Entramos a Colombia el 17 de abril por Ipiales. Salimos por Cúcuta el 23 de junio. La primera estación en donde hicimos función fue en Remolino, luego vino El Bordo (otro pueblo chico pero con mayoría afroamericana), Timbío, Silvia (pueblo con mayoría aborigen), Popayán (un pueblo también pero con aires de pequeña ciudad); ahí empezamos a viajar con un artesano colombiano, anduvimos por Piendamó, Santander, Santa Rosa, todos pueblitos, luego Manizales -esta sí una pequeña ciudad-, hasta llegar a Belén de Umbría, un pueblito muy chico, a la casa de la familia del loco con quienes estuvimos conviviendo una semana. De ahí partimos sin el artesano rumbo a Medellín, la segunda urbe después de Bogotá, y ya con rumbo a la frontera estuvimos en Puerto Berrío al lado del gran río Magdalena, hasta llegar a Pamplona, un pueblo-pequeña ciudad universitaria, fría, a 2000 metros de altura, a 40 km del calor agobiante y a 60 km de Venezuela. Allí encontramos otros locos muy copados, estuvimos un mes y algunos días viviendo en la casa de un artesano-malabarista argentino con su pareja colombiana, nos integramos a las movidas que se estaban generando, encuentros de artistas con miras de organización independiente, y luego con una agrupación que trabaja con el arte en las zonas conflictivas. Ya a punto de partir nos hicieron una propuesta muy interesante que casi nos hace replantear el viaje, pues se nos abría la posibilidad de trabajar con esa agrupación por todo Colombia, viajando con el teatro por comunidades conflictivas, periféricas. Por diversos motivos que aquí no vamos a desarrollar decidimos seguir viaje, pues si nos quedábamos en Colombia no podríamos recorrer Venezuela, al menos en este viaje que debe culminar en Diciembre.

Durante el tiempo que estuvimos en Pamplona hicimos algunas escapadas a otros pueblos, Chinácota y Cúcuta por ejemplo, en donde además de emborracharnos y conocer algunos ríos estuvimos haciendo semáforos con otros locos, payasos, malabaristas y breakeros (ya en su momento hablaremos sobre el mundo de los semáforos)

Acá no establecimos relación con el estado, pues  no nos interesó relacionarnos con un estado dictatorial y opresivo. En Pamplona sí establecimos contacto, por supuesto fue desastroso, igual nos encargamos de hacerlo notar en nuestras intervenciones, ya sea en la de los encuentros de artistas o en nuestras obras o en los programas de radio cuando promocionábamos las movidas.

Una de las primeras imágenes que se me viene a la cabeza fue el primer sábado de rumba, estábamos en El Bordo, un pueblito que hacía desfilar a cada rato buscavidas de todo tipo, batallando sin descanso por la monedita del que también batalla por otras moneditas o quizás por algún billetico mientras que unos pocos se llevan la gran tajada. Ahí estábamos con unos artesanos parchando afuera de un hotel-bulo en la zona rosa, y allá los ejemplares de la noche explotando la fiesta, la rumba, orillados por la panamericana, esquivando camiones que esquivaban carritos de comida callejera, tomando vino, cerveza, ron, aguardiente y a veces un poco de aire fresco cuando la noche descansa del sol cada vez más ardiente y despiadado. Y allí nosotros, con unos cuantos vinos encima, con el parche de artesanías, hablando de todo un poco, ayudando a atraer gente, cuando de pronto tres camiones militares estacionan y eructan unos 40 bípedos verdosos que en un instante ya se habían desparramado por el desorden. Un grupete de esos especímenes se mandó derecho hacia nosotros. El vino por algún extraño motivo se me fue de la cabeza derecho a los testículos, cuando de repente uno de los milicos con sus cicatrices de montes que marcan su alianza con el enemigo, después de mirarnos fijamente le dice a uno de los artesanos: “deme tres pipas”. El artesano, viendo mi cara de pelotudo me relaja diciendo: “bienvenido a locombia”.

Y sí, fuimos conociendo sus paisajes, sus curvas interminables, sus rumbas, sus colores, sus dulces caseros, sus mujeres hermosas, sus calles vivas, sus casas con tejas, sus almacenes antiguos, sus paisas, sus caballos estacionados a 45 grados, sus cantinas, sus billares, sus timbas de cartas y dados en los parques, sus leyendas de jíbaros, sus locos, sus subidas violentas en pleno centro, sus escaleras interminables, su arquitectura desordenada, su música popular, sus bailes de vallenato y salsa, su olor a café y a marihuana, sus escenas bizarras, sus artesanos, su retaqueo, su simpatía, su sonrisa trigueña, sus costeñas, sus dulces caseros, sus metaleros, sus punk, sus cervezas, su aguardiente, sus arepas, sus sancochos, sus requisas en cualquier lado y a cualquier hora, sus ríos, sus campesinos bajando los fines de semana, sus sombreros, sus esquinas con tango, sus billares, sus putiaderos, sus drogos, sus tejos, sus jugos de frutas exóticas…

Por primera vez en todo el viaje no nos reprimía la policía con leyes absurdas que impedían hacer teatro en los espacios públicos, por primera vez podíamos hacer funciones donde quisiéramos, a la hora que se nos antojara…¿Cómo puede ser? nos preguntábamos, Colombia con su gobierno pro yanqui, represor, facho… y luego allí, toda la gente haciendo ruedo, casi sin necesidad de hacer convocatorias fuertes, ansiosos de ver teatro… y allí todos riendo, aflorando sus dientes claros en sus pieles trigueñas, mulatas, criollas… ¿pero cómo puede ser?, Colombia, tierra en guerra, sufrida… nos empezamos a enamorar, y más cuando vimos la calidez de su gente acercándose a hablarnos, a invitarnos a comer, a rumbear, hasta a convivir; y más cuando vimos que la calle estaba viva, que todo estaba allí, que todos se mezclaban; y más cuando empezamos a flashear con sus escenas bizarras, con sus locos arrimándose en una esquina a tomar tintico, con sus calles desquiciadas, con sus bailes en cualquier lado; y más con la locura de sus paisajes; y más con la belleza de su música, de sus mujeres, de su comida, de sus dulces, de su público…

Pero claro, fuimos más adentro y ahí vimos la otra cara: la de su violencia, la de su represión.

En Colombia existe libertad para casi todo, para emborracharse hasta reventar, para cagarse a piñas en alguna esquina, para ir calzado con machete, para quedarse dormido en alguna escalera, para estacionarse en cualquier lado, para vestirse como se te canten las pelotas, libertad sumada al carácter jovial de su gente, más su criollaje, hacen que Colombia sea Locombia, pero eso sí, si te salís de los esquemas del gobierno fuiste… te matan loco, así nomás. Y Cuál es el esquema del gobierno… pues similar al de los países prostitutas de Latinoamérica pero aquí con algunos condimentos más: tratados de libre comercio más descarados, narcotráfico, mafia institucionalizada, parapolíticos, y sobre todo: control político del país por medio de los tiros. Colombia, aunque usted no lo crea, aunque me haya enamorado más que cualquier país de los que haya recorrido, aunque su gente sea hermosa, sus escenas impactantes, Colombia todavía está en dictadura, la de antes, por eso escasean las marchas, las agrupaciones combativas, las organizaciones de base, por eso salís tranquilo a la calle pues hacen “limpiezas”, está bien, sos pobre, lo vas a ser siempre, ponete una caja al hombro y salí a vender cigarrillos, caramelos, arepas, minutos, porque sino, si te lumpenizás, si evidenciás la marginación del sistema y te fichan como malviviente o indeseable te matan… se organizan los paracos, cobran sus cuotas a la “gente bien” y se meten a los barrios pobres a limpiar… por eso no levantés mucho la voz, después te van a ir a buscar, por eso amigo salí a rumbear, emborrachate hasta reventar, quedate dormido en una escalera, pero eso sí, al otro día a seguir anestesiado, estudiando –si tenés ese extraño privilegio- en universidades aranceladas, batallando por la moneda, entrando al esquema del gobierno sin chistar, sin cuestionar, o sea hermano, sin pensar… a no ser que te la jugués.

La guerrilla es clandestina y cualquier simpatía con ella es perseguida por la parca y toda una red en la que se mezclan los paracos, el gobierno, los yanquis y las grandes empresas. La verdad es que para acercarse a este tema harían falta años, pero igual nos aventuraremos a esta conclusión: la guerrilla colombiana es antigua, nace en un contexto en donde la lucha armada estaba aceptada; a diferencia de Cuba por ejemplo en donde logró su máximo objetivo que era tomar el poder, las guerrillas colombianas no pudieron lograrlo y debieron seguir existiendo a la par de que los tiempos y las formas de lucha iban cambiando. En un principio tenían apoyo popular, defendían a los campesinos de los avances de los terratenientes. Se forman los paramilitares, mercenarios contratados por los poderosos para repelerlas y terminar de avasallar y esclavizar a los campesinos. Empieza una lucha despiadada, con alianzas secretas y no tanto entre los paracos y los gobiernos represivos. Se tejen mecanismos muy complejos de espionaje para ver donde es que está el apoyo a las FARC y desarticularlo, para ello se hostiga, se asesina, se tortura a cualquier persona o grupo que de alguna manera muestre relación con las FARC, a su vez éstas, al no lograr tomar el poder, al tener como sustento de lucha la acción guerrillera y al estar siendo demonizadas por el poder, deben aislarse aun más, esconderse más y más en el vientre de la montaña, moverse, moverse, y contraatacar.

Los tiempos siguen cambiando, las luchas armadas en Latinoamérica se transforman, pero las FARC siguen existiendo. El gobierno colombiano que triunfa va de la mano de los paramilitares y pronto se transforma en el hijo deforme de los yanquis. Colombia se arma más, se llena de marines, utiliza a los paracos no sólo para combatir a las FARC sino para mantener por la fuerza y el miedo su estructura mafiosa. Las FARC, perseguidas, desacreditadas por la gente, manipuladas por los medios, deben aislarse aun más y recurrir a otros mecanismos ya no para tomar el poder, sino para sobrevivir. Y aquí es donde las FARC aparentemente se lumpenizan, entran al narco, matan civiles, se desvirtúan sus orígenes, sus ideas…

Durante este viaje estamos comprendiendo mucho más a la realidad latinoamericana, estamos aprendiendo sobre sus códigos, sus conflictos, sus necesidades, sus pasiones, sus formas de expresión, de rebeldía, de sumisión. Sobre todo estamos haciendo cada vez más concientes dónde se haya la riqueza de nuestra cultura: lejos de las clases dominantes, de la clase media, y sí, también de las lumpenizadas pues todas son productos con diferentes caras de la decadencia del occidente colonizador. ¿Qué consideramos como riqueza?: sociedades en donde se hallan conceptos más sanos en cuanto a la relación del hombre con la historia, consigo mismo y con la naturaleza. ¿Dónde se haya esa riqueza?: en las contraculturas, allí en ese mestizaje que se rebela contra las imposiciones de decadencia, allí en los marginados, los que se hayan lejos de las clases prototipos del sistema y lejos también del otro extremo, el de la pobreza idiotizada, el de la pobreza violenta pero en un sentido estéril. Allí hemos encontrado sabiduría y riqueza, allí hemos saboreado la solidaridad, la calidez, la sencillez, la pureza, la amistad, el desorden, el amor, la valorización, allí hemos apreciado sus códigos, sus lenguajes, su música, sus colores, sus bailes, sus artesanías, sus comidas, su cultura en fin. Y es allí donde nos esperanzamos, donde vemos que las sociedades podrían madurar, encontrar la paz, la armonía con la naturaleza y sus semejantes: la sabiduría. Pero qué pasa: el poder occidentaloide, a través de sus clases dominantes, tiene otra idea sobre el mundo, y a través de sus múltiples instrumentos de guerra, sea la religión, las clases políticas traidoras y/o mediocres, los medios, las armas, las leyes, impiden que las contraculturas florezcan, maduren, se encaminen.

Ante tal panorama la postura general en los países colonizados es estar del lado del poder, ya sea ejerciendo la represión de forma directa o indirecta, ya sea resignándose a que las cosas no se pueden cambiar y que lo que queda es tratar de defender la individualidad, salvarse como se pueda, total la vida es una sola, es corta, para qué sacrificarse por algo que no va a suceder o que si sucede, tarde o temprano, como lo ha demostrado la historia, va a volver a ser destruida por otra cultura dominante estéril.

Yo prefiero la otra, la de luchar para que esas contraculturas triunfen, para que Latinoamérica se libere, para que madure su contraculturalidad. Es la lucha que se está viendo en algunos países, cerca de este bicentenario histórico, donde otra vez los pueblos alzan la voz…

Cada uno decidirá con qué lucha, unos los harán con las armas, otros con las ideas, otros criando a sus hijos con la libertad y la sabiduría como pilares de su familia, como lo hicieron mis padres que lucharon por un mundo mejor, que sufrieron la cárcel y la tortura, que aunque no lograron establecer otra sociedad triunfaron porque no fueron instrumentos de decadencia y porque a través de cómo criaron a sus hijos lograron la revolución: que pudiéramos pensar, ser libres, y claro, saber tomar postura, elegir luchar, cada uno a su manera, por Latinoamérica.

Yo he elegido por ahora al teatro, y este viaje ha reafirmado y consolidado mi postura.

¿Cómo luchar con el teatro?

Pues estamos aprendiendo. Colombia nos ha enseñado -aparte de su belleza de la que estoy profundamente enamorado- que todos los flancos para luchar son viables, que todas las formas de hacer arte sano de alguna manera actúan ante el enemigo, ya sea el loco que aislado en una sala hace sus obras sin ningún anclaje con la realidad, pero que sin embargo experimenta, explora, investiga, no se vende, no transa… ya sea el grupo que hace vallenato en una tienda… ya sea el payaso que se ríe de sí mismo… pero en un país en donde a pesar de que haya tanta poesía, gente amable, escenas bizarras, paisajes alucinantes, identidad, música popular, costumbres sanas, se siga siendo un país en dictadura, lleno de milicos, con el servicio militar obligatorio (a no ser que seás hijo de alguien con mucha guita y puedas pagar la cédula militar que te salva de hacerlo), aliado con la iglesia, la más peligrosa de todas, país que te obliga a callar y entrar en su esquema mafioso, vendido, esclavizante, narco, represor y generador de pobreza, llevar arte con su mensaje de pureza y con su enseñanza de contraculturalidad no alcanza, también hace falta ese arte que lleve mensajes de subversión, ese arte que se involucre más en el fango de la realidad, en el fango del marginado, del oprimido, del reprimido.

La dirección es clara: llevar el teatro a esas contraculturas. Hemos podido observar que aunque el teatro no exista la gente aun posee memoria histórica sobre ese lenguaje y por lo tanto necesidad del mismo. Hemos visto también que esto se da con mucha más fuerza en los pueblos chicos, mientras más pequeños mejor. Allí todo adquiere más sentido, la comunidad no está fragmentada, existe una cohesión fuerte entre todos los que la habitan. Hemos hecho funciones en pueblos perdidos y hemos visto como se acercaban las familias, los ancianos, los niños, los padres manchados de trabajo, las madres manchadas de hogar, los hemos visto encontrarse, reunirse, mostrarnos afecto, respeto, gozar con el teatro de una manera profunda. Hemos actuado en ciudades y ahí hemos pasado desapercibidos, como otra cosa más, quizás hayamos dejado algo en alguien pero pronto ha sido devorado por la fragmentación y desarticulación propia de las ciudades, lo que hayamos dejado se ha diluido, se ha perdido en el vértigo y la incomunicación.

Un teatro que intente luchar dentro de esos marcos debe saber que la calle es su lugar, que Latinoamérica está en la calle, allí está su riqueza, su expresión, su rebelión. Un teatro que lucha por Latinoamérica debe saber que también hay otras personas peleando por lo mismo, por lo tanto debe saber y estar decidido a aliarse con esas personas y ser parte activa de sus procesos, aunque se difiera de la forma de lucha, sabiendo que la batalla, en sus múltiples formas, en nuestras cabezas, en la de los latinoamericanos marginados a la pobreza y la injusticia, persigue la paz.

Nos queda Venezuela, creemos que allí el poder del estado está al servicio de las contraculturas, creemos que allí se está peleando por el socialismo latinoamericano, vamos a ver si es cierto, sacrificamos una buena oportunidad en Colombia, dejamos pasar ese tren que no se sabe si pasa de nuevo. Veremos. Pase lo que pase no hay arrepentimiento, son los riesgos que hay que tomar… luego regresaremos a nuestra tierra… allí se verá… si viene otro viaje ya será teniendo un buen panorama de Latinoamérica, ya será de otra manera, deteniéndose en las comunidades, generando allí teatralidad, aliándose con los que luchan desde otro lado…

Por ahora voy a terminar este pucho.

Atrás suena Toto La Momposina.

Este es el último pueblo de Colombia que pisamos antes de cruzar a Venezuela.

Sobre la ventana lo veo allá abajo, dormido, con sus luces, sus solitarios, los que vuelven de alguna rumba o de alguna guerra.

Pienso en Laura, en el teatro, en mi familia, en mi próximo destino.

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