La Vorágine

Revista Teatral

AMÉRICA LATINA: ¿IRRESOLUBLE ENTRE LA CIVILIZACIÓN Y LA BARBARIE? , por Matías Timpani

Introducción

A partir de una selección de obras dramáticas que se inscriben en un cierto conflicto filosófico donde se deja a trasluz las simetrías que los países latinoamericanos guardan en común, se invita a adoptar un punto de vista sobre los temas tratados utilizando los conceptos de “civilización/barbarie”; “historia y tradición”. Surgen muchas respuestas y se acrecentaron preguntas respecto a sus significados cuando se percibe históricamente, de forma social y artística, cómo estos conceptos fueron utilizados y cuestionados. Es así que decidí realizar mi propia investigación y adoptar una postura para responder a las siguientes preguntas: ¿Qué es la barbarie? ¿El teatro latinoamericano funcionaría como “resto” y reivindicación de la “barbarie”? ¿En qué medida? Analizaré entonces algunos aspectos recurrentes del Teatro en América Latina y, desde esta óptica, ensayar una respuesta a la pregunta más inquietante: ¿El teatro latinoamericano funcionaría como resistencia al modelo civilizatorio en tanto canon histórico sobre el cual se jerarquizan determinados tipos de conductas y políticas mediante el “ideal de progreso” como paradigma social?

Bixler, explica que “crisis” es una palabra que se oye con frecuencia en las calles de México, que esto angustia y agobia al pueblo cuando monta una serie de protestas contra el estado porque éste toma decisiones portadoras de crecientes desconfianzas hacia aquellos que lo han elegido (en este caso me refiero al PRI) Observando a la distancia estos acontecimientos. Aquellos individuos que siempre se hacen llamar “representantes del pueblo” y pasan al poder, ¿continuaron trabajando en función del mismo o valen más sus intereses personales al servicio de agentes foráneos? Las estructuras se han modificado con otras formas culturales, nuevos nombres, pero lo que subyace es el mismo patrón en un país u otro, lo que moviliza a todos y por lo que se lucha parecería ser la idea de “poder” y su utilización singular, a la hora de estudiar la historia de Las Américas ¿Se ha modificado realmente? ¿Dónde muere la teoría y se intenta la práctica? A través de este trabajo intentaré demostrar que el lenguaje constituye un arma poderosa para aquellos que detentan el poder, sea cual fuere el proyecto ideológico que avalen. El lenguaje oral o escrito es una herramienta decisiva para afianzar la libertad, la tolerancia, y la Democracia. Pero si las palabras, que nunca son inocentes o cristalinas, se sumergen en un conjunto de relaciones guiadas por la mala fe de asesores políticos que esconden una intención personal desinteresada del bien-común, conllevan a que determinadas personas logren el poder para confundir y coaccionar o disfrazar la realidad, gracias a un excelente montaje de los consultores de imagen especializados en palabrerías del marketing. A lo largo de la historia de las diversas culturas se puede comprobar el rol decisivo que cumplió el lenguaje en las relaciones entre el poder y los ciudadanos, ya desde la época de los griegos con su famosa retórica, o de los romanos que llegaron a ser un imperio valiéndose fundamentalmente de ese don insuperable del hombre que es la palabra. En ellas, también se basó el desarrollo de fanatismos de tipo político o religioso. Y en este sentido, comienzo citando la terrible asociación que encausó el proyecto burgués (europeizante) mediante la “civilización” que desde sus comienzos, y para efectuar su exitosa expansión por este continente, a la hora de definir al “otro”, al que no era europeo: le agrega a esa diferencia de cultura, de lengua, o “de color” planteada desde la antigüedad en todo extranjero como “bárbaro”, una diferencia de raza, “como prejuicio de los blancos” según F. Retamar, para justificar la explotación, “un avance en América, pero no para América sino para Europa”. Entiendo que a pesar de los años transcurridos, esta influencia del lenguaje en el poder tiene bastante vigencia, y no por nada muchos encuentran en “La tempestad” (de W. Shakespeare) una herencia filosófica de alto voltaje, sino la más madura reflexión para repensar los tópicos que se disparan a partir del encuentro con el diferente, el distinto, y toda la alteridad que necesitó de un relato ficcionalizado para justificar la conquista, y posterior explotación del Nuevo Mundo. Ahora bien,  partiendo de esta postura, el teatro como gran cuestionador de sistemas: ¿Evidencia con sus planteos artísticos la esperanza por ampliar la capacidad del pueblo para formular más y mejor sus propios medios de acción, como contrapeso de quienes adoptan métodos violentos? Sí, también aquí encuentro un claro compromiso, la idea de una conciencia crítica que proponga revaluar lo histórico en sus prácticas desde el arte en general, y desde el Teatro en particular.

Entonces, analizaré dos obras a modo de ejemplo que han hecho las veces de prismas en América latina donde lo político es atravesado por diferentes modos de lectura, en ellas se resignifica la noción de “poder” para reenviarse ya fanatizado o excedido de arbitrios, de excesos, desde varios lenguajes entre los que se encuentran los signos no-verbales, propios del gesto, la proxémica, e incluso de la energía del cuerpo presumibles ya desde la dramaturgia. La cual, la más de las veces (y con un lenguaje verbal del tipo que doblega en su diseño monopólico de la Verdad, escrita con mayúscula) reciente todo el peso del poder… en dichas obras se podrán establecer paralelismos fuertes para entender y establecer coordenadas en común con un tipo de tirano muy común en la literatura dramática de América Latina.

Civilización y barbarie en “Una pasión sudamericana” de R. Monti y “Yo, el Supremo” de A. Roa Bastos

Ambas obras se pueden encuadrar dentro de la dramática histórica latinoamericana, ya que relacionan acontecimientos reales más o menos trabajados por la imaginación de cada autor. Hayden White sostiene que Historia y Literatura sólo están separadas en teoría, pues en el fondo, ambas disciplinas son interpretaciones de la realidad social aunque se distinguen por su presentación discursiva. La Historia también sería articulable, y en consecuencia manipulable: en este sentido es que Monti cuestiona los documentos históricos, los piensa como “construcciones políticas” (procedimiento de tachaduras para generar y legitimar el poder) por ejemplo, a partir del disparate que es la historia argentina, su obra se encuentra en un período de luchas que hacen referencia a la época de Rosas, de hecho, mismo en el Brigadier de “Una pasión sudamericana” hay marcas de este controvertido caudillo del siglo XIX: quien manda a fusilar a Camila O’ Gorman y Ladislao Gutiérrez. Los locos existieron, eran los locos de Rosas. Farfarello se parece a un intelectual: Pedro de Angelelis, el Edecán sería Corvalán (y/o Quiroga por la descripción del comienzo), y aparece un anacronismo con Canning, porque no es de la misma época de Rosas. En la figura de El Loco (enemigo del poder) se representaría a Urquiza, Sarmiento, Alberdi, entre otros opositores al rosismo.

Existen significativas coincidencias entre los dos textos, además de las fuertes marcas intertextuales que se establecen en “Una pasión sudamericana” respecto de “Yo, el Supremo”: presencia de un dictador, desdoblamiento del personaje principal en otros que son parte de sí mismos, los dos comienzan sus mandatos con ideales políticos revolucionarios y luego se obnubilan con el poder, ambos viven en una situación de encierro real o simbólica. Ambas obras están entretejidas por multiplicidad de voces, nadie habla por sí mismo sino a través de otros, en ambos casos los dictadores menosprecian a los ingleses y éstos se presentan como brutos e inútiles, a uno le surge entonces con la lectura, que miles de cosas podrían presuponerse de los ingleses, menos esos adjetivos tan punzantes. Sin embargo, podríamos comentar que habría una gran ironía o inversión de las ideas-imágenes concebidas como “civilización/barbarie”, en este sentido: la primera asociada según M. Svampa a la “perfectibilidad” y al “progreso” como encarnaciones europeas, a la expansión imperialista (los ingleses siempre han sido sinónimo de civilización, no así para Marx o Lenin, a quienes cita F. Retamar para evidenciar “las barbaries de la civilización occidental”) irrigando hacia el campo político de una carga negativa a su contrario cuando se piensa lo no-europeo, la barbarie, una “realidad” resultante de guerras civiles y de las dictaduras que siguieron a éstas. Como dice Svampa “la civilización se legitimará por la estigmatización de su contrario”, este mecanismo me resulta más monstruoso que lo que la barbarie podría producir en sí, si se piensa en racistas como Sarmiento, y es por ello que no creo casual esa representación de los ingleses como bárbaros en ambas obras, además, el extranjero siempre es un bárbaro desde los griegos, pero como se dijo al comienzo, sólo por diferencias culturales: el problema se hace escalofriante cuando la burguesía en plena expansión de su modelo como verdad absoluta, agrega a esa diferencia cultural o “de color”, una diferencia de sangre, de raza, genéticamente, por determinista, para justificar la colonización e incluso hasta la muerte del pueblo autóctono. El caso argentino es notorio, los “representantes” de la generación del ’80 no sólo llegaron a despreciar todo lo local, trasplantando poblaciones que consideraron de mayor “progreso” luego del genocidio que acabó incluso sin piedad en la prédica del originario más pequeño, porque se suponía que en él “se hallaba la semilla de la barbarie”, no, también se reemplazaron especies, flora y fauna autóctonas debieron lidiar y competir por unas tierras que se pretendieron europeizables desde la fundación de 1880. Y bajo estos preceptos incuestionables, Sarmiento lamentará que “la Inglaterra no halla destruido a Rosas… que ha puesto una barra al río para que la Europa no pueda penetrar…” pedirá extirpar a la barbarie, pero no por ello Rosas será mejor que él, los dos con proyectos de sociedad antagónicos, le harán el juego al universo de creencias de esa época, porque en ambos casos habrá influencias fascistas.

En “Una pasión sudamericana” el Brigadier dice desconfiar de los ríos: “(…) traidores de la naturaleza… meten el mar intruso bien adentro de la tierra. Y el mar… no pertenece a nadie, ni siquiera es de los hombres… está para que lo crucen hombres atrevidos, salvajes, que han dejado para siempre la casa de sus mayores”, quiere entonces encadenarlos como traidores a la patria. En “Yo, el Supremo” el dictador sabe que la verdad es un problema de método discursivo, habla y escribe, tiene el poder de la palabra culta y de la popular, entiende que dejar hablar es perder poder porque otros toman la palabra y “nuevas verdades” comienzan a circular frente a él si no se anticipa, aparece así el temor del pueblo oprimido, obligado a admirar a alguien a quien ni siquiera pueden ver. Destina el poder de la palabra para sí, y el poder del silencio sobre los demás, él mismo se hace llamar “Supremo y Perpetuo”, dice: “(…) escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real, lo irreal sólo está en el mal uso de la escritura”. Hay que resaltar la situación socio-lingüística del Paraguay, allí coexisten dos lenguas: el castellano (formal y noble, “civilizado”) y el guaraní (vulgar y familiar, “bárbaro”) ésta última vinculada con la oralidad, es también una lengua reprimida. Su historia es entonces contada por los grupos que detentan el poder y aparece acomodada a sus propios intereses. En “Una pasión sudamericana” las polillas (escribientes), permanentemente escriben todo lo que sucede como las cartas que dicta el Brigadier, aparecen en tanto máquinas que escriben hasta dormidas identificadas con la civilización: hablan francés, redactan versos, saben escribir. También se encargan de leer textos pasados ante el requerimiento del Brigadier. Su accionar se puede comparar al de las marionetas, por ejemplo, cuando el Brigadier las hace bailar. A la vez, el Brigadier y uno de los escribientes leen en los ojos de otra polilla la letra del Loco. Se le da importancia a la memoria, dice el Brigadier: “hay que escribirlo todo. No dejar que se pierda una sola palabra… porque todo lo que fue escrito en el pasado se escribió para enseñanza nuestra, para que mantengamos la esperanza”. En la obra aparecen representados los polos de la civilización y la barbarie (propios de la época de Rosas) en el primer extremo se ubican el Edecán y en el opuesto a Barrabás, entre ambos se encuentran los demás personajes (los locos mediando claramente) algunos más cerca de un extremo que del otro. Otra antítesis se demuestra con los conceptos de luz y oscuridad, nuevamente representados por ambos personajes, ya que el Edecán expresa su deseo de llegar a la luz, mientras que Barrabás permanece a lo largo de toda la obra en la oscuridad. Retomando el tema histórico, podemos observar el toque ficcional que da el autor sobre el caso de Camila y Ladislao, representados obscenamente por los locos (el discurso de la historia así es trasladado, relativizado por las actuaciones, se lo dinamita, Monti lo violenta) hay representación dentro de la representación, y metateatralidad, por ejemplo cuando el Edecán piensa que el teatro “no es algo serio”. En el hecho real, Camila no llega a parir a su bebé.

Al igual que a Antígona, en la obra, se la castiga por transgredir la ley. El nacimiento del niño es utilizado por Monti para dejar un mensaje esperanzador. Por su parte, el Brigadier demuestra cierta admiración hacia los amantes, por su pasión, y decide su fusilamiento (busca un ejemplo de conducta moralizador para que el pueblo los olvide, remitiendo a Creonte) aparte de pretender y mantener el orden, como una forma de dignificarlos ya que sólo los valientes merecen que los maten. La figura del Brigadier no se define claramente como autoritaria, y en el final, se puede leer cierta redención porque no aparece una condena puntual hacia él. En cambio, el Supremo de Roa Bastos sí presenta características netamente autoritarias y dictatoriales, por lo que, luego de enfrentarse con Él (pueblo o desdoblamiento del propio Supremo) es arrastrado por los encapuchados (todos sus muertos) Existe entonces allí una resolución clara, y un castigo.

Conclusiones particulares y en espejo social

El Brigadier y el Supremo serían simuladores, alguien tiene que ocupar el rol del poder, el problema (y de aquí la crítica que estarían llevando a cabo ambos autores) es que el pueblo necesita de un determinado tipo de uso del poder que sólo posibilitaría la conducta del tirano, siempre patriarca. Quizá la matriz de esta cuestión la refleje claramente M. Svampa al demostrar el nuevo sentido de la dicotomía “civilización y barbarie” en América Latina, en donde las guerras civiles se sucedieron a la par de la independencia, disputándose el control político entre fuerzas contrapuestas ideológicamente, luego del derrumbe del orden colonial vendrá el enfrentamiento con la crisis de identidad: ahora la imagen refleja una “estrategia de lucha” dice Svampa, la burguesía accede al poder en nombre del progreso “pero la fuente de legitimación no será ese pueblo contra el que se ha luchado”, que estigmatizó como barbarie. El progreso, la civilización prometida, será al mismo tiempo la fuente de ese poder, como el principal mecanismo de exclusión de la barbarie.

Paradójicamente al comprender la Historia en profundidad, sucede que el fluido y manejo de las palabras, quiénes acusan de “bárbaros”, “brutos” o incluso “populistas”, muchas veces terminan siendo aquellos que en nombre de una esperanza de “cambio” siempre hicieron lo mismo: amputar las fuerzas del Estado, recortar y ajustar los bolsillos del ciudadano medio hasta arrojarlo a los límites de su decrecimiento personal, creando nuevas hordas de marginados, ensanchando la brecha de desigualdades para que los que más tienen (que siempre fueron los menos llamativamente) tengan cada vez más, mientras que los que menos tienen, tengan cada vez menos al depreciar salarios o jubilaciones hasta empujarlos a la mismísima barbarie. Y es notable que todo se lo hace en nombre de lo que “hay que hacer”, señalando acusadoramente al contrario desde un maquillaje civilizador que esconde el servicio a empresas multinacionales interesadas en el suelo latinoamericano para explotarlo, reducirlo en sus potencias, o limitarlo. Ayer al servicio de Inglaterra, durante el siglo XX y aún en la actualidad, de los Estados Unidos de Norteamérica, creando las condiciones para disfrazar métodos aberrantes, reconociendo un “presidente” ilegítimo como en Venezuela, mediante fuga de capitales en más de un país, auspiciando industricidios, la elevación exorbitante de la divisa extranjera sin una regulación de precios que siempre fija el Mercado internacional para insuflar aún más la inflación aplastante, al punto en que las importaciones son mayores que las exportaciones, aumentando los despidos porque hay poca producción nacional frente a un mercado interno mutilado, como otras herramientas institucionales de un Estado, cada vez más empobrecido. Pero todo ello se vende como un proyecto civilizador “que alguna vez tendrá sus frutos”, se dice, con la llegada de supuestas inversiones siempre extranjeras, que como todo lo de afuera, es presumible de ser mejor a lo local por ese supuesto de barbarie indirecto. Frutos que nunca llegan mientras se endeuda a países que por generaciones deberán trabajar de sol a sol para pagar la fiesta de tamaña especulación financiera de unos pocos. Así las cosas, arrodillada y empobrecida, la América Latina comparte una historia de infortunios y calamidades (como en guerras civiles) cuando no se llega al colmo del absurdo cuando desde las herramientas mismas de la Democracia, se llega a votar (mediante el sufragio secreto y obligatorio) al zorro vestido de cordero para cuidar el ganado, con una excelente complicidad o ayuda mediáticas, que terminan por jerarquizar al marketing como la única forma de poder posible, ya desde la admirable estrategia de borrar su propia historia enmarcada en las dictaduras del Neoliberalismo, de las que nadie habla porque siempre se asocia la palabra “Dictadura”, primero con los modelos que por desarrollar esquemas sociales, son plausibles de comunismo.

Del lado opuesto, o más exactamente al otro lado de lo que algunos llaman “la grieta”, habrá que ser muy inteligente para no crear un estética del fundamentalismo basada en relatos épicos, agobiantes, ante las posibles virtudes de un Estado regulador, intervencionista, en ningún caso ya paternalista para tiempos que corren. Habrá que dejar los fanatismos y practicar lejos de los vicios que supone el poder ya por definición, una política de la moderación: dificilísima tarea para los gobernantes de países latinoamericanos, porque todo lo que sea correrse de los modelos de sometimiento del pueblo, será visto como perturbador para quienes profesan el espíritu “civilizador” del progreso, para quienes ven como subversivo o bárbaro repartir más equitativamente las ganancias en toda redistribución de las riquezas que suponga un grado de Justicia social. Dichas políticas, seguirán siendo denunciadas de un lado y del otro en cuanto evidencien excesos, como en la obra “Manteca” (del Alberto Pedro Torriente) donde se cuestiona si tras la revolución cubana las cosas han cambiado para mejor, o si en definitiva, Fidel no termina excedido (al menos en tiempo por no generar sucesores) en un régimen personalista que ostenta el poder, y nunca por la vía democrática, replicando muchos abusos. Y es que resulta necesario que el Teatro lo haga más fuertemente, involucrándose socialmente como espejo de tal encerrona, reflejando el control de las discursividades o el dominio de lo que se pretende como “Verdad” absoluta, cuando la Publicidad o las potencias de lo falso tienen una monstruosa maquinaria hecha de escribientes predispuestos a malversar e incluso corromper, hasta la Justicia.

Finalmente, y en contra del estatus quo, el Teatro en tanto arte debe exigirse continuar un compromiso social para repensar lo latinoamericano, desde una historia común de postergaciones, opresiones, u olvidos. Pero también, advirtiendo los errores de cualquier forma de fanatismo desde donde fuere, como lo hace Monti, exponiendo un espejo de ambigüedades en aquellos que despliegan el poder, porque allí siempre cede la Democracia, evaporándose silenciosamente para que lo dictatorial, a través de un exceso incipiente, y ahí sí, por la vía bárbara (precaria) de cualquier extremo, ocupe su destino.

 

Bibliografía

 

Enciclopedia Barsa, México, Ediciones Enciclopedia Británica Publisher, INC, 1997.

Svampa, Maristella. El dilema argentino: Civilización/Barbarie, Buenos Aires, Taurus, 1994.

Fernández Retamar, Roberto. Algunos usos de civilización y barbarie y otros ensayos, Buenos Aires, Ediciones Contrapunto, 1989.

Entrevista a la filósofa francesa Francoise Collin, Políticas del compromiso y políticas de la verdad (Revista el Rodaballo, 1990)

Bixler, E. El teatro de la crisis. Nueva dramaturgia mexicana (Apunte nº 5) Universidad de Virginia Tech.

Benjamín, Walter. “Experiencia y pobreza” y “El carácter destructivo” en Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1998.

White, Hayden. Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.

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