EL DÍA LIBRE…

 

El día de hoy comenzó más tarde que los silbidos incesantes de los pájaros, comenzó aún después de las claras luces del amanecer, fue en esa hora en que los rayos del sol punzan las cortinas y se lanzan estrellándose contra el suelo de mi habitación. Con el sol en la frente desperté adolorida, hay un remolino de músculos entre mis hombros y cierto adormecimiento en los dedos de mis manos. Pero he despertado pensando en otras cosas, con esa sensación de que el día será más largo, casi infinito por el solo hecho de ser distinto, aunque debo reconocer que en un momento de mi despertar me angustió la idea de no tener nada que hacer para nadie, un día entero para hacer cosas para mí, que angustia! Era uno de esos días en los que no me gusta calzar zapatos, lo intuí desde que abrí los ojos así que me levanté así no más de la cama con los pies como dios los trajo al mundo, una extraña sensación de desnudez voluntaria. Terminé de despertarme después de deambular un rato por la casa, me cuesta reconocerla a esa hora del día donde suele estar muerta por mi ausencia, cuando llegué a la cocina, me esperaba un cementerio de platos sucios y otra sorpresa colgada en la heladera, una boleta de luz vencida hacía algo más de una semana, inmediatamente noté que ya era demasiado tarde, el banco habría cerrado, el charco de agua en el piso alrededor de la heladera y la billetera vacía, demoraban aún más el trámite y quitaban la culpa a mi tardío despertar. Dos mates de desayuno, pero ahora con azúcar como me gustan a mí cuando los tomo sola. Doblar, guardar, doblar, guardar la ropa entumecida por el sol en cajones y perchas. Un poco de boleros para bailar de a dos mientras paso el lampazo por todos los rincones, marcan el compás de este día que transcurro en soledad. Percibo las libertades de un día suelto del calendario, no cocino si no tengo hambre, no me peino si no voy a salir, no arreglo la cama si me voy a volver a acostar, no me lavo los dientes si no voy a hablar con nadie, no me justifico ante nadie, ni doy gracias, ni buenos días, ni pido disculpas; pequeños placeres del feriado me gusta llamarles. Si de placeres hablamos, almorcé pan amasado por otros, y lo tragué con cierto sadismo, y hasta me puse a criticar exigentemente, la imperfecta mezcla de los ingredientes y sus proporciones, a pesar de eso lo trocé con mis manos y disfruté de comerlo así.

Llegada la hora de la siesta, tomé la bicicleta de mi hermano y salí convenciéndome de que solamente paseaba sin rumbo, evité los lugares comunes y transité por callejones desconocidos para mí, me paré en un kiosco y compré una caja de fósforos, dos velas y el diario de hoy, los metí en la mochila y continué mi ruta. Cruzando el puente de un zanjón algo me hizo pensar en que debía detenerme y mirar hacia abajo, costumbre que había perdido llegando al final de la niñez, por culpa de un cosquilleo que recorría mis pantorrillas cada vez que lo hacía, esta vez no fue una excepción, pero si fue un condimento para esta tarde nublada de septiembre, fue lo más parecido a una emoción que sentí en los últimos meses; me quedé un rato largo en esa posición que llevó todo el fluido sanguíneo a mi cabeza y me ayudó a pensar un poco, hubo demasiado silencio para tantos descubrimientos, mi boca no encontró donde depositar tantas lágrimas; levanté la cabeza y respiré fuerte para que el aire fresco entrara a mi cuerpo y en un suspiro se llevara aquellos pensamientos solitarios. Me subí nuevamente a mi carro alado de dos ruedas y pedaleé hasta llegar a la casa de una vieja amiga fanática de los mates dulces y el bizcochuelo de naranja. Me recibió con una sonrisa y sorprendida, le ofrecí cocinarle un bizcochuelo y agradecida me dijo, “dale, yo te cebo unos mates”, mucho no pude contarle, pero me salió tan rico que ella supo entender que necesitaba hacerlo y por eso había ido hasta su casa pedaleando tan rápido como daban mis piernas. Fue tan gentil que conseguimos reírnos toda la tarde de anécdotas viejas y otras nuevas, aunque sospecho inventadas amablemente para la ocasión, mi corazón igual, agradecido.

Llegué de vuelta a casa al anochecer, había una nota de mi hermano que decía que había necesitado la bici para un laburo, que gracias por pensar en él, que siempre le hago lo mismo; me aburrí de sus reproches y no terminé de leer la nota, rápidamente se transformó en una pelotita de papel y quedó rebotando en el piso por unos segundos. Prendí la radio a pilas y la dejé que hablara sola mientras me pegaba un baño, el agua fue como una caricia, creo que algo así. Viendo la hora que se aproximaba me preparé para el último placer de día libre, y me recosté en el sillón con el pelo mojado, dejando que me mojara los hombros y la espalda con sus gotitas. Sin darme cuenta me quedé dormida con la caja de fósforos en una mano y una vela en la otra, pensando que esa deuda no pasaba de mañana sin ser pagada, en sueños volví al puente donde me detuve a la tarde, pero abajo estaba el mar, y me arrojé desde el puente con los brazos abiertos dejando que toda el agua del océano entrara en mi cuerpo, nadé un largo rato sin tener la necesidad de salir a la superficie a tomar oxígeno, pero en un momento el agua se transformó en harina y comencé a asfixiarme, y a llorar. Me desperté muy asustada y nuevamente las primeras luces del día se asomaban, había olvidado poner el reloj y estaba llegando tarde; una vez más el día libre había transcurrido sin más; una vez más empezaba un día con la sensación de no haber terminado el anterior.

 

26 Noviembre, 2007.

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