“Me duelen particularmente los afectos. Creo que muchas cosas se hacen a partir de los afectos. Detrás de la genialidad que puede haber atrás de tal o cual dramaturgo, lo que hay es una necesidad afectiva; no lo dice, pero quisiera que las cosas hubieran sido de otra manera. Los afectos están, generalmente, conectados con la sangre y la sangre es como o el combustible que echa a andar, es una energía. Para mí eso es fundamental. Y la memoria es un tema recurrente porque se emparienta con el mundo de las mentiras. Yo siempre digo que escribo por lo desarmado que estoy. Por eso aparecen esas estructuras en mis obras, porque eso es parte de mi historia.” Arístides Vargas

 

 Arístides Vargas (1954) nace en Córdoba, vive en Mendoza hasta su exilio en 1976. Primero va a Perú y luego se establece en Quito, Ecuador, donde funda el grupo Malayerba. Recién en los 90 comienza a escribir sus propias obras. Es dramaturgo, actor y director.

Esta obra la escribe en el 2007 y la dirige para el grupo Lagartija de México.

En octubre de 2014, se estrena en Buenos Aires[1] en el teatro Pan y Arte.

Los personajes son cuatro mujeres de alrededor de 50 años de distintas profesiones y no se especifican sus nombres. También hay un mesero o mozo “un tanto siniestro y oscuro”[2]. Un sofá que “es como si en medio del desierto hubiese un sofá”. Esta indicación que hace Arístides será importante porque apunta también a la soledad en que se encuentran estos personajes.

Es importante la presentación de sí mismo que hace el mesero:

“Estoy aquí pero en realidad no estoy aquí, cumplo muchas funciones pero en realidad solo cumplo una: vigilar; más tarde volveré sobre esto… Cuido, si, cuido, es otra de mis funciones, cuidar que las cosas estén en su sitio porque si las cosas no están en su sitio…, la vida se volvería inmanejable, un caos, y quién quiere vivir en un caos pudiendo vivir en el aburrimiento de los que saben que la vida es unívoca. Esto lo digo travistiéndome en mesero, mientras llegan las señoras que alguna vez fueron señoritas. Servir es un arte que pasa de generación en generación, es un legado, una manera de integrarse en una maquinaria cuyo propósito es que nadie se preocupe de nada, es que nadie se debe preocupar de nada porque para eso estamos nosotros, los que nos preocupamos de que las cosas estén en su lugar. Es difícil, requiere años de entrenamiento, una familia comprensible, y un deseo profundo de estar en el espíritu de las cosas, de todas las cosas.”

 Este personaje enigmático, siniestro en el sentido freudiano del término, quizás un personaje que representa el elemento represivo de la invasión a Panamá o lo sombrío que alude a la invasión. Estos hechos los vamos conociendo en el transcurso de la obra.

Desde el principio sabemos que hay un secreto entre estas mujeres, que hablan y a veces no se escuchan:

“1. Tengo la estúpida sensación de que lo que nos une a nosotras es un secreto.”

     Cada personaje habla con el otro y además consigo misma, reflexiona sobre cada situación. Poco a poco el relato de sus vidas aparece como lleno de tedio, parejas insatisfechas y siempre el humor y las alusiones políticas que se van desgranando como al pasar.

Una de ellas comienza a proyectar fotos:

     “1. Disparo una foto de cuando éramos nosotras y no lo que somos ahora.”

     …………………………………………………………………………………..

         “Una imagen de cuando éramos estudiantes estalla en lo blanco de la pantalla.”

En la puesta de Graham-Galarza, las fotos aparecen borrosas como las imágenes que estos personajes prefieren no recordar. O la entrada de cada una de ellas, “desde la penumbra”.

Otras veces esa falta de memoria de los hechos aparece en el diálogo a partir de la expresión “callamos”:

“1. Callamos. ¡Somos tan cómplices cuando callamos!

2 Callamos, pero es una manera de gritar; como la gente que tose y bosteza porque no están en condiciones de gritar.”

El mesero alterna sus apariciones para servir a las mujeres “con la precisión de una navaja que conoce su oficio: cortar la bruma que se sucede después de una pregunta sin respuesta”.

La conversación entre las amigas se alterna con esa presencia-ausencia olvidada:

“2. Aquí falta alguien.

Digo, mientras disparo y miro una imagen que casi no recuerdo.

…………………………………………………………………….

1 Nadie quiere enterarse de la verdad.

2 Falta alguien pero no me puedo imaginar quién”.

Estas proyecciones se realizan mientras las mujeres siguen conversando sobre sus vidas, sin, aparentemente, poner demasiada atención a las fotos. Hay una progresión en los comentarios sobre lo proyectado:

“2. Es como si alguien se hubiera muerto en la foto.

………………………………………………………

3 Falta alguien, o algo que estuvo allí y que no vimos.”

Ahora también aparece la culpa, muy diluida en la conversación que como dice una de ellas “responde a la sombría estrategia del disimulo”.

El lenguaje poético de Arístides Vargas se vuelve sutil y filoso en sus parlamentos que configura también un aire de misterio ante la desmemoria de los personajes que prefieren recordar sus juegos de niñas. La excepción es el mesero que parece tener el conocimiento y el control de lo que va sucediendo. Porque él siempre controla: “el juego no se puede descontrolar”. También marca el crescendo de la obra:

“4. No sucede nada, hasta aquí nada sucede…salvo esa foto donde parece que faltara alguien…esa…no estaba programada, tampoco hay problema, un pequeño accidente se puede tolerar siempre y cuando no se transforme en un accidente colectivo”.

La memoria como algo que va aconteciendo:

“3. Es como si alguien hubiese sido olvidado y siguiera invisible entre nosotras”:

……………………………………………………………………………………….

1 Nuestro secreto está ahí entre las imágenes que caen”:

De pronto una imagen se hace más nítida:

“2: ¿Qué es esto?, pregunto mientras la foto de un soldado y una mujer huye a la oscuridad”.

Ahora son los personajes quienes caratulan al mozo que las sirve de “siniestro”. Luego aparece nuevamente la foto del soldado y la mujer que ellas prefieren pasar de largo y continuar con sus juegos.

Vargas expone a través de un personaje el objetivo de su obra:

“1…El problema de las tragedias colectivas es que se manifiestan en pequeños dramas individuales, aunque esos pequeños dramas no tengan nada que ver, en apariencia, con las grandes tragedias colectivas…”

La foto negada se vuelve nítida. En la puesta aparece borrosa porque todavía es negada:

“2. Un soldado disparó contra una muchacha; entonces llegó su superior y le preguntó por qué lo había hecho, entonces el soldado respondió que era muy extraño lo sucedido porque por lo general esos fusiles no se disparaban solos”.

En la puesta, la imagen nítida es la de un helicóptero que marca la situación clave y la referencia a la invasión de Estados Unidos a Panamá. Y por eso todas prefieren negarla, incluso la atribuyen a “la memoria del proyector”. La memoria que ellas no quieren asumir, no lo pueden decir, prefieren pensar que es un sueño. Se exasperan y discuten para ocultar la verdad que emerge y las hace sentir mal. Aquí aparece nuevamente el mesero para apagar el proyector. Y entonces surgen otros dramas ocultos en la memoria de estas mujeres.

La alusión de una de ellas a Orson Wells y la presunta invasión marciana la lleva a evocar la invasión a Panamá y el dolor profundo que les había causado esta realidad que no era fantasía. Este parlamento doloroso termina con un grito:

“¡¡¡¡Ya no te creemos Orson Wells, las invasiones marcianas sí existen!!!”

Este conmovedor recuerdo lleva a las demás a otros recuerdos igualmente dolorosos como el maltrato del padre de una de ellas y luego de su novio, también golpeador. La violencia personal lleva a evocar la otra violencia. Las fotos se disparan una tras otra porque:

“3: El pasado hiere y alivia, el pasado vuelve a pasar.”

 La memoria aflora en ellas a pesar de ellas mismas, como en todas las obras de Arístides Vargas; aquí se va dando a través de doce escenas, más una escena trece donde es el mesero, enigmático personaje, que se dirige al público y cierra la obra:

 “4: …Cuando sean ancianas y hayan olvidado, tal vez me llamen como si lo que pasó nunca pasó. Tautología. Tautología es cuando uno dice: unas mujeres en una foto son unas mujeres en una foto que se difumina en la oscuridad de sus almas como me difumino yo en la oscuridad de la noche”.

 

La puesta sigue fielmente el texto de Arístides Vargas y va transmitiéndonos el acontecimiento de manera profunda, cala en el espectador ese juego permanente entre memoria y olvido, a partir de una anécdota sencilla pero que enfoca la acción en un sector social tan propenso a la desmemoria.

Las actrices reflejan con claridad ese mundo femenino que aparece reiteradamente en toda la obra de Arístides Vargas. Y también es un acierto la elección del actor que personifica al mozo o mesero que, en todo momento, aparece como un personaje ambiguo que acentúa su apariencia siniestra.

El trabajo de dirección de Eduardo Graham y Griselda Galarza es impecable y profundiza el conocimiento que ambos tienen sobre la dramaturgia de Arístides Vargas. Han investigado también sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá en 1989 que todavía permanece muy ignorada. Estos directores ya habían realizado una magnífica puesta en escena de Nuestra Señora de las Nubes durante el 2012 y 2013. Eduardo Graham dirigió Golpes a mi puerta de Juan Carlos Gené en el 2013 y 2014.

[1] Dirección: Eduardo Graham y Griselda Galarza. Actúan: Agustina Iparraguirre, Javier Medina, Silvia Muzzanti, Laura Piersanti, Soledad Rodríguez. Escenografía: Carolina Migliora. Vestuario: Marina Casas. Iluminación: Leandro Crocco. Producción: Beduino Producciones. Fotografías proyectadas: Pablo Garber. Foto de difusión: Graciela Galarza. Música: Grupo El Portón. Diseño gráfico: Noelia Vittori.

[2] Las citas entre comillas pertenecen al texto de Arístides Vargas.

Febrero 2015

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