La Vorágine

Revista Teatral

“ANAGNÓRISIS”: UN COMENTARIO SENTIDO, por Gonzalo Domínguez

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Todo está oscuro todo se apaga y la música, que es un personaje más, viene de lo negro como haciendo titubear la sombra con un gemido de viento descarnado, esa campana de movimientos quebrados, rompe de inmediato, la armonía de la luz prendida.

No será esto una cronología de la experiencia orbitante de sucumbir a la angustia de la expectación indefinida (sólo, para que vayan a verla).

Nunca sabemos que estamos viendo, y aunque nos refreguemos los ojos y creamos que no estamos en la percepción correcta, eso que sucede, de un momento al otro, sí, está sucediendo, y en ese mismo instante, lo negro vuelve a nacer. Quizás, sea toda esta irregularidad fuera de categorías artísticas, una secuencia de nacimientos de algo negro.

Lo que despierta la intuición hipnotizada del espectador es que eso, no es teatro, como generalmente toma el publico este arte, tan arruinado burlado y desprestigiado, por ir a ver, “casi” (por ser amable) siempre, obras de corte realista o humorístico. Eso que sucede ahí, está adentro de cada uno, en este hermoso caso, de verdad.

¿Cómo es posible?
¿Una simple imagen retuerce y conmociona,
la imagen tan cómoda de mi cuerpo que todos los días camina,
bien armado y bien sentado,
en los dispositivos inmobiliarios que formalizan
la materia inerte de los músculos y sus energías?

El sonido no camufla, potencia. Es el movimiento de la sombra que no puede envolver su reflejo, una garganta guturando como grifería que despide fantasmas brutales de cantos muertos. Mil, y cien mil figuras del horror, sentencian lo imposible de matarnos solos. El suicidio de la soledad solo es esto, retorcerse en la nada que se amorfa y deforma sin color con ensoñaciones de lo mismo en tópicas estrangulantes.

Importante es el declive, el evento transcurre en un hundirse progresivo hacia la separación imposible entre la existencia y su final, por eso al terminar, y entrar, en ese impresionante infierno vaginal rojizo, como de rosa maldita absorbiendo un centauro hacia un sol calamitoso, las dos imágenes personificadas que quisieron hacerse una durante toda la obra, descubren, al volver de allí, su distinción luminosa.

TODA
SEPARACIÓN
ABRE
LUCES

Pero allí, algo termina, en realidad, todo se termina. Por eso luego, quienes
“actuaban” salen a saludar sin decir nada, acorde quizás, a la ética de sostener el asombro que genera la mirada rota.

Combinar belleza y violencia duplica el conjunto de paralelos en explosión.

¿Cómo es que nos atrae tanto,
eso que mientras sucede no se entiende,
y nos inserta,
en un interrogante que se espiraliza,
hacia la entraña sufriente de la dolorida vista interior?

Quizás, porque lo lento recubre una intensa velocidad contenida, que surrealiza la materia en agitaciones impregnadas de geometría cerrada, destruyéndose, por no poder desocultar aquello que, al fin y al cabo, no existe y no debería nunca tener valor: la justificación del dejarse poseer por el doble maldito.

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“El efecto de belleza es un efecto de enceguecimiento”
Lacan, J.

El primer comentario generalizado al final de la obra es, en gran medida: “al comienzo no sabía si eso que estaba viendo era así o no”. La confusión de la mirada y la seguida comprobación de ese trastocamiento, insertan de inmediato en este otro campo visual donde la imagen desvirtualiza el cuerpo social.

Aparece el doble deconstruido (esta palabra esta puesta apropósito) de la cotidianeidad. Toda una grilla de suplencias informes, que en su entrecruzamiento de apariciones, generan una trama de lo acuoso, contando “una historia” sin apelar a la palabra “hablada”, se aclara que “hablada” porque claro está, esta “obra” rebosa de lenguaje y su infinidad de palabras tienen el don de habitar el silencio sinfónico de una singularidad estética que hace rimas entre el surrealismo y el horror, lo sádico y la erótica, la poesía y la pintura.

“Me parece que sería una verdad básica, más que cualquier otra,
la siguiente: que para resucitar o simplemente para vivir,
el teatro, arte independiente y autónomo,
debe señalar bien aquello que lo diferencia del texto,
de la palabra pura, de la literatura
y de todos los demás medios escritos y fijos”

Artaud, A.

Anagnórisis es una referencia directa, entre muchas otras claro, pero aquí nos centraremos en una, a la que el guiño de ojos es, casi, una respuesta seductora directa, y además, de una empresa casi imposible de sobrellevar: “El teatro y su doble” de 1937, redactado por Antonin Artaud.

No es sencillo generar un arte que pueda enlazarse a la propuesta de Artaud, de hecho siempre se dice que en su libro, en realidad (hasta el mismo Grotowski lo dice) no propone ningún método, sino que sería una pura poética teatral difícil de realizar en campo material escénico. Por suerte muchos nos hemos encontrado con Anagnorisis, que, quizás ahora valga decirlo, ese término significa en un sentido amplio: revelación, desocultamiento de un aspecto identitario que era desconocido para el personaje.

¿Hay algo en la vida que conlleve a la conformación de un saber,
que sirva de experiencia para vivir, y sea tan valioso,
como el que se obtiene al vivenciar la angustia?

Muchos autores hablaron de ella (la angustia) como el signo de una verdad, en este caso sería, como posibilidad de desocultar o revelar algo de todo ese océano desconocido que nos mueve en el movimiento.

Una amiga me escribió un wasap al otro día de la obra:
“Gracias por avisar y por la invitación de ayer. Valió la angustia”

Es claro que la obra transcurre en la escenificación de una sensibilidad dividida por todo aquello que excede al Uno unificante que tranquiliza al océano desconocido, con sus turbias chances de tsunamis y tiburones amantes de almorzarse el tiempo propio. Hay en esta “danza contemporánea”, un Otro tiempo que asemeja, una llovizna donde los truenos en un constante aparecer, no hacen ruido, pero están ahí, latentes, como agazapados a punto de rugir su electricidad mortífera. Porque la progresiva lentitud contiene el terremoto de la carne a punto de ser comida por el dolor.

Quizás, la identificación sin fijeza corporal conocida sea la clave, para captar por qué esta oscuridad es tan cercana a la belleza.

“Me preguntarán qué pensamientos son ésos que el habla no puede expresar
y que podrían encontrar su expresión ideal,
más que en la palabra, en el lenguaje concreto y físico de la escena.
(…)
Me parece que lo más urgente
sería determinar en qué consiste ese lenguaje físico,
ese lenguaje material y sólido
mediante el cual el teatro puede diferenciarse de la palabra.
Consiste en todo aquello que ocupa la escena,
en todo lo que puede manifestarse y expresarse materialmente
sobre un escenario,
y que en primer lugar se dirige a los sentidos
en lugar de dirigirse primero a la mente,
como el lenguaje de la palabra.
(…)
El lenguaje hecho para los sentidos debe ocuparse ante todo de satisfacerlos.
(…)
Y esto permite la sustitución de la poesía del lenguaje
por una poesía del espacio
que se resolverá justamente
en el ámbito de lo que no pertenece estrictamente a las palabras”
Artaud, A.

La resonancia es abismal, y no hace falta que se articule nada más. La obra habla por sí misma en torno a estas citas del libro donde Artaud propone “su” teatro.

Hay además, voy a decirlo brevemente, una búsqueda estética rebosante de originalidad y trabajo, dado que no es solo Anagnórisis, sino que detrás viene su otra “obra”: “El errante”. De la cual solo diré que ojalá, puedan verla quienes no lo han hecho. Es una dupla homenaje al poder de la imagen en su uso más honesto, que es el de desunificar y acercar al enigma afectivo que propone angustia, interrogante, desestabilidad, inquietud, incomodidad y todo aquello que no hacen las imágenes de todos los días.

Y esto es, un verdadero señuelo ante la pregunta de Qué arte crear hoy en “la época de la imagen”. Esto es solo un susurro, que puede o no escucharse, pero hay una clave para el teatro, la danza, la poesía y la categoría que quieran, sobre cómo realizar un arte que, de alguna forma, puede ser visto por cualquiera, sin perder posición ética y generando la subversión necesaria en el espectador.

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