-¡En Getsemaní!

-¿Dónde?

-¡Getsemaní, en la calle de la media luna!

-¿Y dónde tenemos que bajar para ir ahí?

-¡No joda! ¡En la India Catalina! Luego camina to’ hacia allá.- Alguien completaba esas palabras señalando con sus labios en una dirección bastante incierta, como se acostumbra acá. tres1

A nadie parece importarle mucho ninguna cosa en Cartagena. Eso se transmite en cada movimiento, en cada respuesta, en cada risa. Pero recién llegábamos y, como en todos lados, el que recién llega sólo ve una mueca superflua de esa sociedad. Es necesario adentrarse en ella para develar sus verdaderos motivos. Para establecer sus mezclas, sus desigualdades, sus frustraciones, sus orgullos, sus costumbres, su pasado, todo aquello que compone la idiosincrasia de cada cual. Una buseta nos acarreaba por una concurrida avenida sin nunca llegar a ningún lado. Hasta que al fin, todos nos empezaron a gritar diferentes cosas para que bajemos. De pronto, todos estaban al tanto de nuestra situación. Bajamos con el estruendo de todo nuestro equipaje. Y por unos segundos nos quedamos ahí, contemplando la muralla grande y antigua que recubre la ciudad. Un imponente muro lleno de cañones oxidados, tosco y despojado de sutilezas, como sus creadores. Los gritos de la gente y el calor exagerado nos hicieron despegar. Nos cargamos como mulas y comenzamos nuestra incierta caminata. Una cuadra después ya habíamos transpirado como en un partido de futbol. Varias cuadras y de pronto, colectivamente, nos asentamos. Difícil especificar por qué debía ser exactamente allí, una esquina de veredas muy estrechas, con dos tiendas llenas de gente, con un fluido constante y ruidoso de taxis y motos. Sería que ya estábamos en Getsemaní, o que no dábamos más, o cualquier otra cosa. Pero nada explicaba con precisión por qué nos habíamos parado en la esquina en la que viviríamos todo este tiempo, y desde la que hoy mismo les enviamos este informe. Ni siquiera sabíamos si nos quedaríamos una semana, o dos, o quizás más. Cartagena se nos presentaba inquieta, caliente y desordenada. Unos minutos más tarde ya subíamos la escalera de entrada junto con Luchi, la vecina encargada, y alquilábamos a buen precio un departamento antiguo, vacío y luminoso. Nos vienen ocurriendo cada vez más estas sincronías.  Y nos es de extrañar. Los intentos colectivos vienen provistos de una fuerza y un tino que los individuales no conocen.tres2

Luchi grita mucho por las mañanas, también lo hace en otros momentos del día. Pero prefiere el horario de la madrugada, cuando sus tres hijos se disponen a irse al colegio. Luna, hermosa y suspicaz, Mateo y Santo. Los tres dicen que van a ser policías, casi única oferta tramposamente decente del gobierno de turno para los jóvenes colombianos. Luchi nos levanta la voz y nos putea, a veces hasta nos golpea un poco. Pero nos adora. Le trajimos frescura y sonrisas a su vecindad de viejas chismosas. Ella aún es joven, se resiste a esa realidad. Afortunadamente.

En unos días, ya habíamos comenzado a montarnos en el ritmo de esta ciudad dislocada y estruendosa, emporio histórico de la esclavitud española en América. El calor tremendo lo equilibramos a fuerza de frutas todas las mañanas, la falta de dinero inmediata a fuerza de semáforos y la sed de conocer a fuerza de meternos cada día un poco más por las callecitas de Cartagena y mezclarnos con su gente.

Hemos pensado muchas veces, al contemplar la muralla, en aquellos combates por sostener el puerto.  Los corsarios ingleses y holandeses empecinados en su sed de oro y poder. Los españoles agarrotados como un quiste tras sus murallas, sosteniendo su burda conquista. Y siempre los mismos castigados. Los pueblos originarios desplazados y masacrados. Los africanos arrancados de sus casas y traídos como bestias, hacinados en bodegas de barcos, sucias y oscuras, de las cuales dudosamente era mejor sobrevivir para un futuro de látigo y esclavitud.

Pronto empezamos a hacernos ver. Primero Las Costureras, siempre desmalezando los malos humores. Luego la acción metódica y constante de Caro en los colegios nos permitió realizar varias funciones programadas en diferentes instituciones educativas de la ciudad, quienes se interesaron rápidamente ante la ausencia casi total de eventos teatrales o de cualquier otra manifestación similar. Luego los queridos ruedos callejeros. Dos semanas después actuábamos en la IV Feria del libro de Cartagena. Experiencia que nos abrió nuevas puertas. Una semana más tarde presentamos Un cuento Negro en una sala teatral llamada La Reculá del Ovejo, un teatrito montado en una antigua bóveda de la gran muralla. Un sitio lleno de fantasmas. Era evidente por la energía del lugar que allí habían guardado, quién sabe, tal vez municiones para recargar los cañones o herramientas para mantener las armas, o alguna cosa similar. Una función calurosísima y de difícil convocatoria, pero una nueva experiencia acumulada para nuestro camino teatral. Cuando uno se la pasa cambiando de sitios donde se actúa es fácil corroborar que es otro gran estímulo digno de consideración cuando se quiere analizar el teatro. Es un verdadero alimento del hecho teatral el espacio real que se ocupa. La acción parece teñirse de las esencias que habitan los lugares. Y nuevamente la obra es otra, nace y muere cada vez. Y nosotros con ella.tres3

Quizás la característica fundamental de nuestros días en Cartagena fue conocer tanta gente de tantísima variedad. Diversos matices, formas de hablar y de ver la vida, tipos raros, mujeres exóticas, vagabundos de gran sabiduría, amigos, otros no tanto. La casa pronto se transformó en un lugar casi de culto. Diversas gentes venían a pasar un rato con nosotros. Conocimos al Mafia, un paisa hablador e inquieto que hasta hoy mismo nos visita. Va y viene por el barrio, lleva almuerzos, baretos, noticias, historias. Después pasaron el mexicano y su novia ecuatoriana, atrapados por las garras de la burocracia fronteriza. Pasó Holly, una estadounidense de corazón sudaca. Aquí mismo convivimos con Jessid, un argelino exiliado a patadas de su Francia-esperanza-y-perdición-simultánea. En la cuadra vive otro africano abandonado por la vida. Duerme, charla, caga, ama a sus fantasías, todo en su soledad de burbuja silenciosa. Pareciera que no se da cuenta de que a su alrededor una ciudad, una calle llena de autos, varios burdeles. Es como si sólo viviera en su interior.  Otra vuelta cayó un personaje que nunca olvidamos, Omar Pascale, argentino, coleccionista de países, viajero veloz y metódico que nos pasó como Ferrari a carreta. Ya está en México, o quizás más lejos aún. Siempre rememoramos su forma de analizar todo.

Los conocidos de la calle eran cientos, cada uno con sus rarezas. El de los aguacates, el amigo del cyber, los cafeteros, las chicas del restorán, los linyeras, las putas, los punteros de la zona. Otros pasaron sin nombres, con sus ritmos y sus anécdotas. Pero algunos llegaron para quedarse más tiempo. Un día apareció Ernesto, otro argentino. Viajaba solo haciendo dedo. Nos preguntó si podía dejar sus cosas en la casa una noche. Eso pasó hace dos meses, ahora puedo levantar mi cabeza y verlo ahí sentado. Se quedó entre nosotros. Recién acaba de estornudar como reafirmando su presencia. Unos días más tarde apareció Jorge, un boyacense delgado y provisto de un halo de misterio que, con su silencio respetuoso y su creciente participación en las cosas de los gatos,también se fue quedando. Ahora lava ropa en el patio. Más tarde volvió a aparecer Nati, la chilena con quien venimos compartiendo varios tramos del viaje. Y cada vez sumábamos más. Tanto que, hace unos días, habíamos llegado a ser quince personas. Claro, llegaron nuestros hermanos, Los Buenos de Palermo, y también llegaron nuestras amigas, Aravinda y Rowena, las venezolanas  de Proyecto Pisa-calles que el año pasado conocimos en Hato Arriba.tres4

Después de toda esta temporada de presentaciones y movimientos, de calores y experiencias, y luego de haber entablado vínculo con Guillo, un argentino radicado en la ciudad, nos fuimos a conocer su finca en la que estaba montando una pequeña reserva y un parque turístico. Allí, días más tarde, se realizaría un festival por el medio-ambiente, al cual estábamos invitados. Y en el que, finalmente, participamos presentando nuestras obras. Pero lo más interesante de toda esta experiencia fue el hecho de irnos a vivir allí varios días antes del evento. Vivíamos en una pequeña cabaña circular, colgados de hamacas y de humaredas.tres5

Todos los días pintaba la guerra de barcos en el laguito del parque. Tomábamos las canoas y los kayaks y nos disponíamos a hacer naufragar a los otros hasta las últimas consecuencias. Claro, esas pequeñas embarcaciones son fáciles de hundir. Todos terminábamos naufragando en carcajadas arrastrando los barquitos hasta la costa de barro y subiéndonos al muellecito a contar las particularidades de la batalla librada aquél día. Aunque a veces hacíamos treguas y nos íbamos a charlar bajito en el santuario de las iguanas mientras nos apaciguábamos con las bocanadas. O en la sala de los camalotes. Lugares que eran aún más mágicos por nuestro juego y nuestra ilusión.

Más tarde, terminando Junio, satisfechos de nuestra estadía en Cartagena, partimos hacia Santa Marta, ciudad costera situada hacia el oriente de Barranquilla. Allí llegamos primero los que nos habíamos ido a dedo por la ruta. Y otra vez, nos quedamos en el medio de la ciudad sin saber que estábamos exactamente en la esquina de la casa de doña Julia, la que nos albergaría aquellas semanas. Otra vez las sincronías. Aquella era una antigua casa familiar muy humilde, pero muy orgullosa de estar ahí desde quién sabe cuándo. Doña Julia había nacido allí. Y luego sus hijos. Y ahora sus nietos. Y ahora todos vivían ahí. Todos menos el finado, aunque quizás también. Nos instalamos en las dos habitaciones del fondo del patio largo de tierra apisonada que a todos nos recordaba a alguna casa de nuestros respectivos pasados.tres6

Las heridas cuestan mucho cicatrizar en estos lados. Cualquier tajo, o picadura de mosquito rasqueteada fuertemente con las uñas, cualquier cosita, rápidamente se transforma en un hábitat infeccioso. Una quemadura fácilmente se va de control y se convierte en un absceso interno al que hay que maltratar con anti-bióticos a discreción. La conjuntivitis de alguien con velocidad se vuelve colectiva. Es claro que uno debe andar claro y despierto por la vida. Aquí las manifestaciones físicas son rápidas y exageradas, como todo es aquí, como la gente, como el clima.

En Santa Marta nos presentamos en el malecón de la bahía que termina en el puerto bien abierto y visible, allí donde estacionan como coches, enormes barcos cargueros, colosos transportadores del mercado liberal. En un círculo que compartíamos con un triste payaso que lo primero que hacía era pasar la gorra y luego, cómo explicarlo, nada similar al entretenimiento o la distención. También con un cuentero que se pintaba de blanco la cara buscando quién sabe qué efecto. Y con un talento del contorsionismo, el Hombre Elástico, un personaje sonriente que ya no necesita entrenar más para doblar sus piernas como mangueras de goma, incluso se da el lujo de comenzar en frío luego de tomar un café y de fumar un cigarrillo. En aquél círculo las obras se llenaron de risas y de aplausos. Y de tanto impulso pudimos sacar de la maleta nuestra querida Libres Lombrices. Finalmente tuvimos la oportunidad de volver a presentar Un cuento Negro en una sala. Aunque, confirmando el desinterés general de la gente de la costa en cuestiones artísticas o eventos culturales fuera del vallenato o la salsa, y a pesar de haber sido publicado en el diario con resaltada importancia, la convocatoria fue pobre. Pero ahí sucedió de nuevo la magia de entregarnos a la obra, y en ese instante todo se justifica.

Más sincronías en esta nueva ciudad, más popular, más de barrios. Exuberancia de encuentros. Los personajes de la casa, tremenda combinación. Allí hay material para una gran novela de realismo mágico. Quizás en cada casa de aquellas lo haya. Doña julia, la comandante, una vieja de carácter fuerte enfocada absolutamente en los asuntos de su hogar, y en nada más. Su hija pegada, Margonia, una niña de casi cincuenta años que acude cada día a la iglesia evangélica de la cuadra y toma pastillas que le da el doctor. Nunca se alejó de la mirada de su madre ni se escapó con algún hombre. El otro hijo, con sus dos esposas que se turnan y sus tantísimos hijos. Los niños jugando allí y regalando su alegría a la casa. Y Luis, el huésped de la piecita de atrás. Un tipo aplastado por la soledad, con su habitación metódicamente dispuesta y su radio siempre encendida, que sale a hacer sus cosas a las cinco de la mañana y luego deja pasar la vida sentado de la misma manera en el mismo lugar.  También conocimos a Pedro, un hombre excretado por Hollywood que antes era su vida y su norte, con los riñones magullados por grandes estrellas del cine. Y con sus fotos viejas, único vestigio de su “exitosa” vida. También nos cruzamos con aquel poeta desconocido y alcohólico que nos regaló sus palabras en un papelito. Con Lucho, el rastaman argentino, tímido cuando habla desenfrenado al cantar. Conocimos a más y más gente. Nos llenamos de nuevas historias en nuestros interiores. Qué enorme satisfacción.tres7

Aquellos días los mechábamos con algunas visitas a Taganga, pueblo pesquero situado en una suave bahía de lomas áridas, preludio a la sierra nevada de Santa Marta, cordillera solitaria y mítica. Finalmente, justo después de que llegaran todos nuestros amigos, nos fuimos a conocer el Parque Natural Tayrona. No teníamos mucho tiempo. Tampoco preparación para vivir mucho tiempo en la rusticidad de lo que no ha mancillado el hombre. Mucho menos teníamos el dinero para pagar la fortuna que te exigen entrando oficialmente. Entonces nos fuimos a la punta del parque, una playa paradisíaca que apenas termina da espacio al bosque tropical que no deja de extenderse hacia las alturas cubiertas de nubes, más allá. Un río arenoso y transitable moría allí mismo dibujando el límite político de la reserva. Por ahí entramos. Y así disfrutamos algunos días inmersos en la curación de la naturaleza. Un mar bravo  e impenetrable, senderos, cocos y mangos en abundancia, monos, aves, ardillas, fuegos,  silencios.

En otro orden de cosas y para ir cerrando este informe que se nos ha hecho extenso, queremos contarles que en todo este viaje nos acompaña una bronca creciente. La bronca de los argentinos, la de los latino-americanos. En simultáneo hemos asistido a los últimos acontecimientos políticos de dos países, los de Colombia por estar viviendo aquí, y los de Argentina por ser nuestra esencia y nuestra casa. Permaneciendo en este gran país hemos aprendido mucho sobre la historia de América. El conflicto bélico que se libra aquí es tan complejo y tan saturado de intereses extraños al pueblo que es difícil de abarcar. Una guerrilla desvirtuada  en sus principios y sospechosamente encaprichada en determinadas decisiones que ya no parecen favorecer a nadie, un gobierno financiado y dirigido por EEUU, violento y práctico en los asuntos de la guerra, riesgosamente cautivante para la masa, decidido a instaurar de una vez por todas el monopolio neo-liberal de todos los recursos locales. El negocio de la guerra en cada rincón, soldados con fusiles yankees e israelíes, modernas publicidades, marchas programadas por TV, grandes operativos mediáticos y el halo maniqueísta de ser o no ser. Ese típico concepto imperial “los que no estén con nosotros estarán en contra” que acalla el disenso, que reduce la libertad de elegir a un triste A o B, que polariza los conflictos para quedarse con todo, que trae la firma inconfundible de la CIA, se está expandiendo por todo Latino-América. Y es muy peligroso. Pareciera que los conflictos terminan resolviéndose en la televisión, o en los diarios, o en internet, como un gran reality show. Entonces siempre termina ganando el dueño de los medios. Es necesario abrir el entendimiento y conocer las vicisitudes de toda la región para descubrir la simultaneidad de las problemáticas desatadas en todos nuestros países, y dudar, no comprar las noticias tan baratas y tan aisladamente. Mienten metódicamente, saben lo que hacen, tienen objetivos bien claros y bien perversos. Son profesionales del dominio. En todos lados el mismo fantasma, amigo de Bush o terrorista, Kirchnerista o a favor de que los ricos del campo se enriquezcan indiscriminadamente a través del monocultivo transgénico de soja mientras devastan las selvas y los suelos argentinos para obtener riquezas que se fugan como siempre lo han hecho, con Chávez o contra él, con Evo Morales o desmembrando Bolivia en dos partes. Nos ha marcado todo este tiempo, como a todos los latino-americanos, los sucesos a los que hemos ido asistiendo. Y nos duele en lo más profundo el gran engaño a nuestro país. La nueva gran derrota del pueblo, no la de los kirchner, la del pueblo. La de los verdaderos campesinos humildes que deberán seguir luchando contra el monstruo multinacional Monsanto, la de las vecinas que agarraron la cacerola para defender lo que el noticiero les ordenó, la de nuestro hábitat cada vez más inhabitable.tres8

Hoy hemos vuelto todos a Cartagena. Estamos de nuevo en la misma casa. Pero ahora somos mucha gente. Claro, no hemos vuelto por capricho, venimos con un objetivo concreto a este puerto. Estamos intentando, aunque no es nada fácil, cruzar a Centro-América y poder continuar nuestra aventura hacia el norte. No sabemos lo que hay delante. Nos sentimos afortunados por eso, porque esa simple realidad de aceptar la ignorancia innata por el futuro que traemos, nos sitúa en un lugar de liviandad y despojo que permite el vacío necesario para que nuevas cosas lleguen.  Le estamos enormemente agradecidos a todos los que a nuestro paso nos apoyan, nos colaboran, nos enseñan, se suman. También a los que, desde lejos, nos envían siempre su fraternidad y su brazo amigo.

No nos queda más que abrazarlos y transmitirle nuestra enorme felicidad de compartir esto. Muchas gracias por acompañarnos y por aguantar nuestras historias.
Hasta el próximo momento.

Galileo Bodoc

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