La Gira duró un poco más de 7 meses. Hicimos alrededor de 140 funciones. Recorrimos Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. La vuelta fue rápida, bajamos por Brasil y Bolivia en tres semanas. En la calle actuamos en plazas por sobre todo, pero también en parques, en calles cortadas, en canchas de fútbol, en paseos, en veredas, en semáforos, en anfiteatros, en patios de escuelas. En espacios cerrados actuamos en bares, pubs, bibliotecas, aulas de escuelas y hasta en un museo. Por lo general las funciones de plazas reunían a un promedio de 150 personas; casi siempre el público era popular. La mayoría de los lugares en los que estuvimos eran pueblos pequeños. La mayoría de las funciones que hicimos fueron la primera experiencia teatral para la mayoría de las personas. En la mayoría de los pueblos era la primera vez que se hacía una representación. Durante todo el viaje vimos muy pocas expresiones teatrales. En Chile, Perú y Ecuador la policía no dejaba actuar en espacios públicos. En Colombia y Venezuela estaba todo bien, salvo algunas excepciones en Colombia (Medellín y Cúcuta, ambas ciudades). La mayoría de las funciones tuvo muy buena acogida. Las peores fueron en Chile. En la mayoría de los lugares nos quedábamos una semana, algunos tan sólo un par de días; en Pamplona (Colombia) un mes y en Quito dos semanas. Casi siempre dormimos en el remolque (en todo tipo de lugares, los más repetidos frente al mar o en estaciones de servicio); en Belén de Umbría (Colombia) en una casa de familia y en Pamplona en una casa de artesanos. En Venezuela siempre en hoteles, ofrecidos por los gobiernos revolucionarios. En Chile nos cocinamos siempre nosotros, en los otros lugares comíamos en la calle, en los mercados populares o en bares populares. El auto hizo más o menos 20.000 km. Se rompió una sola vez, nada grave, una homocinética, luego detalles (mangueras, correas, focos, etc.). Atravesamos ríos, montañas, valles, quebradas, llanos, selvas, desiertos, costas, sierras, sabanas. Conocimos mucha gente, muchas realidades, muchas historias. Vimos y padecimos mucha pobreza. Vimos y padecimos mucha injusticia. Saboreamos de la música popular. Fuimos parte de serenatas, cumpleaños, fiestas comunitarias, carnavales, manifestaciones, rumbas, ferias. Encontramos algunos paraísos. Tuvimos nuestros amores, nuestros amigos, nuestros encuentros, desencuentros, peleas, gratificaciones. Dejamos puertas abiertas.

Partimos el 6 de enero y regresamos el 14 de agosto en un auto, un escort modelo 91, con un remolque atrás en donde llevábamos nuestro hotel y todo nuestro equipaje. Se nos sumó Natalia con su proyecto y de a poco se fue integrando al nuestro. Salimos sin contactos, sin funciones compradas, sin auspicio de nadie, no nos interesaba; partimos desde la nada, haciendo honor a nuestro nombre: DeLaNada, movidos por objetivos más fuertes y sanos. La calle era nuestro escenario predilecto. Llevábamos muy poca plata, la necesaria para alguna urgencia o para volver rápido. Tuvimos que sobrevivir con el teatro. Esta necesidad, sumado a que la calle era nuestro escenario y a que no viajábamos por reconocimiento ni por dinero, hizo que la experiencia fuera fuerte, muy enriquecedora, única… nos permitió impregnarnos de Latinoamérica de una manera genuina, profunda, orgánica, pues allí estábamos en pueblos perdidos llevando el teatro a lugares donde no existía; allí estuvimos sobreviviendo, gambeteando la ley, ocupando y transformando espacios, sumando gente, luchando con esta poderosa arma, la del teatro y la resistencia cultural.

Es sobre este aspecto que quiero detenerme para concluir nuestra experiencia del viaje, pues el tema de la resistencia es clave dentro de nuestra identidad latinoamericana y es lo que estuvimos haciendo durante nuestro viaje: plantear otro tipo de relación entre el arte y el público, entre el arte y el pueblo, entre lo cultural y el poder.

La opresión en Latinoamérica, la que padecemos hoy día en todos nuestros rincones, surgió cuando una sociedad atrasada, repleta de bárbaros y exponentes de una cultura que estaba muriendo, tuvieron el terrible orto de desembarcar en nuestras costas y traer con ellos sus conceptos de civilización.

Se inician 500 años de exterminio, dominación, genocidio y barbarie. Se inician 500 años de resistencia.

Esta cultura dominante fue mutando. A medida que conquistaban el mundo los amos se iban cambiando de ropa: se acostaron con la corona en la cabeza y los títulos bajo la almohada, un buen día despertaron vestidos de burgueses con proclamas de justicia e igualdad y ya al atardecer vestían de traje y corbata, llevando en sus manos maletines con coimas y acciones. Siempre estuvieron con la iglesia ortodoxa lamiéndoles el culo. Siempre fueron exponentes de la cultura europea, la peor, la que se quería blanquear, la que hablaba con la pólvora, la carroñera, la de la inquisición, la del miedo como forma de control, la de la esclavitud, la genocida, la que se apoderaba de los inventos extranjeros, la que arrojó a la poca gente civilizada que tenían en su seno y que por supuesto no eran europeos si no más bien árabes, africanos o asiáticos…

La bandera de la resistencia también fue variando, primero y por mucho tiempo la llevaron los pueblos originarios, luego a medida que se fueron mezclando la llevó el mestizaje. Casi siempre la resistencia fue popular, es decir, si bien tenían líderes eran una sola voz: la del oprimido, el pueblo. Muchas veces el pueblo triunfó pero nuevamente fue hecho mierda, muchas de esas veces por traiciones.

Aquí se mezclaron todas las razas del mundo. Aquí nunca el poder pudo lograr el exterminio de las contraculturas. De allí la riqueza de Latinoamérica y su poder para pelear por una forma de vida más sana, justa y libre, imposible de conseguir en culturas ya muertas hace rato, necesarias de anular para poder superar esta etapa histórica.

Hay dos tipos de resistencias, por un lado las blanditas, las que pelean desde adentro y transan con el enemigo, y por otro lado las revolucionarias, las que proponen formas más extremas. Ambas comprenden que el sistema dominante debe ser transformado, la diferencia se halla en cómo luchan para lograrlo. Muchas de las resistencias blanditas terminan siendo compradas o asfixiadas por su debilidad; muchas de las resistencias revolucionarias se desorientan, se aíslan y/o se extinguen y terminan siéndoles fieles al enemigo. Todas las luchas apuntan de alguna manera u otra a tomar el poder. El poder no es el estado, el poder es el sistema socio cultural de relación que utiliza el ser social para coexistir. A nivel macro y situándonos en nuestro contexto, tomar el poder significa como primer paso conseguir el aparato del estado y luego desde allí batallar para generar el verdadero poder popular, aquel que ya ni siquiera necesita del aparato estatal para existir sino la propia organización popular en otros términos y condiciones.

Hasta tanto no se tome el poder el sujeto debe decidir si lucha o se abandona. Luchar en ese contexto es resistir, abandonarse es militar para la clase dominante. Resistir es tomar el poder, al menos en el micro contexto. Resistir es muy difícil, es moverse con otros códigos dentro de un contexto en donde se valoriza, premia y estimulan otras actitudes y formas que se vienen machacando por la seducción, la fuerza, la sangre, la cruz, la extorsión y otras vilezas más desde hace varios siglos. Dentro de los que resisten hay de todo tipo. Los más comunes son los que transan, es decir, los que viven de acuerdo a los parámetros de la cultura dominante pero a la par encuentran huecos para plantar la semilla de la transformación, no sólo encontrando sino también generando micro espacios más sanos y manteniendo la llama encendida de la conciencia y la transformación, a la espera activa de los que puedan lograr una revolución de alcances más profundos: los que no transan. En algunos casos las resistencias dependen enteramente de un grupo de vanguardia que lleva la bandera del pueblo en sus batallas y después se vuelca hacia abajo; otras veces son realmente masivas en donde todo el pueblo sale a tomar el poder.

Las revoluciones nunca fueron “pacíficas”. La teoría del Che aun no se ha rebatido. Si bien en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador lo están intentando ser (y creo que son los únicos casos), aun no se logran los otros pasos que signifiquen realmente que el poder está en manos del pueblo. Yo creo que tarde o temprano el uso de las armas para definir quién tiene el poder se hace presente pues la lucha de clases es fatal por su propia dialéctica. La “negociación” retarda dicha confrontación, pero si en algún momento, por más de que sea reformista se pretende llegar a la transformación cabal del sistema, el duelo por la subsistencia de clases se va a dar y no en términos pacíficos. Si no se ha dado hasta ahora es porque las revoluciones aun no han llegado demasiado lejos y porque el imperio tiene el ojo por ahora puesto en otro lado.

Antes de seguir avanzando definamos lo que es el “pueblo”.

La división de clases es un tema complejo. Podemos dividir al tejido social en clase dominante y clase oprimida. La clase dominante es la que se encarga de sostener la cultura neoliberal explotadora y colonialista. Tiene varios escalafones dominados por el concepto estricto de jerarquías. La clase oprimida es aquella que sufre la exclusión y barbarie de dicho sistema social. Esta es la clase popular. También tienen varios escalafones pero no tan marcados en términos de jerarquías como la clase dominante. En la clase popular se mezclan los netamente excluidos y los que andan con una pata adentro y otra afuera. La clase media es un claro ejemplo de esto, clase que debe convivir con la opresión y con la burguesía, clase de por sí reaccionaria pues también desea mantener su pata adentro e inclusive meter la otra, pero también a veces transformadora: cuando inclina la balanza hacia la que tiene fuera del sistema.

La riqueza de la clase popular es que justamente por tener una pata afuera, se haya de cierta forma al margen de la lobotomización que el sistema impone y necesita de su rebaño, margen en donde perviven elementos del mestizaje latinoamericano: formas de relación (con los demás, con la naturaleza, con el más allá y consigo mismo) y expresión más sanas, más sabias, más lúcidas, con más sentido, identidad y libertad. El sistema apuesta a que la misma exclusión los asfixie, a que la represión los asfixie, a que la lumpenización los asfixie. En parte lo logra. Se ve mucho en las ciudades, pues allí se concentra el poder. Allí se ve como el poder asesina gente, los arroja a la periferia, los encierra, los fragmenta, los hace matarse unos a otros por drogas, por hambre, por rivalidades, porque sí… esto es lo que más le gusta al sistema: le sale más barato.

Pero hay algo en los seres humanos, algo que hace que aparezcan cosas como el morocha, como las murgas, como los barrios de pie, como los pueblitos y sus puertas abiertas, su solidaridad; hay algo que hace que mucha gente baile cumbia, coma humitas en chala, le convide sal a la vecina, riegue la plantita y conquiste a una chica en alguna serenata; algo hay que a veces hace que aparezcan movimientos contra la minería contaminante, contra los terratenientes, contra la música pedorra o contra los caudillos del sistema; algo hay que a veces hace que aparezca alguien como el Che o el comandante Chávez. Es la vida que lucha contra la muerte… es la vida que palpita en la resistencia. Pensemos que en este contexto si no hay dialéctica, por más de que nos hagan mierda, no hay posibilidad de transformación. Para que haya dialéctica es necesaria la resistencia y luego la revolución. La resistencia para saber que otra forma de vida más sana es posible; la revolución para tomar el poder y hacerla parte de todos. La resistencia para transformar, la transformación para seguir de la mano de la vida, esa que sigue mutando.

Llegará algún día en que el ser humano encuentre la sabiduría para superar el término de dialéctica, hacerla más sabia, menos violenta, más trascendental. Quizás esta superación venga cuando dejen de existir opresores, visión que el pueblo debe madurar en su conquista de poder para no caer en errores históricos… mientras tanto hay que luchar.

Abramos el telón, o mejor dicho, como es en la calle, convoquemos al ruedo.

La resistencia en el teatro es un caso muy especial.

El teatro de por sí es un lenguaje de la resistencia, está muy lejos de ciertos elementos que el sistema toma para hacer mierda las expresiones artísticas: el teatro no se almacena, no se puede reproducir ni masificar. Por el contrario el teatro plantea el encuentro, el ritual, el momento presente. Pero así y todo el teatro es el lenguaje artístico menos triunfante en la cultura dominante y también en las culturas populares. Dentro del sistema vemos salas vacías, cerradas, solamente presentes en las grandes ciudades. Esto es debido a su lenguaje netamente contracultural y a problemas en su evolución histórica que han producido una evolución caótica, fragmentada, sin conocimiento acumulado, sin un profundo y genuino enriquecimiento histórico (a diferencia de la música donde esto sí se logró). El teatro tampoco es un lenguaje popular pues los pueblos no lo utilizan para recrear sus culturas (la música nunca perdió su puente popular, por esto hoy en día puede sobrevivir con elementos de pureza y sentido, siendo que es un lenguaje que sí va de la mano de muchos elementos que el sistema toma para hacer mierda a los lenguajes artísticos).

El alejamiento del teatro de los pueblos es debido a varios factores: quizás el más fuerte sea que el teatro popular plantea el encuentro en escenarios callejeros y públicos, escenarios que de a poco fueron ganados por el sistema y resemantizados dentro de una cultura que lo que menos desea es el encuentro genuino y libre del ser social: calle solamente para ir al laburo, la calle para desencontrarse, la calle llena de máquinas, la calle ultra controlada, la calle represiva, gris, estéril. Pero así y todo esto no hubiese bastado para aniquilarlo pues las contraculturas han podio preservar algo de ese encuentro en las calles, ha influido también en dicha escisión su evolución caótica, su dificultad para generar conocimiento acumulado, su incapacidad de comunicación técnica que facilite su aprendizaje y transmisión y su traslado a salas por la burguesía, traslado del que no se pudo recuperar y que en cierta forma le hizo perder sentido pues allí se lo fragmentó del espacio público bajo valorizaciones burguesas, separándolo de las clases populares (quiero detenerme en la separación del teatro de sala y del de calle, porque quizás se esté dando a entender que el teatro de sala por su sola condición es un teatro decadente y no es así. Los factores de decadencia se hayan en otros aspectos y atraviesan de manera similar a los dos tipos de teatro, a excepción que el de sala se haya más vulnerable a dichos embates por la fragmentación que propone del pueblo como espectador).

Viajando pudimos ver que la calle está más viva en otros lugares, sobre todo en lugares donde el mestizaje es más fuerte, pero más aun en los pueblos chicos en donde el encuentro es más viable. En las ciudades los espacios ya no son tan puros, están fragmentados, ultracontrolados, llenos de seres ya atrapados por la lógica del sistema; allí sos un número más, una atracción más que debe competir con las otras, un lenguaje que tiene que apelar al “virtuosismo” o la forma vacía para atrapar sino vas frito.

En los pueblos el teatro cobra sentido, las personas no están aglomeradas, la comunicación es más viable y sana, los espacios no están fragmentados, las plazas principales son el lugar de encuentro por antonomasia, allí convergen todos, allí se suceden las cosas importantes, las del pueblo y las del sistema, allí está el mestizaje, allí es donde se lucha, plazas de los mercados, de las rumbas, las conquistas, del paso obligado, de las barras, de los eventos, de las manifestaciones.

El teatro no logra la resistencia (ya sea el de sala o el de calle, pero más el de sala por estar, repito, en una posición más “vulnerable”), debido a que ya sea por ignorancia, conformidad o debilidad se sujeta a valorizaciones y formas de hacer y de ver al arte propias del sistema dominante (el de sala además de tener la influencia histórica burguesa, jerarquiza y fragmenta su alcance por trabajar en espacios aislados del contexto y por cobrar entradas) o cae en otro error, contrapuesto pero que termina haciendo el mismo juego: creer que el teatro revolucionario debe ser un teatro de propaganda, panfletario, un loro repitiendo consignas que termina por alejarse del sentido, aburriendo a las personas que pretende ganar.

Si bien el teatro no es rentable pues como dijimos anteriormente es un lenguaje imposible de masificar, eso no significa que los teatreros no persigan dicha rentabilidad dentro de los cánones neoliberales, produciendo su dependencia de valorizaciones decadentes. La idea de rentabilidad los atraviesa de múltiples formas, ya sea en talleres mercantilistas por parte de cierta selección de actores que los dictan, ya sea por el alquiler hasta usurero de espacios a otros grupos o por perseguir atarse al papá estado perdiendo iniciativa, libertad, conciencia; pero lo más común y en donde a su vez se cruzan otros elementos es en el tipo de productos que realizan. En ellos se prioriza a los mismos por sobre el proceso y se busca además que sean vendibles apelando a distintas estrategias propias de la lógica decadente.

Este teatro, por su necesidad de lucro y viendo que no es rentable, apela al estado para cubrir algunas necesidades. Su vinculación siempre es para “engancharse” con los múltiples subsidios que el estado otorga. El estado, en casi todos nuestros países latinoamericanos, a excepción de los que están produciendo cambios de raíz, van de la mano del poder decadente que analizamos anteriormente y por lo tanto son estados que van a actuar acrecentando la idiotez en todos los ámbitos. Con respecto al teatro, el estado burgués lo que hace es repartir migajas de manera injusta; migajas porque dicho estado no valora al arte y menos al teatro, sus enfoques aunque a veces vienen disfrazados de desarrollo socio cultural no son más que enfoques mercantilistas, y la forma de distribuir sus migajas, siendo que no “alcanzan para todos”, es a través de cierto tipo de competencia que hace daño a una integración genuina; competencia desaforada que da origen o alimento no sólo a la desintegración, sino también a casos de corrupción, de transas y coimas. Por otro lado el estado de los gobiernos revolucionarios, si bien no son enemigos como los estados entreguistas, siguen reproduciendo elementos negativos en sus formas de vincularse con el pueblo a través de políticas culturales muchas veces desvirtuadas ya sea por la burocracia, cierto stanilismo idiota o ausencia de creatividad o de estrategias para llegar al fondo de la cuestión.

El teatro que produce resistencia también existe. Son pocos, y la mayoría de estos pocos son resistencias débiles, es decir, que transan para sobrevivir, pero que al menos logran preservar otro panorama. En estos teatros pueden verse otro tipo de objetivos que materializan otro tipo de relación grupal, social y cultural. Así vemos teatros que priorizan los procesos por sobre los productos, teatros que priorizan cierto tipo de función social, teatros que buscan en sus dinámicas de grupo elementos más saludables de relación, teatros que rescatan códigos más genuinos, teatros que investigan, que no andan llorando migajas ni aplastando cabezas para conseguirlas, teatros que cooperan y no compiten, teatros que generan proyectos con sus comunidades…

El panorama de resistencia teatral en Latinoamérica no es bueno, parece ser un arte destinado a ir a la retaguardia, tomando los caminos que adelante se van trazando. Pero el panorama de transformación social que se está viviendo está bueno, sólo hay que decidirse, nada más fácil, nada más difícil: ser un instrumento pasivo de la cultura decadente que masacró y masacra pueblos enteros, o tomás partido compadre y como sea resistís, no importa si por el día tenés que salir a sobrevivir bajo la noche del sistema, hay huecos para leer y para escribir, huecos para educar a tus hijos en la libertad y la conciencia, huecos para no transar, para investigar, para salir y abrir los ojos, para salir a actuar y no ser un objeto, para resistir y no ser parte de la decadencia que expande la cultura dominante, para vivir y no sólo sobrevivir con las mentiras que el sistema propaga para mantener la ilusión de la vida que ellos crean…

De eso se trató nuestro viaje, salimos y convivimos con la realidad latinoamericana, siendo parte de las dialécticas socio-culturales de los pueblos que abordábamos, de la pureza, la sabiduría, la lucha y la fuerza de nuestra identidad, esa que resiste los embates de la estupidez y la destrucción, esa que plantea vida, esa que nos abre el corazón, la mente y los ojos y además te pone un arma en las manos, la que sea, para luchar contra la muerte que encuentra múltiples formas de anularnos.

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