ridículo. El Gran Poder se había manifestado sin ocultar sus intenciones. Incluso sin ocultar a su actor. No cabían dudas, no había otro autor material más que Marcel, el francés, que había actuado impunemente, apoderándose de nuestros dos dispositivos de rastreo, firmando de esta manera una seria amenaza.

Nuestra reacción fue inmediata. Nos encargamos de dejar al descubierto a Marcel, que no había contado con tan descarada acción de nuestra parte. Sin aclarar exactamente qué eran, denunciamos la desaparición de los dos pequeños dispositivos electrónicos. Con decisión y grupalidad, accionamos de manera tal que quedara explícita la entrega de Marcel (y la posible complicidad y quizás autoría intelectual de Cáspita) a las oscuras fuerzas del Gran Poder. Nadie más podría haberlo hecho, todo el mundo se dio cuenta de eso, así que no nos costó nada sacarlo  de la jugada. Su paso fue precipitado y tonto. Sólo conservó contacto con algunos de otras bandas, pero ya no pasó de eso, asustado por nuestra reacción contundente. Entonces, nos mudamos inmediatamente a otro lugar, nuestra nueva base de operaciones, la 5inco. Más tarde también se fueron de aquella casa Manuela y Delicia, se fueron  a vivir con Josefina, alejándose irremediablemente de la influencia de Marcel.

IV – La 5inco

Habíamos entrado en contacto con un aliado local, el agente Chimango. Era un pequeño hombrecito bien audaz y dinámico. Se especializaba en equipos de video y sonido. Mantenía una base encubierta en pleno centro de la ciudad. Le llamaban la 5inco. Allí nos reagrupamos luego del incidente con Marcel. Nos instalamos en el tercer piso, semi abandonado, de aquella antiquísima casona. Una escalera oscura y sucia subía por fracciones hasta aquel sitio. La casa era bien amplia, con muchas habitaciones dispuestas a lo largo, todas conectadas entre sí y con grandes ventanales que daban a la calle. La luz de los viejos faroles de la ciudad entraba por las noches rebanada con la forma de las ventanas, iluminando parcialmente la casa. Las paredes altas, por cien veces descascaradas, lucían variados colores y tonalidades que daban un aire psicodélico a los espacios. La parte de atrás, que consistía en un baño y una pequeña habitación, se encontraba casi derrumbada y por lo tanto no accedíamos allí. En la casa no había agua y por lo tanto debíamos subirla periódicamente con una bomba instalada en el patio de abajo del edificio. Pero a pesar de lucir inhabitable, la base tenía sus buenas ventajas. Estaba excelentemente ubicada, tenía un punto de vista estratégico, era grande y pertenecía a nuestros aliados. El agente Chimango se encargaba de vigilar el lugar y también de administrarlo. Su contribución a nuestra misión fue tan importante que, sin ella, quizás no hubiéramos llegado a dónde lo hicimos. Y una ventaja más tenía la casa, vivía allí una abuela purificadora llamada Macusa, que se encargó cada día de limpiar nuestros corazones y conciencias para evolucionar hacia nuestros propósitos. Así la 5inco se convirtió en un punto estratégico para comenzar nuestra tarea de revelación de los enigmas que El Pueblo nos proponía.

V – Los otros

La creciente cantidad de presentaciones nos permitió conocer cada vez más gente. Entre los tantos que comenzábamos a distinguir, aparecieron en escena Saúl, su esposa Camelia y su pequeña hijita, Hilda. Desde el principio Saúl, un hombre grueso proveniente del norte, de mirada insistente y escrutadora, se mostró de lo más hospitalario y amistoso. Camelia era silenciosa, sonreía como respuesta a todo y cuando ya no le quedaba otra opción, dejaba salir un torrente atolondrado de palabras que, a pesar de no parecer, tenían cierto sentido. Hilda, la hija de ambos, era la más sorprendente. Era una niña, pero no. Dentro de aquél cuerpecito actuaba una anciana legendaria. En su mirada, en su decir, pero sobretodo en su sonrisa llena de complicidad, se denunciaba su verdadera edad. Una antigua mujer se había hecho carne en la pequeña Hilda, quién sabe a través de qué sortilegios.

Saúl y su familia comenzaron a estar siempre. Su presencia era casi disciplinada. Una noche, que organizamos una pequeña reunión estratégica en la 5inco, la familia llegó a la casa. Saúl, envuelto en una gran capa, entró confianzudamente y saludó con efusión a cada uno de nosotros, abrazándonos. Luego descubrió una botella de tequila que ocultaba bajo la capa. Camelia entró después, invisible. Y, pegada a su enorme sonrisa, llegó Hilda, que nos saludó respetuosamente a todos, mencionando nuestros nombres como si los conociera desde hace siglos. Nos miraba fijo a los ojos, y sonreía. Y en este acto decía tantas cosas. Uno parecía leer varios sub-textos en cada intervención de la niña.

La bebida y la música, y también lo amplio de la casa, hicieron que la reunión vaya distendiéndose. Habíamos algunos aquí, otros allá. Unos fumaban en el balcón, otros platicaban en la cocina. Entre tanto, siempre alguno de nosotros vigilaba sutilmente todos los espacios de la casa.

Entonces fue cuando Hilda, la niña anciana, comenzó con su danza. Su danza reveladora de los otros. Se las ingenió para ir encontrándose con cada uno de nosotros a solas, en algún rincón de la casa, para mostrarnos aquella realidad que no veíamos. Cuando el agente Dragón entró en el baño, se estremeció al ver a la niña hablando con una muñeca, sentada en el inodoro. Ella se volteó para mirarlo, segura de encontrarlo allí. Hilda, sin dejar de sonreír y de clavar la mirada en el Dragón, señaló el otro rincón del enorme baño, donde estaba la seca bañera inútil desde hace años.

¿La ves? –preguntó suavemente la niña.

-¿A quién? -preguntó a su vez el Dragón con su acostumbrada sequedad

-A ella. -respondió Hilda volviendo a señalar la bañera.

El Dragón ya enfadado y dispuesto a retirarse del baño y aguantarse las ganas por un rato más, volteó instintivamente y quedó petrificado. Vio con estupor como una dama se bañaba en aguas burbujeantes, distorsionada por los vapores que subían de la tina llena. La dama se frotaba con una esponja, delicadamente, y cantaba bajito una canción. Nunca pareció percatarse de la presencia de ellos.

Más tarde Hilda le mostró a la agente Jojoy, el niño que lloraba escondido dentro de la despensa. Le develó a Gaviria el aquelarre que sucedía en el altillo. Nos mostró a Sem y a mí la presencia de un señor de traje raído que vagaba farfullando por toda la sala grande sin encontrar lo que aparentemente buscaba.

La pequeña Hilda nos reveló el secreto de la 5inco, no éramos los únicos habitantes. Aquel aprendizaje nos sirvió para presentarles a los otros nuestras disculpas por el caso. Y para pedirles permiso de permanecer allí, respetando también sus espacios y sus cíclicas costumbres.

Pronto nos habituamos a los otros. Y ellos, a su manera, nos tomaron cariño. Eran muchos, pero bien sutiles y discretos. Tan etéreos que de día ya no se los podía ver.

Saúl y su familia continuaron visitándonos con frecuencia y ayudándonos en cuanto pudieron. Hilda nunca dejó de sonreírnos de esa manera tan perturbadora y de revelarnos secretos sobre fantasmas y aparecidos.

VI – El Moro y los Botará

Pronto supimos de una banda aparentemente independiente del Gran Poder, que actuaba al mando de alguien llamado el Moro. El Moro era un tipo corpulento aunque blando, de mirada corta y atropellado al hablar. Usaba un sombrero campesino que desentonaba con su estilo gimnástico. La banda se conocía como los Botará. Mantenían una gran base en el centro de la ciudad, llamada Kosovo. Era un edificio abandonado, lleno de bártulos y objetos inservibles. Allí se reunían y planeaban sus actos. Allí los fuimos a ver. Ellos ya conocían algo de nosotros, casi podría decirse que nos esperaban. Si bien se declaraban contrarios a las órdenes del Gran Poder, un halo extraño podía adivinarse en sus muecas y sus maneras de comportarse y de farfullar secretamente entre ellos. No en todos por igual, evidentemente allí había infiltraciones. Sólo una persona sin dudas era sincera y sin dobles intenciones, Luz. Ella era la colaboradora directa del Moro. Hacía sus trámites, solucionaba sus problemas. Desde el principio mantuvo excelentes relaciones con nosotros.

Para sellar nuestro encuentro con los Botará, hicimos lo que tradicionalmente se hace entre las bandas de El Pueblo, jugamos al juego de pelota. Nos retiramos a un parque alejado del centro y nos enfrentamos simbólicamente en ese juego colectivo. Perdimos por un tanto. El partido terminó amistosamente, sin mayores anécdotas, pero algo quedó latente. Una especie de interferencia. Algo que se manifestaría más adelante y que ninguno de nosotros imaginaba…

VII – Refuerzos

Uno de nuestros primeros contactos en El Pueblo fue la agente Nita. Tanto ella como su compañera indeclinable, la agente Lila, se mostraron activas e involucradas con nuestra misión. Casi no teníamos referencias de ellas. Sólo un informe nos había llegado diciendo que eran confiables, aunque propensas a la dispersión y el desvarío, amantes de la oscuridad y los juegos nocturnos. Necesitábamos medirlas, conocer sus pormenores, sus intenciones. Nita era una joven de contextura pequeña y sonrisa oculta. Su voz era breve y contrastaba con su ritmo vertiginoso. No paraba de hacer cosas y de estar ocupada. La agente Lila, en cambio, se comportaba más desenvuelta y reía con fuerza cuando se le venía en gana. Su cabellera morena caía pesada a los lados de su rostro, enmarcándolo con estilo gótico. Sus vestidos negros y largos, sus tachas, sus ojos negros profundos, le daban un aire de cómic policial que no dejaba de resultar atractivo. De hecho se la conocía en la ciudad por el apodo de la dama de negro. Ambas, casi inseparables, resultaron aliadas importantes en nuestra aventura por El Pueblo. Eran locales y por tanto se manejaban con destreza por la ciudad. Conocían sus rincones y sus antros. Nos guiaron y acompañaron cada vez que nos vimos en problemas. Estuvieron también en los momentos de paz y celebración. Siempre a nuestro lado, se entregaron sin especulaciones, demostrando ser genuinas guerreras del bien. Se escondían durante el día en un antiguo altillo de pequeñas ventanas decoradas con tenebrosas gárgolas al que llamaban El Cubo.

VIII – La logia de los payasos asesinos

Claro que la discreción hubiese sido el mejor estado para pasar aquellos días. Pero El Pueblo es una máquina de multiplicar rumores. Pronto, el enemigo confirmó nuestra presencia y no tardó en actuar. Una noche, mientras descansábamos de una jornada agitada, en la 5inco se sintieron unos crujidos. En verdad, la casa crujía todo el tiempo, estaba derrumbándose lentamente. Pero esta vez los crujidos fueron un poco raros. Comenzaron a sonar en la puerta de entrada, y luego en las ventanas, del lado externo. Casi todos dormíamos, Gaviria cumplía su turno de vigilancia. Luego de los crujidos, ocurrieron unos instantes de silencio. Entonces en la puerta de entrada se escuchó algo así como una lejana carcajada, aguda y latosa. Sonaba como una grabación en cinta. Inmediatamente se fueron sumando otras risas, y cada vez fueron más. Comenzaron a oírse por todos lados. Pronto en todas las aberturas de la casa se escuchaban estas siniestras risotadas. Gaviria se acercó a la puerta, lentamente. Estaba a punto de tomar el picaporte cuando de pronto una mano en guante blanco rompió un vidrio de la puerta y asió fuertemente la muñeca de Gaviria. Del otro lado de la puerta, el agente pudo ver a un hombre fornido, totalmente maquillado y vestido de payaso, portador de una mueca furiosa. Comenzó a torcer el brazo de Gaviria y, mientras, emitió un grito ronco que parecía una señal de ataque. Instantáneamente, en todas las ventanas, comenzaron a romper los vidrios. Gaviria sacó su puñal y cortó la mano que lo agarraba. Todos nos despertamos precipitados y empezamos a batallar improvisadamente con las decenas de tipos que trepaban las paredes e intentaban penetrar a la casa por distintos lugares. Venían todos vestidos de payasos, con siniestros maquillajes que deformaban sus rostros. Empujábamos a algunos, a otros lográbamos herirlos. Pero no había manera de detenerlos. Caían desde lo alto a la vereda y de inmediato se reincorporaban. Estaban exacerbados. Y eran demasiados.

Sem los detenía en la ventana del fondo, les daba puñetazos con sus largos brazos. El Dragón preparaba una trampa eléctrica a máxima velocidad. La agente Jojoy y yo corríamos de una ventana a otra con palos y puñales. El agente Gaviria se mantenía firme en la puerta de entrada. Pero pronto comenzaron a rebasarnos. Eran muchos y no morían, ya estaban muertos. De pronto una pared comenzó a ceder a los golpes que le asestaban por detrás con algún objeto grande y pesado. La casa no resistía. Estábamos en serios problemas. Un asqueroso payaso raquítico logró penetrar por la ventana del baño y se abalanzó contra Sem que le daba la espalda, entretenido en tirar payasos desde el balcón. Pero allí estaba el agente Dragón listo para actuar. Acababa de terminar la última conexión y, con un largo caño de cobre electrificado, atravesó al payaso intruso, calcinándolo con su voltaje. La pared casi era un agujero. Las ventanas estaban infestadas de payasos macabros. La puerta de entrada ya cedía. Parecía nuestro fin.

Pero mágicamente, en el clímax de la batalla, se escuchó una melodía en la calle. Arpegios frescos sonaban allá abajo, las cuerdas de un noble instrumento. Los payasos instantáneamente dejaron de luchar y se voltearon para escuchar esa música, mecánicamente. Se hipnotizaban. Mientras recuperaba la respiración me asomé y vi como todos los payasos empezaban a bajar a la calle oscura y comenzaban a caminar siguiendo el sonido. Miré hacia la esquina y no pude contener mi alegría. Allí estaba un viejo aliado, sentado en su banquito tocando su mágica mandolina, el agente Mota. Me vio de lejos y sonrió mientras seguía punteando su instrumento. Pude adivinar que guiñaba un ojo. Los payasos se acercaban en masa hacia él, sin poder evitar los influjos de esta música. Cuando llegaron cerca de él, se agruparon como un público morboso y se quedaron allí balanceándose al compás. Entonces contemplamos, sumando más sorpresa a nuestra sorpresa, que una muchacha menuda aparecía por un costado, armada con un enorme lanzallamas. Rápidamente reconocimos a la agente Pichuela, que llegaba a tiempo una vez más. A una señal de Mota, encendió su arma y cocinó a los monstruos que chillaron estruendosamente mientras se consumían en las llamas. Un olor apestoso invadió todo el centro de la ciudad. Olor a carne muerta que se vuelve a morir.

Así fue que se unieron a nuestras tropas estos viejos amigos. El agente Mota y la agente Pichuela, a quiénes conocimos en otra misión más al sur del continente, otra vez estaban con nosotros.

Nos salvamos. La aventura comenzaba a calentarse y de la Colo no había rastros.

IX – La desazón

Un día, amaneció nublado, cosa rara en El Pueblo, donde el clima es seco y más bien árido. Aquél día el cielo estaba bien cubierto y pesado. Parecía que las nubes estuvieran allí, arriba de los techos y no mucho más lejos. Por los vidrios rotos de la casa entraban ráfagas de viento frío a cada rato. Esa mañana, todos nos despertamos tristes. No porque pudiéramos percibirlo así o porque lo hayamos comentado, más bien era un vacío espiritual, una flojera del ánimo general. Aún así nos levantamos, e incluso intentamos nuestros rituales cotidianos, desayunar todos juntos, tomarnos de las manos antes de comer, reír temprano para asegurarnos una buena jornada. Ese día no nos alcanzaba la energía para tanto. Cada uno arañó lo que pudo para desayunar, nos sentamos distanciados, casi sin hablarnos. A medida que avanzaba la mañana estos sentimientos se agudizaron. Al mediodía Sem se encerró en su habitación, Gaviria ya había huido a la azotea, Jojoy se volvió a acostar. El Dragón se abstrajo en tareas pequeñas, casi sin sentido. Pichuela y Mota andaban dispersos y cabizbajos por la casa. Yo no podía concentrarme en nada, todo me parecía mal, a destiempo, desafinado. Me sentía asqueado. Y por eso salí de la casa. Me puse a caminar sin sentido por las antiguas calles de El Pueblo, caminé sin tener noción de los lugares. Cuando me di cuenta estaba en un callejón bastante angosto. Me detuve un momento y vacilé. Mi tormento interno se había vuelto punzante. Sentía deseos de llorar y no me permitía hacerlo. Con ese fin me mordía los labios con rabia. Empecé a correr por aquel callejón que se curvaba y que escondía su final. Corrí hasta que di con una pared que interrumpía la callecita drásticamente. Había bolsas y tachos de basura, también cartones tirados. Me detuve agitado y contemplé la escena. Inmediatamente me deshice en llanto. Tuve que agacharme para temblar en paz. Lloré largo rato. De pronto sentí que una mano se apoyaba en mi hombro, pero con tal tono y seguridad que no permitió estremecerme. Simplemente calmó mi sollozo e a poco. Entonces volteé lentamente para ver quién me tocaba.

Era una mujer con una gran cabellera negra y tormentosa, de ojos enormes y penetrantes. Vestía una especie de túnica turquesa, con tintes violeta y amarillo. De su cuello colgaban adornos vistosos. Sonreía de una manera misteriosa, pero amable. Se inclinó hacia mí y me dijo con acento extraño:

-Ezo que te eztá pazando ez zólo en el plano de la iluzión. Tu y tuz compañeroz deben dezpertar. Alguien los daña dezde fuera y eze alguien tiene mucho poder y ez cazi inazible. Cada vez que te ataque la dezazón, debez acudir a la limpiadora. Ella ze llama Daal, la bondadoza. Ella zabrá limpiar zuz ánimoz. Pero deben dezcubrir laz cauzaz profundaz y rezolver los problemaz de raíz. Un zer los interfiere zin querer hazerlo, lo haze porque ya no pozee voluntad, zólo zirve al Gran Poder.

Dijo todo esto con matices excéntricos, haciendo pausas y bajando la voz por momentos, con esa forma tan especial de decir sus eses.

Luego de hablar se quedó mirándome fijo y sonriendo. Al terminar dijo, mientras anotaba algo en un papel:

-Buzca a Daal, la bondadoza, en ezta dirección. Ella zabrá…

Me dio el papelito, dio media vuelta y comenzó a irse.

Espera! -alcancé a decir tontamente.- ¿Quién eres? -agregué.

Se detuvo, giró levemente la cabeza y dijo sonriendo con profundidad:

-Zoy Zoraida, la perza.

Y se fue.

Volví corriendo a la casa, sin saber porqué llevaba tanta prisa. Sentía renovadas fuerzas. Llegué casi sin perderme, como si hubiera prestado atención al camino. Cuando llegué a la casa, me encontré con un panorama terrible. El Dragón discutía fuerte con Sem, Jojoy lloraba tirada en la cama, Gaviria nunca había bajado de la azotea. Todo estaba tenso y el malestar era casi palpable. Traté de hacerme escuchar. Les conté como pude mi encuentro con Zoraida. Quise explicar mi sensación, pero me resultaba imposible, el enojo y la desazón volvían a crecer en mi interior. Ya casi no me interesaba todo eso. Pero algo en el fondo me decía que debía luchar. Insistí en que teníamos que ir a ver a Daal, la bondadosa. Pero nadie tenía fuerzas. Entonces me puse a gritar casi violentamente. No lo pude controlar. Grité que nos íbamos a morir de pena o nos íbamos a terminar matando entre nosotros. Que nos estábamos volviendo locos. Que algo estaba pasando.

El día se había puesto más gris y frío aún. Una punzante lluvia se desató en ese momento. Caía helada y oblicua, como esquivando los paraguas.

De pronto parece ser que reaccionamos. Hasta Gaviria volvió de la terraza al oír los gritos. Nos miramos todos, un rato. Y luego, como instintivamente, salimos corriendo de la casa. La dirección que me había dado Zoraida no era lejos de allí. Corrimos todos juntos, torpemente, tropezándonos. Y por fin llegamos, empapados por la lluvia, a la dirección indicada. Era una pequeña puerta de madera, raída por el tiempo. Estaba entornada, aunque visiblemente abierta. La empujamos, nos asomamos y, al no ver a nadie, entramos de a uno a ese pequeño local casi vacío. Un mostrador nos cortaba el paso. Del lado opuesto sólo había un biombo que evidentemente cubría una segunda habitación. Nadie acudía. Esperamos un rato, incómodos y helados, sin decir nada. Alguien golpeó las palmas como llamando. Pasaron otros breves segundos silenciosos. Y entonces, como un títere que sale de su retablo, se asomó de detrás del biombo una pequeña jovencita de pelos cortos y revoltosos. Al vernos sonrió llena de alegría y nos dio la bienvenida. Entró a la pequeña habitación secándose las manos mojadas. Nos saludó a uno por uno. Nos llamó por nuestros nombres. Su alegría era tanta que no pudimos evitar aliviarnos un poco.

-¡Qué maravilloso que hayan venido! Verdaderamente no hubiera imaginado una visita mejor que esta. Estoy fascinada con su presencia, me siento realmente espectacular. Muchas gracias por haber venido…

Daal, la bondadosa, no dejó de decir frases de este tipo con creciente emoción y cada vez demostrando mayor felicidad. Nosotros no emitimos una palabra, pero no podíamos dejar de oírla. Nos cautivaba con su dicha. De pronto, sin que nos diéramos cuenta de cómo, ella ya estaba despidiéndonos y dando por terminada la visita. Alcanzamos a saludarla y salimos de allí. No sabíamos realmente cuánto tiempo había pasado. No mucho evidentemente. Sin embargo nos sentíamos tranquilos, felices, limpios. Realmente Daal, la bondadosa, nos había lavado con sus acciones y sus mágicas palabras.

-Vuelvan cuando quieran. -dijo- O cuando lo necesiten.– Agregó y se quedó sonriendo hasta que todos salimos de ahí.

Volvimos a la casa todos juntos, sin decir nada. Nos seguíamos mojando, pero ya no importaba. A partir de ese día tuvimos que acudir con frecuencia a limpiarnos, cada vez que la desazón comenzaba a invadirnos. Hasta el día en que, por fin, descubrimos el fenómeno que nos aplastaba, y pudimos superarlo.

X – Cotidianeidades

Nuestra estadía en El Pueblo se fue alargando más de lo previsto. Ya nos sentíamos familiarizados con el lugar, nos conducíamos con soltura. Nos habíamos habituado a nuestra convivencia. Mota y Pichuela ya eran parte indivisible de nuestros días. Periódicamente nos visitaba Manuela. A veces venía con Delicia y con la otra amiga, Josefina, una persona alegre y de carcajada abrupta. Luego del incidente con Marcel, ellas se acercaron más a nosotros y abandonaron la compañía del francés. Algunos otros también pasaban por la 5inco. De hecho por la casa pasaba todo el tiempo todo tipo de gente. Guardábamos muy bien las apariencias. Manteníamos, en el fondo de la casa, un cuartito clandestino. Allí teníamos nuestra base de operaciones.

Pronto el agente Mota nos informó que llegarían nuevos aliados. Venían en camino dos agentes especiales, los conocían como el Verdulero y el Tuerto. Ya habíamos compartidos misiones anteriores con ellos. Varios días después del aviso, llegaron y también se instalaron en la 5inco. Éramos cada vez más en la casa. El Pueblo, sin quererlo, se había convertido espontáneamente en un punto de reunión estratégico. La casa era una especie de pequeño mundo.

XI – Guos, el tipo

Una noche apareció un tipo en la sala de entrada. Digo “apareció” porque literalmente fue así. El tipo apareció en la casa. No llegó, no entró, no vino. Sencillamente, el tipo apareció. De pronto se encontraba viviendo allí, como si siempre hubiera estado. Rápidamente comprobamos que no era un penante como los otros, el tipo era más consistente, más material. Poseía varios bártulos. Un colchón, una silla giratoria, algunos cuadros que aparentemente pintaba, tambores desgastados, mantas, papeles y otros objetos indefinidos. El tipo casi no hablaba, pero parecía amigable. Era bastante flaquito y pálido. Su pelo largo le resaltaba el aspecto anguloso. Todo el tiempo parecía hablar consigo mismo. No nos ignoraba, más bien al contrario, parecía sorprenderse y entusiasmarse con todo lo que hacíamos. Si encontraba a alguien entrenando, se quedaba observándolo, a veces imitando sus movimientos. A veces se acercaba si comíamos algo. O si fumábamos. Si se le preguntaba algo respondía escuetamente, con un tono bajo, casi inaudible. Otras veces se quedaba abstraído en un punto, y luego contaba alguna historia hecha pedazos. Más bien dejaba salir los jirones de alguna vieja anécdota. Pronto también nos habituamos a su presencia. Guos, que así se hacía llamar, era un habitante más de la 5inco. Pasaba desapercibido, era silencioso y estrafalario. No molestaba ni resultaba riesgo alguno. Allí estuvo todo el tiempo, Guos, el tipo.

XII – La coartada

El plan de aparentar ser un grupo de teatro trascendió lo imaginable. Nos fue muy bien con nuestras obras teatrales. Poseían una espontaneidad y un nivel de riesgo tan grande que resultaron muy atractivas para el público. Ese mismo impulso fue haciendo que cada vez tengamos más y más funciones. Casi llegamos a sentir que ese era nuestro oficio. Pasábamos largas horas del día perfeccionando las piezas dramáticas y preparando nuevas presentaciones. Habíamos desatendido un poco nuestra misión principal, que era hallar a la Colo. Estábamos despistados en ese sentido. No sabíamos por dónde. La infinidad de peripecias que nos regalaba cada día en El Pueblo nos confundía y no nos dejaba concentrarnos. Pero algo nos decía que por el camino teatral había pistas. Mucha gente fuimos conociendo. Gente que nos abrió sus puertas y nos ayudó. Hubo otros que, prácticamente, se fanatizaron con nuestra aparente condición de artistas aventureros.

Al poco tiempo de presentarnos conocimos a una familia bien interesante que, sin quererlo, se convertiría en un paso fundamental en la búsqueda de nuestro objetivo. La familia Paz se cautivó con nuestro mensaje y nos invitó a hacer una temporada teatral en su bar. Ellos eran los dueños de un bar antiguo, colmado de libros y buenos momentos. El padre, Don Mauro Paz, era un hombre bien instruido, generoso y simpático. Su boina, su barba y sus anteojos le daban un aspecto intelectual que no desmentía su sabiduría. Su mujer, Sofía, bajita y bien activa. Su mirada escrutadora amedrentaba al principio, pero al conocerla uno se daba cuenta de su gran bondad y alegría. Tenían dos hijos, Tamara, cautivadora y de pocas palabras y Maurito, un hombrecito pequeño lleno de música y calor. Todos ellos eran de ideas claras, renovadoras. Poseían espíritus revolucionarios y eran bien conscientes del dominio mundial del Gran Poder. Fueron muy generosos con nosotros.

Organizamos una pequeña temporada en su bar. Y fue tal la entrega que le pusieron al caso, que pronto la temporada de funciones fue un verdadero éxito. El bar se colmaba de gente que acudía a ver a esos que vinieron de afuera a hacer teatro.

El hecho de que pasara tanta gente hacía crecer la red de personas que íbamos delineando, pero aún así todos los cabos que atábamos terminaban en nada. O en círculos. O en historias paralelas.

Una de las primeras noches de teatro, luego de la función, se acercó una muchacha a hablarnos. Era una joven bastante tímida, pero nada tonta. Su pelo rubio caía desparejo a los costados de su rostro. Su rostro se escondía tras unos anteojos de líneas rectas, que acentuaban su apariencia sumisa. Vestía con colores que no combinaban. Se llamaba Eliana y estaba encantada con la obra que había visto. Quería felicitarnos y agradecernos. Siguió viniendo a vernos cada vez. En cada presentación estaba allí, presente. Trajo a sus hermanos, a sus amigos. Estaba fascinada. Siempre nos insistía en que vayamos a su casa, pero la verdad que no le hacíamos mucho caso. No por antipatía, simplemente porque teníamos demasiadas cosas que hacer y no había tiempo para andar visitando personas. Sin embargo su insistencia era tal que llegó al punto de proponernos un contrato. Nosotros actuaríamos el día de su cumpleaños, en su casa y ella nos pagaría la función. Decir que no, habría sido un punto en contra en nuestra coartada. Así que accedimos automáticamente, sin imaginar lo que nos esperaba detrás de aquél encuentro. Si tan sólo hubiéramos sospechado que esta jovencita nos acercaba por mandato inconsciente a nuestro gran objetivo, la habríamos tomado más en serio desde el principio. Pero nosotros ignorábamos todo. Y ella también. Creíamos que simplemente era una persona más que se nos acercaba. Pero era un eslabón fundamental en nuestro camino.

XIII – La Aguada y el ritual de Aire

La maldición aquella que nos había atacado y que, a medida que pasaba el tiempo, nos hacía entristecer y ensombrecernos, seguía activa. Periódicamente acudíamos a las limpiezas de Daal, la bondadosa, que no dudaba en lavar nuestras penas. Íbamos por separado, cada quién cuando lo sentía necesario. Pero cada vez era más frecuente el ataque de la desazón. Resultaba urgente descubrir las causas. Todos nos dedicábamos a investigar cuáles podían ser, pero no atinábamos a la respuesta. Los agentes El Verdulero y El tuerto se encargaban especialmente de esto. Revolvían la casa, investigaban gente, consultaban, pero no podían develar el misterio de la desazón colectiva, que ahora también los atacaba a ellos. El tuerto aplicaba su poder particular, el descaro. Se entrometía impunemente en la vida de los demás sin que los otros pudieran oponerse a esto o evitarlo de alguna manera. No les hacía ningún mal, sólo se introducía. En cambio El Verdulero era de la escuela de Gaviria, su poder de seducción era infalible. Y de esto se valía para realizar sus investigaciones. Pero nada aparecía, puros desaciertos.

Entonces Sem tuvo una buena idea. Si bien era desordenado en sus quehaceres y renuente a la practicidad, a veces reaccionaba con espontaneidad y resolvía casos trabados y complejos. Sem recordó a una vieja amiga suya, la agente Aire. Su nombre respondía a su poder de desplegarse en el viento y viajar largas distancias de manera gaseosa. Esta agente etérea, amiga de nuestras fuerzas, necesitaba ser convocada a través de un pequeño conjuro, secreto para la mayoría de nosotros. Pero Sem lo recordaba, desmembradamente, pero lo recordaba. Era cuestión de intentarlo. Además él era el más apto para este tipo de acciones místicas. Su liviandad le permitía ser bien crédulo con lo que hacía, aspecto fundamental para cualquier ritual. Entonces se encerró en el cuarto clandestino y por largas horas se quedó allí, entregándose a sus conjuros, probando en distinto orden sus invocaciones. Se ayudaba con aceites esenciales y con aromas cándidos. De a ratos se quedaba dormido por el esfuerzo que hacía. Sem emitía ciertos sonidos guturales que eran parte de su conjuro, eructaba y resoplaba fuerte. Los que aguardábamos afuera veíamos destellos y sentíamos los olores que se colaban entre las rendijas de la puerta del cuarto. Esperábamos impacientes el desenlace del rito. Nos preocupaba un poco, otras veces los rituales de Sem habían terminado en convulsiones o en enfermedades pasajeras. Por eso allí estábamos, expectantes del final de todo esto. De pronto se escucharon unos jadeos fuertes, luego se sintió una leve explosión y todo quedó sumido en un profundo silencio. Queríamos entrar, pero las órdenes eran claras: No entrar de ninguna manera, pase lo que pase.

Quedamos un par de horas así, pendientes, sin hablarnos siquiera. Pero entonces se escucharon unos murmullos en la habitación contigua. Dos personas se hablaban en secreto y reían bajo. Fue como si volviéramos a respirar después de un largo tiempo sin hacerlo. Por fin nos miramos, nos revolvimos en las sillas, alguien prendió un cigarro. Pasó otro breve lapso en silencio y entonces se abrió la puerta a un ritmo desesperante, por lo lento. Los humos dulces se desahogaban del encierro y salían empujándose de la habitación, expandiéndose en espirales por todos lados. Detrás del humo se dejó ver la silueta blanca de la agente Aire, que ya estaba con nosotros. Atravesó parsimoniosamente la habitación donde estábamos. No saludó más que con su mirada tenue. Se deslizó atravesando el lugar y fue hasta la primer cama que encontró. Allí se tendió y se quedó dormida inmediatamente. Atrás salió Sem, atropellando sus pasos, todo despeinado, con la mirada medio perdida. Se detuvo a observarnos como pudo y dijo:

-¡La encontré!

Sonrió y se dirigió tambaleando a la misma cama donde Aire ya dormía. Se desplomó a su lado, pasó el brazo por encima de ella y también se durmió profundamente. Ambos estaban agotados de su trance. Pasaron todo el día durmiendo. Por la noche Sem se levantó a buscar agua y también le llevó un poco a Aire. Luego volvieron a dormir hasta la mañana siguiente.

Pasaron unos días en que Aire se sumó, aunque parcialmente, a nuestra vida cotidiana. Y una madrugada, cuando ya se sintió lista y repuesta de energías, comenzó su búsqueda. Se encerró en el baño y, ayudada por una estufa eléctrica, comenzó a hervir agua. El vapor fue llenando el lugar. A medida que esto sucedía, Aire se fue deshaciendo, evaporando. Pronto ya no era un cuerpo firme, era un aliento. Mezclada con el vapor creciente, se filtró por debajo de la puerta y comenzó a subir por las paredes y los techos. La casa empezó a humedecerse con los vapores que se movían por todos lados. La temperatura subía. Nosotros permanecíamos agrupados en la sala principal y empezábamos a sentir mucho calor. Entonces se empezó a escuchar algo como un bramido, un sonido grave que provenía de todos lados. La condensación había llenado el techo de grandes gotas de agua que, a pesar de lo voluptuosas, no se precipitaban. En vez de caer, las gotas que se iban formando se deslizaban hacia el centro del techo de la sala grande. Observábamos estupefactos como una gota descomunal comenzaba a formarse en el medio. La gota no paraba de crecer. Vibraba y comenzaba a concentrar la emisión de ese sonido que también se iba haciendo más presente. Pronto la gota parecía una gran bolsa vacilante. No caía, se mantenía adherida al techo. Cada vez temblaba más y seguía creciendo. El sonido, a estas alturas, parecía un llanto grumoso. Cuando la gota alcanzó un tamaño algo mayor al de un cuerpo humano y el sonido tocó su límite, por fin se precipitó cayendo al piso sin desarmarse. Una especie de ameba gigante había quedado ahí tirada en el centro de la sala. Se movía un poco, como respirando. Su aspecto gelatinoso y traslúcido iba tomando forma de mujer. La babosa comenzó a hacerse más consistente, y su forma quedó bien definida. Una mujer gorda y blanda se deshacía en llantos en el piso de nuestra casa. Aún mantenía en parte su aspecto gelatinoso. Levantó su rostro y nos fue mirando de a uno, lentamente, sin dejar de llorar. Nosotros estábamos petrificados. Por la puerta de atrás apareció Aire, con el mismo cansancio que el día que había llegado. Sonrió apoyada en el marco de la puerta y nos dijo:

-Ella es La Aguada. Se les quedó pegada aquél día que empezaron las lluvias. No es culpable, lo hace inconscientemente. El Gran Poder la conoce y la manda a desquitarse a distintos lugares, sin que ella pueda oponerse. Su presencia es la causante de la desazón. Pero ya está, ahora que la descubrimos se va a ir.

Apenas fue dicho esto, La Aguada se derramó por todo el piso y se fue escurriendo por los rincones. A partir de ese día ya no nos aquejó la desazón y tampoco necesitamos acudir a Daal, la bondadosa, para mantenernos en pie. La maldición estaba rota y una agente más se nos había sumado.

XIV – El paseo de Saúl

Saúl aparecía cada tanto. Religiosamente lo hacía en compañía de Camelia y de Hilda. A veces también agregaba la presencia de una abuela y de sus suegros. Su familia era como una estela que lo seguía. Siempre nos proponía hacer distintos paseos, o excursiones. Nunca accedíamos, por nuestros tiempos.
Pero una tarde de descanso nos sorprendió con una exótica invitación. Apenas entró nos dijo:

-Los voy a llevar al volcán más pequeño del mundo.

No pudimos oponernos.

Y así fue que visitamos, junto a Saúl y su familia, el volcán más pequeño del mundo.

XV – Rumores

El tiempo pasaba y nosotros no parecíamos acercarnos a La Colo. El Pueblo se iba poniendo cada vez más peligroso. Los rumores de nuestra presencia recorrían toda la ciudad como una masa gigantesca de informaciones mezcladas y desordenadas. Es que en El Pueblo, los rumores de a poco se van personificando, adquieren su propia fisonomía y personalidad. De pronto se vuelven autónomos y deciden qué matices darle a sus cuentos, a quienes relatárselos, cuándo, cómo. En El Pueblo se puede ver a los rumores sentados en los bares mexclados en cualquier charla, o de pasajeros de algún taxi. Hay rumores en las oficinas, en los bancos, en las panaderías, en los cines. Los rumores se convierten en nuevos habitantes de la ciudad. Uno se acostumbra a ellos, lo cual no deja de resultar una inconsciencia.

A estas alturas, el enemigo seguramente preparaba un ataque más intenso. Los rumores, sin saberlo, resultan grandes herramientas informativas a favor del Gran Poder.

Sin embargo teníamos dos agentes de contra-información a nuestro favor. Las agentes Nita y Lila desplegaban sus estrategias para fortalecer nuestra causa. Las dos agentes de la noche volaban de un lado al otro combatiendo los rumores y despejando las incertidumbres. Pero el enemigo se hacía sentir, era necesario detenerlo, o por lo menos demorarlo.

XVI – El conjuro de las Diosas

La agente Jojoy, en sus estudios siderales, comprobó que el Gran Poder se desempeñaba con mayor contundencia durante el predominio de la masculinidad, y durante los períodos de preeminencia femenina se apaciguaba un poco. Ante tal conclusión tomó la decisión de entretejer una especie de campo de fuerza de femineidad que nos protegiera, por lo menos en parte, de los próximos embates en nuestra contra.

Jojoy se concentró varias noches en una observación detenida del cielo. Casi no hacía otra cosa. Los demás sabíamos que debía ser así. Ella pasaba largas horas sentada en el piso frente a la gran ventana de su habitación, abstraída en su observación panorámica de las estrellas. Sin embargo a veces podía interrumpirse un rato y comer algo, por ejemplo. Aunque en general mantenía su frugalidad. Tomaba bastante agua durante esos lapsos. Se mantenía en calma hasta que se asomaba la luna, en ese instante su observación se transformaba en una especie de trance. Comenzaba a hablar, cantaba, tanto reía como lloraba. Parecía mantener un diálogo con la madre luna.

Pero un amanecer, ya estuvo lista. Cuando todos despertamos, ella ya lo había hecho. Estaba radiante, limpia y perfumada, adornada con flores y vestida con colores claros. Con alegría nos informó que ese mismo día convocaría a un Conjuro de Diosas, y que todos los hombres debíamos abandonar la casa hasta el día siguiente. Así tuvo que ser, todos los hombres nos fuimos de allí.

Jojoy convocó a doce mujeres, para conformar un círculo de trece que, con puntualidad, acudieron al llamado. Antes del atardecer ya estaban sentadas en ronda, las trece mujeres, las trece guerreras dispuestas a danzar con la madre luna. Allí cantaron, fumaron, conjuraron. Y cuando la luna salió danzaron sin descanso. Eran un círculo en llamas. Cada una de ellas resucitó su diosa interior y, juntas, hicieron crecer y le dieron forma a una gran esfera de femineidad que envolvió a la casa entera. Cuando terminaron, se abrazaron y rieron. Luego comieron algunas delicias al amanecer. Finalmente se fueron todas de ahí. La agente Jojoy quedó sola en medio de la sala contemplando el amanecer naranja. Sonreía con la satisfacción de haber hecho las cosas bien. El sol le dio en el rostro sonriente y entonces sí se fue a descansar tranquila. Estábamos más protegidos. Más contenidos.

XVII – Lo imprevisto

Por fin llegó la noche del cumpleaños de Eliana, la jovencita que nos había contratado. Llegamos a su casa, estaba llena de invitados que ya se habían acomodado y aguardaban listos para ver la función. Preparamos todo profesionalmente. Hicimos la  obra que a ella más le gustaba y que casi sabía de memoria. La disfrutó y aplaudió como nunca, junto a sus amigos, sus padres, junto a los vecinos, en su propia casa. Todos estaban encantados con la obra, aunque había a quienes, en el fondo, les había resultado un poco fuerte de contenidos y términos. Pero en definitiva todo estaba bien. Luego de la función nos invitaron a comer, a lo que accedimos contentos. Eliana y su familia nos acompañaron durante la comida mirándonos y haciendo mil preguntas. Luego de la cena, Alsemio, el papá de Eliana, nos invitó a conocer el resto de la casa. Primero fuimos a los cuartos de arriba. Luego bajamos, atravesamos un pasillo externo y llegamos al patio de atrás.

El patio estaba oscuro, por eso la reacción no fue inmediata. Pero de a poco todos nosotros comenzábamos a percatarnos de lo mismo. Aumentaron nuestros latidos al unísono y todos nos detuvimos a observar eso que estaba ahí. Alsemio continuaba hablando, comentando sobre las reformas que le había hecho al patio y otras pequeñeces, pero cuando se dio cuenta que todos, indefectiblemente, estábamos absortos en otra cosa, se fue quedando callado. Entonces pensó que debía hablarles sobre el punto de su atención.

-¿Qué linda se ve, no? ¡Impecable! Así la encontré en la feria de un pueblito no muy cerca de aquí hace un par de años. Sus antiguos dueños fallecieron y por eso estaba en venta. La mantengo bien cuidadita. Conserva casi todos sus atributos originales. Por eso para trabajar uso la otra. En la otra cargo la verdura, las bolsas de maíz y todo. Ésta, en cambio, solo la uso para paseos familiares los domingos o las ferias. ¡Pero así no pueden verla! Permítanme encender la luz, para que puedan apreciarla mejor.

Alsemio entonces prendió la luz del patio y, de golpe, quedó a la vista de todos, cómo burlándose de tantas investigaciones estúpidas, algo que a todas vistas parecía ser La Colo. Algunos no pudieron evitar una leve exclamación cuando la lámpara resaltó el color que todos nos esforzábamos en corroborar. No había dudas. Eso que estaba ahí era La Colo.

Las características superficiales eran exactas, La Colo aparentaba ser una combi VW modelo 91’ color rojo tinto oscuro (único en su género), con vidrios semi polarizados y un estilo impecable en su interior. Faltaba corroborar que realmente fuera ella y no una camioneta cualquiera que alguien había pintado casualmente de ese color. Pocas probabilidades. En nuestros corazones casi no cabían las dudas, pero era necesario comprobarlo.

Entonces reaccionamos, era obvio que Alsemio ignoraba absolutamente lo que guardaba en su patio. Él pensaba haber comprado una combi común y corriente (aunque de un color especial) en muy buen estado y nada más. Pero en su patio, probablemente mantenía a uno de los pocos ACIARE (Agente Cibernético de Inteligencia Artificial y Respuesta Emocional) que hay, más precisamente el ACIARE número 1377/0 al servicio de las fuerzas del bien, denominado La Colo y camuflado tras la apariencia de una combi VW modelo 91’. Sabíamos que había sido desactivada, aunque no destruida, hace algunos años, cuando se encaminó en una misión de alto riesgo en la que trasladó un mensaje de vital importancia desde las bases del Cóndor, allá en el sur, hasta el consejo del Águila, aquí en estas zonas. Le habíamos perdido el rastro, pero hace poco tiempo recibimos algunos comunicados bastante confusos, pero suficientes para emprender su búsqueda.

Accionamos. Miré de soslayo a Gaviria que rápidamente me entendió y juntos nos dirigimos a Alsemio para hablarle. Los otros supieron que debían aguardar y se hicieron los desinteresados. Sabíamos que debíamos entrar por los costados, penetrar por lejanas fronteras, pero nunca ir directo al grano ingenuamente. El hombre adoraba su combi.

Gaviria comenzó, le confesó toda la emoción que nos daba ver un vehículo así, tan bien cuidado y con las características de éste. Le relató el sueño colectivo que nos hermanaba desde hace años, el sueño de viajar conociendo todas las culturas, de hacer teatro en cada comunidad intercambiando así los conocimientos y las vivencias de cada lugar, de cada pueblo. Y así lo veníamos construyendo. Y, justamente, nuestro objetivo primordial actual era adquirir un vehículo con estas características para viajar por el continente cargando nuestros equipos y deteniéndonos en nuevos sitios. Y así poder expandir aún más la cultura y la interacción entre los pueblos. Que ese es nuestro motor grupal desde hace mucho tiempo y que todo mejoraría radicalmente con la incorporación de algo así.

Pero justo cuando él iba a comenzar a defenderse pensando que le propondríamos comprarla, me sumé yo haciendo el giro dinámicamente. Le conté que, afortunadamente, ese momento había llegado. Que el arduo trabajo en El Pueblo nos había permitido ahorrar lo suficiente para adquirir nuestra propia combi, y que ya habíamos estado viendo algunas. Incluso casi nos habíamos decidido ya por una. No estaba tan buena como la suya, pero haciéndole un buen mantenimiento serviría para los fines. Entonces Alsemio se relajó y comenzó a escucharnos más detenidamente. Posteriormente le referimos diversas anécdotas de nuestros viajes por el continente entregando teatro a quienes nunca lo tuvieron, le demostramos nuestro esfuerzo diario por ser mejores artistas y mejores personas, le reafirmamos nuestros objetivos grupales. Alsemio por primera vez se había quedado callado, nos escuchaba atentamente. Y también recordaba. Se recordaba a sí mismo. Al otro Alsemio que había sido y que aún era en parte, indefectiblemente. Alsemio se abstraía en sus imágenes. Gaviria y yo nos habíamos engolosinado tanto con lo que relatábamos que ni siquiera nos deteníamos a medir los progresos obtenidos. Y de golpe, antes de que tuviera tiempo de pensar, le preguntamos respetuosamente si podíamos probarla, dar una vueltita por el barrio, sólo por el placer de manejar una combi tan bonita. Alsemio demoró unos segundos en responder, pero no por tacañería, sino porque tardaba en regresar de su interior.

-¿Dar un vueltita? -repitió- ¡Por supuesto que sí, amigos, claro! Encantado se las presto para que la prueben, aquí están las llaves.

Lanzó el manojo de llaves que bailaron entrechocándose mientras dibujaban una curva en el espacio que terminaba justo en mi mano derecha. Las apreté en el puño y perdí la respiración por un instante. ¿Sería ella? ¿Habíamos encontrado a La Colo?

Subimos a la combi, mientras Alsemio abría el portón que daba a la calle. Sem y el Dragón no pudieron evitarlo y corrieron a subirse con nosotros sin acordarse de disimular un poco. Jojoy decidió mantener la calma, alguien debía quedarse. Cuando estuvimos dentro los cuatro, quedamos estupefactos contemplando el interior. Era idéntico a las características de camuflaje de La Colo.

Clavé las llaves y arranqué. Salí del garaje muy despacio, porque mi nerviosismo me dificultaba la conducción. La saqué bien lento, puse segunda y empecé a acelerar. Mientras íbamos avanzando por la calle, miré por el espejo retrovisor y pude ver a Alsemio que observaba cómo nos alejábamos lentamente en su combi. Doblé en la segunda encrucijada, pensé que hacerlo en la primera hubiera dejado entrever las intenciones de ocultarnos de su mirada. Recién cuando estuvimos enteramente transitando por la calle perpendicular, volvimos a respirar.

-¡Es la Colo!– Se apresuró Sem visiblemente entusiasmado.

-¡Pará, pedazo de cardo, nos seas tan ansioso! Hay que constatar– Encarrilaba el Dragón.

-¡No me cabe duda… es la Colo! ¡Es igual! Estoy convencido de que es. -Sem no podía contener su alegría.

-Si es, tenemos que pensar en cómo llevarla, lo antes posible.-Gaviria dijo esto seriamente, pero sin preocupación.

¡Viva la vida! ¡Vivan los colores, la buena vibra!- Sem estaba casi extraviado. Yo contemplaba el camino y los escuchaba sin poder pronunciar una palabra.

-Algo raro es que no tenga el tablero original, estoy seguro de que este no es. Así que no festejemos tanto. Puede ser… puede ser. Pero… -El Dragón se mantenía técnico.

Voy a parar debajo de esos árboles para que la revisemos.- dije mecánicamente.

Nos detuvimos en el borde de una plazoleta triangular, debajo de unos Ficus frondosos. El Dragón saltó de la combi y se enterró abajo. El resto bajamos suavemente y esperamos. Sólo veíamos los pies del Dragón que se deslizaba de un lado hacia el otro, arrastrándose por el pavimento en busca de aquellos detalles que develaran la verdadera identidad de la combi. Pasaron algunos minutos. El Dragón no dejaba de revisar cosas, pero no decía una sola palabra. Nosotros moríamos de ansiedad. En un momento se lo escuchó chistar como protestando por algo que había notado, pero luego respiró fuerte y redobló su ritmo. En un momento paró y comenzó a salir lentamente de debajo del vehículo. No decía nada, era verdaderamente desesperante. Nos miró, todo sucio, y soltó:

-¡Sí es!

Nuestro estallido fue análogo al de una represa que se rompe ante la fuerza del río. Nos desbordamos en abrazos y vitoreos. Nos desahogamos de tanta contención. Cuando pudimos tranquilizarnos nos dimos cuenta de que ya nos estábamos demorando demasiado. Subimos de nuevo a La Colo y volvimos a la casa. Alsemio nos esperaba casi en el mismo lugar, tratando de adivinar ansiosamente por cuál de los lados apareceríamos. Cuando nos vio doblar, se notó su respiro. Jojoy se había quedado estratégicamente con él. Reforzando la coartada por si la hipótesis era cierta. En el fondo, también estallaba de ansiedad por saber qué había pasado. Cuando vio a la combi entrar en la calle, se inquietó. Pero el cambio de luces fue suficiente para transmitirle todo. En la cara de la agente Jojoy una sonrisa gigante se dibujó, tan grande, que nos contagió desde la otra esquina.

Pero, inmediatamente, postergó los festejos y puso en función todas sus dotes de encantamiento. Miró de frente a Alsemio y le empezó a hablar nuevamente, pero esta vez con una direccionalidad y una fuerza inexpugnables.

Alsemio, tienes que vendernos esta combi porque es la que más perfectamente se adecúa a nuestras necesidades. De esa manera estarás beneficiando un proyecto social honesto, consecuente y vital para la salud cultural de los pueblos del continente. Así que no cabe duda, más allá de las cuestiones económicas que nosotros vamos a saldar sin regateos, sentimos que esto no es una casualidad, que este encuentro tenía que suceder y que no está en nadie la posibilidad de contradecir al destino. Así que, de verdad, nos sentimos orgullosos y conmovidos de corroborar cómo el universo ordena los enlaces de manera tal que lleguen justo en el momento adecuado.

Jojoy siguió así un rato más, sin soltarlo. Nosotros estacionamos en la calle. Nos demoramos en bajar para no interrumpir el monólogo de Jojoy. Alsemio vacilaba, no sabía qué hacer. Justo en ese momento, llegaron sus hijos, que habían estado escuchando detrás de las matas que rodeaban el patio. Llegaron emocionados a rogarle al papá que cediera, que nos vendiera la combi, total ellos tenían tiempo de buscar otra y comprarla con ese mismo dinero. El interior de Alsemio era un remolino.

Jojoy lo bajó a tierra. Abrió su maletín frente al hombre, que ya no entendía demasiado. Sacó del interior algunos fajos de billetes, sin duda cubrían sobradamente el precio del vehículo (suponiendo que fuera sólo una combi, claro está). Alsemio tardó un momento en tomar el dinero. Pero finalmente lo agarró apresuradamente. Lo contó con oficio, develando sus habilidades comerciales. Y cuando terminó, levantó la mirada y dijo:

-¡Trato hecho, la combi es de ustedes!

XVIII – El ataque final

Aquellos últimos días fueron vertiginosos. Nuestro objetivo estaba cumplido en gran parte, pero no en su totalidad. Aún teníamos que reactivar a La Colo y huir de El Pueblo sanos y salvos. Dos trabajos bien complejos, que nos llevarían algunos días más en aquél lugar. Entre nosotros y nuestros agentes aliados, todo fue festejo ante la aparición de La Colo. El Dragón, luego de haber extraído el núcleo oculto, se encerró un par de jornadas completas a reprogramar todo. Sabía cómo hacerlo, pero era un verdadero trabajo de hormigas. Los sistemas de defensa de los ACIARE hacen que, al ser desconectados irregularmente o en caso de caer en manos del enemigo, se desprograme todo el sistema central. Pero el Dragón es especialista en códices cibernéticos y se entregó a la tarea de descifrarlos.

Misteriosamente unos de esos días llegó a casa Bundo, uno de los Botará. Con ellos habíamos tenido algunos encuentros, pero bien formales y discretos. Algo nos hacía desconfiar de su líder, el Moro. Tampoco nos habíamos tratado mal, pero todo dentro de una frialdad casi profesional. Pero ahora llegaba Bundo a proponernos otro juego de pelota para despedirnos, una revancha amistosa. Instintivamente aceptamos el desafío. No es honorable rechazar un ofrecimiento así.

Justo en esos días nos visitó otro gran amigo y aliado que se desempeñaba en una misión en la Gran Metrópoli, un poco más al norte. Era el agente Marius y su chica, Pétalo. El agente Marius era un tipo con quien se simpatizaba rápidamente. Era alegre, difícil de desanimar, simple y tranquilo. Llegaba porque obligadamente tenía que pasar por El Pueblo para realizar algunas acciones, y además porque sabía de nuestra estadía en el lugar y no quería perder la posibilidad de vernos nuevamente. Compartimos un par de días en la casa.

Llegó el día del partido de pelota contra los Botará. Marius no dudó en sumarse al juego con sus viejos amigos.

Así que a Kosovo fuimos todos juntos a buscar a los Botará. Allí estaban esperándonos, disimulando un nerviosismo quizás fuera de lugar. Nos montamos en sus camionetas y partimos hacia aquél parque donde hacía un tiempo nos habíamos enfrentado. El Moro se mostraba más simpático que de costumbre, aunque en su comportamiento fácilmente se adivinaba cierta tensión. Tanto ellos como nosotros veníamos con algunas personas más, nuestras compañeras, la agente Lila, y algún otro. Pero al momento de prepararnos para el partido notamos que en su equipo había varios desconocidos que se preparaban seriamente para jugar. Hicimos una broma sobre esta situación, pero el Moro ya no rió. El partido comenzaba.

Si digo que pasaron cinco minutos de juego limpio, exagero. El partido empezó fuerte y trabado. Y así se fue poniendo, cada vez más frontal, más golpeado. El partido, que era un juego, de a poco se convertía en combate. Empezaron ganando. Le empatamos de inmediato. Por dos veces más subieron su marcador y nosotros lo alcanzamos. El tiempo se ajustaba y la tensión subía. Los insultos se habían vuelto ya parte irrevocable del juego. Y entonces algunos se empujaron. Otros se provocaron. A veces intentábamos enfriar la situación y bajar la tensión, pero siempre algún acto avivaba la llama.

En una jugada fuerte, Marius cayó rodando con Gurco, el hermano menor del Moro. Rodaron juntos y al pararse se empujaron fastidiados. Marius, posiblemente sea el más pacífico de todos nosotros y nunca hubiese querido golpearse con alguien. Gurco en cambio, era un profesional de las riñas. Se había implantado en el puño derecho un revestimiento interior de pequeñas placas de acero. No dudó un instante y, midiéndolo fríamente, lanzó un golpe que fue directamente a destrozar la nariz y el pómulo izquierdo de Marius, en varios pedazos. Durante el instante que duró la caída de su cuerpo, todos nos fuimos deteniendo. Cuando Marius terminó de desplomarse y la sangre comenzó a salir a chorros, se desató un descontrol de gritos y corridas. Varios nos abalanzamos en busca de Gurco que, acobardado por el reflujo, ya había agarrado piedras. Otros fueron a atenderlo a Marius que no paraba de sangrar, por fuera y por dentro.

No se armó la batalla que podría haberse armado. Hubo varias personas que contuvieron la avalancha. Gurco escapó como un roedor asustado, amparado por su novia que le festejaba el rapto de violencia, auto-convenciéndose de que así compensaba las ausencias viriles de su compañero de cama. Otros de los Botará se esforzaron en calmar los ánimos. El Moro, en cambio, no pudo esconder su satisfacción ante los hechos. Entonces, cuando toda la atención volvió a Marius, los Botará aprovecharon para irse del lugar. Subieron a sus vehículos y huyeron.

La agente Lila no tardó en reaccionar. Cargamos a Marius en su auto y lo llevamos a emergencias. En el camino Marius estuvo a punto de desangrarse. Si no fuera por la intervención quirúrgica de urgencia esa misma noche lo perdíamos. Se tragó casi toda su sangre y la vomitó en estertores llenos de sufrimiento. Tuvimos que transfundirle sangre inmediatamente.

Por fortuna Marius se salvó. Han reconstruido su nariz. Pero la marca que nos dejaron los Botará no se ha curado. El Moro develó, con su comportamiento oscuro y ladino, su entrega inminente al Gran Poder.
Este suceso fue la señal de que debíamos partir lo más pronto posible de El Pueblo.

XIX – La resurrección de La Colo

Las tareas intensivas del Dragón sobre los sistemas de La Colo no fueron en vano. A tiempo completó la reprogramación y entonces sí, ya estábamos listos para resucitarla. Viajamos hasta las afueras de El Pueblo, allí donde se dejan ver las sierras espinosas que lo rodean. Nos desviamos por un incierto camino y cuando estuvimos lejos de cualquier mirada, frenamos. Descendimos todos y el Dragón se encargó de reinstalar el núcleo. Un par de minutos después, escuchábamos maravillados el sonido inconfundible de los ACIARE cuando se encienden. Celebramos felices y aguardamos el tiempo de encendido. Finalmente La Colo recobró su conciencia y reactivó su autonomía. Se tomó unos segundos para analizar la situación y actualizarse. Y entonces nos saludó con tono feliz:

-¡Salud hermanos y compañeros, gracias por rescatarme! Me siento feliz de volver a la luz. Me debo absolutamente a ustedes, colegas. Estoy a sus órdenes.

Éstas fueron sus primeras palabras con nosotros. De ahí en más comenzó a crecer una invalorable relación de amistad y compromiso. Ella ya es una más de nosotros.

XX – Trascender

Así fue que se unió a nuestras filas la agente La Colo. Montados en ella fue que, después de tantas emotivas despedidas, por fin nos fuimos de El Pueblo. Una nueva misión había sido completada, una muy especial. Una que ya nunca olvidaríamos por el resto de nuestras vidas. Nuevas fronteras nos esperaban, y hacia ellas partimos.

…amaneció en la carretera y nuestros corazones se sintieron plenos… sonreímos y cantamos mientras nos alejábamos hacia el norte. Una nueva etapa comenzaba.

FIN

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