¿Existe un horizonte de posibilidades donde se registren procesos de subjetivación que resistan a la estratificación y jerarquización opresiva de las normas que tienden a la homogeneidad? Evidentemente, las prácticas artísticas contemporáneas pueden ser un territorio de pensamiento alternativo y construcción de nuevas lógicas que orienten preocupaciones políticas de esta índole. De acuerdo con esto, creemos que es importante cuestionar la misma noción de identidad para arribar a prácticas y saberes que desbaraten las lógicas hegemónicas y pongan en crisis los binarismos. Por ello, se hace necesario buscar salidas a esas encrucijadas, y reflexionar cómo las obras de arte crean territorios de visibilidad alternativos a las lógicas dominantes.

Consideramos que una propuesta interesante se encuentra en el concepto de devenir minoritario, de Deleuze y Guattari, pues manifiesta un modo divergente de comportamiento en relación con la normatividad. Asimismo, habilita un corrimiento y una resistencia a las formas clausuradas de la identidad, y a pensar las políticas del cuerpo en una operación de transformación. Como expresa Ana Martínez Collado (1999): “el cuerpo no es la imagen de un sujeto centrado y de un deseo único (…), es el territorio de todos los experimentos” (p. 6). Las artes, en consonancia con esto, pueden funcionar como un dispositivo crítico de las lógicas anquilosadas.

El primer aspecto del devenir es su función de proceso y su alejamiento de cualquier tipo de teleología. No existe una pretensión de erigir una modalidad de subjetividad hacia la que haya que tender. Lo fundamental son los diversos tipos de agenciamientos que se producen, las conexiones, las alianzas, las desterritorializaciones. La importancia del devenir radica en ese mismo acto de estar siendo. Por lo tanto, la problemática tampoco se enfoca desde el acto de escoger entre diversas alternativas de ser, pues, en todo caso, éstas aparecen en la medida en que se producen los agenciamientos. Como afirman Deleuze y Guattari:

El devenir no produce otra cosa que sí mismo. Es una falsa alternativa la que nos hace decir: o bien se imita, o bien se es. Lo que es real es el propio devenir, y no los términos supuestamente fijos en los que se transformaría el que deviene. (Deleuze y Guattari, 2010, p. 244)

De acuerdo con esto, podemos comprender el carácter minoritario de todo devenir. Al no haber un punto de origen ni de llegada, y mucho menos un centro a partir del cual se organice lo que deviene, es claro que los devenires no se pueden enmarcar dentro de una estructura mayor que los contenga (lo que los filósofos llaman molar). Esto permite cargarlos de una potencialidad inherente de resistencia a la norma. Así, pues, todo devenir es minoritario o molecular porque se ubica al margen de las instancias molares y permite la proliferación de singularidades. Ahora bien, aquí no hay que entender, de manera reduccionista, una mera oposición entre molar y molecular, mayor y menor. No son dos instancias aisladas entre sí. Cada una puede nacer en la otra, y cada una puede instalarse en la otra. El análisis micropolítico debe “intentar agenciar los procesos de singularización en el propio nivel en el cual emergen” (Guattari y Rolnik, 2013a, p. 185). No hay, por tanto, una oposición lógica (principio de no contradicción) entre lo mayor y lo menor.

Tampoco es un problema de simple cantidad. De hecho, una minoría en número puede volverse molar.  Lo importante es el estado de dominación que supone la constitución en una mayoría. Por ello, es necesario hacer la salvedad de que no es lícito identificar los procesos de minoración con la llana marginalidad. Lo marginal, de alguna manera, supone un estado pasivo al que se ha sido llevado por las regulaciones normativas que implican las mayorías. Los trabajos de Foucault, por ejemplo, sobre la psiquiatría, la locura o las cárceles han puesto de manifiesto la operación de control de la marginalidad que se suscita en las sociedades disciplinares. Lo que Deleuze y Guattari quieren explicar es que si los devenires minoritarios se encuentran al margen de las formaciones sociales molares, es porque comportan una autonomía especial, que es, en último término, la que les permite erigirse como instancias de resistencia a las formaciones de poder. Los devenires minoritarios contribuyen a la desestabilización de esas formaciones. Son modos de desterritorialización.

Si tomamos como caso las intervenciones del colectivo feminista Guerrilla Girls, podemos observar también esto. En principio, las artistas alineadas en él, se propusieron visibilizar y manifestarse en contra de la exclusión de las mujeres de las muestras de arte en los museos y galerías de Nueva York. Así, una exposición del MoMA de 1984, en la que había escasa presencia de artistas femeninas, encendió la mecha de su lucha artístico política. Comenzaron con la producción de posters callejeros donde se denunciaba esta situación con un gran toque de ironía, parodia, kitch y crítica irreverente. Por medio de esta estrategia, lograron que la problemática saliera de las discusiones internas del colectivo y se instalara en el espacio público, haciendo crecer su repercusión. En 2005 fueron invitadas a la Bienal de Venecia, en la cual participaron con una instalación de seis gigantografías que mantenían su particular estilo. Aquí es claro que la lucha de estas mujeres no fue subsumida por la norma del mundo del arte, y que su carácter de minoridad no se perdió. De hecho, el participar de la Bienal es una muestra de cómo las prácticas micropolíticas moleculares pueden insertarse en las molares, sin que por ello queden absorbidas. Justamente, la intervención de estas mujeres sostuvo su activismo, dejando en evidencia la potencia política de la crítica desde el interior del ámbito criticado.

Retomando los planteos de Deleuze y Guattari, una modalidad de devenir a la que los autores dan mucha importancia, es el devenir-mujer. Si, como sostienen, la problemática del devenir no tiene que ver con transformarse en otro, ni con la imitación, entonces este devenir-mujer no puede pensarse desde el punto de vista de la defensa de una entidad molar llamada mujer, esto es, una forma de feminidad primordial a la que haya que aspirar. Aquí es necesario aclarar que los filósofos no están suponiendo que haya que abandonar las luchas sociales, que pretenden conquistas para todo un colectivo, ni tampoco que no sea necesario un modo de asociación política del colectivo molar mujer. Como ya hemos indicado, los devenires moleculares pueden instalarse en las instancias molares. Por lo tanto, las luchas feministas ancladas en problemáticas coyunturales no son descartadas. Por lo tanto, algunas preguntas que palpitan a partir de este planteo tienen que ver con cómo pensar las luchas de las mujeres y un arte que dé cuenta de ello, sin caer en las oposiciones binarias clásicas; y, al mismo tiempo, si es posible cavilar por fuera de la lógica de la identidad, que, en buena medida, es el resultado de un pensamiento patriarcal que se ha impuesto con la forma de verdades universales. La propuesta de Deleuze y Guattari se direcciona, en consecuencia, hacia el agenciamiento de multiplicidades que puedan repercutir en modos de singularización no disciplinados por la norma molar. Por ejemplo, la normatividad que se desprende de la masculinidad hegemónica o del naturalismo corporal (mujer como cuerpo que engendra, entre otros), son algunos tipos de regulaciones que podrían desbaratar la fuerza libertaria del devenir-mujer. En este sentido, Deleuze y Guattari son claros, al afirmar que:

Lo que nosotros llamamos aquí entidad molar es, por ejemplo, la mujer en tanto que está atrapada en una máquina dual que la opone al hombre, en tanto que está determinada por su forma, provista de órganos y de funciones, asignada como sujeto. Pues bien, devenir-mujer no es imitar esa entidad, ni siquiera transformarse en ella. (…) ni imitar ni adquirir la forma femenina, sino emitir partículas que entran en relación de movimiento y de reposo, o en la zona de entorno de una microfeminidad, es decir, producir en nosotros mismos una mujer molecular, crear la mujer molecular. (Deleuze y Guattari, 2010, p. 277)

De acuerdo con esto, el devenir-mujer se vuelve ejemplar del carácter molecular de todo devenir. Si parece que los pensadores caen en un despojamiento de la historicidad de las mujeres, es porque están tratando de mostrar que no hay un sujeto subyacente, primordial y caracterizado por la mismidad, como ocurre en el pensamiento moderno, sino que más bien hay procesos de singularización, multiplicidades. Tampoco significa que haya un desarrollo lineal y temporal, ni que las mujeres deban asumir la bandera de todas las luchas. Como correctamente indica Paul Patton (2013c, p. 121), este tipo de devenir es transhistórico. Esto quiere decir que pone en evidencia la molecularidad de todos los devenires, y que de esta manera se sale del dualismo o de la oposición a un otro hegemónico, en términos de luchas sociales. Si aún se persistiera en la definición de un grupo por oposición a su opresor, se estaría reduciendo la potencialidad libertaria y cercenando cualquier nueva configuración del devenir que pueda funcionar como anómala a la norma.

Aquí es interesante pensar en la corporalidad de ciertas obras de arte. Si tomamos como ejemplo el cuerpo que se manifiesta en la danza butoh, podemos apreciar un funcionamiento muy particular del devenir-mujer. Lo que devine en esta danza japonesa, es un cuerpo alejado de la representación. Es un cuerpo sin órganos, en sentido deleuziano, esto es, sin organización jerárquica, descentrado. Cuando el butoh aparece en Japón, durante las décadas del 50 y 60, los bailarines y bailarinas intentan buscar un modo de danzar las fuerzas y los flujos, y mostrar cómo la corporalidad se encuentra vaciada, despojada, penetrada por la oscuridad que significó el contexto de la guerra. Esto decantó en la construcción de un cuerpo que no conoce los géneros, sino que transita indistintamente por lo masculino y lo femenino, como así también por lo inorgánico. Es un cuerpo en devenir. En algunas performances de Migui Mandalasol (ver figura 2) se evidencia el devenir mujer cuando el cuerpo se deja atravesar por flujos y estados que llevan, por momentos, a un territorio de femineidad y, por otros, a lugares indeterminados, indefinibles. Como afirma Nayeli Pérez Monjaraz (2016):

Danzar de esta forma, sólo puede ser situándose en medio, en medio de los cuerpos, en medio de los seres animados y de los seres inanimados, en medio de las sensaciones y de los sentidos de la propia danza y en este lugar el cuerpo se sumerge en el extrañamiento de sí mismo y del mundo y comienza a dejar de ser un cuerpo propio –el yo aparece cada vez más difuso‒. (p. 4)

El butoh deshace el yo, las formaciones identitarias cerradas. El cuerpo se vuelve, así, intensivo; los flujos de energía interna lo hacen adquirir diversas calidades, como una densidad similar a la de la tierra, o una volatilidad como la del aire, o una vibración como la del fuego. Estos modos de abordaje y experimentación inorgánica del cuerpo, sumadas a numerosos trabajos sobre gestos aberrantes, grotescos o extraños, producen una corporalidad fragmentada y asignificante, por la que circulan diversos flujos afectivos y constituyen una intensidad del cuerpo que no se puede sustraer a ninguna forma de representación. Como hemos mencionado, el butoh se coloca en un plano de indiscernibilidad entre lo masculino y lo femenino. Esta modalidad de devenir resulta portadora de gran potencialidad crítica de las estructuras opresivas de género. Asimismo, desajusta la noción moderna de sujeto o de yo, entendido como mismidad. Esto quiere decir que también queda en jaque la cuestión de un yo patriarcal, pues el devenir mujer transmuta los esquemas jerárquicos de dominio, manteniendo el movimiento mismo del devenir. Como expresa Ana Martínez Collado (1999):

Las representaciones del cuerpo femenino expresan el deseo de subvertir los códigos, pero no imponiendo ninguno otro alternativo. Tratan de deconstruir todas las construcciones, de minar el interior de las convenciones. El elemento subversivo consiste en romper el sistema de significaciones dominante. Todos/as podemos ser otro/a. (p. 4)

La bailarina de butoh argentina Rhea Volij, pone de manifiesto de manera muy clara estas conceptualizaciones en sus performances. En su obra “Habla Casandra”, trabaja las fragmentaciones e intensidades del cuerpo y realiza un trabajo muy interesante con los gestos aberrantes. En una de las escenas, intenta pronunciar un discurso que se ve impelido, sofocado, declinado en una suerte de balbuceo. Casandra, la sacerdotisa bendecida con el don de la adivinación, pero condenada al descrédito por rechazar el amor de Apolo, encarna la suerte de las mujeres rebeldes y oprimidas por el patriarcado. El balbuceo de la bailarina condensa los siglos de dominación y silenciamiento sobre ellas; pero al mismo tiempo lo quiebra, pues al pronunciar sonidos que no son los del discurso masculino, crea una región de intensidad donde la voz de Casandra es una voz nunca antes escuchada. Es un nuevo devenir. En él se hunde el mandato silenciador del patriarcado y renace con potencia arrolladora el cuerpo de una mujer, que recorre mesetas que mutan entre lo femenino, lo animal, lo maquínico, lo inorgánico. Los estados por los que transita el cuerpo abren nuevas regiones por las que se subjetiva venciendo las estructuras binarias de opresión.

Así como el devenir-mujer pone en evidencia su carácter molecular, el devenir-animal también hace lo propio. Deleuze y Guattari prestan especial atención a este aspecto, pues explica muy bien el carácter marginal (en el sentido que ya hemos aclarado previamente) de la minoridad. Nuevamente, aquí tampoco es correcto creer que los filósofos están pensando algún tipo de relación imitativa con el animal. En realidad, el devenir-animal pone sobre el tapete un modo heteróclito de circulación de flujos. En este sentido, la importancia de esta modalidad de devenir radica en la intensidad y en la afectología que supone. Este tipo de aproximación al animal es de índole molecular. Por ello, no hay ninguna fijación en cualquiera de los dos elementos, sino multiplicidades que circulan por el medio. Deleuze y Guattari lo indican explícitamente: “A los devenires-animales no hay que atribuirles una importancia exclusiva. Más bien serían segmentos que ocupan una región media” (Deleuze y Guattari, 2010, p. 253). Esto es consecuente con la lógica rizomática con la que piensan los autores. No existen puntos de partida o de llegada, sino líneas que se tienden en múltiples direcciones por el medio. Un devenir siempre recorre velocidades y lentitudes por el medio; por ello, es molecular, ya que no se afirma en un sistema mayor que lo contenga y detenga su movimiento.

La problemática de los afectos en el devenir-animal cobra especial concreción en las obras de arte. Allí es posible el establecimiento de un plano de composición por el que circulen flujos afectivos de diversa índole e intensidad y, al mismo tiempo, que esos flujos puedan funcionar de manera experimental. En este sentido, el arte despliega un plano vital, cuya inmanencia permite agenciamientos y desterritorializaciones particulares; esto es propicio para un desarrollo de modos de subjetivación que no estén subsumidos a formas de identidad y representación, sino que se emparenten con las formas del cuerpo sin órganos y el devenir. Como señala Anne Sauvagnargues, “el arte mantiene una relación privilegiada con los devenires-animales, que sirven de repertorio y de reservorios intensivos de posturas vitales” (Sauvagnargues, 2006, p. 163). Los fenómenos artísticos, con sus múltiples configuraciones, abren espacios de acceso a los afectos y a las intensidades; y su posibilidad de anomalía, como en el devenir-animal, lo inscribe en un plano de devenir minoritario, lo cual lo reviste de una potencialidad política de resistencia a la norma.

La poetisa argentina Olga Orozco ahonda en las tensiones de la corporalidad y del devenir-animal en su poema Entre perro y lobo. Los primeros versos anuncian un quejido sobre el cuerpo colonizado por el organismo: “Me clausuran en mí / Me dividen en dos / Me engendran cada día en la paciencia / y en un negro organismo que ruge como el mar” (Orozco, 2013b, p. 139). Aquí es claro el punto de contacto con la noción deleuziana de cuerpo sin órganos. Hay una resistencia a pensar el cuerpo como una organización cerrada, la cual no hace más que clausurar la propia subjetividad. A partir de allí, las imágenes a las que apela Orozco se emparentan con la animalidad, con lo bestial: lomo, sangre, colmillos, dentelladas, acto de devorar o de roer; todas ellas son formas del proceso de un cuerpo que no se detiene en su movimiento, que nunca está completo y que no tiende hacia una finalidad última. Esto le permite el flujo de un devenir que huya de las formas fijas y clausuradas. “Cambio bajo mi piel de perro a lobo / Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas las planicies del porvenir y del pasado” (Orozco, 2013b, p. 139). La anomalía de lo animal contribuye a la configuración de un plano de composición en el que habite la multiplicidad. De este modo, el devenir se vuelve proceso de resistencia a los embates disciplinadores de la norma mayor, y es claramente molecular, en tanto que pequeñas partes se ponen en contacto con lo animal y bestial y no permiten que el cuerpo cuaje en una forma definitiva y cerrada.

El devenir minoritario, en suma, es el modo privilegiado en que se manifiesta la fuerza revolucionaria, pues huye incesantemente de las formas normativizadas. La obra de arte menor, objeto de gran interés para Deleuze, es la obra que permite el cruce de líneas de diversa naturaleza y, en consecuencia, la fuga hacia terrenos anómalos que se resisten a la norma mayor. Estos modos de circulación de fuerzas e intensidades constituyen el carácter verdaderamente creativo de la obra de arte y descubren su dimensión política inherente. Respecto a la disolución del yo patriarcal, la noción de devenir arrastra una potencia interesante, una suerte de vía alternativa a las clausuras de la representación. Al volver imperceptible la distinción entre lo femenino y lo masculino (tomando como ejemplo ciertas performances como las de la danza butoh), vemos que las obras de arte pueden transitar flujos que visibilicen otros modos de vida, pero que, al mismo tiempo, denuncien las prisiones binarias que imponen las lógicas de la identidad, surgidas del más claro espíritu patriarcal. En este sentido, no sostenemos que sea necesario olvidar las luchas coyunturales que sostienen las posiciones feministas, sino, más bien, que se hace necesario experimentar modulaciones que no caigan y permanezcan cimentadas en las oposiciones tajantes entre un género y su opresor; pues esto continuaría instalando y organizando la resistencia alrededor de aquello que se pretende desmantelar. De lo que se trata es de hacer visibles otras construcciones posibles del arte, la política y los modos de subjetivación; dejar en claro que hay otras alternativas al yo patriarcal. La apuesta es, en todo caso, hacerse eco de tales luchas y mostrar que la construcción sensible del mundo que realizan las obras de arte, acarrean la fuerza política de desmoronar los binarismos opresivos. Finalmente, los conceptos abordados muestran su carácter de vitalidad, en la medida que se separan de la lógica de la identidad, y contribuyen a pensar que las obras de arte no se pueden reducir a la imitación o representación y, por lo tanto, son fruto de una determinada experimentación; todo lo cual deja en evidencia la índole de proceso, de devenir, de acontecimiento y de antiteleología de las prácticas artísticas y sus obras.

 

Bibliografía

Deleuze, Gilles y Guattari, Felix. (2010). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos

Guattari, Felix. y Rolnik, Suely. (2013a). Micropolítica. Cartografías del deseo. Buenos Aires: Tinta Limón

Martínez Collado, Ana. (1999). Perspectivas feministas en el arte actual. Recuperado de http://www.estudiosonline.net/texts/perspectivas.html

Orozco, Olga. (2013b). Poesía completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora

Pérez Monjaraz, Nayeli. (2016). “La desterritorialización del cuerpo. Una reflexión acerca de la danza Butoh”. En Reflexiones Marginales, n°36, diciembre 2016-enero 2017

Patton, Paul. (2013c). Deleuze y lo político. Buenos Aires: Prometeo

Sauvagnargues, Anne. (2006). Deleuze. Del animal al arte. Buenos Aires: Amorrortu

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