La excelente puesta de El reportaje que, bajo la dirección de Hugo Urquijo, se puede ver en el Teatro Picadero nos remite a la postdictadura a partir de esta entrevista a un general que ordenó quemar el emblemático Teatro Abierto.

Para esto que mejor que entrevistar al director Hugo Urquijo:

             

. ¿Cómo nació la idea de poner en escena esta obra?

Urquijo: EL REPORTAJE fue una de las obras que concursaron en la convocatoria que hizo Secretaria de Cultura de Nación   en 2014 como homenaje al movimiento Teatro Abierto. La idea de este concurso fue la de elegir, a la manera de lo fue el formato de Teatro Abierto, 18 obras cortas de media hora aproximadamente y representarlas en series de tres y a su vez cada una de estas series, durante un mes, desde abril hasta setiembre totalizando así las diez y ocho. Las obras serían representadas en el Teatro El Picadero, lugar donde nació aquel mítico movimiento y que fue incendiado por la dictadura al cabo de la primera semana de representaciones, es decir, una vez que las 21 obras estuvieron estrenadas. Porque Teatro Abierto tuvo ese otro formato: tres obras por día durante los siete días de la semana. Un total de 21. El incendio del Picadero en 1981 fue voraz y destruyó todo el teatro. Salvo una sala en la que se guardaba el vestuario de las 21 obras. Eso permitió que toda la comunidad teatral se movilizara rápidamente, empresarios incluidos, y en 15 días las obras se reestrenaran en el Teatro Tabarís con una repercusión de público masiva, al punto que el ciclo que se suponía duraría tres meses, se extendió a más de cinco meses. Y tuvo nuevas ediciones en los años subsiguientes hasta bien entrada la democracia.

Fui convocado por la gente del Picadero para dirigir alguna de esas 18 obras, las leí y sin dudar elegí EL REPORTAJE de Santiago Varela. Yo participé como director en Teatro Abierto de 1981 y el tema me conmovía y me tocaba de cerca.

. ¿Cuál es tu relación con Santiago Varela?

U.: Conocía, como todo el mundo, al Varela monologuista de Tato Bores y admiraba su talento y su humor. Su capacidad para los monólogos es admirable. Lo que me llegó fue un fantástico monólogo de media hora y mi trabajo con él como autor fue darle una dimensión más dialógica en tanto hay una periodista en escena. En eso trabajamos con Santiago ya juntos, para que ese personaje entrara más en acción, tuviera un carácter y una opinión sobre los hechos y la dictadura argentina. Y fue un ida y vuelta abierto, fructífero, enriquecedor.

. ¿Por qué elegiste a Federico Luppi? ¿Cómo fue dirigirlo?

U. : Creo que fue el primer actor que se me cruzó al leer la obra. Lo mismo le pasó a Sebastián Blutrach que estaba llevando el proyecto adelante desde El Picadero. De modo que sólo se trataba de llamar a Federico y que leyera la obra. Dijo que sí inmediatamente.

Luego trabajar con Federico fue una “gozada”, como dirían los españoles. Su trabajo fue cobrando un nivel de verdad absoluta, una credibilidad asombrosa al punto que a veces el público piensa que él está improvisando todo el texto. Eso pasa cuando el actor trabaja el texto “como si” fuera dicho por primera vez. Federico logra lo más difícil que un actor anhela conseguir: pensar como el personaje. Se ha metido dentro de la cabeza de ese militar y asistimos durante la función al interior de esa cabeza. Eso es muy difícil de conseguir. Y es un punto muy alto de la interpretación.

 

. ¿Cómo diseñaste la puesta?

 

U.: Lo más difícil de EL REPORTAJE es la concepción de dirección más que la puesta. Me propuse que el personaje del militar no fuera una caricatura, cosa a la que nos podríamos ver tentados. Me propuse que fuera un ser humano con sus contradicciones, con sus flaquezas y debilidades y aspectos autoritarios intactos. Una persona, no un cliché.

La puesta tiene tres planos y tres círculos en los que trascurren: el general, la periodista y el carcelero que lo trae desde su celda y le quita las esposas, pero se queda allí cuidando sus movimientos.

 

. Algunos espectadores me preguntaron si había alguna relación entre la quema del Picadero y que esa noche Palito Ortega presentaba a Frank Sinatra, ya que se menciona en la obra. ¿Fue una casual coincidencia? ¿O se menciona porque Palito fue uno de los pocos que trabajó durante la dictadura mientras tantos actores estaban exilados?

 

U. : El incendio del Picadero ocurrió precisamente en el momento en que Frank Sinatra vino a Buenos Aires, cobrando un cachet millonario en dólares que le pagó Palito Ortega y que al cantante lo fundió. Entre que arreglaron el cachet de Sinatra y que finalmente vino y actuó, el dólar debe haberse valorizado un 100% o el peso desvalorizado. Esas cosas que pasaban tan a menudo durante la dictadura y después.

En la ficción que crea Varela los hace coincidir como operación estratégica y es una excelente idea de autor. Cuando el personaje se vanagloria de su idea de quemar el teatro y dice: Allá “La Voz”, aquí, en la cortada del Picadero, el Silencio”, a uno le corre frío. Pero en la realidad yo no creo que haya sido concebido de ese modo. La coincidencia es más flagrante: hicieron arder el Teatro al culminar la primera semana de funciones, una vez estrenadas las 21 obras de Teatro Abierto 81.

. Te pido ahora algunas palabras sobre la gira de esta obra por España, a principios del 2015.

U.: En Una de aquellas cuatro funciones que se hicieron en 2014  EL REPORTAJE fue visto por Ana Jelin, argentina radicada hace años en Madrid y directora de Producciones Teatrales contemporáneas (PTC) . Al término de la función me dijo: ” Esto tiene que ir a España”. Y así fue. Armó una gira de casi dos meses que empezó en Zaragoza, luego una temporada de 15 días en Madrid, y culminó en Barcelona pasando por Sevilla y casi todas las ciudades importantes del País Vasco.

La recepción fue sorprendente. No solo por la afluencia de público que llenó todas y cada  una de las funciones sino por la avidez del periodismo y del público español por  esa parte de nuestra historia y el destino que han tenido los genocidas aquí, tan opuestos al de allí: el general que Varela pone en su ficción está en una cárcel y siendo juzgado tal como está sucediendo en nuestra realidad. Los crímenes en España nunca fueron juzgados y quedaron impunes y a la luz de la experiencia Argentina, sus familiares han empezado, con poca fortuna todavía, a intentar el camino de la memoria y la justicia.


Lo que Urquijo llama “darle una dimensión más dialógica” al texto de Santiago Varela es una magnífica adaptación a escena del texto impecable de Varela.

Algo realmente que sorprende es que, pese a la pesadilla reciente de la dictadura y los juicios, este general con su empaque solemne es un arquetipo de la formación militar, donde todos piensan exactamente lo mismo sobre los mismos temas. Es verdad que nunca se cae en la caricatura, mantiene ese difícil equilibrio entre el humor y lo terriblemente natural de su forma de pensar. [1]

Cuando Luppi, el general, entra a escena lo hace como todo preso, esposado y con un guardia. Ese momento en que el guardia le saca las esposas para la entrevista tiene como correlato el gesto del actor que se siente humillado en su soberbia. Es similar a la realidad de cada juicio a los genocidas que siempre tratan de que no se note este momento que lo consideran una forma de rebajarlos en su condición. Como dice Peter Brook, “el detalle del detalle”.

El asombro del general al ver que su entrevistadora es mujer también acentúa ese machismo militar, la mujer como ciudadana de segunda:

“Mandan a una mujer. Seguro que es para ahorrar plata”.

Quizás las notas de humor mejores aparecen cuando el general no acepta el lenguaje utilizado por su entrevistadora y permanentemente quiere aclararlo todo. También allí aparece su delirio porque, por un momento, cree ser importante otra vez, como si estuviera en la dictadura. Tampoco deja de sentirse “como antes” con su uniforme “de los buenos tiempos”. Y además de estar convencido que tendrá un público a su favor. Nuevamente se siente famoso porque está ante una cámara, aunque esta no sea para mostrarlo en su mejor momento.

La periodista pregunta sobre la censura y el general responde con equívocos ejemplos. Pero aún cuando intenta mostrarse “culto” confiesa cómo ordenó quemar el Picadero. La orden que recibe es clara y patética:

“-Que lo cierre. Quiero que sea Teatro Cerrado…” [2]

Luego, otra vez el humor, el general quiere mostrar su afecto al teatro y habla de la obra Doña Rosita la soltera que tanto le gustó, aunque ignora al dramaturgo que la escribió. Cuando la periodista le aclara el nombre del autor de la obra, se horroriza.

Y su antisemitismo aparece al aludir a Boris Spicacow, director del Centro Editor de América Latina que tuvo su antecedente en la magnífica Eudeba. En 1978, fueron quemados un millón de libros de esta editorial, la quema de libros más grande de la historia argentina. El general se ufana de esta quema también.

En su entusiasmo, el general realiza disquisiciones entre ficción y realidad y termina nombrando a tres actores que, la periodista le aclara, están desaparecidos: Luis Conti, Alicia Palanco y Silvia Shelby. Esta mención se convierte en un homenaje también a los actores desaparecidos y silenciados por los medios, en general. Y termina afirmando conceptos claves de la dictadura, acierto de Varela al poner en su boca estas palabras contradictorias:

“Porque sabía que nosotros, desde el estado, estábamos creando una ficción que ocultara la realidad, que tapara esa realidad de mierda y mentirosa, mientras que ellos, a propósito, absolutamente a propósito, pretendían hacer ficciones, hacer teatro, que mostraran casualmente esa realidad. ¡Flor de hijos de puta!”

Y a partir de allí lee algunas de las definiciones que tenía Teatro Abierto, para mostrar, una vez más, el carácter “subversivo” que le atribuye, aunque aclara: la quema del Picadero era el mal menor que “tampoco los podía matar a todos porque muchas eran caras conocidas y ya en el 81 la campaña en el exterior era pesada.”

Su argumento principal es que Teatro Abierto era chiquito, pero peligroso. Para esto refuerza su pensamiento comparándolo con la invasión de EU a Granada en el 83. El “mal ejemplo” de un “gobierno comunista”, se entusiasma en su tesis dictatorial.

Lamenta enormemente que pese a “sus esfuerzos”, Teatro Abierto siguió en otras salas. Considera esto una gran derrota personal, injusta para alguien que como él, cumplía con su deber mejor que otros.

Finalmente, se vuelve a lamentar de su propia condición actual, injusta la considera y enumera sus virtudes de buen jefe de familia. Se emparenta con el personaje de Potestad, la gran obra de teatro de Tato Pavlovsky. Aunque aquí siente que lo más grave es que su hijo lo mira mal y su nieto es un militante político. Termina victimizándose como hombre viejo, similar a la realidad de todos los genocidas.

El patético final de la obra, cuando el general se considera un hombre de la cultura es la clave de la obra, acierto con humor del autor:

“Porque en fondo soy un hombre de la cultura, de la puta cultura que me obliga a mostrarme sereno, inteligente y estar sonriente. Y además estoy para que se sepa la verdadera verdad. En serio, que se sepa: el que crea que el teatro es ficción…está rematadamente loco. (A la periodista) ¿Está bien así o sigo?”

Una memorable actuación de Federico Luppi bajo la dirección impecable de Hugo Urquijo, hace de esta obra una muy atractiva invitación a verla. El elenco se completa con Susana Hornos, como periodista, con acertado manejo actoral, y Tony Chávez, como carcelero. Este último además como asistente de dirección. La escena despojada, solamente el sillón del general, la cámara de la periodista y una muy adecuada iluminación de Hugo Urquijo y Adriana Antonutti.

El teatro es político siempre, no por sus temas, no es panfletario. Teatro Abierto significó un desafío a la dictadura y por eso fue quemado. Hay momentos en que la vitalidad del teatro molesta y otros en que es tomado por los espectadores como político aunque no lo sea en forma explícita. Basta recordar, como uno de los numerosos ejemplos que podríamos mencionar, la puesta en escena de Volpone en 1995, en el Teatro San Martín, con una magnífica adaptación de Mauricio Kartun y David Amitin y dirigida por este último, que se convirtió en un alegato animenenista porque así lo leyeron los espectadores. De allí el éxito que tuvo en el desierto cultural de la década del 90. Por eso las elucubraciones del general sobre la ficción y la realidad, trascienden lo que un general real puede pensar, aspecto tan destacable del texto de Varela.

 

julio 2015.

(*) Autor: Santiago Varela; Dirección: Hugo Urquijo: Elenco: Federico Luppi, Susana Hornos, Tony Chávez; Asistencia de dirección: Tony Chávez; Diseño de escenografía y vestuario: Valeria Cook; Diseño de iluminación: Hugo Urquijo –Adriana Antonutti; Operación de luces: Adriana Antonutti; Operación de sonido: Pablo Bernard; Teatro Picadero

[1] Sobre la formación militar como la base para entender el genocidio y la violación a los derechos humanos, basta leer los trabajos teóricos y la obra dramatúrgica de Tato Pavlovsky.

[2] Con estas palabras se juega con la oposición al lema de Teatro Abierto: País cerrado, teatro abierto.

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