Chau amigos, chau personajes, chau Colombia, chau Sudamérica.

El 25 de julio, día fuera del tiempo según en el sincronario maya, aparecieron quienes nos cruzarían en velero hasta Panamá: Hervé, Dagny y el pequeño Amaní, una familia que por primera vez haría este cruce. En esta oportunidad seríamos seis pasajeros a bordo del velero Little Whale. Hervé, francés ecologista curtido por el sol y el mar, protestaba consigo mismo diciendo: “Estoy loco, yo estoy loco, nueve ahí dentro, estoy loco”.

Después de varios intentos fallidos, trámites vanos en la capitanía y averiguaciones infructuosas, la posibilidad de cruzar apareció imprevistamente gracias a una acción impulsiva y precisa.

“Puede ser que lo que dé verdadero sentido a la búsqueda sea el encuentro y que haya que buscar mucho para encontrar lo que tenemos al lado”

Ese mismo 25 de julio nos fuimos a Playa Blanca, una isla cercana a la que viajamos junto a todos los que convivíamos en la casa de Luchi. Allí festejamos el día sin tiempo, allí prendimos fuego, allí agradecimos…

La partida de Cartagena fue un verdadero evento para todos nosotros. Nuestros hermanos, Los Buenos de Palermo, se despedían mientras trasladábamos en un gomoncito, haciendo varios viajes, todo nuestro equipaje. Becerra con su habilidad tetrística acomodaba los embalajes en el velero, mientras Hervé seguía protestando:

-Yo estoy loco, loco.

Ninguno de nosotros había estado en alta mar tanto tiempo. Así que navegar durante cuatro días fue una experiencia inolvidable. Conocer pequeñas islas paradisíacas perdidas en el mar Caribe, vomitar el desayuno recién consumido, dormir acunados por las olas, bucear entre corales, maniobrar con el timón, ver como el mar se besa con el cielo y dejar que el viento elija la velocidad de avance, fueron algunas de las tantas sensaciones que se nos aparecieron en esta pequeña odisea que puso a prueba nuestra convivencia en un espacio tan reducido y movedizo como aquel pequeño velero. Los días se sucedieron entre mareos, descansos necesarios y charlas infinitas como el cielo que nos cubría.

En este viaje conocimos el archipiélago de San Blas, la isla aduana El Porvenir y el conjunto de islas de Cartí, donde viven los originarios Kuna. Ellos conforman una comunidad que sobrevive por el turismo que pasa por allí y gracias a sus hermosas molas, además de ser mano de obra barata en las ciudades de tierra firme.

La frontera más difícil que nos ha tocado sortear la cruzábamos con la bandera de USA flameando en nuestro transporte, ja, una burla del destino que a su vez nos permitía llegar a Panamá evitando tener que partir el viaje en cuatro tramos, Montería, Turbo, Capurganá, Puerto Obaldía. Así esquivaríamos a las autoridades fronterizas que nos habrían abierto nuestro equipaje una y otra vez y nos habrían requisado sin respeto. Sin dudas, Panamá es un tapón para todos aquellos que aspiran entrar a Centroamérica y así acercarse a Estados Unidos. Por consecuencia, y teniendo en cuenta nuestro aspecto, nosotros también habríamos sido caratulados con el rótulo de ENDPP, Extranjero No Deseado Por Pobre.

En las islas de Cartí nos quedamos una noche descansando. Jugamos al atardecer con los niñitos que se acercaban curiosos al velero, estábamos contentos.

Nos despedimos con alegría de la familia navegante, para ellos fue la primera vez que compartieron un viaje así y para nosotros fue una experiencia excepcional. Horas después dejábamos el velero y comenzábamos a saltar en camioneta por la húmeda selva panameña. El equipaje se movía peligrosamente en la parrilla de la 4×4 y el barro acumulado en el camino dificultaba el avance, hasta que por fin llegamos a la ruta pavimentada que nos conduciría a la ciudad.

Los edificios sobresalían entre los claros que dejaba el paisaje mientras nos acercábamos a Panamá City, embarrados, cansados. Panamá iba a ser diferente a todo en este viaje.

Caímos en un hostal ubicado en la parte bancaria de la ciudad. El lugar nos ofrecía algunas comodidades que creímos interesantes, a pesar de que el costo de la estadía nos obligaba a trabajar diariamente con el amigo Juan Carlos Semáforo para poder mantenernos.

Trataremos de brindar una primera imagen de esta ciudad: muchos rascacielos, muchos edificios en construcción, muchos bancos, muchas empresas multinacionales, mucho consumo, mucha desigualdad.

Los primeros días intentábamos encontrar alguna plaza o escuela donde poder actuar, necesidad vital para nuestra subsistencia, pero se tornaba una tarea complicada en esta ciudad. El único teatro con el que pudimos hacer contacto sólo hacía funciones en inglés para extranjeros. Tampoco encontramos espacios para presentarnos en la calle. La lluvia, protagonista en esta época del año en el Caribe, decidía cuáles serían nuestros movimientos, mientras purificaba y limpiaba las calles mugrientas de humano.

Fue entonces que un hecho cambió drásticamente las circunstancias del viaje, nos robaron la computadora. Chan! La herramienta fundamental para poder presentarnos, para recopilar nuestra información, para escribir, había sido sustraída. Por suerte no perdimos a Funes, nuestro disco rígido externo, cerebro virtual que almacena la música de las obras y nuestra historia en forma binaria. No fue un robo violento, fue un hurto, una distracción nuestra, una avivada ajena.

Este acontecimiento nos obligó a reconsiderar el tiempo de estadía en Panamá. Teníamos que quedarnos para conseguir otra compu. Un préstamo urgente de nuestras familias posibilitó comprar otro aparato mejor que el que teníamos. Así nos despedimos de La Chata, como cariñosamente llamábamos a la antigua PC, por su evidente deterioro. Y así evolucionamos a los tumbos, como muchas veces sucede.

Un día conocimos a varios compatriotas, Maxi, Agustín, Sebastián, Vale, La pichi, y a los colombianos Cata y Alex. Hubo buena vibra y junto a ellos volvimos a ser trece en el hostal de la zona bancaria. Los mismos trece que, un día después, nos retirábamos a paso lento de ese hostal luego de haber sido echados injustamente por diferencias energéticas e ideológicas. Es que en Panamá el afán de dinero y el consumo desmedido han transformado a la sociedad. Los dólares son motivo de orgullo para gran parte de los panameños, aunque sea difícil sobrevivir para la mayoría de la población. El canal de Panamá genera montones de divisas que, supuestamente, pasaron de manos yankees a manos panameñas, pero que sólo son invertidas en fastuosos edificios que representan el “boom inmobiliario” de la ciudad. Los dueños de los cientos de vehículos importados que atolondran el tránsito son, en su mayoría, blancos. Y los que viven en los barrios pobres son, en su mayoría, negros. Aparentemente en este sentido no hubo un “boom igualitario“, las cosas siguen igual desde hace tanto tiempo. Salvando las grandes diferencias, es inevitable comparar esta actualidad del país centroamericano con aquella Argentina de los 90´, del imposible 1 a 1 y de la insostenible prolongación de esa farsa. Un amigo nuestro, Omar Pascale, decía que había lugares con los que no tenía “feeling“, bueno, algo así nos empezó a suceder con Panamá City. Durante aquellos días vimos el deslumbrante inicio de los Juegos Olímpicos, vimos a los chinos ganar todo, a nuestro país sobrevivir gracias a la grupalidad y vimos a Panamá festejar como nunca la medalla de oro de Irving Saladino, un negro que saltó más de 9 metros de largo y se llevó la primera medalla de oro en la historia de Panamá. La fiebre por Saladino se extendió durante varios días, por las calles los borrachos gritaban “¡Oro, oro!” y el pueblo agradecía tener una alegría entre tanta desesperanza. Evidentemente somos el fruto de nuestro pasado, y en Panamá las cicatrices de las invasiones armadas, de las intervenciones made in USA y de los planes económicos devastadores, están marcadas en la piel. Tanto así que, por ejemplo, a uno lo pueden llevar preso por andar con el torso desnudo. El pensamiento militar se mantiene vigente y seguirá así mientras el pueblo no reaccione de manera contundente.

Los trece que éramos terminamos en Casa Grande, un hotel de mala muerte ubicado en el casco viejo de la ciudad, sin duda la zona más bonita, con sus casas antiquísimas, algunas de pie y otras carcomidas por el paso del tiempo y el olvido del hombre. Allí la Coke, una amiga argentina que vino a pasar un tiempo con nosotros, regresó al país. De a poco comenzamos a formar parte del paisaje del barrio, como en Getsemaní, el antiguo barrio de Cartagena.

Casa Grande es una suerte de refugio de personajes almodovarianos dentro de un marco conventillero. En ese lugar conviven seres destruidos por la pasta base, prostitutas, travestis, ladrones y algunos otros difíciles de catalogar, como La Peque, una especie de hobbit-empleada de limpieza que se movía al ritmo del estímulo que viajara por sus venas. La peque decía que ahora se daba gustos que antes no, mientras reía con su mandíbula sobresaliente y los pocos dientes que le quedaban. También estaba Fany, un travesti joven de aspecto derruido que consumía cocaína todas las noches y nos visitaba cada vez más seguido buscando con quién charlar. También andaba por ahí el hombre que se metía una gillette en la boca, el polaco alcohólico varado por amor que pintaba cuadros bastante feos, la nena de rizos enormes que buscaba donde jugar, una gordita que gritaba: “Ellos tienen que practicar su teatro” y varios personajes que completaban un paisaje realmente bizarro.

Este marco, la falta de funciones y las ganas de crear, nos motivaron a realizar un cortometraje. Casi todas las noches nos quedábamos hasta altas horas jugando al cine. Los amigos con quienes vivíamos y los mismos panameños nos ayudaron a crear sets de filmación en las noches de Casa Grande. Los demás huéspedes se intrigaban por las escenas que filmábamos, preguntaban, se asustaban, se sorprendían y festejaban que algo diferente pasara en el hotel, algo que no tuviera que ver solamente con ganarse unas lucas para sobrevivir y para sostener los vicios. 

En eso se abocaron nuestras energías, en filmar, en trabajar diariamente en el semáforo y, por fin, en dar  alguna función. Una de ellas la hicimos en el parque Omar, un gran espacio verde en la ciudad. Las otras dos en la Escuela Profesional. Resaltaremos estas últimas porque en ellas pudimos ver reflejado el estado de la educación en Panamá, similar al de muchos lugares de nuestra sufrida Latinoamérica, pero bastante particular en algunos sentidos. A los directivos de las escuelas panameñas no les interesa realizar actividades culturales, y esto no es por motivos económicos. Tuvimos la intención de brindar una función gratuita en una escuela llamada República Argentina, ubicada en el sector más pobre y peligroso de la ciudad, donde todos temen entrar porque hay balaceras todo el tiempo según dicen. Allí ofrecimos presentarnos solidariamente, pero no se pudo concretar por cuestiones burocráticas, absurdas como todas las cuestiones burocráticas. Cuando suceden estos hechos nos preguntamos qué hay que hacer, cómo reaccionar, por qué hay tanto desinterés por la cultura o, en todo caso, qué peligro representamos nosotros para los niños panameños. A Caro le preguntaban cuál era beneficio concreto de hacer teatro en la escuela. Tal vez imaginar, soñar, crear, son acciones que ya no tienen cabida o no sirven en este mundo cada vez más virtual.

La estadía en Panamá se prolongó bastante esperando la realización de las dos funciones pactadas en la Escuela Profesional, funciones que se demoraban por distintas cuestiones, pero que nos permitirían devolver parte del dinero prestado para la computadora. Apenas concretamos las presentaciones y terminamos la filmación de la película, nos fuimos de la ciudad, al mejor estilo gatuno. Parece ser que nuestras salidas siempre están ligadas a una serie de voraginosos acontecimientos que hacen que nuestras despedidas sean bastante atolondradas.
 Álvaro Mútis, escritor colombiano, describe así a la ciudad de Panamá en su libro Ilona llega con la lluvia:

“…era un sitio de paso, un lugar de tránsito, condición que le otorgaba, a quienes la visitaban, ese encanto que tienen las ciudades y lugares que no dejan huella, que no imponen el espíritu secreto que las define, ni exigen del que pasa un esfuerzo para ajustarse a peculiares reglas que rigen la inconfundible rutina que las anima…es más, entre más modestos nuestros propósitos, más difíciles son de cumplirse en esa suerte de incesante corredor donde nadie vuelve la atención hacia los demás”.

Depositamos nuestros cuerpos en el bus y partimos hacia Costa Rica. Seis horas separan a Panamá de Ciudad Neily, el pueblo desde el que les escribimos. Vinimos aquí por un viejo contacto, Arnaldo, que nos ofreció alojarnos en su casa-cuarto de 5 x 4 metros. “Donde entran uno entran mil” dijo, y nosotros afirmamos contentos mientras nos esquivábamos en La Pecera, apodo cariñoso que le pusimos a nuestra provisoria morada. Arnaldo es profesor de historia en la universidad, anti-imperialista, generoso y dice todo el tiempo: “Pura vida, mae“. El pueblo es bonito, la gente saluda en las calles, se interesa por las funciones, por nuestro viaje, por el intercambio. Y nosotros andamos contentos por ahí, entrenando malabares en la plaza, yendo a patinar todos juntos, visitando la feria de diversiones que se instaló durante diez días, con sus autitos chocadores y luces de tubo estridentes que iluminan los tacos de las señoritas del pueblo hundiéndose en el barro acumulado por tanta lluvia. Es saludable sentir como cambia la vida en un pueblo, como se puede respirar, pasear, saludar, descansar, y sobre todo como cambia el trato con la gente. Desde un primer momento nos alegramos de volver a encontrar amabilidad y sonrisas, necesitábamos eso. Visitar Ciudad Neily nos enseñó que con el tiempo no se puede especular, que si uno debe moverse porque así lo siente, así tiene que hacerlo. “No irse es pudrirse de a poco“. Las ciudades cada vez nos ofrecen menos alternativas, cada vez hay que trabajar más para sobrevivir menos, ser más veloz para pensar más despacio. En cambio en los pueblos hay tiempo para que don Orlando Silva, bicicletero de 82 años, se acerque en el parque y nos diga que va a fabricar un monociclo para aprender a andar, mientras nos invita un refresco y se ríe lleno de salud. Pato, nuestro viejo amigo de ecuatoriano, guardián de las montañas, ya nos ha dicho que la única posibilidad de supervivencia es regresar a la tierra, volver a trabajar en ella, volver a respetarla. Y eso es lo que vemos cuando nos movemos de una ciudad a un pueblo, al campo, a las montañas, o viceversa.

Llegamos a este pueblo porque teníamos un viejo conocido, que se transformó en amigo de todos, compañero que irá a visitarnos en Argentina, y así presenciamos una vez más como las redes se tejen con ganas de confiar más. En una semana en Ciudad Neily realizamos más presentaciones que en un mes en Panamá. Sinceramente nos hubiese gustado conocer más de aquél país, no sólo la capital. Pero el viaje tiene sus propios ritmos, a veces más lógicos, otras más impulsivos, a veces drásticos, necesarios, “Móntate en el tiempo” diría nuestra amiga Nieves,  y eso es lo que intentamos hacer, ese es nuestro camino, nuestro aprendizaje.

En Centroamérica llueve mucho en esta época, todos los días ha llovido, a veces más, a veces menos, a veces todo el día. Nos vamos acostumbrando a que las gotas ordenen nuestros movimientos.

Pensábamos quedarnos una semana, como máximo, en ciudad Neily, pero tanta hospitalidad y tanto interés por nuestro trabajo hicieron que sigamos compartiendo con la gente linda un tiempo más. Se cumplieron dos semanas de estadía en el pueblo y pudimos actuar en otros lugares como La Cuesta, Río Claro y Paso Canoas. Fueron un total de nueve presentaciones, llevando nuestra locura con ganas de actuar y reír junto a los chicos y grandes ticos.

Se nos empachaban los ojos de tanto verde rico que nace al costado de las carreteras, pensamos en la tierra generosa de esta región y simultáneamente nos enteramos que en Bolivia la tierra es insultada por separatistas cegados por el dinero y manejados como títeres por un imperio corrompido y en decadencia. La muerte desata la furia de los pueblos y Latinoamérica debe mostrar que está más fuerte que nunca. Pero no con la fuerza lastimosa de las balas, sino con fuerza de hermanos. Esta fuerza no tiene que ver con la política, tiene que ver con las miradas que encontramos y nos encuentran al andar, con las risas de los niños de las escuelas más humildes que gritan con fuerza, ellos son los que tienen la razón y por ellos hay que seguir luchando y defendiendo lo nuestro. Por eso también tenemos como objetivo llegar al Foro Social de las Américas que se realizará en Guatemala a partir de la segunda semana de octubre. Como aquella vez en Caracas, en el Foro Social Mundial 2006, queremos decir presente los Gatos Locos, que somos cada vez más.

Queremos agradecer de corazón a todos aquellos que nos alientan y ayudan, cada mail que recibimos lo compartimos con mucha alegría, como una rica ronda de mate.

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