El oficio de Cornelius

 Un caballete.

Un lienzo. Varios cubos de pintura.

 Cornelius observa el cuadro en blanco.

Coge una brocha, empapa y pinta.

 Con otros colores.

 Se detiene y observa.

Agarra un cubo y lanza la pintura al cuadro.

 Otros colores.

 Cornelius vuelve a detenerse.

Dirige su puño al centro y rompe la tela.

Arranca el lienzo, lo arruga y lo pisotea.

 Busca una botella de gasolina.

Empapa los restos.

 Cornelius enciende una cerilla.

Quema el lienzo.

 Recoge las cenizas con escoba y pala.

Cuidadosamente las coloca en un recipiente de cristal.

 Una exposición de pintura.

Una sala de arte.

Llenan el espacio multitud de recipientes como éste.

  

De Los anticuerpos.

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El teatro

Aquí, en este lugar, en este teatro

empezaré por decir que

la importancia de la escritura escrita

ha dejado de ser una cuestión trascendente.

El autor se desdobla en actor

para dirigir su propio cuerpo

y suponer el vacío.

El autor imagina los espacios imposibles.

Evoca continuamente el lenguaje de lo no escrito.

El actor prolonga su aliento hacia límites insoportables.

Pues su oficio requiere habitar lo extremo.

Los dos conviven en el mismo rostro.

Luchan contra las palabras, los espacios, las cicatrices invisibles.

Pero el autor siempre se enamora del actor.

Éste se ve sometido al esfuerzo de una voluntad

que le obliga a un cambio permanente.

Y el actor nunca llega a saber lo que es en realidad.

Acaso una leve presión que lo transforma,

que lo abraza y seduce,

que lo escucha por dentro hasta capturar su respiración.

El autor es el aire que ocupa el actor,

el cerco que protege sus emociones,

una excusa para desprenderse del mundo.

Y digo todo esto porque la escritura trascendente es el teatro.

Porque no existe un cuerpo más entregado a lo imborrable, a lo escrito,

pero para ser borrado, para no ser escrito.

El teatro es el espacio intermedio entre el autor y el actor,

entre lo dicho y lo no dicho.

Un espacio donde se da forma a una música

que actúa de luz y de contraluz,

que es capaz de pintarle una cara a lo no escrito.

El teatro es ocupado por el eco de todas las imágenes posibles.

El teatro es el espacio de las palabras que no se han pronunciado,

de los gestos que nunca se produjeron,

de los aplausos que jamás se dieron.

El teatro es el ejercicio de lo que no es suficiente.

El autor y el actor son las piezas

que nos motivan para reconstruir,

para olvidar,

para reconocer

el momento y la transformación,

el paso de una primera a la segunda vida.

 

De Interior de una cámara de cera.

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Garabatos 

Pues cabalgando en el Cambio entraba a la Libertad.

Cheng Tzu-ang

 

Laceraciones, graffiti, garabatos: pictogramas nocturnos que el soporte recibe y a los cuales responde.

…la diversidad de incisiones en los dibujos: para suscitar una música.

Severo Sarduy

 

1

Una mujer, de espaldas al público y apoyada en el marco de una puerta, mirando fijamente el espacio oscuro. No es posible ver nada más. Un señor vestido de calle entra con un carro repleto de manos gigantes. Se detiene y las va colocando discretamente en distintos lugares de la sala. Se retira con el carro vacío. Se abre una trampilla del suelo y sale un actor caracterizado como un piloto de avión japonés de la Segunda Guerra Mundial. Registra el bolsillo interior de su chaqueta y lee en su lengua un manuscrito que rompe en muchos pedazos, mientras un ancla lo engancha y lo catapulta hasta el techo.

 

PIENSO A CARACTERÍSTICA

DE

LA

COMPARACIÓNME RETIRO

RÁPIDAMENTE

DE LA PARED

DESCUBRO QUE MI BRAZO SE ELEVA

¿QUÉ ESFUERZO ESTÁ AUSENTE?

UN CUADRADO Y DOS ROMBOS

PIENSO A

La mujer sigue en la misma posición. Una niña entra en escena y se pone a bailar claquet. Se acerca a la mujer, se detiene y se dan la mano. Las dos cruzan el umbral de la puerta y se pierden en el vacío.

2

La sombra de una persona practicando tai-chi tras una cortina transparente. Entran en escena dos mujeres, haciendo malabarismos con antorchas de fuego. Se colocan a ambos lados de la cortina, que prenden. Se escucha un coro de bajos. Desde los extremos, se unen varios grupos de acróbatas mutilados que realizan piruetas como pueden. Rotan alrededor del maestro de tai-chi. Todo el grupo se va desmayando poco a poco, excepto el maestro, que continúa creando dibujos en el aire con sus movimientos. La mujer de la primera parte entra en la sala con una cometa, se la ofrece y se la coloca en el cuello. Se escuchan los latidos de un corazón.

LA PRIMERA EXPRESIÓN

MÚSICA

DE

CAMBIOS

3

Unos focos proyectan transparencias con las imágenes de diferentes signos de escritura china. Dos personas imitan con sus cuerpos las posiciones de las líneas más llamativas. Resultan sitiados por los dibujos. Los bailarines se constriñen asustados.

4

Los dibujos crean figuras en el techo. Se cruzan, se alimentan mutuamente. Despierta la sala. Una luz morada ilumina una pirámide de cubos. Alrededor, se mueven desordenadamente una serie de artefactos mecánicos. Hay dos grandes burbujas de agua con personas en su interior. Varias figuras vestidas como bailarines de ballet clásico y ejecutando movimientos mecánicos cargan los cubos, los vacían y los llenan de algo que pudiera ser arena. Se paralizan cuando entra en escena un niño que juega a la pelota, regateando todos los obstáculos. Desaparece y las figuras continúan su mismo ciclo de movimientos. Mezclada con los espectadores, una persona desenfundará su violín e interpretará un tango. Le seguirá un foco por toda la sala. Se detendrá en un punto y concluirá su música.

5

Unos diez actores invaden la sala y pintan todo tipo de figuras en las paredes, en el techo y sobre ellos mismos. También son garabateados los espectadores. Los actores redecoran completamente el interior del teatro hasta convertirlo en un garabato. Alguien graba en una cámara de video estas acciones y se proyectan, simultáneamente, en diferentes pantallas. Además, los actores llevarán bocinas que harán sonar improvisadamente. Se aproximan con sus sprays y brochas hacia dichos monitores, que llenan de garabatos. Se retiran. Dejan su material en la sala. Una vez que parecen haberse marchado, alguien lanza un spray vacío. Se escuchan las voces de los actores, retirándose.

De Taumántide.

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En los límites de la representación

Dos efectos: uno que expande y otro que comprime. Avance imparable de un ser sobre sí mismo.

Un epicentro situado entre la decisión y el acto de ser.

Una obra descuidada, pero eficazmente intuitiva, un espejismo que resbale por todos sus lados.

Ante un modelo de tensión.

Independencia de los extremos.

Una fuga hacia lo artificial.

Lo poético en la acción de apuntar los ritmos.

La línea es un artificio, una manera de explicar los límites, la dirección que toman las sensaciones.

La intensidad hace calibrar la forma, su dispersión y su sentido.

La línea no es una duración, tan solo una dilatación permanente.

En un color para no sentirse cegado por la realidad.

Reconstrucción de un primer gesto.

Desvanecerse hasta llegar a ser una verdad insignificante.

Interrogar el espacio con la misma eficacia con que la presencia cercana de la suerte hace lo propio con la vida.

Dilatar los ritmos y sus ecos.

El espacio a una velocidad imprecisa.

Ignorancia en el nombramiento de lo visible.

Partir del vacío y no de una mancha, y no de una imagen.

Caos y mística.

La escritura se debe al horror al vacío. El pensamiento, al vacío mismo.

Atrapado en el circuito de la existencia, de la inexistencia, de la mutación.

Compartir la ausencia de actos.

Prolongar el asombro, el descubrimiento, la esperanza ontológica.

Reducir los límites a la contemplación.

Evocar otro tiempo más allá de lo escrito.

Ser el animal representativo que acaba superponiéndose contra una voluntad real: el deseo de abandono, de extinción.

Una obra condenada a perderse en el laberinto de su diferencia y de sus errores.

Transitar por la circularidad: la mirada de un ojo absoluto y su reflejo, o de la desazón circular del tiempo.

Reconocimiento del ser en el vacío que lo limita y que lo extralimita.

 

de Puntos de fuga, III

 

El espacio solar

Al principio lo ignorábamos todo. Pensábamos que nada existía. Cuando el vacío nos mostró el camino para medir nuestros silencios, comprendimos que debíamos confundirnos, que necesitábamos significar lo absoluto. Entonces inventamos la oscuridad. En aquel estado nunca pudimos ver más allá de lo que intentábamos tocar. Nos despojamos de las sombras y admiramos la luz. Aquello nos hizo superar la barrera del blanco y del negro. Adivinamos los colores. Continuamente la energía llenaba y vaciaba los recipientes que comunicaban las primeras palabras. Nacían las formas, pero se hacían invisibles al mirarlas. Con el tiempo supusimos que todos los objetos podían cambiar. Cuando descubrimos que las cosas se reflejaban, lo primero que observamos fue la mirada de la luz. Siete llegaron a ser los ojos que nos señalaban. Entonces pensamos que, a lo mejor, todo podía dividirse en siete partes. Por eso buscamos siete días para siete colores: lunes, rojo; martes, naranja; miércoles, amarillo; jueves, azul; viernes, verde; sábado, violeta, y domingo, añil. Aquello motivó la necesidad de descubrir la medida del mundo. Deseábamos determinar el tamaño del espíritu humano. Y lo conseguimos. Comprobamos que sus dimensiones coincidían exactamente con las del vacío. A partir de ahí nos pareció que lo más apropiado sería no tratar de fijar límite alguno. Así que dejamos de pensar en los días y en los colores, en la luz y en la sombra, y el mundo nos imaginó.

 

Música irregular

El primer lenguaje precisa del favor de un pianista.

La palabra se desdobla en manos,

se multiplica en dedos:

la longitud exacta del pensamiento.

La armonía se convierte en una cuestión de tacto.

El pianista se toca por dentro

y desata las cuerdas de su reloj.

Lentamente va diseñando una cartografía de sonidos.

Su cuerpo se balancea.

La palabra, entonces, precisa de sus dedos mutilados.

Las pulsaciones, la transparencia y sus límites:

todo se presiente.

Esta música irregular

tiñe de blanco las cuerdas de la memoria.

El cuerpo del piano

y la cabeza degollada del pianista

articulan el primer lenguaje.

Sus dedos cuelgan de la cintura del instrumento.

Tocan el aire hasta hacerlo sangrar

y se derrama el primer silencio.

Los pájaros invisibles

El silencio difumina las luces del alba,

formando una suma unidad de conocimiento.

Las nubes imitan el mismo volumen de claridad,

pero formulan otra clase de luz

cuando presienten el movimiento de los pájaros,

cuando irrumpen en esta invisible arquitectura,

disipándolo todo.

Las aves recogen el vacío

y lo expulsan con violencia,

bombean los canales aéreos,

dibujan las arterias del espacio.

Es, en ese lugar visible, donde el pájaro

intenta definir sus signos,

donde arroja sus palabras triangulares,

donde se extingue todo el plumaje.

Tanta velocidad no puede ser enjaulada.

El pájaro se libera del manto de sus alas.

Su volumen se contrae en el impulso

para, luego, hacer parpadear el cielo.

En la costa, se sirven de las puntas de los mástiles

con el fin de corregir sus vuelos.

En ocasiones, las aves acarician el agua

con sus brazos de plumas.

Agitan el espacio y ascienden,

despojándose de sus huesos transparentes.

En ese instante, el pájaro olvida su cuerpo

y desaparece la visión triangular.

La ceguera recorre todos sus signos.

El silencio resulta abrumado con tanto silencio.

El color del espacio se ha tragado las respiraciones aéreas.

Blanco se muestra el horizonte.

Las manchas recorren el papel.

Las alas negras agitan la claridad de las hojas.

Los pájaros cuelgan inmóviles del cielo,

ajusticiados por su propio peso.

 

La isla

De las corrientes brotan múltiples triángulos que esculpen los arrecifes. Líneas fijas y concéntricas que trazan el litoral, como si fueran resonancias de un cuerpo comprimido e instalado verticalmente allí.

La acción de los límites abarca esta condición de exactitud.

Un pequeño remolino atrapa las ondas, las hace suyas, las devuelve. Su léxico es el movimiento.

El océano dibuja una gran herida que es la isla.

El asalto del viento moldea sus múltiples tamaños, dispersa los sentidos.

Su música es inesperada en la dirección, aunque previsible en la quietud.

Los peces reescriben el lenguaje volcánico. El litoral se derrama en el vacío. Y el océano sacude sus inmensas alas.

Por la tarde, los pájaros perfilan objetivamente la piel de la costa.

Uno de estos gestos evoca el núcleo del espacio. Un puñado de líneas para organizar una dirección imperfecta.

A todo isleño también le interesa la geometría cuando respira en el interior de la selva.

Transparente para las pupilas mitológicas, el matemático ha descubierto la ciencia de la isla.

Latitud y proporciones en el mapa de la voz. El isleño deja guiar su oído hacia el primer lenguaje.

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