Toda especie, para sobrevivir, fortalece la fuerza que la hace más apta. Nosotros encontramos en la inteligencia nuestro poder. En millones de años de evolución, la fuerza motriz que desarrolló nuestra inteligencia fue la creación. Fue ésta la que poco a poco nos diferenció del reino animal, pasando a seres que en vez de adaptarse nos pusimos a inventar. Esto hizo que el contexto adverso, inevitable para todo ser viviente en evolución, dejase de ser paulatinamente el natural para pasar a ser cada vez en mayor medida el social. En ese tránsito nos fuimos fragmentando cada vez más de los otros seres vivos, de la naturaleza y hasta de nuestra propia individualidad. Tuvimos un umbral hermoso el cual desaprovechamos: cuando el condicionante natural dejó de ser tan adverso, por primera vez un ser vivo estaba dispuesto a entrar en una dialéctica más profunda que nos hubiera hecho estar hoy en día en una dimensión totalmente inimaginable incluso para los autores más osados de la ciencia ficción, pero tuvimos que crear una nueva adversidad, la del contexto social, que nos siguió y no sigue manteniendo presos de una dialéctica que sigue causando vuelos de paralítico, guerras, colonizaciones, minorías privilegiadas, hipocresía y formas de vida lobotomizadas.

La fuerza motriz creadora se dividió, cada vez con más intensidad, en dos grandes causes: la artística, donde los hombres pudieron hablar el lenguaje de la vida y de los dioses; y la social, donde los hombres creyeron ser dioses y los únicos e indispensables seres vivos.

¿Eslabón perdido?

La naturaleza -o el tiempo-, que entiende la vida a través de la muerte, que nos ve como soplos e instantes en transformación, al desaparecer casi completamente como condicionante de la evolución (salvo por la idea matriz de que aun morimos y aún estamos a merced de sus caprichos -ideas que supongo, por la línea que estamos trazando, también van a desaparecer y otra vez nos situarán en un umbral clave para la evolución-), nos dejó con cierta libertad para que nosotros, cual estúpidos, volviésemos a crear una propia muerte, la social. La creación, en términos sociales, creó para más personas una vida mejor en cuanto a la salud, con mayor esperanza de vida y menos dolorosa en términos materiales, que hizo que en vez de dedicarse con más fuerza a ser sabios, tuviesen la panza llena para salir de vidrieras a consumir la vida.

El otro espacio donde se canalizó la fuerza creadora fue en el arte. Me atrevo a decir que es allí el único lugar donde los seres humanos hemos conseguido refugiarnos de dialécticas pelotudas, alcanzando una forma y un estado donde la evolución no ha sido entorpecida y en donde la sabiduría humana ha podido seguir volando cada vez más alto, cada vez con más belleza y profundidad. Los vaivenes sociales, las decadencias de turno y la fuerza destructora que entra en pugna en términos sociales con la fuerza opuesta, nunca han logrado destruir el desarrollo artístico. Los diversos contextos sociales han influenciado y marcado a dichas expresiones, pero nunca las han determinado. Es como una fuerza pura, el último refugio de la sabiduría que sigue y sigue a pesar de todas las adversidades materiales y dialécticas de la evolución. Sólo el arte popular es el que ha logrado esto, es decir el arte que crean los pueblos para recrear sus culturas y conectarse con la sabiduría y la belleza que está más a allá de cualquier cultura. La necesidad de materialización de dicha fuerza abstracta hace que adquiera distintos matices según las culturas que las crean, pero en el fondo se conectan todas pues lo que expresan es condición de la especie en su totalidad. Más allá de las diversas invasiones culturales, hoy vistas con más fuerza merced a la era de la “comunicación” y del afinamiento de la máquina destructiva del hombre que ha perfeccionado sus mecanismos de dominación y entendido a la destrucción cultural como la más fuerte y duradera, el arte popular siempre ha salido ileso, resemantizando lo que le llega como invasión y dándole sentido y esencia creadora.

El arte popular ha nacido casi en su totalidad desde las comunidades rurales y su evolución ha tenido una coherencia impresionante, sin alterar, en sus inevitables y necesarios cambios, su esencia. Esto se produce por un simple motivo: los pueblos rurales son los que aún mantienen cierto sentido con la vida al no estar del todo fragmentados como seres sociales y naturales, y al estar expuestos en menor medida a la fuerza destructora presente con toda su potencia en los centros urbanos. Todas las expresiones artísticas nacidas desde las minorías ilustradas y urbanas no han soportado su propio desarrollo y han terminado extintas o en proceso de extinción. Algunas otras, muy pocas, han logrado vivir gracias a la incorporación que han echo de ellas las culturas populares (el vals por ejemplo). Si no se crea ese enlace, las expresiones artísticas nacidas desde clases sociales más expuestas a la fuerza destructora están destinadas a morir. Podrá rastrearse aún su presencia y su evolución en individuos que tomaron algunas premisas de otros individuos, pero siempre su alcance y su fuerza creadora estará acotada y agotada pues el arte cobra sentido cuando es popular y no creación de individuos fragmentados de dicha sabiduría. El tango creo que es el único caso de arte popular que prácticamente desapareció y fue justamente porque nació, a diferencia de todas las demás (el rock es un caso aparte que necesita de otro artículo para desarrollarlo), desde pueblos urbanos que muy pronto desaparecieron en el sentido que les dio vida a esa expresión y no alcanzó a trasladarse al pueblo rural (cosa que sí sucede en colombia y es allí donde aún sigue respirando). El cine, arte masivo pero no así popular, si no deja de ser realizado por minorías urbanoides también desaparecerá; su evolución lo transformará desde el sinsentido y en un futuro será cualquier cosa menos cine. Un claro ejemplo de que las culturas que no son populares tienen un proceso biológico destinado a la extinción es la europa mas occidentalizada, donde sobran expresiones refinadas y potentes en la forma, y vacías por completo en el contenido (placer estético superfluo destinado a la desaparición), e incluso, ya en términos mas cabales, la agonía ha llegado a tal punto que el amor hacia la descendencia, otro refugio existente de la fuerza creadora, se ha robotizado y llegado a tal extremo que la esterilidad se les hace moneda corriente, como si la naturaleza les hubiera marcado su punto final por no haber logrado evolucionar sin destruir el sentido popular.

Las dos grandes expresiones artísticas donde la fuerza creadora cuajó con fuerza fueron la música y el teatro. En la música la evolución siguió con extrema coherencia y hoy en día podemos ver el alcance exquisito que tiene en todos los pueblos del mundo. El teatro no tuvo la misma suerte, y al perderse como arte popular, hoy se encuentra en proceso de extinción el cual lleva mas de dos mil años, proceso largo por haber sido un arte primordial, pero que si no se reconstruye, al menos en el mundo occidental, dejará de existir siendo el primer caso de arte esencial en desaparecer. Es tal el caos que hay en su seno que nadie sabe a ciencia cierta qué es el teatro, pues además de que dicha decadencia empezó hace mucho tiempo, la evolución se ha producido de manera caótica y sin alcance social, explicada por intelectuales y por las condiciones políticas y sociales en vez de estar explicada por sí misma y por los pueblos, como sí sucede con la música. Los cambios que han sucedido en el teatro, explicados de aquella forma, han estado producidos por algún que otro genio fragmentado de la sabiduría creadora popular y dados por la destrucción en vez de por la evolución creadora. El realismo nació de la burguesía para acabar con el arte declamativo de la oligarquía de turno, las vanguardias para destruir al realismo, y así, sobre todo el siglo 20, construye a partir de la destrucción y en total dependencia con la determinación social, a través de teatreros fragmentados, perdidos en el lenguaje y encima con la incapacidad de poder trasladar hacia otros sus supuestas creaciones (esto último es debido a que dicho caos evolutivo lo alcanzó antes de que pudiese desarrollar una matriz objetiva trasladable desde la cual se genera el conocimiento acumulado y las nuevas expresiones subjetivas. La cumbia y la salsa no nacieron por destruir nada, solo por la evolución coherente de la musicalidad y del sentido creador que tienen los pueblos rurales del mundo).

Con esto no digo que lo que se hace en las ciudades sea una estupidez. Lo es en la mayoría de los casos, pero hay algunos en que no, y son solo en aquellos en los que los artistas basan sus creaciones en el arte popular. No basta hacerlo desde la poética, pues si no hay una conexión en cuanto a la identidad con los pueblos sobre los cuales se está basando para crear, lo que realizará será un mamarracho sin sentido o algo costumbrista y estéril como ha podido verse en casi todas las expresiones, por ejemplo, del arte porteño que ha querido tener algo de “popular”. Por más de que te guste la cumbia, como dicen en mi pueblo y es válida la metáfora, si “nunca has agarrado una pala”, es difícil que la entendás. Todavía en los centros urbanos de latinoamérica -salvo buenos aires- la cultura popular sobrevive, ya casi en su última etapa pues la inmigración campo-ciudad ha sido reciente y todavía se da, por lo que grandes masas campesinas o de pueblos pequeños van a nutrir y darles vida en las periferias. Pero eso sólo dura un tiempo. Si no sale nada desde allí, el contexto social donde la fuerza destructora está más presente que en ningún otro lugar, tarde o temprano terminará por destruir a la cultura residual popular que hay en los centros urbanos. Europa occidentaloide, como dije, es un claro ejemplo de ello, que incluso es como que estuviera totalmente decidida al suicidio al cerrar sus fronteras que podrían traerle desde afuera algo de vida. Obviamente, debido a la invasión de la fuerza destructora, los pueblos rurales también realizan estupideces, con la diferencia de que esa producción más bien es una copia de la alienación y que aún son capaces de, paralelamente, seguir produciendo y haciendo nacer arte popular con sentido. He estado en poblaciones afro rurales y he visto a los negros cantar reguetón pedorro, pero también he visto a esos mismos negros cantar cumaco o salir a pasear a san benito con la potencia del ritual y de la creación popular de la negritud.

Este caos evolutivo ha hecho que el teatro ande de naufragio en naufragio. El nuevo desastre es la reaparición del realismo. No es cierto que la historia sea espiralada y eso justifique que el realismo haga de nuevo su aparición en el teatro. La historia solo se puede ver de esa manera si tenemos la mente acotada para pensar la evolución desde la era civilizada, limitándonos a 3000 años de antigüedad. Como dije, los humanos llevamos millones de años de crecimiento y transformación, la espiral no existe pues en aquella caben las espirales, las líneas, los cuadrados, los círculos y las infinitas formas que desconocemos. El realismo ha reaparecido porque el teatro no sabe dónde está parado, no tiene anclaje popular, y los que lo realizan, por más buenas intenciones que tengan, son minorías urbanas más perdidas aún como seres sociales que como no pueden saber qué es el teatro y cómo se hace; empiezan a tirar ese puente porque creen que los va a volver a reconectar con un público que no ve teatro, no le gusta y no le interesa. Esto no es porque el teatro sea de mala calidad, es porque los pueblos no hacen teatro y para ellos ya es un lenguaje lejano. El realismo, entonces, es el manotazo de ahogado para no sentirse náufrago e inútil, manotazo doblemente dañino porque a pesar de que vuelve a arrancar algún que otro aplauso de minorías urbanas y en salas para sectas de turno, lo destruye en todo sentido:  como posibilidad de recrear el lenguaje y salvarlo de su perdición, y por la construcción que hace de nuevos espectadores decadentes, pues lo que allí se está representando ya no tiene nada que ver con el teatro sino más bien con la tele (encima esa es su condición actual, a diferencia del realismo del siglo pasado que, aunque sin ser popular, al menos tuvo algo de vuelo y entregó muy buenas obras).

Todas las artes tienen que ver con la realidad pero no se explican con las leyes de la misma, ni tampoco su lenguaje es realista. Hay artes en que su lenguaje está más cercano a ese realismo, como el cine y la fotografía, pero que de ningún modo son realistas. La fotografía por ejemplo, capta sin deformar un instante de la realidad, reflejando a través del ojo creador la belleza que yace intrínseca; la composición de la toma nos revela lo que nuestros ojos cotidianos obvian a cada rato por ser ojos acostumbrados a la vida sin fuerza creadora. La selfie vendría a ser realista, y por eso su condición justamente es ser la antítesis de la fotografía. El cine pretende hacer creíble la historia que nos cuenta, para eso juega con el realismo, pero hay convenciones y juegos estéticos que nada tienen que ver con el realismo y son los que lo hacen ser arte y no televisión o un gran hermano. Hay otras artes, como la música, en que su lenguaje está totalmente separado del realismo. La música es abstracta, vibraciones que construyen melodías que se combinan para generar armonías. Si la música fuese realista el músico tendría que ir explicando las notas en vez de cantar la melodía.

El teatro es la mezcla perfecta de las artes que se acercan al realismo y las que se alejan totalmente de él. Por eso es el arte total que, paradójicamente, se haya en los más bajos niveles técnicos y estéticos de su evolución. El teatro cuenta historias, eso lo acerca al realismo, pero también se conecta con la abstracción de la música y de la danza, cosa que perdió con la civilización y que siguió perdurando en los resabios de teatro popular que, fragmentados, siguieron su camino tambaleante por las calles polvorientas de las sociedades menos civilizadoras en occidente, y por las civilizaciones más espirituales y en conexión con la naturaleza que conforman muchos lugares del oriente y de pueblos aborígenes americanos (en este último caso fue tal su conexión con la parte ritual y tan delgada con la otra que la sociedad colonizadora nunca lo consideró como teatro). El teatro perdió esa parte abstracta, es decir su parte ritual, la que le dio origen y sentido a lo largo de su evolución. Empezó a contar historias sin ningún tipo de sustento trascendental, se convirtió en un espectáculo bastante hueco, fragmentado de su esencia y cada vez mas tendiente a ser la máxima expresión de esa vacuidad: el realismo televisivo actual. Esto no sucedió porque las sociedades dejasen de ser rituales o espirituales, pues las artes con sentido lo han seguido siendo merced a su fuerza creadora intrínseca, sino porque el teatro se extravió como arte, como pueblo, y como lenguaje. Este alejamiento fue acaparado por el cine, hijo bastardo del teatro que supo anclar la forma de contar historias desde otro lenguaje que aún hoy, por ser apenas un embrión, se haya dando sus primeros pasos y tratando de liberarse de las garras de minorías selectas y urbanoides que lo tienen, por ahora, acaparado y asfixiado.

Ante este panorama, muchos teatreros buscan su propia salvación en la catástrofe, sin ningún tipo de conocimiento acumulado coherente y sin ninguna base objetiva sobre la cual construir sus subjetividades. Cada obra creada está hecha desde la soledad más absoluta y desde la interpretación personal que tiene el director de turno de qué lo que es el teatro y de cómo se debe llevar adelante. Si tiene algún tipo de influencia por lo general será de algún director del siglo XX que construyó a partir de la destrucción, sin generar herramientas concretas transferibles, solo bagaje filosófico e intelectual que se traspasa caóticamente. Stanivslasky, para cada teatrero, es una cosa diferente, por su apreciación y por su forma de ver y hacer teatro. Los palmeras (grupo precursor de la cumbia en argentina), para cada músico puede ser una cosa diferente por su apreciación, pero su forma de ver y hacer la música es una sola, entendible y trasladable. Los palmeras, para los músicos, no es la música. En la música los nombres no importan, es la cultura popular la que va a ir haciendo emerger los nombres, sean cuales fueran. La cumbia es arte popular, y si existieron o no los palmeras da lo mismo, de igual manera iba a seguir evolucionando, creando a cualquier otro nombre, nombres que no nacen de una destrucción ni de una abstracción sino de una evolución coherente, con bagaje y conocimiento acumulado, sostenidos por el sentido que da el arte popular.

La reaparición del realismo en el teatro aparece sólo por la necesidad de los teatreros de hacer algo que los vuelva a comunicar con el público y encima a través de fundamentos erróneos: desde el caos evolutivo del teatro, desde clases sociales minoritarias y fragmentadas, desde la separación, ya total, de la parte abstracta que le daba sentido al lenguaje, y desde la creencia de que por ser entendible, sin convenciones ni poéticas que le hagan pensar al público que qué mierda es esto y no vuelvo más, estarían volviendo a conectarse. Podemos hablar de historias cotidianas, pero el lenguaje para hacerlo tiene que ser artístico, es decir, hablar en otros códigos, los que da la belleza y la sabiduría intrínseca del arte. Si sacrificamos eso a costa de ser “entendibles” estamos en el horno, y en vez de hacer arte estamos haciendo una copia burda de la cotidianeidad, esa donde convive la fuerza destructora. La belleza por sí sola tampoco basta, pues el vuelo estético que da hoy el teatro no conecta con los pueblos por el simple motivo de estar producido desde toda la problemática expuesta.

No sé cuál sea el camino para reconstruir el teatro. Supongo que será volver a tirar puentes hacia algunos resabios del teatro popular que aun hoy, a duras penas, siguen existiendo. Volver al pueblo no es ser “entendible”, ni tampoco hacerlo en los entornos acartonados de la ciudad, ni menos lo será por tener un discurso “progre”.  La necesidad teatral existe, lo he comprobado en mis viajes en donde he podido ver cierta memoria histórica del teatro que aun corre por las venas de las personas. Por lo pronto, los teatreros seguiremos en el naufragio tratando de dominar las olas. Hay momentos en que podemos respirar y dominar a poseidón y allí, en la cresta, avizorar la tierra firme, esa que nos da sentido, esa en donde apoyamos los pies para saltar bien alto, porque esa es nuestra condición como especie, ese es nuestro destino evolutivo creador: volar; destino que sólo alcanzaremos si nos transformamos, como sociedad, en una gran obra de arte.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPrint this page