Cuando Zeus derrotó a su padre Cronos, liberó a sus hermanos y tomó el poder sobre el cielo y la tierra, convocó a dos águilas desde los confines del universo. En el punto en que las aves se encontraron, el padre de los dioses determinó que se ubicaba el centro de la creación, el corazón del mundo. Allí colocó una piedra, tal vez un batilo, meteorito, llamado Ónfalos, y a su alrededor se construyó el santuario de su hijo predilecto, Apolo. La piedra, labrada con cordeles de trenzas que simbolizaban la interrelación de todas las cosas en el ancho espacio del cosmos, quedó así en el santuario que los antiguos denominaron Delfos, y donde un sacerdote o sacerdotisa oracular tenía la capacidad de decir a los peregrinos la voluntad del dios del sol. Allí fue donde el rey Layo supo que su hijo lo iba a matar y lo iba a reemplazar en el trono y en el lecho de su esposa. Y allí también Edipo conoció el mismo destino, asesinaría a su padre y se casaría con su madre.

Es necesario hacer del teatro un Ónfalos, el lugar donde se acude para escuchar la verdad.

Sin embargo sería preciso discernir a qué se le llama verdad, y en qué consiste. Al menos en lo que se refiere al teatro. Lo demás…. no comporta ninguna verdad.

Pero también es necesario analizar las revelaciones de los oráculos. Digo que en el Ónfalos se emplazaba la verdad, y no obstante esa verdad se presentaba de un modo inescrutable, aunque en apariencia sencillo. La verdades reveladas  -y hay que hablar de una revelación como entredicho, como susurro casi ininteligible- son verdades laberínticas, lo suficientemente ambiguas como el juego entre el destino y el azar. O sea: la verdad se realizará en la manera trágica en que está anunciada, pero bajo ciertas condiciones. Lo que anuncia el oráculo sólo se puede cumplir bajo ciertas condiciones humanas, porque sin ellas se trataría de palabras sin sentido. Para entender la predicción es indispensable mirar hacia adentro, realizar la introspección que indique el camino hacia uno mismo, un conocimiento sin el cual serán necesarios todos los oráculos. Porque cuando ese camino se cumple, el oráculo pierde su poder.

En la etapa del “teatro como vehículo”, un ya sabio Grottowski sostiene que el teatro puede ser un medio eficaz para el conocimiento de uno mismo. ¿Cuál sería el Ónfalos entonces? ¿Qué enigma hay que descifrar? Lo enigmático como desconocimiento de uno mismo da como resultado la inefabilidad de lo oracular. Si Edipo hubiera reflexionado, si hubiera visto más allá de su soberbia, habría evitado las inconmensurables desgracias que le fueron anunciadas en Delfos. La trama de la piedra simboliza la complejidad y el entrecruzamiento de todas las fuerzas del universo, pero también, y metafóricamente, la inextricable red de las pulsiones humanas y de la psiquis del hombre. Un diseño depende del otro, la trenza está tejida con otros lazos que a su vez están compuestos por otros, y en los numerosos entrecruzamientos forman nudos que marcan la urdimbre perfecta que no puede ser deshecha. El Ónfalos advierte al ser humano acerca de su propia naturaleza, y el oráculo le dice lo que le va a suceder si no emprende ese camino interior con el cual se supera el estadio de lo instintivo, lo meramente pulsional, y se comienza a conformar lo humano.

El teatro es el Ónfalos, no revela, sino que advierte.

Acudimos a él por miedo, por desesperación, porque los sueños pueden más que la vigilia, porque los porqués arrasan a las certidumbres. Y el teatro-Ónfalos nos dice lo que nos va a suceder. Pero esa predicción se cumple si salimos de la ficción teatral tal como habíamos entrado. En eso consiste la revelación, no en el encuentro con la verdad, con una verdad revelada desde fuera, sino en la necesidad irrenunciable de buscarla. Y esa búsqueda es personal, íntima, recóndita.

Para el actor, el Ónfalos es el deseo y la voluntad, dos elementos que parecieran contraponerse, y que en cambio ante la presencia de lo sagrado confluyen en un solo impulso: la entrega.   Porque el actor llega al santuario y se desnuda ante la revelación de lo que podría ser su existencia sin esa misma revelación. Se desnuda por su voluntad y se entrega por su deseo. Desea ser él mismo, encontrarse, iluminarse, evitar –como quiso hacerlo Edipo tomando el camino equivocado- el cumplimiento de una profecía horrible: sólo serás humano renunciando. Dar vuelta los ojos, que en cierto modo semeja al acto desesperado de Edipo: arrancar los ojos y volver a ponérselos, pero con las pupilas hacia adentro. Ya nunca más el mundo va a ser lo que fue, porque ahora el mundo se verá a través de las propias entrañas. Se parece mucho a la palabra sinceridad, sin la cera del remiendo que significa lo aparente, lo inmediato. Las profundas grietas del alma del actor van a quedar sin el maquillaje de la cera, abiertas, purulentas, expuestas a la gangrena y a la lepra, como libros en los que se va a poder leer, pero también escribir. Y quien escriba lo va a hacer con sangre, la sangre de la conciencia. El Ónfalos se alimenta de esa conciencia, crece y vibra en el centro del santuario de Delfos, indicando el corazón del universo.

El Ónfalos se encuentra en el ádyton, el recinto escondido en el santuario, al cual sólo los sacerdotes o los iniciados tienen acceso. El Ónfalos está en el pecho, hay que abrirlo a cuchilladas para verlo latir. Ningún actor se dejaría arrancar este corazón labrado donde está escrita la verdad. Porque si lo perdiera, se cumpliría la profecía.

Dicen que quizás el Ónfalos no era un meteorito, sino la piedra que Rea dio a Cronos envuelta en pañales para salvar a su último hijo, Zeus, de la voracidad del padre. Cuando Zeus derrota a Cronos y lo obliga a regurgitar a sus hermanos, el dios también regurgita el Ónfalos. Por lo tanto esta piedra labrada es la verdad enmascarada, existe a través de la mentira, del engaño, de la apariencia. Es lo que no es. Así el actor que no accede a la iluminación no llega a ser, y no es. El espectador que no se deja enceguecer por la luz del recinto sagrado tampoco es, sino que sigue siendo. Es necesario dejar de ser para ser.