EL RESPLANDOR

O

LA TENISTA

 

Se podría decir que fue ella en verdad la que primero me vio.

Asilado en el eterno islote de la montaña trepada por la soledad, fui empujado por un envase de cerveza, que tras el rubio flequillo, me ofrecían los ojos de Antonella. Acepté.

Antes que nada lo primero que debería decir es que sentí profundamente que ante mi, había una persona a la que desconocía. La palabra no sería alguien nuevo. Era alguien vivo.

La pupila de su ojo derecho estaba levemente desviada y generaban, un ojo junto al otro, una extraña impresión de astucia, inteligencia y sed.

Una amazona milenaria navegando a través de los tiempos estaba parada frente a mí. Y su contorno de estrellas que se apagaban, generaban un movimiento invisible y continuo que transitaba eléctricamente por mis brazos y el estómago. No exagero. Hablamos algunas cosas con precisión sobre lo que nos parecía la música y la literatura. Entendíamos las cosas por negación. Ese era nuestro acuerdo. Así me pareció.

Sentí que nos despedimos con ganas de no abandonarnos.

Durante el segmento de la primera y la segunda vez que nos vimos en muy pocas ocasiones dejé de pensar en sus ojos.

Pensaba sobre lo que estaría haciendo en ese momento, o sobre lo que estaría diciendo, o simplemente me la imaginaba sola y en silencio, observando.

A medida que pasó el tiempo su mirada se vino a instalar dentro de mi azotea y para ese momento ya me parecía ver a través de sus ojos.

El pequeño asomo del recuerdo de su brillo me insuflaba valor y certidumbre.

Era el intenso impulso del valor para qué? Y de la certidumbre sobre qué? Tan circular y perfecta sobre sus pupilas que eran la más bella perla de la locura.

Había tenido en su vida la gloriosa fortuna de las posibilidades.

O lo que el escritor ingles Fieldingdenominaba en su Tom Jones TENER MUNDO. Intercambiamos libros y música y visitamos nuestras casas. Me pareció entender que los dos estábamos de mutuo acuerdo conformes.

Me dejaba llevar y no me resultaba forzado o incómodo estar con ella.

En su cuerpo había música, algo que yo estaba perdiendo casi definitivamente.

Demasiado silencio en mi interior, tenía que ser eso, que otra cosa podría ser.

Tratamos de acercarnos de diversas maneras siempre desencontradas.

Antonella tenía música y yo estaba ensordeciéndome. Pero había voluntad y encanto. Una tarde caminábamos bajo los árboles de la alameda y, súbitamente la adorable Antonella, fue al encuentro de una hoja o semilla helicóptero y la recibió entre sus manos. Fue una larga carrera por que profunda era la altura desde donde venía cayendo la hoja helicóptero. Fue tan unísono y armónico el encuentro que por un momento pensé que ella había escuchado el desprendimiento.

Había huido de mi conversación con una elegancia tan graciosa que pensé estar enloqueciendo.

Grácil y adorable me figuraba doncellas libertinas y pastoriles bailando alrededor de una fogata.

Pintaba con celo Guayasamines leucémicos y tuberculosos que atravesaban un mortífero sentimiento de existencia.

Puro hambre y dolor metafísico.

Cuadernos y paredes pintadas con aquellos Guayasamines.

Yo la veía fluir entre sus gestos ágiles y verdaderamente vivos. Quería abrazarla pero las posibilidades se me presentaban escasas y difíciles.

Una membrana invisible desprendida de mi se abalanzaba hacia ella queriéndola abarcar en besos y saludos de la inteligencia.

En la soledad de mi cuarto comencé a pensar que la amaba.

Y tanto incurrí en estos procederes que terminé amándola.

Amé por ejemplo el recuerdo de nuestras conversaciones sobre libros.

Me dijo que le gustaba leer a Beckett, Artaud, Camus, Rimbaud, creo que también a Genet, Huxley, Arenas y luego también a Lemebel…

Artillería pesada.

Cuando me mostró sus escritos entendí que eran tormentosos. Tenían la incomodidad necesaria para comenzar a ser leídos.

¡Fuegos artificiales! ¡Fuegos artificiales!

Encendidos por la candente braza de Antonella.

 

 

Me encontraba caminando sobre una vereda frente a la entrada del diario el cordón montañoso cuando sentí una frenética necesidad de verla. Comenzaban a crecer hilos de angustia sobre la manera en que la extrañaba. Pude ver sobre un cielo vinílico el tremendo edificio de cemente en construcción abrazado por los árboles, y cuando atravesaba el tiempo por una de esas frías gargantas, en las galerías del cordón montañoso, me encuentro al inmortalmente joven poeta, Lucas Moya, limpiando a pala y escobillón las instalaciones.

Lucas Moya ha cantado al abismo como ningún otro joven poeta por estos lugares. Había leído un libro suyo lleno de palabras siniestras y paisajes mortuorios.

El divino tesoro de su amor por la oscuridad hacía reventar de felicidad mi corazón que salpicaba hacia las ventanas de la galería. Vanos eran los designios apocalípticos para mi valor y mi fe. Hablamos de alguna manera sobre Amar A Una Dama, y nos despedimos hasta la próxima vez.

Me he reservado el privilegio de recordar siempre este encuentro. Supongo que a Lucas Moya la muerte le sugería tal cantidad de paisajes asombrosos que había tenido la posibilidad también de haber amado con desesperación.

Fue una gran conversación con Lucas Moya; mi amor reverberaba en su alianza.

Sin embargo el más alto momento de amor por Antonella fue aquella vez que hablamos sobre deportes. En su pubertad había sido una tenista prometedora y le habían otorgado una beca para asistir a una clínica de tenis en Texas. Era una clínica de tenis sobre cemento. Me explico sobre las ventajas del pique y nombró las palabras polvo de ladrillos y césped. Le comenté que de tenis yo no entendía nada pero que me gustaba verlo por televisión. Reafirmó mis impresiones sobre la tensión del público y sobre la fuerza de voluntad y concentración del jugador. Cuando se explayaba sobre este último tema me la imaginé agazapada esperando su devolución con la mano izquierda. Y cuando volvía a verla entendí que su voluntad y concentración si bien no provenían del tenis al menos se habrían afinado bastante.

Y decidí pensar que ella era aún una jugadora.

Pensé que nuestros encuentros y nuestras conversaciones eran como un tenis.

Un tenis que entendía que había jugado ya.

Tuve muchas especulaciones alrededor del tema pero decidí dejar de pensar en eso por que iba a volverme loco. Cerré la idea con una imagen conciliatoria. Y pude continuar sin demasiadas tinieblas tras las pirotécnicas estelas de Antonella.

Amé sus pies desnudos sobre el césped en un descanso de nuestras caminatas.

La salvaje y desnuda juventud de sus pies comenzaron a obsesionarme.

Una noche soñé que golpeaban la puerta de mi cuarto. Era su pie derecho que venía a quedarse conmigo.

  • Antonella sabe que estás acá, le decía.
  • Sí, por supuesto que lo sabe. Ella ha sido la que me ha dado permiso para venir hasta aquí.
  • Y como has llegado, le preguntaba.
  • (Caminando me contestaba el muy gracioso).

Tomábamos una sopa y de pronto estábamos en la cama. Lo acariciaba y lamía sus dedos.

Cuando desperté lo primero que vi sobre la mesa de luz fue el libro de Kawabata.

Estaba sobre la mesa y era como la semilla de mi sueño. Una semilla cuadrada de papel llena de palabras e imágenes. Pensé en la fecundidad de la semilla y en los hermosos pies de Antonella.

Solía suspirar y consideraba las cosas que a mi entender la hacían una dama. Haber vivido en pensiones. Haber renunciado a viajes de placer con sus padres. Dormir con una paleta de paddle bajo su almohada. Escribir y dibujar aquellos guayasamines. Su interés por el jazz. Su manera de moverse y de reír. Etc. En términos generales todo aquello que me reflejaba su libertad de espíritu.

 

Esa veztomamos un trole y bajamos en Godoy Cruz. Estábamos en un bar y me hablaba sobre su tatuaje simbólico en homenaje a los originarios de América, que aún no se había tatuado. En un momento me pareció que era una idea ingenua, pero después entendí que era su piel, y sobre todas las cosas algo que ella sentía. Estaba hermosa. Hablamos sobre amores pasados y a ninguno de los dos nos había ido demasiado bien. Algunos de sus amores habían sido muy valientes. Pero aun era joven y a mi entender no había tenido una experiencia verdadera. Tal vez me equivocaba, tal vez no. Tomamos bastantes cervezas y esa noche finalmente nos abrazamos. Hacía veintisiete días que nos conocíamos y nos veíamos con frecuencia. Sentí que entre mis brazos tenía a un ser frágil. Me hubiese gustado decirle que podría cuidarla toda mi vida. Que tenía la fuerza de corazón necesaria para protegerla y acompañarla. Que ella para mí era una fuente constante de extraña energía vital que me alimentaba. Pero no dije nada de todo esto. Solamente la abracé y me quedé en silencio. Era la clase de belleza y locura que podrían destruirme. En verdad no estaba aún completamente entero. Sentía que la amaba pero le dije que la quería y después no dije muchas cosas más. Lamentablemente ese fue el principio del fin. Aunque el verdadero principio del fin surgió aquella vez que hablamos del ASUNTO.

En un primer momento no di demasiada importancia al ASUNTO. Pero la cosa fue creciendo cada vez más y más. A veces pienso que dije palabras que podrían haber llegado a herir. A estos maravillosos seres celestiales puedo decirles palabras capaces de envenenarlos. No sé si lo hice. Desde todo punto de vista lo mejor era separarnos.

Esa noche salimos a caminar y terminamos en su casa. Tomamos una sopa mediterránea de tomates. Ella dijo algo sobre la luna y cenamos en paz. Cuando volvimos sobre el ASUNTO comenzamos a discutir. Me puse el abrigo y nos despedimos para siempre con un beso triste y patético en la mejilla.

La tenista me había dado su golpe maestro.

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Histriones rodando sobre la costa Atlántica

Representando animales; insólitas estatuas; payasos desahuciados

Histriones en la noche como pálidas llamas de un fuego sagrado

Encendiendo sus trucos acabados de malabares

Tratando el espíritu de los turistas abnegados

Aburridas familias tratando de escaparse del aburrimiento

Fotografiando su residencia en la costa sudada de sudor

Y en la central oscuridad de la noche

Violencia

Violencia

Violencia

Pidiendo cigarrillos y bebiendo en la calle

Con los rabiosos desposeídos y sus inyecciones de cocaína

Durmiendo junto a Ella en el amanecer:

La chica que hacía de Mickey en el tren de la alegría

Junto a Pluto y un par de anémicos Power Rangers

Tocaban la campana subidos a la máquina dentro de la locomotora

Anunciando el traqueteo absurdo de ese montón de hojalatas.

Durmiendo junto a la ratona Mickey sobrina del payaso Popotito

Que trabajó en televisión para el programa El club del Pajarito.

El payaso que era hijo de otros payasos enanos que trabajaban en un circo

Había heredado el oficio de escupir y cagar fuego.

Hijos de la deriva

Espantosamente sentimentales

Mentirosos hasta el juramento

Obscenos fornicadores del deseo violados por la imposibilidad

Huyendo junto a los artesanos

A los zanquistas fumetas vendedores de globos

Perseguidos por los perros municipales del control espectacular

Que asociados a la policía limpiaban las calles de asquerosos histriones

Sentado frente a magos alcohólicos que derramados en la pena de su alcohol

Develan el misterioso truco

Arrastrando un mazo de cartas una caja de fósforo atada a una tanza invisible.

Carcajadas metálicas sonando en los departamentos alquilados por Enero y Febrero

Sobre pueblos que comienzan a quedar vacíos durante lo que llaman

La primera quincena de Marzo.

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