“Y sin saber que aquello era imposible,
él fue y lo hizo”

Jean Cocteau

La Consumación

Como de un sueño intento recuperar las imágenes que debo arrojar en este reporte. Toda aquella magnitud ha concluido y hoy, desde aquí, luce con apariencia fantástica, lejana. El eco de una modesta epopeya me llega desde la inmensidad e intenta dictarme lo que no lograré describir plenamente, a causa de su magnitud. Por lo tanto me conformaré con intentar traducir lo esencial de estos últimos pasos en la tercera gira latinoamericana de la compañía de teatro itinerante Tres Gatos Locos. Sobre todo su movimiento humano, que al fin y al cabo será el que prevalezca. Salir de Colombia, donde las señales fueron tan nítidas y las experiencias tan profundas, fue el acto físico -geográfico, podríamos decir, y hasta simbólico si se quiere- que detonó el verdadero comienzo del final.

Ecuador – Comienza el final

El funcionario aduanero que cubría el turno de domingo-al-anochecer era, como lo preveíamos, un tanto más permeable y humano que el promedio de funcionarios de aduana. Nuestras tácticas nos habían llevado casi intactos a esta nueva frontera que, por una falta burocrática que acarreábamos, podía resultar verdaderamente complicada. Pero en nuestro acecho también estaba pensado el día y la hora de salida. Sin datos concretos, pero seguros en nuestra percepción, acertamos al encontrarnos un amigable funcionario, que rápidamente se enamoró de nuestro caso de domingo a la noche y nos dejó pasar tranquilos. Y hasta con apretón de mano incluido.

Tulcán debió ser nuestra posada forzosa. Veníamos desde lejos sin parar y estábamos agotados. Ya habíamos cruzado el obstáculo principal de esta etapa. Estábamos en el Ecuador, podíamos descansar.

Cuando terminó de amanecer y la mañana comenzaba a calentarse, seguimos camino hacia Quito. Al mediodía almorzamos escueto, al costado de la capital. Después continuamos, el destino se llamaba una vez más, Ambato. Llegamos por la tarde, con sol. Encaramos directamente hacia la casa de los más cercanos. Allí nos esperaba el abrazo grande de Olimpo, las agudas bienvenidas de Doña Silvita, el metal de Daniel. Todo ese conjunto conocido, otra vez nos recibía sin vacilar.

Un par de días y ya era el cumpleaños de Caro. Nuestro pequeño intento había sido llegar a festejarlo en el valle encantado de Poaló, ahí donde viven nuestros hermanos y hermanas, nuestros maestros queridos, nuestros amigos. El hogar de Pato, Isabel y Benjamín. Y de las plantitas, y los animalitos, y el temascalito sagrado. Así pudimos hacerlo. Eso que pulsamos unos miles de kilómetros antes, cuando atravesábamos las montañas colombianas, se materializó en este pequeño logro. El día de celebraciones fue en la casita del valle. Felicidad rotunda aunque nostálgica, por lo pasajera. Quizás este sitio mágico sea el que notamos más intacto, más inmune a las fauces desfachatadas de ese tiempo que se cuenta en relojes y en calendarios vacíos. Quiero decir que, a lo largo de todo este gran retorno por América, hemos pasado por lugares conocidos y los hemos visto totalmente desconfigurados por lo que acostumbramos llamar “paso del tiempo”. En cambio, en este lugar, el tiempo no ha “pasado” como un tren arrollador. El tiempo ha transcurrido armónico, creciendo con todo a su alrededor, desplegándose en espirales infinitos. Desarrollándose junto a sus criaturas.

Al siguiente día nos entregamos a la percepción y a la naturaleza. El abuelo San Pedrito nos abrió el portal y nos encaminó a otra experiencia de revelaciones. La última de esta gran gira. De la mano de su sabiduría entramos al temascal sagrado que nos daría el baño final antes de emprender el último camino. Allí sudamos hasta el alma. Calcinamos los egos. Nos desparramamos en el lodo llorando de soledad por no recordar a la tierra. Le dijimos mamá con la boca besando el barro. Allí morimos otra vez para renacer más tarde al frío oscuro de la montaña que atardecía. Flotamos de a uno hasta el río. El agua helada nos devolvió la forma humana.

Así fueron aquellos pequeños grandes días en el Ecuador. Cargados de magia y reencuentros. Pero la consumación nos jalaba desde lejos. Y nada podía detener esa determinación. El sur soplaba sus caracolas anunciando una nueva partida. Entonces dijimos adiós a los amigos de Tungurahua. De alguna forma intuíamos que ya no regresaríamos de la misma manera, por eso se alargaban un poco los abrazos y los apretones. Pero no se extendían las miradas, porque no querían ver el final venidero que escondían.

Perú – La recta larga

Perú es tan extenso de norte a sur que los pasos se miden en días. Aunque se avance rápido y constante, porque los caminos son rectos, cada destino demora en llegar. El desierto que separa las costas del Pacífico del resto del país se hace, a veces, interminable. Sin embargo esta vez viajábamos tranquilos. Sin grandes expectativas en cada arribo.

La primera noche en Tumbes fue inquieta y olió a sábanas sucias. El día siguiente fue ruta. Ruta. Almuerzo en Piura. Más ruta. Horas de ruta hasta Chiclayo. La noche y la mugre en la calle refuerzan el aspecto sórdido de esa ciudad. Otra noche telúrica, de telo. Tremendo madrugón y otra vez a la carretera. Ruta y ruta. Almuerzo continental en un mercado de Chimbote, la ciudad del gran puerto. Olor a pescados manoseados con billetes. Rechonchos a la ruta nuevamente. Ruta y más ruta. Ruta que se convirtió en avenida. Luego en gran autopista repleta de vehículos. Ruta que se convirtió en Lima. La capital no abandona sus costumbres ruidosas y sucias. Lima es como un Perú comprimido y denso. Todo está ahí aglomerado, apiñado. Pero escapamos del tráfico y su congestión. Y entramos a una zona tranquila de la ciudad.

Esos pocos días en Lima fueron vitales. Calmos y descansados, transcurrieron sin mucho relieve, pero nos devolvieron el aire. Gracias a la ayuda desinteresada de Deyvi y de Cristina, tuvimos un hogar en la caótica capital. Deyvi es un antiguo compañero de trabajo de Becerra. Con toda la hospitalidad del mundo nos alojaron en su casa, junto a su familia, su empleada y sus costumbres. La señora se llamaba Anita. Cocinó algunas delicias peruanas fundamentales para nuestra recuperación. En Lima también nos reencontramos con un viejo amigo, Silencio. Desde el principio fue nuestro gran anfitrión. Gracias a su intervención, nos presentamos en una plaza de La Magdalena y así pudimos despedirnos –aunque sin saberlo a ciencia cierta- de las obras callejeras por un buen rato. Ya eran otros los tiempos que corrían. Silencio, el creador del Cuervo y de Alvarito, nos regaló toda su actitud y su presencia. Nos acompañó en cada paso. Intentó siempre organizar, ser nuestro guía. Un verdadero amigo y colega en esta gran red que sigue creciendo.

Pero pronto ya no hubo nada más para nosotros en Lima. La experiencia había sido simple, pero profundamente reparadora. Las fuerzas ya estaban de nuevo con nosotros y la carretera ya no quería esperar. Se descocía por seguir extendiéndose panamericanamente.

Entonces, esos días, todo fue sur. Sur sin detenimientos. Admiramos sin ver las grandes líneas de Nazca. Pinchamos goma en los calores de Ocoña. Cama mala en Camaná. Huída temprana para llegar a la ciudad blanca, Arequipa. La Colo, dotada de esa especie de inteligencia intuitiva, esperó a llegar a la ciudad para quemar la pequeña bomba de combustible. Previsión de Becerra que había guardado una de repuesto. Seguimos. Destartalados llegamos a Juliaca. Urgidos de dormir. Al otro día, más frescor. Felicidad de orillar el lago más alto, el más sagrado. Titicaca hasta la línea. Perú que se acaba. Miramos hacia atrás, es inconmensurable. Ya no Perú, ahorita Bolivia.

Bolivia – El umbral

Llegar a La Paz se percibía como estar metiendo la llave en la puerta de casa. Tan felices nos sentíamos, tan seguros. Tan envueltos en una atmósfera conocida y confianzuda, que hasta alguna discusión nos sorprendió con gritos, pero pronto se volvió absurda y por fin se perdió. Un vínculo exótico nos une a La Paz. Nos sentimos plenos por sus callejuelas onduladas. Comimos mercados, anduvimos adoquines, recuperamos misterios, trasnochamos noches y hastamañanas. Nos aburrimos de ver pulular a cientos de israelíes que vienen a regatear con su pensión manchada de sangre palestina, mérito por su servicio militar para el seudo-estado de Israel, invención terrorista del neo-liberalismo extremo. Finalmente, nos aprovisionamos de obsequios y nos fuimos otra vez de La Paz, dejando atrás una tierra que se siente más fresca, más digna, más contestataria. La genuina revolución indígena tiene allí un pilar indiscutible. Bolivia es hoy -aunque siempre lo ha sido en verdad- epicentro de la nunca perdida resistencia a la conquista de América.

Madrugamos y partimos hacia Oruro. Ciudad capicúa desnuda de su carnaval. Oruro sin carnaval es como futbol sin pelota. La Colo se apunó frente a la histórica estación de tren. Hubo que sopletearle la cachufleta, como decíamos riendo. La ruta siguió bolivianamente dura hacia el sur. Los redonditos de fondo tienen ese que-se-yo-viste. Potosí nos esperaba nocturno. Tratando de esconder la vergüenza de su cerro ultrajado por mil veces. Allí nos reencontramos con Juan, que se nos había adelantado un día. También con Rowina, que atravesó la amazonia para interceptarnos en este vuelo austral. Nuestras queridas amigas venezolanas siguen encantando por el continente. En la ciudad minera coincidimos unas horas, como puntada vital del gran tejido.

Amanecer y salimos al tramo final de Bolivia, que vislumbrábamos áspero. Y qué bien vislumbrábamos. Fue áspero. Áspero y contundente. Pedregoso, caliente, enarenado. Se nos hizo largo este camino, tediosa herencia de la inoperancia de tantos gobiernos. Quizás la fracción de ruta más complicada en estos quince mil kilómetros recorridos, desde aquél alucinante desierto mexicano hasta aquí. El umbral. El pasillo largo y sucio antes de entrar a la casa. El espacio que es, sólo cuando se está pasando. Ajado, resquebrajado, triste de que nadie se quede. Como en un antiguo video juego de aventuras, tuvimos que recorrer el nivel más complejo antes de llegar al monstruo final que hay que vencer para congratular. En este caso: la aduana argentina. Pero llegamos tarde a Villazón, demorados de tantas piedras, y ya no pudimos cruzar la frontera. Obligados por los horarios de la burocracia, tuvimos que buscarnos un último telurio para adormecernos. Al día siguiente haríamos la proeza tan detenidamente planeada, montaríamos el gran acecho de la Colo.

Argentina – La consumación

Nos comportamos profesionalmente. Cada cual sabía perfectamente qué hacer. Al acecho tantas veces soñado le llegaba su turno. Como a todo le llega. Primero limpiamos. La arena fina había alcanzado los rincones más insólitos. Había alcanzado todos los rincones y todos los objetos. Sacudimos, lavamos, enjuagamos cada cosa hasta que volvimos a reconocerlas. Entonces comenzamos. Por un lado se fue la Colo. Sólo con dos tripulantes. Maty, convertido en chileno de acento estrafalario. Y Caro, la supuesta novia rioplatense, para justificar el alto grado de argentinidad del caso. Atrás salimos el resto, caminando. Cargando mochilas por primera vez en meses. Como típicos mochileros argentinos que vuelven de su viaje por el norte, comprando hojas de coca, luciendo chuyos coyas de colores, todos coquetamente desgreñados, así llegamos a la frontera. Entraríamos a pie al país. La Colo aún estaba ahí. Maty hacía trámites con un funcionario de aduana, Caro cebaba unos mates. Nosotros, que no los conocíamos, nos lastimábamos el cuello de tantas ganas de mirar. Queríamos estar ahí, saber qué pasaba. Pero todo parecía bien, no debíamos precipitarnos. Nos sellaron los pasaportes y cruzamos, los que caminábamos. Volvimos a pisar Argentina -¡qué convención absurda, pero qué simbólica en este instante!- y una gran felicidad nos invadió. Sólo faltaba esperar que el acecho saliera bien. Nos quedamos cerca del puente inventando algún reacomodamiento de equipajes absurdo, esperando alguna espera inexistente. Pero en realidad observando cada movimiento allá donde estaba la Colo. Vimos cómo un oficial con guantes de goma la revisaba entera. Palpó, removió, hurgó cuanto pudo. La sensación de la revisión policial o aduanera tiene que ver con la mugre. Con la transpiración de las manos. Con el cuello ennegrecido de las camisas celestes. Pero el asco se nos fue rápido cuando vimos que el funcionario sellaba y firmaba unos papeles. Luego le estrechaba su mano plastificada a Maty. Saludo con forro. Vimos a Matías arrancar la combi, a Caro subirse a su lado. Vimos entrar a la Colo a la Argentina y pasar por enfrente nuestro tocando bocina. Reímos aliviados y orgullosos de nuestro acecho. Y entonces sí nos metimos en La Quiaca.

Ya nos habíamos reencontrado. Ya nos habíamos vuelto a abrazar por el nuevo logro. Ya habíamos regresado a la ruta, porque Tucumán nos esperaba como primer gran destino. Y ya no parecía tan lejano. Después de atravesar el continente durante un par de años, ir de La Quiaca a Tucumán sonaba como dar dos pasos. Pero fueron pasos largos. Pasos que duraron todo el día y gran parte de la noche. La Colo venía bastante maltrecha por el último tramo boliviano y ya no aguantaba, la pobre. Por eso fue que en el camino se nos cortó una correa, se nos pinchó el tanque de combustible, desviamos un camino el entrar a Salta. Pequeñeces que antes hubiesen sido tonterías, pero que en esta llegada parecían interminables. A las tres de la madrugada por fin llegamos a Tucumán. La cena que nos esperaba en la casa de los padres de Caro ya había sido refrigerada, los invitados se habían ido a dormir. Pero apenas bajamos, Herminia y José Luis se levantaron a recibirnos llenos de emociones y agradecimientos. Abrazos sin palabras posibles. Inmediatamente se despertó Marta, la mamá de Pichi, que se había quedado durmiendo en su motor-home en la puerta de la casa. De inmediato aparecieron las empanadas, se descorcharon los vinos. Fue una hermosa bienvenida de madrugada. En realidad, fue un preludio de toda la enorme bienvenida que significaría Tucumán. Porque aquellos días que pasaron fueron exuberantes. Rebalsaron de buenos augurios y de celebraciones. De encuentros y de abrazos. Muchas fueron las cenas, los brindis, los juegos. Realmente, estábamos regresando a casa.

Entonces llegó la hora de despedirnos de la gira teatralmente, como la gira se lo merecía. Habíamos organizado una última función de Un Cuento Negro en el Centro Cultural Virla, un importante teatro tucumano. Todos nos abocamos con firmeza al propósito de cerrar la gira con contundencia. Hubo notas, se organizaron ensayos. Lavamos y planchamos los vestuarios, renovamos el maquillaje. Queríamos un cierre impecable. Por eso el día de la función fue mágico desde el principio y hasta su tardío final. Esa magia que ya nunca se iría de nuestros corazones. Que no se irá jamás. Nos despertamos suave, sabiendo que mucho de lo que habíamos sido estos años desembocaba allí, ese mismo día. Percibiendo inconscientes que todo terminaría de la manera que lo conocíamos. Que ya nada sería igual. Por la mañana llegaron el Ogro y el Gaby, dos queridos amigos que emprendían un viaje al norte y decidían coincidir su principio con nuestro final. Por la tarde alistamos luces, sonido, todo en el teatro para predisponer la función. Tomamos unos mates mientras acomodábamos el escenario. Más tarde nos concentramos. Después nos vestimos y nos callamos. Pintamos por última vez nuestros ojos, nos abrazamos como siempre y nos quedamos escuchando detrás del telón el bullicio que crecía en la sala. Desde atrás, antes de entrar a escena, la presencia del público se percibe como una gran masa de energía que se mueve y va llenando el otro espacio. Que crece y va tomando forma. Y se apoltrona ahí, en la semioscuridad, para absorber todo lo que tengamos para darle. O en el caso de no tener nada que dar, consumirnos y devorarnos con su fatal mirada de mil ojos. Pero nosotros sabíamos a qué entrábamos. Entrábamos a entregarnos, a temblar, a sudar por última vez todos juntos. A dejarnos morir. Entrábamos al escenario a consumar esta misión que nos convocó durante dos vueltas al sol. Quizás por eso no primó la perfección de la escena, ni los efectos sonoros, mucho menos los gags. Allí lo importante fue, quizás más que nunca, la emoción. La felicidad de sentir logrado un objetivo imposible. La alegría visceral de haber conseguido lo que una vez nos propusimos: darle vuelta al continente haciendo teatro, encontrando amigos, fortaleciendo alianzas, conociendo mundos. También lo magnífico del reencuentro con los seres queridos que desde aquí nos siguieron y nos acompañaron siempre. El volver a ver a nuestra gente, a nuestros vecinos de toda la vida. Quizás en ninguna función habíamos estado tan nerviosos, tan comprometidos. Allí en la sala esperaban los amigos, los padres, las hermanas. Tantos corazones atentos a este ritual. Cada presencia nos parecía importante y a cada uno íbamos a entregarnos. Y también allí, en primera fila, la gran alegría de ver a mis padres y a mi hermana, que se habían venido de otros rincones del país especialmente para estar presentes, para ser parte de esto que tanto soñaron junto a nosotros. Ahí, mi madre, que un día escribió Un Cuento Negro y que nunca había podido verla en acción. Urgida por una percepción tan clara y cierta, no dejó pasar esta oportunidad de ver su texto hecho teatro en manos de sus hijos, los Gatos. Como si hubiera sabido que esta versión ya nunca más sería. Que quizás otras, nuevas… que quién sabe, que el tiempo y el trabajo lo irán diciendo, pero que ésta ya no.

Cuando todo terminó, la noche se convirtió en festejo. Saludes, comilonas, risas. Confraternidad más allá de todo y por sobre las diferencias. Fiesta como en la canción: “Hoy el noble y el villano/ el prohombre y el gusano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha.” Fiesta con motivos de festejar. Verdadera fiesta entonces.

Al día siguiente ya todo parecía haber ocurrido. Por eso comenzaron las nuevas y las últimas despedidas. La vida retomaba su curso ordinario y todas estas manifestaciones de lo extraordinario se guardarían en el mundo del recuerdo. Ese que permanece allí, modificándose siempre, para desafiarnos sin descanso. Los días ya pedían cotidianeidad. Y entonces cada cual buscó el rumbo de su hogar. Abrazos y adioses. Para nosotros, una constante sensación de psicodelia. Estábamos llegando realmente, pero nuestros entendimientos aún no. Todo transcurría con una inevitabilidad escalofriante y absolutamente autónoma. Todo como aquel sueño…

Y finalmente llegó el tiempo de la última recta. La que nos conduciría a la consumación de todo esto. Las chicas se quedaban. Las dos tucumanas que, por caminos distintos, llegaron a Tres Gatos Locos, se quedaban en su tierra natal. Las que llegaron a ser parte y a fortalecernos, a darnos alimento para crecer, habían alcanzado sus momentáneos hogares. Caro y Pichi, dos hermanas firmes, cómplices y partícipes de toda nuestra pequeña revolución. Nos despedimos cuando amanecía, sin palabras para decir tanto. Sin maneras de expresar. Pero con la mirada llena de entendimiento y de amor.

Éramos cuatro para el tramo final. Los cuatro gatos varones. La ruta hasta Buenos Aires fue mansa. Calurosa durante algunas horas, pero tranquila y sin demoras. Como si el entorno hubiera comprendido que ya no importaba, que ya estaba hecho. Que ningún accidente o percance podría ensombrecer este final. La ruta pareció ni siquiera detectarnos. Pasamos. Transcurrimos los cuatro como fantasmas del camino. Transparentes, livianos. Hipnotizados por el objetivo. Un día entero tardamos en llegar a la capital. Entrar a Buenos Aires fue, más que nunca, totalmente excéntrico. Quizás sea difícil de describir, quizás sea mi propia imposibilidad para hacerlo. Y es que puede parecer jactancioso o exagerado. Pero es inenarrable la sensación que padecimos en aquel instante. Vivir en carne propia la consumación y el símbolo, es una experiencia que todo lo vale. La Colo penetrando en esta ciudad por su norte, donde luce más imponente y luminosa. La Colo, de aspecto mexicano, llena de adornos colombianos y gualichos caribeños, cubierta con polvo de toda la América, rodando hacia la ciudad tan conocida. Y tan ajena también en aquella noche. De pronto regresando de un camino continental y ahora buscando las esquinas, reconociendo los lugares, asombrándonos de cualquier tontería conocida pero olvidada. Doblando por esa, siguiendo por aquella, agarrando por la otra, llegamos al barrio de Boedo. Puro tango. Ya estábamos en mi casa que nos esperaba feliz. Antes se había bajado Maty, en Belgrano. Casi se tiró de la combi. Desbordado de bártulos que a partir de ese instante serían suyos, apurado para alcanzar el último tren a Tigre. Allí, su propósito personal aguardaba lo inapelable. Esa energía extraña que un día nos abordó en México, esa que se metió entre nosotros, que anidó y trajo consigo un terrible cambio, de nuevo estaba ahí a pocos pasos. Sea lo que fuere, allí estaba y entonces jalaba con más fuerza. Por eso será que lo vimos bajar corriendo. Y corriendo tomar un taxi. Y será por eso que miramos la escena hasta el final con cierta melancolía. Será porque veíamos irse por última vez, definitivamente, a ese Gato Loco que supo ser grande en nuestras filas.

Así fue que llegamos a Buenos Aires. La ciudad que nos vio partir un día y que nos celebró la despedida, hoy apenas nos registraba. Apenas nos reconocía tras los años. Porque los que llegamos somos otros. Allá quedaron aquellos que un día se fueron en busca de un sueño colectivo. En el camino morimos tantas veces. Nacimos tantas. La transmigración constante que significa la vida se hace palpable para el viajero que regresa. El brusco encontronazo con el reflejo, nos muestra de golpe lo inevitable. Somos otros los que llegamos. Quienes hemos regresado podemos recordar la acumulación del tiempo lineal, pero ya no podemos ver ni percibir como aquellos que partieron. Como esa verdad que Don Juan Matus dijo a su aprendiz: “No se puede volver a Ixtlán”. Así parece ser la vida. Los regresos son imposibles. Nadie regresa a ningún lado. Sólo el mapa podrá mostrarnos un círculo donde en realidad hay un espiral. Todo vuelve al origen, pero no. Es el origen desplazado, evolucionado si se quiere. Envuelto en otra nueva capa de la realidad infinita.

Ha terminado esta gran gira por América Latina. Aquello que nos propusimos pudo ser, contra la marea de vaticinios asustadizos que se nos oponía. La marea que se alimenta de la televisión y se informa de sus zánganos. La alienación actual, que pretendemos “normal”, aunque nos exige una vida de pecera y nos obliga a aceptar mansamente sus verdades. Sin abrir la ventana, sin saludar al vecino, sin mirar a nuestro amor. Como pequeña demostración de que no es cierto que debamos ser unos eternos clones coleccionistas de carencias, este sueño fue posible. Y por supuesto fue posible en un ininterrumpido marco grupal, colectivo. Sin la tarea constante hacia lo comunitario y sin la ayuda indispensable y desinteresada de tantos que encontramos en el camino, nada de esto sería real. Al miedo, al individualismo, a la soledad, al stress, a la guerra, al hambre, a la mediocridad, a la dominación… sólo los superaremos entre todos. Si no, quizás nunca los superemos.
No ha sido gratuito este triunfo. Traemos nuestras heridas y nuestras bajas. Traemos el recuerdo de duras batallas, algunas perdidas quizás. Pero también traemos el sabor del logro, del sueño cumplido. La demostración. El desafío para los que seremos.

Así nos despedimos de toda esta gran experiencia. Abrazamos a todos los que nos acompañaron. Saludamos profundamente a las gentes de América. Agradecemos a la Madre Tierra por su generosidad y su abundancia. Al Universo por su sabiduría. A cada amigo y amiga, a cada hermano, a cada madre. A cada enemigo por la oportunidad de trascenderlo. Agradecemos a cada paso del camino.

. . . . . . . . . . . . . .

Hoy, cuando los días ya han pasado atenuando la intensidad de la llegada, todo parece abstracto, casi incomprensible. Siempre un final es un principio. Ha llegado un leve tiempo de recuperación y descanso. Como el oso que duerme un invierno entero, como el árbol que se seca y parece morir, como la oruga que se encapulla para un día ser mariposa, así nos toca ahora la vida. Vamos a refugiarnos en los amores, en las familias, en los hogares. Comienza un tiempo para entender, para llegar. Un tiempo para retomar el aliento y recomenzar con más fuerza.

Sólo una certidumbre mantenemos: la seguridad de que la lucha es para siempre. Que no hay final en el camino, antes que la propia muerte. Y que ni siquiera ella es un verdadero final. Que, como dijo el maestro Bertold Brecht, los hombres y mujeres que luchan toda la vida son los imprescindibles. Y que esos queremos ser. Pero que, sin embargo, son buenos los que luchan un día. Y muy buenos los que luchan un año. Y mejores los que luchan muchos años. Que sin esas pequeñas luchas, las de un día, las de un año, las de muchos años… los imprescindibles nada podrían. Una verdadera transformación necesitará de todas las luchas, por pequeñas que sean o aunque tengan finales insípidos e irrelevantes. Nadie puede condenar a otro por cansarse y por un día dejar de luchar. Ni siquiera por contradecir sus propias palabras y faltar a sus propias arengas. Más bien podemos agradecer sus días de lucha, su cuerpo entregado por algún tiempo. Y quizás desear que un día quiera volver a luchar, con nuevas fuerzas, a pesar de su tiempo perdido.

Por eso te saludamos, compañero. Gracias por tu tiempo de lucha. Gracias por tu enorme amistad, aunque hoy no la mires a los ojos. Gracias por tu gran sonrisa que un día volverá a brillar. Gracias por tu arte. Qué este otro tiempo te dé los frutos que necesites y qué no te sepulte la desmemoria. Qué no temas un día, si es que llega, recordar que eras puma y desempolvar tus garras. Porque las puertas de la revolución siempre estarán abiertas. Y es tan vasta la revolución, que necesitará hasta la fuerza de los desertores.

Gracias. Hasta la victoria, siempre.

Agradecemos fraternalmente a Isabel, a Pato y a Benjamín, por la amistad y la magia. A Olimpo, Doña Silvia y Daniel por tanta hospitalidad. A Javier y Silvia, a Talía. A todos los viejos amigos de Ambato. A Deyvi y Cristina por su solidaridad y su apertura. A sus dos hijas por la habitación y los juegos. A Doña Anita por sus sabores. Agradecemos especialmente a Silencio. Al mecánico espontáneo que nos ayudó en la ruta. Agradecemos con el corazón la calurosa recepción de Herminia y de José Luis. Con el paladar feliz agradecemos a la Chave. También a Martita y a toda la gran familia de la Pichi. A Romina, Jorge y Liliana Bodoc, por el apoyo de siempre y por la presencia. Al Ogro y al Gaby por su amistad. A nuestra querida Vale siempre presente. A todos los que nos acompañaron en esa última función de Tucumán. A Gero, Lupe y Dani por sus importantes movimientos previos. Al Centro Cultural Eugenio Virla y a los medios locales, especialmente a Contrapunto por su voz.
Agradecemos finalmente a todos los que nos acompañaron durante estos dos años y a los amigos que nos abrazaron cuando llegamos. A todos los que forman parte de esta gran red. Por último, agradecemos a Maty por todo el camino compartido y por el gran desafío que nos heredó.

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